Horas hermosas las de la memoria.
En la memoria;
aquí solo arden, desandan.
Todo camino lleva los pasos contados por huellas inevitables.
Evocadas, bellas —bien pensadas, amargas.
Adentro, una dulce mirada trenza el centro de la noche
mientras recuesta su mejilla.
Voces encantan la glorieta;
nadie se esfuerza al acercarse,
más que acercarse, nos unen;
el júbilo estalla.
Y afuera, a donde siempre vuelvo
su reverso,
o simplemente el silencio;
la nocturna palabra que da nombre a la nada.
Un mismo fuego me abriga y deflagra.
La mente es un niño que corre sin miedo a caer,
y cómo anima el corazón este juego.
Porque no soy yo, yo miro y existo.
En esta estación de grises recorro lugares que reavivan los colores;
donde el frío de la noche borra los bordes en lo alto de antiguas casas,
remiendo su arquitectura,
la nocturna palabra que da nombre a la nada.
Un mismo fuego me abriga y deflagra.
La mente es un niño que corre sin miedo a caer,
y cómo anima el corazón este juego.
Porque no soy yo, yo miro y existo.
En esta estación de grises recorro lugares que reavivan los colores;
donde el frío de la noche borra los bordes en lo alto de antiguas casas,
remiendo su arquitectura,
en el segundo piso de la ciudad, en la blanda hondura del cielo,
en las sonrisas.
Un semáforo en rojo detiene a la gente y el tiempo,
y en el reflejo de un gran cristal,
yo que todo lo observo,
alguien sonriendo acompaña la soledad de mi costado
una forma del amor me sostiene la mirada
y cuando el verde llega y la gente avanza,
detenido aún,
algo de mí busca un taxi, porque se ha ido
camino de un lugar que conozco
y debería olvidar.
Un semáforo en rojo detiene a la gente y el tiempo,
y en el reflejo de un gran cristal,
yo que todo lo observo,
alguien sonriendo acompaña la soledad de mi costado
una forma del amor me sostiene la mirada
y cuando el verde llega y la gente avanza,
detenido aún,
algo de mí busca un taxi, porque se ha ido
camino de un lugar que conozco
y debería olvidar.

