Algún día te vas a arrepentir de lo poco que arriesgaste.
viernes, 12 de junio de 2026
Lo real en Past lives
La primera vez que supe de esta película no pude verla. Creo que el acercamiento fue así: «...ah, y también anota Past Lives». Hacíamos una lista acerca de las películas que veríamos en los siguientes meses, y esta fue su recomendación. Muy pronto supe que era una de esas sugerencias que llegan desde TikTok, rozando la moda o acercándose, con suerte, a lo que te gusta, luego de escrolear autómata o arduamente en el celular.
No la vi entonces, no la vimos. Como ocurre con varias películas asiáticas, el acceso a su reproducción era escaso y, mientras iba desapareciendo de las salas de cine, no sucedía el tiempo suficiente para figurar en alguna de las portadas de los aplicativos de streaming.
Al pasar el tiempo, quedó como un nombre escrito en una lista, pero, sobre todo, sentenciado en mi memoria por la tenacidad de su repetición, porque en boca de ella, una y otra vez nombrada, parecía algo que debíamos ver, como el título que faltaba encontrar o acercar a ese encuentro silencioso que nos dábamos al terminar de verlas para desgranarla con nuestras ideas.
Un día, quizá un año después, ya en soledad y pensando qué ver, me dispuse a buscarla. Y al encontrarla al fin en la red, la pude ver: sin sinopsis previa, con un título llamativo y con una presunción vaga a algo difusamente triste, reservada caprichosamente para un tiempo de cambios.
Quizá esto se parezca más a completar algo que tenía pendiente, una historia que faltó pasar por la criba, ya no a cuatro manos, sino a dos. Puede que sea también una forma de negación, de impedir que suceda de nuevo algo parecido. Lo cierto es que nunca antes disfruté tanto compartir mis ideas con alguien sobre algo que me gusta. Aunque entre las frases más célebres que le recuerdo hay una que raja y barniza de tiempo todo y de la cual disto completa y antípodamente:
«... y gracias por las películas, por los libros y las palabras y todo lo que nos dimos en amor».
«En amor... lo que nos dimos en amor», pensé.
La boca no puede hablar en pasado de algo que todavía siente, ni el oído escucharlo sin temblar. Esto me recuerda otra idea, quizá distinta de lo que conviene rememorar, pero necesaria: hay personas que resguardan el sexo como algo precioso e íntimo en una relación, algo que no debe entregarse sino al final, incluso después del matrimonio. Esa reserva merece respeto, porque le concede valor a lo compartido. Pero también aparece el desfase: si revelar el cuerpo es tan importante para una persona, al punto de postergarlo hasta el acto final, ¿por qué sí se permite el interior? Si lo más precioso no toca el tiempo, si la mente, el alma y el corazón guardan la verdadera joya, entonces también allí se sellan vínculos. A veces entregamos por dentro mucho más de lo que creemos, y quedamos anclados en alguien sin haber compartido todavía el lecho.
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Esto no es una reseña, tampoco una crítica elaborada de un entendido de cine. Veo películas como muchos, y como muchos también soy lector. Es apenas una impresión personal, una mirada de Past Lives y, sobre todo, sobre una parte esencial de su historia; una forma de reconocer que ciertas películas no solo se ven: se quedan.
Dicho esto: check a la lista, a la idea pertinaz sobre el cuerpo y el interior, cierro el recuerdo y abro esta mirada de Past Lives.
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La última escena de Past Lives convierte la película en una historia oscuramente cruel. He oído decir que es realista.
Más tarde, él, una noche sobre la cama luego de alguno de los tantos sueños que le observa inquieto, confesará, como en un buen matrimonio se confiesa: «Sueñas en un idioma que apenas entiendo. Es como si hubiera un gran espacio dentro de ti al cual no puedo llegar».
Pero esa brecha no es suficiente para despegar las suelas de la historia de la tierra, para sincopar la armonía. Es la pálida historia de Hae Sung y Nae Young/Nora. Las incontables veces que ella, errática, o él, vacilante, se alejan e incompletan lo que, a visos, debe ser completado. Señalado como real, esto es lo que advierto: atenta contra la realidad: ¿es acaso que los pasos a la derecha te llevan realmente a la izquierda?, ¿que el acercamiento a alguien te impulsa a dejarlo?
La consecución de estos desvaríos —ya sean de ella o de él—, al elegir alejarse, es el tono que le da melodía a la escena final. El inicio y todo lo demás son una expectante maroma hacia el desastre.
