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sábado, 10 de enero de 2026

Noche de lluvia

     



     En lo irremediable de su voz había palabras que siempre había repetido, pintándola de cuerpo entero: que todo estaba enraizado en una forma derivada del amor desde la fe; que, si no lo uno no lo otro; que, si no era así cómo entonces iba a ser el futuro juntos. 

     Él la oyó con algo que no supo si fue nostalgia o estrechez. En el rostro tenía huida la emoción, y llorar era, más que nada, síntoma de una mueca triste y yerma. Simplemente no podía llorar, aunque triste y, a lo más, sintió una caja hueca en el quejido de su corazón. 

     Cuando la oyó mejor, latía tan bajo que supuso que era la muerte anticipada de lo que él todavía se empeñaba en llamar amor. 

     Tuvo que tomar la palabra para darle vida a lo que sentía, dudoso de emplearse en vano una vez más, y el aire respirado y contenido volvía de su encierro saliéndole por la boca. Más de una vez dijo que sentía pena por ese tiempo ido, más de una vez sintió sin redimir ese vacío estanco en el pecho apretujándole el corazón y por la forma en que impregnaba el ambiente con el relieve de sus largas ideas se diría que quiso discutirle al destino y corregirle la sinrazón. Fue así de convencido que, alargando una voz educada por la nostalgia, conmovió incluso al que los hilos de todo maneja y, en un punto, ya casi enternecido por su nocturno esmero, provocó que se encendiera la yesca, no ya del suyo, sino de todo corazón.

      Ella sintió la pausa de sus largos párrafos, los modos sucesivos de emplear la palabra amor, y el itinerario calmo hacia una ribera que creía perdida se le abrió de palmo a palmo entre la liquidez contenida de sus ojos. Y fue oyendo que pudo entender que los finales y los comienzos de todo lo oído semejaban no sus razones sino sus latidos, que no era ella detrás del móvil, era su corazón el atento oyente de todo cuanto se decía. 

     Fue entonces que le confesó sus signos y sus miedos, le arrodilló la voz atrapada y terca retenida en su interior, le mostró la mecha aún encendida de un olvidado «te quiero», le abrió de par en par su azorado corazón. 

     En la noche sin luna al bochorno del silencio, de los que, por no saber qué más ya decirse se quieren sin voz, por alegría o por tristeza, brotó la lluvia en el cielo tocando el techo de ambas casas en dos ciudades lejanas unidas por un mismo amor. 





martes, 18 de febrero de 2025

LC, V - Lágrimas de Cuenca (al Viento)

 






Pacífico Viento,

al pie del barranco,

que a la ola del mar paseas,

como hierba que ondea en el campo,

me ha traído tu paz, sobre esta banca de muda madera,

acunando mis ojos cerrados,

a preguntarme: ¿a quién, solitario, recuerdan,

tus ojos de otoño engastados?

Y un colibrí que revuela

ha trinado: «Cuenca», han dicho sus labios.

 

«Cuenca,

¿a dónde ha ido…

el naranja rojizo de tus tejados,

lienzo que vi del cielo,

con su marco de valle verdecido,

bajo un azul de sol apostado

que a sus ríos pincela de fiesta…?

 

Cuando la puesta nace,

su viento cifra el fermento

de una cárdena tarde,

que al áureo sol el Ande duerme

como moneda entre los valles,

y pinta de estrellas la lenta noche

y enciende en azul sus catedrales…


A la noche,

cuando canta la glorieta,

su gente acude a festejarle;

diciembre de luminoso romance,

del Calderón a sus callejas,

de sus callejas a su valle;

regálame otra vez tu lluvia buena

por la que el pastor ora para el río,

que cuando empieza, canta y resuena,

que es chispa de amor bendecido.

 

[...]








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LC, Parte III

 






La memoria y las emociones están tan enraizadas que es difícil entender la espiral que generan los recuerdos. Acendrar, un remolino, una interminable composición de imágenes refulgentes conectadas por palabras... la duda aplicada a esta... [..]    



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LC, La mitad de lo que siento

 







Que nada le aflija,

que olvide el “te quiero”,

que ausente la magia de amor un momento;

que sueñe en la cama

y no lo haga despierto,

que bese y no sienta el amor en sus besos;

que olvidar sea un deporte,

que mentir sea correcto,

que aligere la carga de todo sentimiento;

que use la razón,

que sea amor por defecto,

que el abrazo y el beso sean dos partes de un juego.

 

Que el catorce sea trece,

que no exista febrero,

que al llegar ese día haga fiesta en mi duelo;

que al amor sienta el frío

como un cubo de hielo,

que el suspiro sea tos que le enferma a momentos;

que no digas “no puedo”,

que me digas “te entiendo”,

que mañana de pronto ya no sigas latiendo,

yo que intento arreglarte,

pero nunca estás quieto.

¿Ves? tristeza es a amor como fin a comienzo.











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LC, Parte II





Los puntos suspensivos es un signo que interrumpe una idea, porque se sabe qué continúa, o porque la deja inconclusa, quizá una acción. Me encantan, a veces los cuentos terminan con puntos suspensivos, incluso cuando el punto es final. En la vida, en la vida de las relaciones [...] 




