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domingo, 21 de septiembre de 2025

Soledades - Llegabas cansada





    Cerraba los ojos dejando caer delicadamente los párpados, y sus labios parecían ceder, rendidos ante la fuerza de la gravedad. Los hombros, serenamente erguidos, recibían una mezcla de amor y firmeza, contenidos y dados gradualmente.

    —¿Te gusta?

    —Sí —decía con media sonrisa,  desvanecida en la palabra.

    Cada palma de su mano le dibujaba formas presionadas sobre su espalda, mientras su cabello caía, mecido por la cercana respiración. Tibio el tacto repasaba largos hilos imaginarios, trazando surcos entre sus cabellos, y ella sentía ir y venir el calor prendado en el paso de sus dedos.

    Al detenerse, tiempo después, ella —aún con los ojos cerrados, adivinando el halo de las manos que se alejaban con su ensueño— las tomó susurrando:

    —Un poco más, por favor —como rogando, casi vencida.

    —Toda la vida, amor.

    Y, besando su frente, él continuó.

    Perdida. Mecida en el placer callado que le daban sus manos, reposó su cuerpo, su alma y el tiempo de la habitación; sobre un sofá largo y mullido, bajo una vaga luz amarilla, sostuvo el sueño de su espíritu cansado, acunándolo bajo la fuerza de sus manos y la tibieza de su calor.




domingo, 31 de agosto de 2025

La noche

   





La noche llega
para decir con las horas su silencio;
para no morir de tristeza
la infinita serenidad de sus nubes
que no hacen el amor, sino la ausencia
ocultan el firmamento.


Llega el mundo con su palabra oscura:
dice que luces y brisa
cierran todo por dentro
y abre una grieta en la estatua dura
que guarda tiempo y recuerdo.


Desnuda el mundo en la noche su silencio
por no morir de tristeza;
busca en el mar destello de alguna luz,
«la luna sola sin firmamento»
y yo, absorto en el cielo,
le trazo estrellas en mi cuaderno.


Y cuando el canto empieza
—párrafos que embargan las avenidas—
los charcos del suelo,
el cielo anega lágrimas vivas...
El mundo calma su pecho.
Y yo, descifrando el cielo, escribo
para dejar el recuerdo:
mi noche, mi cielo, mis estrellas,
para no morir de silencio.



 

domingo, 24 de agosto de 2025

Obsequios





















Te obsequié una orquídea; me dejaste tu recuerdo.    
    
Una semilla en el tiesto
agua, abono y tardes de sol.
Más no la he visto, pero juraría
se abre brillante y dulce, como fruto, la flor.    
    
Un recuerdo en el pecho    
lágrimas, silencio, la luna y yo.
Es seguro —ni imaginas—
¿Qué brota al tiempo, callado en el corazón?



viernes, 22 de agosto de 2025

Yo, mí, me, conmigo - II






     Un vacío, un espacio que increpa ahí arriba, en tu mente. Sientes.  Digamos que sientes... 
     Y, al sentirlo, buscando una razón, no encuentras las palabras. Y a lo largo de horas de lectura, oyes una canción... que encierra el humo de todas tus figuraciones. Entonces, abstraído, entiendes, porque oyes lo que sientes. 

     «Sin la música la vida sería un error.»
     —¿Quién dijo eso? —Sé que no fue por mí, pero fue por todos los que entendemos lo mismo. 

     Siento, me pierdo... luego escucho y entiendo.






domingo, 17 de agosto de 2025

Yo, mí, me, conmigo - III



                



¿qué hace una persona saliendo a tan alta hora de la noche?
con seguridad es un hambre que busca saciar.
pero... ¿y si hubiera comido, aunque austero, ya?
las tiendas ofrecen de todo; pero no todo se puede comprar.


confundida, sale de la tienda y observa la noche detenidamente:
luces, gentes, estrellas —todo se nombra en plural.
una persona sale a comprar a altas horas de la noche y comprende...
que lo que busca no se puede comprar.









viernes, 11 de julio de 2025

Atado por un hilo

    Cansado de pensar, de gastar los ojos sobre cuadernos y pantallas, siento un leve alivio al detenerme. Mi cabeza percibe que es bueno, de cuando en vez, detenerse; aun así, me doy unos minutos para darle una vuelta a ese pequeño mundo que ahora reconozco mío. Leo: «soñar es olvidar» —un ciclo, científicamente comprobable. Me río de la ciencia: he soñado ya bastante. Solo diría que el tiempo es inevitable; los actos sostenidos consuman cambios: el agua al fuego solo acabará hirviendo, la ola sobre la arena reformando la ribera, tarde o temprano. Esto es así. 

