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lunes, 24 de febrero de 2025

Esperar

 




Aunque no he leído alguna respuesta escrita. Imagino la sola idea de la pregunta vagando —deambulando— en la memoria de alguien que quiere o que supo querer.

Las locuras por amor son una cesión obsequiada al otro lado de la orilla. No es para nosotros; pero nuestro corazón —emocionado— goza o disfruta en su comisión.

Dar en demasía —aunque la contemporaneidad nos augure, como dice Calamaro: «mi vida fuimos a volar, con un solo paracaídas...»— nos ofrece la libertad de la lágrima genuina o de la sonrisa verdadera. Dar incondicionalmente enseña a amar. Al contrario, no hacerlo, deja el puro y agrio sabor del arrepentimiento, que vuelve como regurgitado de cuando en vez las escenas del día nos señalan recuerdos.

En la vastedad del cero de las respuestas, que son imaginaciones o memorias no escritas, pienso en las muchas cosas que a través del tiempo he oído. Desaforadas unas, quizá imposibles otras, pero ninguna común, porque para un corazón enamorado todo tiene alto valor:

—Los que pasaron una noche entera donde no esperaban.

—Los de las serenatas.

—Los que dijeron la mentira más increíble que no pensaron decir para pasar ese día compartido

—Los que regresaron enamoradamente, por perdonar.

—Los que viajaron motivados por el solitario y blanco verbo creer.

Hay muchos motivos que alegran el corazón por el claro horizonte que vislumbran: para que el amor continúe. Y la historia, no es ajena, recoge menciones imborrables que demanda notarlas:

—Famoso es el emperador musulmán que mandó construir, en la hoy India, el Taj Mahal; al perder su amada. La belleza de la construcción ha quedado para la posteridad, nombrada como «una lágrima en la mejilla del tiempo».

—O, el de un rey que, por amor a una mujer divorciada —impedimento religioso para la corona inglesa al ansiar consumar segundas nupcias (casarse)—, renuncia a su corona, al trono... a su linaje.

Todo... y lo que sabes que yo no sé tiene un alto valor entre las razones que responden mi pregunta: ¿Cuál fue la más grande locura que hiciste por amor?

Algunas se realizan después del amor, otras para que éste continúe. Pero todas, en nombre de lo que uno siente.

Siempre he pensado —y quizá compartas lo mismo que yo— que el amor más genuino es el primero: el que desconoce el cataclismo de los finales: el de la adolescencia, el primero. El que, sin preguntar, te arrastra... o, ciertamente, te hace volar. El tiempo ha pasado, y considero que hay uno más fuerte todavía: el que eliges, el que dictaminas «será» por propia voluntad. Cuando, al conocer a alguien —vistos los atributos y los defectos (y todo lo que piensas para valorar)—, eliges y empiezas a bregar. La rotura de este... creo que inclusive suena o resuena en uno... como si una gran ola golpeara, con su estruendo, el pacífico tiempo de la playa que creímos solaz. Ese amor.

Por uno así salí del país, convencido, cumpliendo una promesa compartida. Y, más tarde, cuando la borrasca detonó en una petición que se tradujo en «guardémonos el corazón dos meses...», mi respuesta —indigna de la adultez: pueril e ilusa, ciega y enamorada— me hizo esperar. Dos meses en los que construí la poesía más transparente que me nació del corazón.

La locura más grande que hice por amor fue esperar. Un solo verbo reflejado en todo lo que supe: esperar. Esperar.



martes, 18 de febrero de 2025

LC, V - Lágrimas de Cuenca (al Viento)

 






Pacífico Viento,

al pie del barranco,

que a la ola del mar paseas,

como hierba que ondea en el campo,

me ha traído tu paz, sobre esta banca de muda madera,

acunando mis ojos cerrados,

a preguntarme: ¿a quién, solitario, recuerdan,

tus ojos de otoño engastados?

Y un colibrí que revuela

ha trinado: «Cuenca», han dicho sus labios.

 

«Cuenca,

¿a dónde ha ido…

el naranja rojizo de tus tejados,

lienzo que vi del cielo,

con su marco de valle verdecido,

bajo un azul de sol apostado

que a sus ríos pincela de fiesta…?

 

Cuando la puesta nace,

su viento cifra el fermento

de una cárdena tarde,

que al áureo sol el Ande duerme

como moneda entre los valles,

y pinta de estrellas la lenta noche

y enciende en azul sus catedrales…


A la noche,

cuando canta la glorieta,

su gente acude a festejarle;

diciembre de luminoso romance,

del Calderón a sus callejas,

de sus callejas a su valle;

regálame otra vez tu lluvia buena

por la que el pastor ora para el río,

que cuando empieza, canta y resuena,

que es chispa de amor bendecido.

 

[...]








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LC, Parte III

 






La memoria y las emociones están tan enraizadas que es difícil entender la espiral que generan los recuerdos. Acendrar, un remolino, una interminable composición de imágenes refulgentes conectadas por palabras... la duda aplicada a esta... [..]    



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LC, La mitad de lo que siento

 







Que nada le aflija,

que olvide el “te quiero”,

que ausente la magia de amor un momento;

que sueñe en la cama

y no lo haga despierto,

que bese y no sienta el amor en sus besos;

que olvidar sea un deporte,

que mentir sea correcto,

que aligere la carga de todo sentimiento;

que use la razón,

que sea amor por defecto,

que el abrazo y el beso sean dos partes de un juego.

 

Que el catorce sea trece,

que no exista febrero,

que al llegar ese día haga fiesta en mi duelo;

que al amor sienta el frío

como un cubo de hielo,

que el suspiro sea tos que le enferma a momentos;

que no digas “no puedo”,

que me digas “te entiendo”,

que mañana de pronto ya no sigas latiendo,

yo que intento arreglarte,

pero nunca estás quieto.