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LC, Me apagas y me enciendes

 




De alguna manera,

que no sabes, ni entiendes,

mi corazón coopera

y me apagas y me enciendes.

Yo sé bien que no lo intentas,

sólo sonríes y te alegras,

mientras en mí algo se detiene.

Soy culpable.

 

Te miro y me sujetas,

el tiempo dura eternamente,

y cuando más quiero te alejas,

y me apagas y me enciendes.

Es triste ver el cielo así,

cayendo poco a poco me parece

que no pudiéndome decir

resuelve hacer de gotas preces.

 

Tú sonríe y mira siempre,

pon la luz entre la gente,

yo haré de mí un efecto error

y de este sueño un sueño inerte,

pues la tristeza no es tristeza,

es mi corazón que no comprende,

que, de intentar ya tantas veces,

ni se apaga, ni se enciende.








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LC, Parte I






Cuando pude —ya que le escribía constantemente y guardaba en mi libreta nuestro diario compartir— aprovechaba breves lapsos de tiempo y, entre mi trabajo y todo lo dicho, anotaba una idea, una frase renuente en mi memoria o una pareja de palabras que, de no hacerlo, solo se iría de mí. Esto sería el tronco con el que formaría un precioso mueble que soñaba entregar como obsequio inmarcesible… y que no pudo ser. [...]




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LC, Índice










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LC, ...

 





Poemario desafortunado, que 
planeaba hacer, completar y obsequiar;
 teje las memorias que compartí, que
compartía... [...]



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LC, «La belleza está en los ojos… la poesía, en la voz»

 





Finalmente, la voz —tanto por su entonación como por el modo de emplearla— hace de un párrafo algo que se ha grabado profundamente en la memoria o algo que no se entendió del todo. Un poema puede ser precioso o rico en profundidad, pero, leído de cierta manera, carece de alguna de sus tantas bellezas: la sonoridad y la aprehensión que este detenta.

Leer es un verbo libre; se realiza como uno más placer siente. Sin embargo, [...]





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LC, Prólogo

 





Cuenca es una ciudad de Ecuador en la provincia de Azuay, a unos 2500 metros sobre el nivel del mar. Oficialmente se llama Santa Ana de los Ríos de Cuenca, y como su nombre «explícito» indica, es una cuenca: un valle rodeado por cuatro ríos que le dan un contorno verde tan intenso como al de una hoja que acaba de nacer. El centro histórico está habitado por casas de variada forma y tamaño, las más, en armonía con la naturaleza que las rodea llevan el color terracota en sus amplios y largos tejados, que cuando llueve toman ese tono naranja rojizo, que, por ser tan vivo ante mis ojos, creo que nunca olvidaré. La lluvia es muy importante y marca en parte el ritmo de los días, cuando es abundante paraliza la cotidiana vida de su gente, entonces salir a correr o ir a pasear al Parque de la Madre es una idea pensada solamente detrás de las ventanas, otras personas deciden salir con paraguas inclinados por la belleza de observar el lugar bajo el brillo de la lluvia. Cuando escampa y, al contrario, el cielo se ausenta de tocar el suelo durante mucho tiempo, en las Casas de Dios oran por su pronto retorno, porque sus ríos beben de la lluvia de ese cielo y Cuenca vive bebiendo del frescor de sus ríos. El sol, muy temprano, después de una noche de pleno aguacero, aparece con un brillo que azula el contorno de las lejanas montañas y limpia el cielo con sus haces amarillos, bordando con cada nube el sereno celeste del firmamento; cantan las aves escondidas detrás de las ramas, respirando la vida que comienza para darle encuentro, empezando en simultáneo color y sonido, el tiempo se hace franca poesía, naciendo del silencio, y sucede todo lento, tan naturalmente lento. Entonces, estás de pie tras la ventana de la terraza de una casa alta, acompañado por alguien o tal vez en soledad, y admiras algo tan simple en el curso de una vida, como puede ser contemplar la mañana.

Cuenca es el lugar al que fui [...] 



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Para eso no sirve

 





«Para eso no sirve»

Es una frase que nunca olvidaré. La dice Melquíades a José Arcadio en Cien años de soledad, cuando este último, en lugar de ver en la lupa un objeto para ampliar la imagen, descubre en ella un arma: bajo el sol, la lente no solo amplifica, también quema, incendia.

Este poemario no sería lo que es si el tiempo hubiera tomado otro rumbo. Como el sol a la lupa, el destino le otorgó una condición que no preví, una que jamás imaginé y que, de haberla visto antes, quizá también habría desechado con un «para eso no sirve». Pero no fue así. Y hoy, convertido en algo que no busqué, Lágrimas de Cuenca es lo que es: tal vez un refugio, tal vez un arma, tal vez ambas cosas. 
Un refugio de la soledad, un arma contra ella.  
Las lágrimas, involuntarias y empujadas por la abundancia del corazón, sellan y disuelven las grietas de lo que se soñó, de lo que no fue, de lo que ya no será… y de todo lo que queda.


