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martes, 21 de abril de 2026

La mitad de su fuego





Sería ya el tercer ejemplo y sigo encontrando más. No el mío.

El primero fue de oídas. La luz era esquiva en el salón, difuminada. Y, aunque velada por esa condición tenue, de luz temblorosa, no pudo terminar de leer sus escritos. Descifré, sin embargo, algunas líneas entre los altibajos de su voz, que impedían llegue o se entendiera que... amó ver junto al suyo su cepillo de dientes; que la embargaba el calor cuando, luego de un largo beso, él repetía su nombre; o que hasta hoy lo encontraba constantemente en el espejo rectangular de su casa.

Quedé pensando en lo difícil que es decir lo que uno siente, que la sinceridad de la hoja de papel es una confesión a puerta cerrada, y que una confesión no admite la voz sino el silencio para su lectura. Fue oírla y sentir adentro su temblor.


«y siempre termino igual
escribiendo así en condicional
porque no sé aún lo que sientes»


El segundo fue el de una muchacha. Había leído ya mucho, líneas dispersas o enlazadas, ideas entretejidas en las capas de un motivo primero: el mar, las plantas, un antiguo convento. Esas lecturas dejaban impregnada la búsqueda férrea de la palabra precisa, y esa búsqueda usualmente transmite una belleza distinta, velada. La línea sugiere por conexión, por memoria, por la unión inesperada de un sustantivo y un adjetivo. Ella, sin embargo, escribía desbordada, desde el corazón: sin otra técnica que la sinceridad, sin más atuendo que lo que sentía. Y no pude evitar deslumbrarme ante esa franqueza al escribir:


«Vivo en un planeta extraño
donde solo habita un hombre

y todas las mañanas pienso en él
cuando me visto pienso en él
cuando respiro pienso en él»





Volví a sus líneas más de una vez, creo que medía el tamaño de lo que sintió. En una segunda lectura reparé en lo tal vez descarnado o melifluo de los fragmentos, pero quedaba desprovisto de ello por ese irremediable y honesto rubor, porque nada más franco que aceptar solamente decir lo que sientes, sin artificio:


«Un hombre
cualquier hombre
debe ser
árbol
ocaso
libro

pero solo un hombre
mi hombre
es bosque
verano
institución»


Esto que circuía desperdigado en textos anteriores, en libros de tapa dura y blanda, de todo tamaño y color, reposando entre ensimismadas o distraídas manos de lectores, lo sentí elevarse y perderse. Estaba sobre todo en ese libro y en el poema de los primeros escritos de Eielson, fue ver un ave que planea sobre el rosicler del poniente perderse.

Cuando hallé el tercero, me quedó encendido su modo de sentir, esa especie de concatenación, la posibilidad de interpretar en la voz un fuego perdido: una mujer acoge lo que otra sintió al rogar al último ser amado que le quedaba con vida huir de la batalla.

Extraído del canto VI de la Ilíada, este fuego, la breve intervención de Andrómaca rogando a Héctor eludir la guerra, dolorida por todo lo que había perdido, es en sí un acopio de emoción universal... que, la autora encendida en él —tantos sus análisis y revisiones— prolonga, ensancha y desata, tomando a la poesía para internarnos en el misterio de su fuego.



«Se cruza el tren y la liturgia apenas
conserva ya la forma de un paisaje.
Hay un empeño en decir: sigue huyendo.
Huye como los hombres. Ese empeño
existe y se parece a un cuerpo otrora
amado. Si fuera cierta tu piel,
ciertos tus ojos,
quieta yo me quedara y no existiera
anhelo clavado donde un puñal»


Y aquí otra vez, pero pálido el dolor y la aceptación porque todos sabemos como terminó Héctor.


