Es a veces, no todas las veces; las menos ya. Quizá todavía cuando la televisión no se apaga y la música sigue sonando bajito, pero aún suena y el mundo sigue girando, como un grito lejano que viene a mi mundo y llega cansado de abrir la boca de tanto gritar, tanto gritar.
—Abel, ¿de nuevo estás en el techo? ¡Te vas a caer! Baja de ahí.
A veces respiro hondo porque el aire me sobra, porque sobra oxígeno en la habitación callada. Porque la química de la tristeza parece reaccionar contra la luz de mi memoria y saltan lágrimas sin que lo pueda evitar.
—A ese chico le gusta estar en las alturas. Si no le dices bien claro, le digo yo.
El ciclo del agua empezaba en los mares, luego el calor y las nubes que suben condensándose a las nevadas y que bajan por los valles hacia el río para ir otra vez al mar. Otra vez al mar. El ciclo de mi tristeza acaba siempre en el piso: gotas que piso o tropiezo, como recuerdos resbaladizos, en ellos caigo y suben hasta mi mente y llega un momento que alcanza la resistencia del pico más alto de mi compostura, y vencida por el calor de la memoria... empiezo a llorar.
—Abel, ven hijo. Aquí es peligroso, no se juega aquí. Acércate...
A veces me sobra el corazón y quisiera no tenerlo más porque bombea demasiado el paso de mi sangre. A veces me sobra emoción y me siento piano destrozado, golpeado por manos cobardes. Y quisiera ser no más que otra ave volando en la bandada, para sentirme un poquito más que nada, para no sentirme soledad.
—¡Ves papá, no le tengo miedo a las alturas! ¿Ves papá? ¡Yo también soy valiente!
Yo también soy valiente, como el hijo que soñaba, que soñábamos dos; un hijo valiente que se atreve a volar. Con la mirada de un tigre di con todo cuanto tenía por delante. Y fui tan osado, tan provocador del destino que me atreví a soñar; y no me bastó hacerlo solo que incluí en mi arrebato la promesa de otra persona. Y sabes, Destino, amigo... eso sí es soñar.
Han pasado tantos meses de esa innata locura con la que algunos nacemos. Y el supuesto valor recogido, tras la caída, mal compuesto pero erguido, se me escapa por las heridas. Porque es que a veces me siento tan lento como la tarde, híbrida de vidas existiendo en un vago color cenizo que en la soledad contamina.
Había dejado de escribir para sentir allá lo que no es mío. Pero el valor se difumina con estas novedades del destino de no poder moverme ni siquiera para salir de casa. Y la quietud me conmueve como un acceso de melancolía.
Hoy es a veces, hoy es ayer. Hoy me siento triste y no sé ya por qué. Es como si dejando de escribir le quitara la boca a mi corazón para hablar...
luego me reclama compungido —por qué tanto silencio. Habla, e igualmente lloro. Parece que detener lo que siento es peor que sentirlo.
Es como una sensación brutal de soledad al haber sentido tan plena y feliz la compañía.
Es un hueco amplio que vibra mudo entre las paredes de la habitación. Así, ¿quién desea enamorarse? Para transitar tan lento el olvido, tan silencioso el paso de las horas... tanta fragilidad en la humanidad de haber querido honestamente.
Hoy es a veces, cuando me siento partido. Hoy es que siento el silencio enemigo y me duele el recuerdo; odio mi memoria, odio soñar.
«Odio tus ojos, tu cabello contra el mío, la forma de tu rostro y el recuerdo de tu voz; odio tu sonrisa y la manera en que disfrutaba esperar los fines de semana a tu lado, odio el silencio que me acompaña en tu lugar; odio la noche, los días con luna llena, odio mis lágrimas y mi memoria cargada de tonta necedad. Quisiera borrarte como en una papelera de reciclaje, formatear mi memoria para sacarte de una vez, arrancar el enchufe y nunca más encender mis sentimientos que siempre van a parar a mis recuerdos, a una imagen, a una escena que quiso ser feliz, que solo es feliz en el pasado, que solo es mía, que es una mentira, que es solo un pozo de tristezas; odio el amor y los restos que quedan.
Odio llorar, las miradas tristes en el reflejo de las vitrinas, caminar a solas y encontrar en la música un falso resguardo del corazón. Odio mi compañía que no sabe resignarse a lo que tiene. Odio, odio, te odio.
Desearía nunca haber escrito nada, nunca haberme enamorado, nunca haberte conocido. Yo no sé olvidar, para qué tenía que empezar.
Es tanta la ventaja que te lleva alguien que usa la cabeza en lugar del corazón, que detiene con freno de mano cuando la trocha se avecina, que se baja del vehículo y decide que no es el camino mejor.
Aprecio esa forma de gestionar. ¡Cómo mierda aprecio esa forma de gestionar... que no conozco!
Maldita sea la ternura, maldito sea todo el que dejó un corazón roto.»

«A veces me viene una gana ubérrima
de gritar pero en silencio
porque he aprendido a escribir
para (llorar) lo que siento.
A veces me trata la noche
como trata el Gocta al silencio
y se me escapa la vida de todo
como agua que no atrapan mis dedos.»