El final es así: un grito que destroza. Una mujer se funde con la oscuridad de la noche en un grito de dolor, y su esposo, un hombre correcto, la soporta con su abrazo.
Aunque mi memoria me dice que sus (Hae Sung y Nae Young/Nora) elecciones pudieron realizarse sopesadas por lo que sentían, la bifurcación de estas se explica o se sostiene bajo el viejo y antiguo tema razón/corazón. Si la realidad de lo elegido está dividida en la manera de mirar con perspectiva a lo uno o a lo otro, desde ya hay dos visiones. La mía es una visión desde el corazón.
Y me sostengo en Sábato, y este en Pascal:
«Porque hay razones del corazón y razones de la cabeza. Las razones de la cabeza sirven para la ciencia y las razones del corazón sirven para las otras cosas fundamentales de la existencia humana: la vida, la muerte, el sentido de la existencia... El inconsciente siempre es la gran verdad. De un sueño puedes decir cualquier cosa menos que sea una mentira. Entonces hay dos tipos de verdad, la científica: dos más dos es cuatro; y la verdad existencial: un sueño es contradictorio, es ambiguo, no sabes bien qué quiere decir, pero es una gran verdad».
Me permito agregar, entonces, que al desvarío en sus decisiones le falta aplicar la verdad del corazón. Ahí mi crítica a la realidad de quien cree en esa verdad.
(Fin)
viernes, 5 de junio de 2026
Un amor extraviado (Lcg 3)
Extraño mucho conversar, pero no de esa manera libre y espontánea, sino como cuando te sientas con alguien a tocar temas uno a uno, agotándolos todos con cierta importancia, guardando cariñosamente lo del día anterior, acumulando algo que ya no es de uno, sino de dos.
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Debe ser la manera en que concibo el mundo. Cuando volvimos a hablar, había una estatua conversando con una persona que no miró hacia atrás. Tristemente se aprenden algunas cosas en la vida: «aunque todos nacemos con corazón, nadie debe ser una estatua de sal».
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Cuando llegué al capítulo catorce, no pude evitar sentir eso: recordar, leer los recuerdos. Es una manera involuntaria de experimentar una fracción de la vida, que según muchos escritos es la única que realmente nos pertenece. Dicen o es una mezcla de mi memoria que el olvido es una forma de la felicidad. Me declaro un alegre infeliz. He nacido para recordar.
Además reconociendo la poesía «el arte de la memoria», este capítulo y en adelante, para un lector, es una balsa dispuesta a perderse en ese mar que conservamos unos pocos.
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Hacia el final de La clase de griego he sentido una voz acompañando la mía en mi lectura: leer siempre estará engarzado a esa vez que leí Cien años de soledad, que desde el título me anunciaba —o leía— no muy lejano el futuro.
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Dicho esto, finalizo la mirada de La clase de griego.
La filosofía había sido mencionada antes y ya presentaba visos de protagonismo. Ahora, en este capítulo breve, se concentra en dos preguntas.
La primera aparece al final: si todo lo que existe contiene dentro de sí aquello que puede destruirlo, ¿por qué el alma humana no se destruye a pesar de sus defectos, de sus impulsos necios y de sus contradicciones?
La segunda nace de una observación lingüística del griego, como hubo una anterior. Si theoria contiene la idea de «ver», ¿existe una relación semejante entre theion, lo divino, y la visión? ¿Es la divinidad un ser que ve o, más radicalmente, la vista misma?
Como corresponde a la filosofía, el capítulo no ofrece respuestas; apenas delimita un territorio para la reflexión.
La primera pregunta parece sencilla solo en apariencia. Basta observar la vida cotidiana para advertir que gran parte de la existencia consiste en sostener un equilibrio inestable. El hombre posee dentro de sí fuerzas opuestas: aquello que construye y aquello que erosiona, aquello que lo impulsa hacia los demás y aquello que lo repliega sobre sí mismo. Quizá por eso la pregunta del estudiante no se limita al alma. En el fondo, pregunta por qué seguimos siendo capaces de permanecer, de buscar sentido y de continuar incluso cuando cargamos dentro aquello que podría arruinarnos.
Hay una buena dosis de esta condición humana que nos inclina a fuerzas (opuestas/que impactan) en un poema de la escritora mexicana Rosario Castellanos, Destino, que inicia describiendo elocuentemente la fatal oposición: «Matamos lo que amamos...»
La segunda cuestión me resulta aún más sugerente porque enlaza con uno de los grandes motivos de la novela: la mirada.
Pienso en una escritora a quien preguntaron qué elegiría si solo pudiera conservar una cosa: leer o escribir. Respondió sin vacilar que leer. Luego devolvió la pregunta: si solo pudiera conservar uno de los sentidos, ¿cuál sería? La ahora entrevistada respondió: ver.
No es una elección extraña. La vista nos entrega el color, la forma, la distancia y el movimiento. A través de ella reconocemos el mundo y también nos reconocemos en él. Quizá por eso tantas tradiciones han asociado la mirada con el conocimiento y, en ocasiones, con algo más elevado.
Recuerdo también el testimonio de una persona con acromatopsia que, tras vivir durante años en un mundo casi sin colores, descubrió un día entre los colores de un mariposario un azul que parecía brillar desde dentro. Lo describía no como una información nueva, sino como una revelación. Aquella experiencia no le permitió únicamente ver un color; le hizo comprender que existía una dimensión del mundo que había permanecido oculta para ella.
Tal vez por eso la pregunta del estudiante resulta tan poderosa. No porque sugiera que la vista sea divina, sino porque insinúa que ver es una de las formas más profundas de acercarse a aquello que nos supera. Ver no solo como acto físico, sino como comprensión.
Y quizá por eso mismo la pregunta aparece en esta novela, donde la pérdida del habla ha ido desplazando a la protagonista hacia una relación cada vez más intensa con las imágenes, los recuerdos y las percepciones. Mientras las palabras se alejan, la mirada parece ocupar su lugar.
Creo que el resumen del párrafo lo da postular esta pareja de palabras: «fantasmas incorpóreos». «Fantasmas», porque son, porque han sido; pero incorpóreos —lo que parece un pleonasmo— porque no se pueden ni siquiera formar con la boca, porque es justo lo que se siente, quizá, el doble de ausencia.
Una elipsis. Aunque intuyo que todos usamos el traductor, y que es casi lo mismo lo que se halle en español que en griego.
El único hallazgo que despierta la completud de una idea es: «un hombre volaba sobre la nieve». Entonces, ¿un accidente? O quizá es otro sueño, y es el profesor, o quizá la alumna. «Alguien» no lleva género. Todo es una elipsis.
Me quedo pensando en alguien que terminó el libro en la primera sesión y que dijo que nos sorprenderíamos hacia el final. XD
El capítulo es dinámico, conciso, y la acción aclara la especulación del capítulo anterior: es la alumna y el profesor —o es lo más probable. Y titularlo «Oscuridad» defiende eso mismo en la narración: que solo sea probable, ya que hay un esfuerzo por mantener la ceguera hacia el lector para identificar qué personajes trata. No hay exactitud.
Hurgando en la importancia de la escena donde primero aparece una avecilla, luego la alumna y finalmente el profesor, se rescata quizá lo más valioso: se produce la comunicación entre ambos sin otro medio que el tacto. El profesor ha perdido las gafas, que están destruidas; no puede ver en absoluto, y solo le resta confiar. Ella no escucha y no puede hablar; parece no haber nadie más, y solo le resta confiar.
Él termina solicitando que ella lo ayude a comprar unas gafas nuevas. Ella no lo entiende. Pero la acción sigue: la comunicación se da sin audición ni palabra por un lado, y sin visión por el otro. Entonces me permito recordar las palabras de ese pasaje anterior donde el profesor, al reflexionar entre recuerdos, habla de la antigua amiga: «Ya no habría necesitado tu voz tras quedarme ciego, pues, al mismo tiempo que el mundo visible se alejase de mí como la bajamar, mi propio silencio se habría ido perfeccionando a la par».
No quiero reír por lo que voy a decir, pero cuando alguien no se comunique contigo por algún motivo —como algún problema para decir las cosas—, recuerda que leíste cómo un ciego y una (eventual) sordomuda se estaban comunicando perfectamente en el momento álgido de una historia.
Ella le tira del brazo para advertirle de un desnivel cuando prevé su inseguridad.
Él intenta contener la duda que expresan sus ojos que no ven.
Ella le escribe despacio sobre la palma, sopesando ante lo herida de su mano, que no serán por las gafas a donde irán «... primero un médico».
Comunicarse es solo querer hacerlo, necesitarlo.
Fue tan cambiante la impresión que obtuve al leer que, mientras en una primera lectura sentí que el tamaño del capítulo excedía el de la demanda por su resolución, en la siguiente sentí cómo se amalgamaban las palabras del profesor y la presencia de la alumna en un involuntario destino complementario. ¿Distracción, cansancio o simplemente la puerta se abrió al tocar por segunda vez? Ambas sensaciones me son justas porque las pude registrar. Por eso las comparto por igual.
De la primera lectura.
Si bien la extensión del capítulo puede indicar un tamaño considerable, la demanda por la resolución de la historia exige tocar algunos puntos; si estos no son tocados, la sensación es la de algo que no sucede, que deja expectativa.
Aunque la conversación es el río que fluye, la forma en que lo percibimos es lo que queda brillando. Él habla, narra y cierra puntos de su historia que faltaban o retrotrae otros, intercalando. Al mismo tiempo, la correspondencia de ella, en su forma de hacerse presente hacia él en un verdadero monólogo, y su espera son intrigantes; fabulan ideas más allá de lo leído: ¿por qué lo hace?, ¿para qué se queda?
La lectura se despeña cuando él habla en su normalidad casi informativa; en cambio, cuando el narrador ocupa la mente de ella, la atención vigila. Porque la narración salta a la poesía, a una tercera persona, o a una voz descubriendo una voz que no sabe bien si es suya o de quién, y ese ocultamiento, que lo es incluso para ella, obliga al freno.
Hacia el final, el cambio de tipografía en algunos párrafos, las ahora intercaladas líneas-preguntas del profesor y las estribaciones interiores de las voces de la alumna convocan la poesía para calar la narración, al punto de que logra una empatía ya registrada por su mutismo.
«Pero no quiere recordar».
Impotencia, soledad, silencio, dolor, desgaste, falta de reconciliación. Frases que sentencian un pilar del dolor, que se justifica nombrándolo como un problema que invoca solución: «Es consciente de que no perdió el habla debido a una experiencia particular… se fue deteriorando a lo largo de miles de años, desgastado por el uso… Una parte de ella, el lugar más desgastado por el uso, se desprendió dejando solo el hueco de un mordisco…».
Estas pulsaciones mentales albergan nuevamente la idea de que su enfermedad, quizá mental, es algo que todos, en mayor o menor medida, hemos llevado en parte: «Son los ojos de alguien que ha estado hablando mucho tiempo solo, los ojos de alguien que no ha escuchado una respuesta».
«¿No le extraña que tengamos párpados y labios? ¿Que a veces nos los cierren desde fuera y que, otras veces, los cerremos con fuerza desde dentro?»
Reclaman empatía, gritan por una solución, una reconciliación.
De la segunda lectura.
La impresión que me deja es la de una pieza encajando sobre la otra, cerrando la formación, con un sonido al final del lento aparejo.
Las líneas o trazos que generan esta sensación a través del largo capítulo son sutiles y aparecen para enlazar, uniendo una oscuridad del personaje con la del otro. He anotado, conforme aparecieron, estas: la confesión en la palabra, el cuidado en la presencia con el gesto; el comentario de un recuerdo, la evocación interior. Hasta aquí, el tronco que flota si es pisado por un lado recibe contrapeso del otro y se mantiene sobre el río. Pero además aparecen otros trazos que dan unidad cerrada: la mención del pájaro, preciosa manera de enlazar el recuerdo de la madre despertado irrevocablemente como revelación en el profesor; el polvo, o el miedo, o el tiempo, o la común náusea, sinestesia compartida solo al ser mencionada.
Así, el texto invoca dos partes como unidad sin decirlo.
Punto aparte merece la preciosa manera de nombrar la muerte sin perder la delicadeza de la sucesiva unión: «y su madre dejó de ser su madre». Tenía entre las formas más preciosas la del Quijote, «dar el espíritu»; agregaré esta.
Sobre la voz, como arquitectura de la construcción narrativa, vale decir que las tres voces aparecen moduladas. Primero, el narrador estableciendo y el profesor completando; luego, el profesor monologando y el narrador detallando la impresión de la alumna; y, por final, el profesor a destellos, la voz de la alumna, confundida entre la del narrador, la del profesor y la suya propia, y la del narrador. Sin hablar de ritmo, se percibe en una lectura en voz alta cómo cambia la cantidad de sonido por la intervención de una hacia la cesión de la otra, llegando hasta la titubeante y explorativa voz de la alumna.