«Regresar de la playa, ya de noche
y morder lo concreto y no otra cosa.
Es el itinerario que atraviesa
los órdenes antiguos de la sangre.
Pienso en aquella encina
junto a las puertas de Esceas. De nuevo
salgo ilesa del nudo de un recuerdo
y quiero descansar de la fortuna.
Segura de mí misma y de mis pasos
proclamo que hay amor dentro del sueño.
Es eso lo que elijo, lo sencillo:
la gloria que precede a los combates»


Luego de horas interpelando a quienes no veré quizá algún día, ojos tan solitarios que traducen miradas, una fogata de palabras y sensibilidad se queda conmigo. 

Sobre el frío que ventea al pie de la berma, de regreso, entre la normalidad de la ciudad, gris el cemento, tiendas que cierran y parejas que se aferran como cobijo ante la noche, atizo observando, con mi eterno piano en los audífonos de fondo, esta suerte de hoguera...

sucedáneo de algo que he perdido y encuentro siempre frente a mí, pero no conmigo. Tímido, frontal o eterno... tantos fuegos confundidos nacidos de algo que también di...

y no está conmigo... 

y es que solo puede quedar la calidez, un ardor inevitable y la pregunta: dónde, bajo qué piedra, cabe semejante amor. «Tan solo la mitad de lo que Andrómaca a Héctor», pienso. Si al menos hubieras tenido la mitad.








miércoles, 12 de marzo de 2025

Moby Dick: Primeras palabras


Moby Dick de Herman Melville —libro grande y gran libro—, me empuja a decir que el que escribe revela en sus primeras hojas tener a un poeta en la narrativa; y en ella, una cercana o mundana, pero cuando conviene, elevada comparación. De la «filosófica caída de la espada de Catón» al «pacíficamente embarcarse», del «sustituto del suicidio» a «la otra manera de combatir la melancolía»: el porqué de una aventura (a la mar / o el mar como pulsión) se hila, explicada desde variada altura: una aventura identificable para cualquiera.

A veces, sencillamente, también yo, en el mudo riel de la tristeza —bullentes los apremios del tráfago del día, cuando hondo el parásito de la melancolía—. solo advierto una salida: ir al mar. Verlo. Y, quizás, en su sonido experimentar la voz de una aventura, de la promesa de otra aventura por venir; en el rigor que aplasta la arena, como a la tristeza de mi pecho, la ola que forma la orilla mueve o endereza mi centro.

La bella narración, que es poesía, va camino de otro punto final, y me recuerda ese viejo adagio que tan cierto encuentro: «el arte no tiene tiempo». 

Que, salvo luminosas excepciones —y varias quizás—, casi siempre que vuelvo a un clásico, me convenzo de esto: que lo más bonito, que lo más importante... ¡vamos!, que lo mejor ya está escrito.

Y que debes renunciar a creer que la palabra moderno, moda, o… tendencia, son guías cimeras para saber, para aprender, para dotar. 

El arte no tiene tiempo: Moby Dick lo refrenda. En dos capítulos, dos maneras de embalsamar el cuerpo de la narración con los aceites propios de la poesía.

Una parte, al final de su segundo capítulo, así lo muestra:

[... «Por lo que respeta a este borrascoso Euroclydon —dice un escritor antiguo, en libro cuya única copia existente poseo yo—, supone muy considerable diferencia el que se le observa desde una ventana de cristales, donde la escarcha queda toda al exterior, o desde otro sin marco, en cuyo caso la escarcha se expande a ambos lados. En esta última ventana la única vidriera es a condenada muerte».

«Verdaderamente», pensaba yo mientras este párrafo me venía a la mente, «que no te falta razón, viejo amigo». Sí, esos ojos son ventanas y este mi cuerpo es la casa. ¡Qué lástima que no acudan a tapar las grietas y rajas y pongan un poco de lino aquí y allí! Pero ahora ya es tarde para acometer mejoras. ¡Qué hermosa noche helada! ¡Cómo brilla Orión! ¡Y al norte, qué luces! ¡Hablémosles de sus veranos orientales, regiones de eternos invernaderos! Dadme el privilegio de crearme mi propio verano con mi propio carbón.]