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domingo, 11 de enero de 2026

Lo que arrastra la marea

 


     Si se llama espíritu o alma esto que se aparta del cuerpo una vez que cesamos, lo mismo que nos mueve apasionadamente a hacer y desfacer según las intangibles complexiones de cada cual, esto que nos ayuda a veces a ver mejor que los ojos, comprende también, sabiamente, lo que es el aroma del mar: su significado azul en la pausa de las vidas, el amistoso efecto del partir de las horas.

     Frente a la ribera pedregosa de la costa verde, sobre una línea animada por la vitalidad de la gente, una columna de nubes se levanta oscurecida abrazando el cielo de las siete, y otorga en las miradas la calma del añil rozado por los últimos rayos de un sol desfalleciente.

     La única diferencia con algún recuerdo removido por ese otro mar que es la memoria, es que esta vez no descifro, sino que puedo oír las olas porque ya no siento la imperiosa necesidad del refugio del piano en los audífonos.

     Anochece, y la vida brilla bajo estas farolas no encendidas: voces de amores discretos divagan, amistades perpetuando la cercana oscuridad de estas horas y alguna contemplación solitaria despertando al arte de observar.

     Esta brevedad que conmina, este viento que da forma al calmado cristal de la marea, encuentra en sedentes y viandantes una excusa para ser y permanecer.

     Una y otra vez va y vuelve la marea, incansable instrumento al ritmo de la brisa. Se recoge el mar arrastrando su espuma entre las piedras, con ellas se lleva la sal y las miradas atentas, socavando levemente la orilla ya quimera: las pisadas de la gente, el pasado de este mundo.



domingo, 19 de octubre de 2025

Soledades - Frente al mar




Miraba el mar desde la larga costanera, 
hasta donde se pierden las últimas luces, 
acodado en la baranda. 
Metros abajo, 
sobre las rocas empotradas en la orilla, 
amigos y parejas celebraban o conversaban; 
su música variopinta se oía y se apagaba con el final de cada ola. 
Vi niñas que jugaban a que el agua las atrapa, 
y a alguna persona en aparente monólogo que, 
enfocando con su móvil 
—entre risas— 
lo que veía, narraba.    

He estado aquí tantas veces. 
He sido todo lo que miro.



miércoles, 12 de marzo de 2025

Moby Dick: Primeras palabras


Moby Dick de Herman Melville —libro grande y gran libro—, me empuja a decir que el que escribe revela en sus primeras hojas tener a un poeta en la narrativa; y en ella, una cercana o mundana, pero cuando conviene, elevada comparación. De la «filosófica caída de la espada de Catón» al «pacíficamente embarcarse», del «sustituto del suicidio» a «la otra manera de combatir la melancolía»: el porqué de una aventura (a la mar / o el mar como pulsión) se hila, explicada desde variada altura: una aventura identificable para cualquiera.

A veces, sencillamente, también yo, en el mudo riel de la tristeza —bullentes los apremios del tráfago del día, cuando hondo el parásito de la melancolía—. solo advierto una salida: ir al mar. Verlo. Y, quizás, en su sonido experimentar la voz de una aventura, de la promesa de otra aventura por venir; en el rigor que aplasta la arena, como a la tristeza de mi pecho, la ola que forma la orilla mueve o endereza mi centro.

La bella narración, que es poesía, va camino de otro punto final, y me recuerda ese viejo adagio que tan cierto encuentro: «el arte no tiene tiempo». 

Que, salvo luminosas excepciones —y varias quizás—, casi siempre que vuelvo a un clásico, me convenzo de esto: que lo más bonito, que lo más importante... ¡vamos!, que lo mejor ya está escrito.

Y que debes renunciar a creer que la palabra moderno, moda, o… tendencia, son guías cimeras para saber, para aprender, para dotar. 

El arte no tiene tiempo: Moby Dick lo refrenda. En dos capítulos, dos maneras de embalsamar el cuerpo de la narración con los aceites propios de la poesía.

Una parte, al final de su segundo capítulo, así lo muestra:

[... «Por lo que respeta a este borrascoso Euroclydon —dice un escritor antiguo, en libro cuya única copia existente poseo yo—, supone muy considerable diferencia el que se le observa desde una ventana de cristales, donde la escarcha queda toda al exterior, o desde otro sin marco, en cuyo caso la escarcha se expande a ambos lados. En esta última ventana la única vidriera es a condenada muerte».

«Verdaderamente», pensaba yo mientras este párrafo me venía a la mente, «que no te falta razón, viejo amigo». Sí, esos ojos son ventanas y este mi cuerpo es la casa. ¡Qué lástima que no acudan a tapar las grietas y rajas y pongan un poco de lino aquí y allí! Pero ahora ya es tarde para acometer mejoras. ¡Qué hermosa noche helada! ¡Cómo brilla Orión! ¡Y al norte, qué luces! ¡Hablémosles de sus veranos orientales, regiones de eternos invernaderos! Dadme el privilegio de crearme mi propio verano con mi propio carbón.]