    El mundo me cabe en una mirada, en unos ojos que no encuentro e imagino detrás de otra pantalla. A menudo leo el efecto de estos accidentes sobre las personas, en frases que las retratan. Advierto entonces que la soledad es otra forma del invierno: te encierra en ti mismo como abrigado contra el frío, bajo la muda protección de tu crisálida. Orondos o confundidos; solo es cuestión de tiempo para el día en que salgan. 

    Veo una banca solitaria al borde de lo que sería un mirador. Es una publicación de Instagram donde ni el horizonte marino reverberando el sol, ni el azul del cielo espléndido y lejano, pueden mitigar la ausencia con que traspasa la canción… ausencia que, a su vez, me traspasa. Alguien ha atado con un hilo de nostalgia imagen y melodía; la trama que canta se enreda en mi alma... 




    En el callado momento que entiendo ingrata la hora, recuerdo haber leído: «No es cierto que te rompen el corazón, sino que lo despiertan». El supuesto romance que nace de la pirueta de los verbos confunde mi silencio lector con el agrio tono que toma mi voz. Si la ausencia me hablara, me diría: «¿qué te parece la broma?» Y la ausencia me habla: con el silencio de mi lectura, tan parecido a la trama de aquella publicación.







domingo, 2 de marzo de 2025

After noon - «Ilusiones perdidas»

 









Lo dijo de una manera triste, pensando en... ¿qué sería de todo lo que algún día dijo con amor? ¡lo que prometió! ¡lo que planeó! Lo que tejió con palabras para dejar en otro corazón todo lo que sentía por dentro. 

Miró el horizonte y viendo a la chica arrobada, casi aferrada a las rejas —y sin poder resistir la belleza del ocaso atravesado de colores— casi ahogadamente me preguntó:

        —¿A dónde van las ilusiones perdidas, Viejo? A dónde.

Creo que yo también había sentido lo mismo, creo que el amor, trunco, es una huella imborrable que nos deja más preguntas que respuestas, que nos hace ocultar, transponer o mudar. Y a estos tres verbos los observaba detenidos, en el incompleto transitivo de sus ojos —sin su objeto directo, sin aquello que llamó amor—, coloreados de nostalgia.
     
    
        —«Arriba», le dijo el abuelo. «Arriba...»

             «...todas esas cosas bellas que sabes, que saben —que sabían dos inicialmente— le dan color a la maravilla de la tarde. El ocaso, la despedida del sol, de su luz a la tierra... son todos los sueños que incandescentes se apagan sobre la rotunda oscuridad de la noche, de nuestra noche, de nuestras noches. Y neciamente regresan a despedirse recordándonos en los colores que ves —las bellezas que fueron—, cada día.»



viernes, 14 de febrero de 2025

Starman



A David Bowie le parecía que la versión de "The man who sold the world" que interpreta Nirvana era muy triste; seguramente diría lo mismo de la de Matt Johnson, en el consolador canto acústico de su "Starman". Creo que sabía que de la tristeza han nacido creaciones de arte memorables, incluido el campo de la música, pero quizá simplemente no le agradaba ese sentimiento en su obra.

Eran más de las diez de la noche y regresaba de ese lugar donde no tocan Bowie, Queen o Nirvana; aunque, quizá, como ellos, con su música, también intentan arreglar los muchos corazones que se han roto por el paso del tiempo, dándoles un tono de fe con el que puedan afinar sus vidas. Se habían puesto de pie en el estrado, espontáneamente, uno por uno, a agradecer lo que el 2024 les había dejado. Y entre las muchas voces que atizaban el eco de esperanza en los oyentes del auditorio, Gael, el niño de 7 años que, con aplomo convencido primero y depuesto al silencio —debido al sismo de una emoción contenida— después, silabeaba entre lágrimas que agradecía a Dios o al destino que, luego del accidente en moto de su madre la tuviera viva y felizmente suya otro año más en su pequeña y corta vida. El pastor, con delicada sabiduría, le ayudó a terminar lo que en Gael ya era una mezcla de tristeza, fe y alegría atropellándose para salirle por la boca, y, entre aplausos, acalló su contenido sollozo imposible de parar.

Como su sollozo, resonaba en mi oído la frase «Un día voy a estar corriendo» de una mujer que, convencida, aleccionaba con la alegría de su enorme sonrisa, porque compartía que todo aquello que había recuperado en el año y lo que le quedaba por recuperar de la movilidad de su cuerpo era, con Él, con quien lo haría: con quien lo iba a solucionar; que no importaba si hoy no caminaba perfectamente, porque sabía que, un día no muy lejano correría, y sonreía mientras se disponía a repetirlo —no sé si con la boca o con el corazón. La fe puede sentirse como una luz que brota del espíritu, derramándose en un calor que desborda como lágrimas trazando caminos silenciosos por las mejillas. Así vi dibujarse esa fe en los rostros del auditorio, unida espiritualmente por el brillo de sus ojos.

Más tarde, con un trozo de vela cada uno y una llama tan cálida como amarilla, en canto personal y común, agradecían todos ordenadamente; y alcancé a oír, compartido e igual en mi pensamiento: «por mi familia, por esta familia y por las casualidades que da el destino». Diría que cada uno encendió el fuego de su estrella mientras orábamos cálidamente a Dios.

Las luces dentro de ese oscuro lugar y la ternura saliendo de cada palabra fue tanta... que me recordó a mirar las estrellas, cuando era niño y agradecía mis ojos, porque podía verlas tan bien que no dejaba de observarlas.

A veces miro el cielo y capturada mi atención siento una naciente nostalgia que se confunde entre mis recuerdos. Sé que cuando niño y lo recuerdo muy bien, el cielo desde la Villa de Buenos Aires era un espectáculo para mí, y yo me quedaba observando esa sincronía de luces titilantes. Mi vista era mejor: podía distinguir inclusive —lo recuerdo— el titilar de sus luces y la diferencia entre una y otra. Concentraba mi mirada en una, o un grupo, o un cúmulo como luego leí. Y notaba ese patrón uniforme al mirar. A veces lo que observamos no es una estrella sino un grupo, o una galaxia entera, cuya unión de estrellas la hace fulgurante, otras veces es tan solo una y es tan potente que hace lo que miles. Esas luces las sentía dentro de mí, lejanas y cercanas a través de mis ojos.

Solo recuerdo tres veces ver estrellas fugaces. La primera fue a esa edad justo desde el porche de mi casa, donde mi tío acostumbraba una y otra vez a pitar ese triste cigarrillo con la pierna flexionada sobre la piedra más grande que había, dejando una liviana estela de humo tras de sí, detenido admirando el cielo. Estaba con mi hermano que no la vio, y una estrella fugaz no se detiene a esperarte, simplemente la vi y él no. La segunda, fue en Cuenca, junto de alguien especial, que hoy por su ausencia acongoja mi corazón como el brillo de otra estrella que por lejana siento bella e inalcanzable; y creo que... ella tampoco la notó. Abrimos los grandes ventanales que cubrían el rellano de la escalera de ese edificio —donde ella vivía, en el cuarto piso— una noche que había acabado de llover copiosamente, justo después que el calor naciera —y notar que la noche era inmensamente estrellada— le pedí que observáramos atentamente, como recordaba hacerlo de niño y, oblicuas las miradas, quizá la vi o la vimos moviéndose rápido entre la multitud de luces del tapiz azulado del cielo: una raya brillante que desaparecía fulminada en su trayecto.

A veces recuerdo la frase de Carl Sagan: «estamos hechos de lo mismo que las estrellas» que, «el cosmos está dentro de nosotros». Que somos extraordinarios tanto como ellas: hechos para brillar. Y siento mezclada la tristeza y la fuerza que me da observarlas lejanas detenidas en el firmamento.

Enternecido por la velada y su oración de agradecimiento, terminada ya, camino por la acera, disociado de la multitud de gente que va y viene, con mis audífonos en modo cancelación de ruido y caigo en la cuenta de que Dios —o el viento— han despejado las nubes del lugar y que puedo ver arriba, claramente, cómo el espectáculo del cielo continúa agradeciendo mientras transcurre la noche. Alguien me hace señas y me pregunta hasta dónde voy. Resuelve que es muy lejos para ir caminando, increpa por qué no voy en vehículo; miro al cielo, y no sé manera de decirle que «no quiero dejar de contemplar cómo las estrellas, arriba, me parecen luces que agradecen: como niños con velas; que las quiero observar, que las quiero contemplar». Lo miro y le digo que me gusta caminar, que solo es eso y parece aceptarlo. Enciendo "Starman" y oigo la voz de Matt Jhonson con el sentido acorde del ritmo de su guitarra 
cavando en mi corazón, levanto la mirada mientras camino, y siento que... los recuerdos —lejanos como las estrellas— se acercan y se mezclan dentro de mí, y pienso que la tristeza y el agradecimiento son luces de una misma constelación, que ambas embellecen la vida y la llenan de sentido. Que, si he llegado a ese lugar, donde todos agradecen por las pruebas, por las tristezas que construyen su fe y su corazón, es que está bien, que no importa por qué llegué, que debo entenderlo, porque alumbra mi camino. Sigo caminando y el cielo me ofrece por tercera vez en mi vida una estrella fugaz —y un inevitable vacío que me agrieta y molesta, que fue sonrisa y que aún no cierra, me lleva a Cuenca—, y siento la tristeza de la melodía de la canción acudirme y devuelvo una lágrima, conmovido, en agradecimiento.









«Cuando estoy en la calle, de noche, y escucho esa canción miro al cielo fijamente, como quien presencia una batalla: mi tristeza luchando contra mi alegría; y pienso, sonriendo, que un héroe de colores bajará para ayudarme.»

 

XD/TT