martes, 5 de noviembre de 2024

Cartas a quien, Soltar II


    


—No hay problema… —no había problema...

Recuerdo su voz reclamando el significado de esa frase: «No hay problema», cuando en lo más alto de su incomprensión, desataba todos los hilos que nos unían poniendo en entredicho cada cosa que le decía. Como era cubana, me dijo que no entendía qué quería decir con eso de «No hay problema» y usaba un tono grotesco, altivo y desafiante para notarlo.

—¿Me entiendes?

—No hay problema.

—¿Qué es eso de «no hay problema»?

En el amor, pienso ahora, y creo que es memoria de lo que he leído, hay una lucha de poderes. Cuando sientes que tienes la manija, tu mente vuela y dices sin pensar, la pena no existe y la empatía menos, solo la cuenta importante de lo que quieres y debes decir, y haces y dices sin pensar en el daño que causas. En algún momento tuve la manija y la hice sentir mal, pero alcancé a disculparme por tantas cosas con tantos actos, que siento alivio de decir y hacer todo lo que hice; pero ella… no sabía reconocer la hondura del hueco que dejaron los actos más allá de sus palabras, y nunca reconoció la larga contabilidad de sus errores.

Le dije que no había problema, que a las cuatro de la tarde. Me mostraría unas fotos de su gato para constatar que era suyo, que era de ella.

La chica del gato hablaba bastante, era cantante, y su voz sostenida y acompasada me daba a entender que sí la usaba para cantar porque parecía gastada por su uso. Luego de hablar de su gato, su interés mayor, me habló de muchas cosas de ella, que no pedí que me contara, pero que se pusieron en el camino, al explicar quién era el chico del cuarto piso: el amigo de provincia que no tenía dinero, y al que le había prestado para el mes y algo más, y a quien, incluso, le había prestado su gato, experto en curar depresiones, según me dijo. Ella también había estado deprimida por un viejo amor, y daba por sentado que la soledad era su pareja, o que su gato era justo a quien extrañaba más a su lado.

Me contó que estuvo con un chico a quien ella tuvo que dejar, que era pintor y bueno para poco. Ella le daba las ideas para emprender económicamente con su vida, y cuando se dio cuenta que no llegaba a ningún lado con él, luego de las tantas veces de intentar hacerle entender, me dijo que… lo «soltó». Y esa palabra hizo eco en mi oído, explorador entre las variadas cosas de poca importancia que se dicen en las conversaciones.

Soltar se quedó en el aire de mi cabeza.

—Entonces, estuviste con un profesor de literatura, con un profesor de idiomas y finalmente con un pintor. Parece que el arte te persigue o tú lo persigues a él —le dije, y por primera vez mostró los dientes al sonreír. Creo porque atiné: más era lo segundo que lo primero.

Ladeé el camino de sus ideas, expuse comentarios acerca de lo que me pasaba por la mente al oír sobre alguien que no podía hacerse cargo de su vida —siendo el arte o no, la fuente de sus ingresos—, y cuando ya parecía que era apropiado repasar el eco vibrante de ese verbo que sonaba en mi cabeza, le pregunté.

Más tarde, en la noche de ese día, el chico del cuarto piso llamó. Y me contó con toda la sinceridad que pudo lo que le había pasado. Aunque algo alterado, se tranquilizó y me pudo hablar. No sabré si era verdad o mentira, pero al final, fue lo que me dijo.

Primero se disculpó por el dinero que debía, por irse así, intempestivamente, por dejar todo hecho una caótica habitación, e incluso a su gato; que le dé comida por favor (aunque ya habían pasado muchos días luego de irse), que no sabía qué hacer, que no supo qué hacer. Que estaba tan solo arriba, que sintió hundirse en la soledad y que había intentado por todos los medios… y nada le salió bien al final, y que por eso ese día había comprado veneno para usarlo. Pero que subí esa noche y hablé con él, justo ese día, y conversaste conmigo, y fuimos al parque, y hablamos de poesía, y me reí, y me diste tiempo, y luego me dio tanta vergüenza lo que iba a hacer, que preferí irme, y que cómo no tenía ni a dónde ir, dejé todo así… incluso al gato.

Las mentiras pueden ser solamente verdad en parte, y ya son mentiras. Pero hay una verdad ocurrente incluso en ellas en el momento que se viven, que se oyen, que se sienten. La verdad de lo que sientes. Arriba, en la caótica habitación, había una libreta con anotaciones de alguien que intentaba escribir una historia y estructuraba ese emparejado futuro de relatos amarrados que buscaban contar algo importante, había una especie de carta incompleta donde agradecía el haber conocido y compartido tiempo con alguien y que sufría la pérdida de no poder sostener aquello. El cuarto estaba sucio, y expresaba una desordenada y solitaria tristeza y había títulos de libros que me dejaron entrever una escondida desesperación.

Le pregunté si creía en Dios y, pese a su silencio, le dije tres cosas que creí importantes. Que ore, que olvide la deuda y que busque compañía, y que por el amor de Dios deje de ser tan pesimista.

—Orar, y aunque no creas en Dios, agradece el día de vida que tienes, la nueva oportunidad para hacerlo mejor y pide perdón por las cosas que sabes que has hecho mal; la deuda porque no es importante; y la compañía porque todos necesitamos hablar con alguien; y lo del pesimismo… porque ¿quién va a considerar a alguien teniendo una mirada tan oscura de las cosas para tenerlo a su lado? Y por favor… compra libros que te proporcionen una mirada más clara, más luminosa, menos amarga.

Me dijo que quería un abrazo, y sentí que la soledad estaba en todas partes dándoles a todos un poco de la dosis que hace falta en la vida para conocer quizá, en un futuro no distante, la alegría de sonreír ante todo lo que viniera.

Y como ya se hacía tarde, le pregunté:

—La verdad yo no sé mucho de relaciones, y no soy mujer, aunque cuando leen algún poema que he escrito y no digo que es mío, y pregunto, me han contestado insistiendo si lo ha escrito chico o chica, y tú eres chica, no tengo tu punto de vista. ¿Qué opinas de soltar?

Esa tarde, la chica de la voz gastada me dio clases en relaciones, y sentí fastidio al escucharla, pero paz de saber que era parte del todo que, más temprano que tarde, tenía que saber.



***


   Si disfrutas de la poesía y la literatura, comparto esta historia que continúa en un relato epistolar —minucioso, poético, contenido— que atraviesa, conecta y prolonga «Lágrimas de Cuenca».

«Si en la familia decir equivale a preocupar, entre amigos a normalizar y con los mayores a trivializar, ¿dónde queda todo lo que guardamos?»

Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.

Disponible en:






No hay comentarios: