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miércoles, 20 de noviembre de 2024

Cartas a quien, Barranco



«Si en la familia decir equivale a preocupar, entre amigos a normalizar y con los mayores a trivializar, ¿dónde queda todo lo que guardamos?»

Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.

Disponible en:

































«Barranco, de perímetro acogedor: desde donde habita su flor más escondida hasta el lugar donde la mirada alcanza en sus lentos ocasos, como una gran y natural red de rescate —de esas que alguna vez viera usar los bomberos en una antigua película del cine—, entre su mar y su puente, soportó mi caída, cuando empujado, viví el viejo reflejo de temerle a las alturas, ese miedo a las alturas que conocen los que suben muy alto, los que sin querer se enamoran.»








domingo, 27 de octubre de 2024

Cartas a quien, IA




Si disfrutas de la poesía y la literatura, comparto esta historia que continúa en un relato epistolar —minucioso, poético, contenido— que atraviesa, conecta y prolonga «Lágrimas de Cuenca».

«Si en la familia decir equivale a preocupar, entre amigos a normalizar y con los mayores a trivializar, ¿dónde queda todo lo que guardamos?»

Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.

Disponible en:









lunes, 30 de septiembre de 2024

Cartas a quien, I


Si disfrutas de la poesía y la literatura, comparto esta historia que continúa en un relato epistolar —minucioso, poético, contenido— que atraviesa, conecta y prolonga «Lágrimas de Cuenca».

«Si en la familia decir equivale a preocupar, entre amigos a normalizar y con los mayores a trivializar, ¿dónde queda todo lo que guardamos?»

Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.

Disponible en:




miércoles, 17 de octubre de 2012

El final de las historias

Toda la semana mencionaron su nombre: en los últimos ajustes para los estados financieros, en el análisis mensual de las finanzas de gerencia y hasta en las conversaciones casuales degustando remedio de oficina contra el sopor de la mañana, estaba ella. Ni siquiera sé si alguien le ha preguntado por mí. Sólo tuve muchos deseos de leer y de escribir, una ansiedad comprimida de hacer lo que no se puede, y en horario de trabajo lo que no se debe; y un inexplicable don de darle vida a los seres inanimados me tuvo rondando el teléfono de casa. No siempre se anhela tener la solución a cada problema y creo que esta vez quisiera tenerla. Aunque quizá este no es un problema. Pero he contado tantas veces como sucedió que me intriga saber que nada más que esperar, puedo hacer.

Con qué convicción dijo quédate, no podía negarme. Había gastado tantas horas esperando ese día que sentía el entusiasmo por mi, y con sus ojitos siempre alegres cuidaba que al menos hasta donde podía, todo saliera mejor. No te vas a arrepentir, será lo mejor, todos son de tu edad, y con su tierna bendición de madre angelical me dejó en la acera que estaba cerca de la entrada. Cargaba con una maleta llena de equipaje, mucho cansancio, un buzo holgado, y una sensación de frescura por el ventar de la noche. Al frente, un portón grande con una puerta en medio se abrió segundos después, y con más júbilo que orden se acercaron dos muchachos de aspecto juvenil pero extraño, un tanto despreocupado, aunque un aura acogedora hacia notar que tenían el espíritu en su sitio. Uno, tenía el peinado destruido. Surcaba sus dedos restregando su cabello mientras completaba el formulario con cada pregunta: ¿Nombre? ¿apellido? ¿edad? ¿dónde vives? ¿número de celular? ¿trabajas? El otro observaba con una tiesa sonrisa, paseando su mirada entre el formulario, mi maleta, y en fin algo que habría extraviado -es probable- en la obscuridad de la noche. Terminó con su última pregunta: ¿qué esperas del retiro? Nunca espero, sólo sé que va a suceder y en el mejor de los casos sólo espero darme cuenta, respondí.