Moby Dick de Herman Melville —libro grande y gran libro—, me empuja a
decir que el que escribe revela en sus primeras hojas tener a un poeta en la
narrativa; y en ella, una cercana o mundana, pero cuando conviene, elevada
comparación. De la «filosófica caída de la espada de Catón» al «pacíficamente
embarcarse», del «sustituto del suicidio» a «la otra manera de combatir la
melancolía»: el porqué de una aventura (a la mar / o el mar como pulsión) se hila, explicada desde variada altura: una aventura identificable para cualquiera.
A veces,
sencillamente, también yo, en el mudo riel de la tristeza —bullentes los
apremios del tráfago del día, cuando hondo el parásito de la melancolía—. solo
advierto una salida: ir al mar. Verlo. Y, quizás, en su sonido experimentar la voz
de una aventura, de la promesa de otra aventura por venir; en el rigor que
aplasta la arena, como a la tristeza de mi pecho, la ola que forma la orilla
mueve o endereza mi centro.
La bella
narración, que es poesía, va camino de otro punto final, y me recuerda ese viejo
adagio que tan cierto encuentro: «el arte no tiene tiempo».
Que, salvo
luminosas excepciones —y varias quizás—, casi siempre que vuelvo a un clásico, me
convenzo de esto: que lo más bonito, que lo más importante... ¡vamos!, que lo
mejor ya está escrito.
Y que debes
renunciar a creer que la palabra moderno, moda, o… tendencia, son guías cimeras
para saber, para aprender, para dotar.
El arte no
tiene tiempo: Moby Dick lo refrenda. En dos capítulos, dos maneras de
embalsamar el cuerpo de la narración con los aceites propios de la poesía.
Una parte, al final de su segundo capítulo, así lo muestra:
[... «Por
lo que respeta a este borrascoso Euroclydon —dice un escritor antiguo, en libro
cuya única copia existente poseo yo—, supone muy considerable diferencia el que
se le observa desde una ventana de cristales, donde la escarcha queda toda al
exterior, o desde otro sin marco, en cuyo caso la escarcha se expande a ambos
lados. En esta última ventana la única vidriera es a condenada muerte».
«Verdaderamente»,
pensaba yo mientras este párrafo me venía a la mente, «que no te falta razón,
viejo amigo». Sí, esos ojos son ventanas y este mi cuerpo es la casa. ¡Qué
lástima que no acudan a tapar las grietas y rajas y pongan un poco de lino aquí
y allí! Pero ahora ya es tarde para acometer mejoras. ¡Qué hermosa noche
helada! ¡Cómo brilla Orión! ¡Y al norte, qué luces! ¡Hablémosles de sus veranos
orientales, regiones de eternos invernaderos! Dadme el privilegio de crearme mi
propio verano con mi propio carbón.]