¿Ves? tristeza es a amor como fin a comienzo.











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LC, Parte II





Los puntos suspensivos es un signo que interrumpe una idea, porque se sabe qué continúa, o porque la deja inconclusa, quizá una acción. Me encantan, a veces los cuentos terminan con puntos suspensivos, incluso cuando el punto es final. En la vida, en la vida de las relaciones [...] 




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LC, Me apagas y me enciendes

 




De alguna manera,

que no sabes, ni entiendes,

mi corazón coopera

y me apagas y me enciendes.

Yo sé bien que no lo intentas,

sólo sonríes y te alegras,

mientras en mí algo se detiene.

Soy culpable.

 

Te miro y me sujetas,

el tiempo dura eternamente,

y cuando más quiero te alejas,

y me apagas y me enciendes.

Es triste ver el cielo así,

cayendo poco a poco me parece

que no pudiéndome decir

resuelve hacer de gotas preces.

 

Tú sonríe y mira siempre,

pon la luz entre la gente,

yo haré de mí un efecto error

y de este sueño un sueño inerte,

pues la tristeza no es tristeza,

es mi corazón que no comprende,

que, de intentar ya tantas veces,

ni se apaga, ni se enciende.








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LC, Parte I






Cuando pude —ya que le escribía constantemente y guardaba en mi libreta nuestro diario compartir— aprovechaba breves lapsos de tiempo y, entre mi trabajo y todo lo dicho, anotaba una idea, una frase renuente en mi memoria o una pareja de palabras que, de no hacerlo, solo se iría de mí. Esto sería el tronco con el que formaría un precioso mueble que soñaba entregar como obsequio inmarcesible… y que no pudo ser. [...]




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LC, Índice










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LC, ...

 





Poemario desafortunado, que 
planeaba hacer, completar y obsequiar;
 teje las memorias que compartí, que
compartía... [...]



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LC, «La belleza está en los ojos… la poesía, en la voz»

 





Finalmente, la voz —tanto por su entonación como por el modo de emplearla— hace de un párrafo algo que se ha grabado profundamente en la memoria o algo que no se entendió del todo. Un poema puede ser precioso o rico en profundidad, pero, leído de cierta manera, carece de alguna de sus tantas bellezas: la sonoridad y la aprehensión que este detenta.

Leer es un verbo libre; se realiza como uno más placer siente. Sin embargo, [...]





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LC, Prólogo

 





Cuenca es una ciudad de Ecuador en la provincia de Azuay, a unos 2500 metros sobre el nivel del mar. Oficialmente se llama Santa Ana de los Ríos de Cuenca, y como su nombre «explícito» indica, es una cuenca: un valle rodeado por cuatro ríos que le dan un contorno verde tan intenso como al de una hoja que acaba de nacer. El centro histórico está habitado por casas de variada forma y tamaño, las más, en armonía con la naturaleza que las rodea llevan el color terracota en sus amplios y largos tejados, que cuando llueve toman ese tono naranja rojizo, que, por ser tan vivo ante mis ojos, creo que nunca olvidaré. La lluvia es muy importante y marca en parte el ritmo de los días, cuando es abundante paraliza la cotidiana vida de su gente, entonces salir a correr o ir a pasear al Parque de la Madre es una idea pensada solamente detrás de las ventanas, otras personas deciden salir con paraguas inclinados por la belleza de observar el lugar bajo el brillo de la lluvia. Cuando escampa y, al contrario, el cielo se ausenta de tocar el suelo durante mucho tiempo, en las Casas de Dios oran por su pronto retorno, porque sus ríos beben de la lluvia de ese cielo y Cuenca vive bebiendo del frescor de sus ríos. El sol, muy temprano, después de una noche de pleno aguacero, aparece con un brillo que azula el contorno de las lejanas montañas y limpia el cielo con sus haces amarillos, bordando con cada nube el sereno celeste del firmamento; cantan las aves escondidas detrás de las ramas, respirando la vida que comienza para darle encuentro, empezando en simultáneo color y sonido, el tiempo se hace franca poesía, naciendo del silencio, y sucede todo lento, tan naturalmente lento. Entonces, estás de pie tras la ventana de la terraza de una casa alta, acompañado por alguien o tal vez en soledad, y admiras algo tan simple en el curso de una vida, como puede ser contemplar la mañana.

Cuenca es el lugar al que fui [...] 



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Para eso no sirve

 





«Para eso no sirve»

Es una frase que nunca olvidaré. La dice Melquíades a José Arcadio en Cien años de soledad, cuando este último, en lugar de ver en la lupa un objeto para ampliar la imagen, descubre en ella un arma: bajo el sol, la lente no solo amplifica, también quema, incendia.

Este poemario no sería lo que es si el tiempo hubiera tomado otro rumbo. Como el sol a la lupa, el destino le otorgó una condición que no preví, una que jamás imaginé y que, de haberla visto antes, quizá también habría desechado con un «para eso no sirve». Pero no fue así. Y hoy, convertido en algo que no busqué, Lágrimas de Cuenca es lo que es: tal vez un refugio, tal vez un arma, tal vez ambas cosas. 
Un refugio de la soledad, un arma contra ella.  
Las lágrimas, involuntarias y empujadas por la abundancia del corazón, sellan y disuelven las grietas de lo que se soñó, de lo que no fue, de lo que ya no será… y de todo lo que queda.


«Poemario desafortunado, que planeaba hacer,
completar y obsequiar; teje las memorias que
compartí, que compartía... del inicio, el albor,
las vicisitudes y el triste final de una relación
que esperaba como agua de mayo. Lienzo 
pintado con emociones de la mirada íntima 
de una persona que conoció el amor.» 



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