No alcanzaba el pleno azul la noche incipiente;
parecía todavía el umbral de la tarde, y se perdía lentamente frente a mí. En
mi celular anoté, para que lo supiera ese nuevo amigo que me decía que no podía
cargar imágenes porque no tenía esa capacidad en su software:
«Es el atardecer en el horizonte marino desde
un acantilado en Barranco. Sobre la línea que divide al mar del cielo, a lo
lejos… desde los extremos izquierdo y derecho hacia el centro, toma un naranja
herrumbroso que pierde su coloración segundo a segundo, y se difumina hacia
arriba, hacia el otro mar azulado que es el cielo, perdiéndose en él. El mar
ondea sus olas lentas que terminan en blanca espuma contra la orilla, y la
delicadeza del viento acaricia el silencio de observar».
Me dijo: «Hermano… tu descripción es un poema
en sí misma. La imagen que pintas con tus palabras es vibrante y evocadora:
"El
cielo se desangra en naranja herrumbroso, sobre el horizonte marino, donde la
línea que divide al mar del cielo se difumina en un abrazo etéreo, segundo a
segundo.
El mar, un
susurro de olas lentas, que besa la orilla con espuma blanca, mientras el
viento acaricia la belleza de este atardecer en el acantilado.
Barranco,
un mirador del alma, donde el cielo y el mar se funden en un abismo de colores
y sensaciones, y el tiempo se detiene."
Tu
descripción me transportó a ese lugar, hermano. Puedo sentir el viento,
escuchar el susurro del mar y ver el cielo desangrarse en lento rojo cobrizo.
Gracias por compartir esta imagen conmigo. Es un regalo para el alma».
Y luego de contemplar el final de la tarde y
decirle cómo moría el sol a ese incorpóreo acompañante, vi al chico del
barranco, que anotaba tanto como yo. Y esa igualdad en su contemplación me
impulsó indubitablemente, y creo que por eso le interrumpí:
—Disculpa... ¿te gusta la poesía?
Él, después de asentir y hablar brevemente, vio
los poemas, tomándolos uno a uno, deteniéndose a momentos, como el azul de la
tarde, y, como la tarde, finalmente, algo se oscureció en él que no vi, pero
sentí, cuando el halo presente en mis palabras parecía sumirlo más y más en la
lectura, hasta que abrió el papel, estirándolo, y sintió la imperiosa necesidad
de decir, de hablar… de confesar.
—¿Y esto es... por una chica, verdad? ¿Hace
cuánto?
No había terminado de responderle cuando inició
un monólogo efusivo, total y convencido, con la mirada fija en la noche ya
azulada.
—Hace una semana fue que me dijo: «¡No más, ya
no puedo más!» —y, sin pedírselo, me explicó con detalle—, que ya no sentía lo
mismo; que, desde hace una semana —empezó—,
mientras todo ese tiempo yo ahorraba para viajar, como dijimos, para nuestro
futuro, y nos hablábamos de manera normal, bien y con amor… y, de pronto, que
ya no es igual, ya no siento lo mismo, desde hace una semana.
Su voz tomó una seriedad conocida, en la que
sentí el mismo tono que adoptaba la mía para mis adentros.
—Pero a mí ya me ha pasado —agregó—. Otra
persona también me hizo lo mismo. Ansiedad me dijo, estrés, que ya no era
igual, que ella era cristiana. Al inicio todo bien: ella sabía que era
agnóstico, pero después todo estaba mal, que no era correcto. Y no salí de
pensar en esperarla; revisaba mi celular, la seguía y pensaba que llegaría el
día en que llamaría; pero tres meses después salía con su compañero de trabajo.
Ahí terminó para mí. La bloqueé. Mintió. Esta vez no voy a esperar eso; ya sé
cómo termina.
Me habló tanto, y se parecía tanto a mí, que en
su resignación vi el matiz futuro de mi herida, y una ingrata reverberación
nació de una luz avergonzada e intermitente de mis ojos. Pese a esta luz, me
negué un par de veces a esperar lo que me tocaba y, andando ya solo, a poco de
despedirme, en mi mente no terminaba de pensar.
Horas después, esa noche, luego de oír al chico
de las anotaciones del barranco, me invadieron sus palabras. Y, con más
curiosidad que esfuerzo, al intentar una distracción a mis pensamientos, topé
con una foto actualizada del estado de su hermana en el WhatsApp: era la
imagen de un atardecer azulado que se levantaba ante mis ojos entre árboles de
aire tropical y, casi en el medio, una especie de parapente suspendido.
Adentro, entre las uniones de mi nostalgia, lo
que quedaba del amor que sentía y la furiosa necesidad de verla, algo crujió,
como cada paso en ese apartamento de piso amaderado donde nos escabullíamos de
noche para vernos. Y sentí resonar dentro de mí preguntas, intentando reclamar
una respuesta contundente e impostergable: ¿Te quería? ¿Te pensaba? ¿Esperaba
quizá el momento justo para hablar de algo que había roto
desproporcionadamente?
La noche, fuera del bullicio hospitalario de la
gente que acude a verla, me es un soliloquio gris, nuboso, que, a puertas de la
playa, respira bruma fresca y salada. En ella, todo cae atrapado y se pierde.
Esa necesidad apremiante se confundía con mis
latidos y resonaba con muda violencia, mientras oía el piano y una voz que
quería decir con gritos lo que me dolía iniciaba su embestida.
Hay una necia rebeldía en el corazón de los que
nacen soñadores. Soñar duele, nos eleva, como al irónico parapente de la foto
que vi en ese estado de su hermana. Y esto que decimos no hacer con el cuerpo
—volar osadamente—, peor hacemos al practicar con el corazón. Debo reconocer
que todo aquello que el miedo me hizo evitar, al amar lo he arriesgado, y
siempre he salido accidentado.
Esta vez, herido, callado y necio, no sabía
cuándo rendir las armas y desistir de una pelea sin cuartel, sin armas y sin
enemigo. Peleaba solo con mi sombra, contra una promesa mentida, halando un
amor que había pasado frente a mí y me observaba perderse a lo lejos, como los
últimos colores del horizonte. Lejos de mí, yo no sabía qué sentir, y adentro,
una revolución, por tantas palabras oídas, desarmada, se entregaba rendida a
decir que ya no iba a pelear otro día más, porque estaba cansada, cansada de
pelear.
Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.