Hay mucho que mencionar en cuanto al dolor porque aparece para ambos, no tanto en su oscuridad o su silencio, sino porque representa la búsqueda o apoyo de uno en el otro. Y prefiriendo lo que produce en lugar de lo que es, dejo esta frase que me encantó: «Hay momentos en los que me parece sentir que la comprendo, momentos en los que quiero dejar de hablar y no decir nada».
Es un capítulo muy romántico, con una forma muy distinta de nombrar algo que no se llama amor. Diría que es la revelación del otro en tu interior.
lunes, 1 de junio de 2026
Un amor extraviado (Lcg 2)
Se leen libros, personas, sueños; miradas, recuerdos, silencio. Cuando empiezas a leer y captas la íntima resonancia en las palabras de alguien a quien quizá nunca podrás ver, comienza una manera de reconocer el mundo.
Ya había concebido algo así en otro momento, cuando en clase de Física debía traducir a gráficos párrafos que representaban un problema. Era una primera manera de encontrar razón en todo: una explicación. Leía, y cada forma, cada trazo que hacía, formaba parte del sistema planteado; debía tener causa y consecuencia, responder a unas leyes según el juego del tema —termodinámica, hidrostática, cinemática— y conducirme a una solución.
Leer sublima la atención, la extiende sobre campos, sobre hectáreas antes inadvertidas. Sombras que se iluminan. Todo dice algo, todo esconde algo. El adjetivo designa una visión inobjetable, y lo que no se ha dicho entre personajes de dos historias paralelas convoca sutiles presencias en su comparación. Un pestañeo persistente tiene un motivo; el alargamiento de la exhalación, una razón. Algo más allá del color, del sonido y de la sintaxis se oculta. El terreno del silencio se agranda hasta volverse inmenso, y uno aprende a entenderlo, a oírlo, a observarlo.
Nunca sabrá qué vieron en sus ojos, qué mensaje aturdido pudieron leer en su mirada esquiva. Llevaba consigo solo el gris de la vereda y, cuando no, a su lado se encontraba repetido en el reflejo de los largos cristales de la avenida hasta la antigua estación. Simplemente no se puede esconder lo que sientes: va en la mirada. Y ese lugar —pensar que era donde mejor se sentía, al lado de libros, de historias que confortaban su caída, su pasado— dolía solo por mencionar su nombre: Estación Desamparados.
En una biblioteca, solo entre libros sentía compañía.
No quisiera recordarlo así, aunque sea una de las últimas cosas que recuerdo…
—Yo también sobrepensaba. Pero ya no; antes lo hacía —me dijo.
Sobrepensar, o examinar con cuidado algo que sucede, es un acto elegido. Pero sentí que ella lo decía en un momento en el que ya no le veía amor. Creí entender, entre líneas, un mensaje no dicho: «Ya no te pienso tanto como antes. Ahora puedo estar calmada incluso si no estás».
Era una mesa rectangular, mediana, de madera. Seis personas podían ocuparla cómodamente. Sus padres, su hermana, su novio de entonces… y ella a mi lado. Charlábamos todos; tintineaban los cubiertos. Como había terminado de llevarse a la boca un jugoso bocado del almuerzo, buscaba con qué limpiarse la comisura de los labios. Usualmente no hablo porque mi atención está puesta en lo que deseo. Ella era mi atención, y yo intentaba, involuntariamente, cubrirla de todo. Aunque me preguntaban y respondía, lo abarcaba todo con la parsimonia de mi actitud.
…Con la boca llena, sin poder hablar, tanteó con las manos, y nadie la entendía. Excepto yo, que la observaba desde el principio. Le acerqué la servilleta y pregunté si necesitaba agua. Asombrada, me miró y con ternura sonrió. No sé si su madre observó el gesto. Querer a alguien es leer su vida. Leer es una forma del amor, porque la atención se sublima.
En La clase de griego, la vista y la audición abren un canal para la inmersión de los sentidos. Y la emoción, a través de la poesía, dota las pocas páginas de la historia de una profundidad que abisma. Hasta ahora el encuentro —previsible— entre la alumna y el profesor no ha llegado, pero las páginas han trazado el interior agudo de esos personajes todavía sin nombre, con cuyas carencias uno puede identificarse.
Leer es un modo de habitar la piel del otro. Por eso, a veces, como en las películas, uno termina entre lágrimas: porque leer —esa otra forma del amor— agudiza la manera de sentir. Y entonces, de pronto, el silencio del mundo se vuelve legible.
Dicho esto sobre leer, continúo con la mirada capítulo a capítulo de La clase de griego.