«Poemario desafortunado, que planeaba hacer,
completar y obsequiar; teje las memorias que
compartí, que compartía... del inicio, el albor,
las vicisitudes y el triste final de una relación
que esperaba como agua de mayo. Lienzo 
pintado con emociones de la mirada íntima 
de una persona que conoció el amor.» 



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jueves, 16 de enero de 2025

La regard vertical (Fr)

Cachée, derrière un voile nuageux dense et errant, tu te dévoiles furtivement, de manière intermittente, en une nuit où les préoccupations terrestres consument les heures ; ignorée et presque accessoire face aux lumières de la ville ; peut-être es-tu une pâle pièce payée par toutes les solitudes. Pourtant, à celui qui, obstinément, parvient à te trouver, tu offres ta compagnie, peut-être fatiguée déjà d’éclairer, Lune.

À peine au niveau de la mer, dans la plaine côtière de Lima, la plénitude estivale de cet endroit ne favorise pas ta présence constante. Et, même lorsque, pendant quelques minutes, tu deviens la seule lumière véritable du ciel nocturne, la plupart des gens ici passent leur samedi soir en exigeant des heures qu’elles leur rendent chaque minute vécue. Il y a des coins où se lisent sur des visages l’impatience de l’aube, cherchant la joie de la nuit dans des bouteilles d’alcool, des enfants dépensant leurs dernières forces à jouer sous la gloriette d’un parc, tandis qu’une personne, réfléchissant en silence, balance doucement le temps sur une balançoire en bois ; des gens qui passent, qui viennent, qui poursuivent le rythme de la nuit fraîche, en route vers chez eux ou vers une maison quelconque de ce lieu, leurs regards horizontaux fixés sur la lumière des réverbères.

Dans cet endroit, de fine herbe et de bancs de ciment, mon regard s’égare vers le ciel. Il vient, inlassablement, te chercher, minutes après minutes, jour après jour, avec l’espoir de te contempler, sachant qu’avant la fin de l’année, tu te retireras, une de ces nuits.

Je ne discute plus la tendresse que je vois dans les amours. Je ne m’en réjouis ni ne m’en plains en les observant. Mais je suis impressionné, oui, par la beauté des couples âgés qui ont su ajouter le temps à l’expression de leur amour, si différente de la flamme romantique des baisers nés pour être intensément éphémères.

Je me demande, cherchant à travers l’obscurité profonde du ciel, si mes yeux méritent ta compagnie, si, dans ce passage nocturne, là, derrière les nuages, lumineusement solitaire, tu as décrété que tu ne mérites pas d’être regardée. Je te cherche, avec une constance presque amoureuse, et, pouvant enfin te voir, lumineuse et pleine, ayant gravi plus haut que les nuages, mes yeux t’écrivent cette patience romantique qui n’a cessé jusqu’à te trouver, pour que mes mots puissent enfin décrire ta présence affectueuse, ta compagnie tant attendue.

Je me demande.
Mes yeux méritent-ils ta compagnie ?
Mérites-tu mon regard ?
Je te cherche.
Mes yeux t’écrivent ma patience…
Mes mots décrivent ta présence… 
































Finalment écrasé... XD

martes, 7 de enero de 2025

The vertical gaze (En)


Hidden behind an intense, drifting veil of clouds, you reveal yourself fleetingly, intermittently, on a night when earthly worries consume the hours; unnoticed and almost secondary to the city's lights. Perhaps you are but a pale coin paid by all the lonely souls. Yet, to those stubborn enough to find you, you offer your companionship—perhaps already weary of illuminating—Moon.

Barely above sea level on Lima’s coastal plains, the summer fullness of this place doesn’t favor your constant presence. And even when, for brief moments, you manage to be the only true light of the night sky, most of the locals live out their Saturday demanding every minute repay the credit of being lived. There are corners where faces yearn for the dawn, seeking the night’s joy in bottles of liquor; children burning their last energy of the day playing in the gazebo of a park where someone, lost in silent thoughts, swings slowly on a wooden swing. People passing by, people arriving, people flowing with the rhythm of the cool night, heading home or to someone’s home, their horizontal gazes fixed on the glow of streetlights.

In this place of sparse grass and cement, my gaze strays upward. Night after night, it seeks you, steadfast in its contemplation, knowing that before the year ends, you will bid farewell on one of these evenings.

I no longer argue with the tenderness I see in love; I neither delight in it nor resent it. What impresses me now is the beauty of aged couples who have woven time into the expression of their love—so different from the romantic spark in kisses born for the fleeting thrill of passion.

I wonder, searching the dense darkness of the sky, if my eyes deserve your companionship. In the quiet passage of the night, behind the clouds, luminously alone, have you declared yourself unworthy of being looked upon? I search for you, with an almost enamored constancy, and finally, finding you, glowing and full, having climbed higher than the clouds, my eyes write to you. They compose this romantic patience that hasn’t faltered until you were found so that my words may at last describe your affectionate presence, your long-awaited company.

I wonder:
Do my eyes deserve your company?
Do you deserve my gaze?
I search for you.
My eyes write to you my patience...
My words describe your presence...































Finally, starry. XD