***
Parte nueve.
Antes de mirar el capítulo, rescato una declaración por poseer un porcentaje de error: «Hay que leer y releer; la segunda lectura es, a veces, la lectura que abre la puerta»
La lectura como otro campo del arte transmite una experiencia, y esta posee un atributo particular: la sorpresa; y esta disminuye con la repetición.
Haber leído algo una vez da predicción, predisposición, la luz para afirmar la pisada. Puede que algo en una historia por otros motivos, como la complejidad u otros factores, eluda esto que digo. Este capítulo no es el caso.
La efusión, el destello de lo que sientes, disminuye en una segunda o tercera lectura. Es mejor, entonces, atender y conservar el efecto de la primera porque, aunque por leer casi a oscuras releí una segunda y hasta una tercera, ninguna me dejó tanta reverberación como la primera.
Dicho esto, continúo. El otro indicio de que la voz del profesor guía el sendero de la historia ahora son las cartas. Trozos de estas, completas, partes salteadas que inician tiempo atrás y pronto nos devuelven la mirada de un ahora imaginado y completado por la memoria.
La primera impresión al leerlas fue el detenimiento. Es simple: un párrafo presenta una ventana y uno se detiene a mirar; si esta visión cala, incluso a recordar.
De estos detenimientos anoté dos:
El primero: quien sale de madrugada, muy temprano, por algún motivo cotidiano o especial, puede quedar atrapado en cada palabra del primer párrafo.
Sobrecogido por la impresión del frío, al abrir la puerta frente a la vulnerable tibieza del cuerpo, y luego, viendo el azul que da el cielo cuando la oscuridad se difumina al principio del día. Es un párrafo para sentir, para quedarse.
Pienso entonces en una puerta o en una ventana abierta, porque por la segunda se observa, pero por la primera uno ingresa para quedarse.
El segundo: la escena que culmina con la triste declaración «ese espectáculo cautivador y alucinante se debía en realidad a la debilidad de mi vista», por parecerse tanto a una frase de la que he querido despojarme: «La nostalgia es un veneno que falsea la realidad».
Considerar que la belleza de algo ha quedado confundida por el prisma con que se le mira; reconocerlo tardíamente y, ante todo, saber que ha habido un goce, quizá deshonesto, al encontrar en la confusión de los sentidos algo que nos empuja a verlo e interpretarlo de otra manera, es inquietante, intimida. Más aún: hallar en la escena la representación de muchas otras formas de esta confusión.
Sobre la voz.
Una línea de tristeza y nostalgia atraviesa el capítulo; las cartas y sus revelaciones terminan acercándose al presente. En ese camino discurre un tono, una voz, cada vez más paralela a la de la alumna de la clase de griego, como si ambas se alinearan y se permitiera entrever una correspondencia.
En poesía, la voz se consigue al alcanzar un grado de inflexión en la escritura. Entonces, lo que se escribe no puede leerse de otra manera que no sea con cierta modulación de la voz.
Pienso en Jorge Pimentel, en su poesía: en una palabra... potente, intrusiva, refractaria, que se entona no con melodía, sino con dureza, y solo así deja notar su destello, su esplendor. Pasa igual con muchos otros autores, que sin querer le imponen a su escritura el tono de una voz.
Siento algo así en el capítulo: apropiado para una voz tenue, anhelante, que rememora. No fuerte, no alegre, no pletórica.
Y por último, dos momentos que sellan el capítulo distintamente.
Por su evasiva luminosidad, destaca un párrafo, porque aplica la negación para elevar la idea, ya sea porque debe mantener el tono triste del hablante, ya sea por la volatilidad que quedaría si se empleara sin la negación:
«Sabes que nunca sacaré sabiduría de mi dolor. Que aunque pierda la vista, no abriré los ojos del alma. Que me perderé entre los recuerdos confusos y los sentimientos exacerbados. Que me quedaré esperando con mi estupidez innata, y que lo haré con porfía aunque no sepa qué espero».
La máxima así dispuesta queda implícita tanto como futuro enroque para el profesor como luz aleccionadora para el lector.
Finalmente, luego de aparecer y sobrevolar las cartas durante su plazo de monólogo y confesión...
apoyadas en la elipsis, la iteración, la sugerencia, vuelve la presencia del color azul y la imaginación para posarse con delicadeza o internarse en el lector, e instalar en palabras lo que queda ante la ausencia: la memoria.
«Puedes creer que todas las noches apago la luz sin desesperarme...»
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