Disculpen si les llamo caballeros, pero es que aún no les conozco bien.
Groucho Marx
«¿Qué estará pensando? ¿Qué estaría sintiendo?
¿Qué tendrá en su corazón? Tenía uno, ¿verdad?»
Un profesor, supongo, aburrido de tanto enseñar
o entendido de algunas estrategias que solo enseña el tiempo, repetía que
«escribir hace entender mejor» y nos ordenaba transcribir hojas enteras de un
texto que teníamos, solo que esta vez a mano; y nos aseguraba que servía tanto
o mucho más de lo que le había servido a él.
Ayer llegó un mensaje a mi celular. Ya no tengo
esa gana exploratoria por saber de qué se trata; solo llega mi atención como
parte adicional de algo que me inquieta realmente. Entonces, cambié en Spotify
la canción y vi el mensaje, pude notar la imagen conocida de un perfil que
asistía casi a diario a mi celular, cuando el sol aparecía, como hoy, camino a
verano, hace casi un año. Como era insólito, entendí que era producto de estas
novedades de escribir en mi blog, y que, producto de la seguidilla de información,
algo había crujido dentro de alguien a quien pensé en algún momento conocer. Y
como no entiendo bien, o quiero entender mejor, hago como decía ese viejo y ya
pasado a mejor vida profesor, y lo escribo:
«He escabullido la intensa necesidad de
hablarte y saber cómo estás. Pero ya sé cómo estás y no debe ser diferente a
mí, aunque pienses que no. Espero que tus padres estén bien y demás familia.
Sabes, con dolores de espalda, pero caminando. Mi papá debe ir a Cuba para
quedarse un tiempo con mi abuela y mi mamá también porque mi abuela no ha
estado bien de salud. Mi mamá se queja del dolor, pero cada día trata de
mantenerse fuerte y animosa. He mejorado con mi ansiedad un poco, la verdad
paso a paso. Recordar que te dije que tenía el TSH alto, pues bueno, por eso
estoy tratando de controlar el estrés. ¿Seguís asistiendo a la iglesia? ¿Qué ha
hecho Dios en tu vida en este tiempo?»
«No he olvidado».
Aunque minutos después borraste esta solitaria
y última línea, lo que me da a concluir que fue un error. Qué puedo entender de
todo lo que dices.
Sabes, todavía recuerdo cuando te leía Cien
Años de Soledad y te sorprendías de las bromas que gastaba Gabo contando su
historia, y de cómo un escritor podía ser tan... variopinto, de encandilar con
un adjetivo nombrando la tarde, para después rematar con una lisura salvaje que
hacía reír por inadecuada; del tono de mi lenta voz para dejarte entender lo
que sucedía en cada largo párrafo que nos acompañaba, y las minuciosas
conversaciones para detallar qué sentimos y qué entendimos terminando cada
capítulo. Eran noches largas, no te veía; pero podía sentir en tu voz la paz de
saber que así te demostraba que te quería.
¿Dónde puede quedar el valor de un momento,
cuando se decide decir adiós temporalmente o quizá para siempre?
Cuando hablaste de pedirme tiempo, estabas
alterada, empezabas a trabajar para esa empresa, y la sobrecarga de
solicitudes, o eso que el oficinismo llama «la curva de aprendizaje» te había
llevado consigo. Me recuerdo decirte: «Te puedo ayudar en esto» y quise hacer
un comentario más, cuando de pronto... espetaste: «De trabajo a esta hora ya no
quiero hablar». Creo que fue el primer momento en que sentí una rara forma en
tu responder.
Poco tiempo después, entre sollozos, dijiste
que necesitabas tiempo, que el problema era... eso, y eureka, que
no tenía a Dios en mi corazón. Y lo sentí tan cierto que casi muero de la
impresión, porque en mi vida siempre he estado de ese lado: del bueno, del que
intentabas nombrar. Y confié tanto en ello en la oscuridad de los días que
vinieron que busqué una luz por ese camino, aunque nunca he estado tan lejos de
ello.
Luego de responder que tu mensaje nada decía,
nada como para arriesgar a poner el dividendo de mi tranquilidad frente al
divisor de tu atención. Te pedí claridad, que de qué querías hablar, que lo
aclares, que me digas. Y lo lanzaste: «Reconciliación».
Que la comunicación era el único remedio para
la reconciliación. Y yo me pregunto, ¿en dónde quedaron las disculpas? Y es que
no podía ser distinto de la misma persona que en algún momento dijo: «¡Pensé
que eras más frío!»
Ayer tuve una imperiosa necesidad de fumar, y
no lo hice. Tenía la mente rebalsando de la coincidencia de las fechas que daba
el calendario estos días[1],
de saber que apareciste para luego nada, para luego ser así, como el humo, como
esas volutas al leve venteo del clima que aspiraba en la banca del parque. Ser,
no ser, y luego sin más: «Comunicación para reconciliación». Más o menos, como
un gol a tres toques: arquero saca largo, delantero la duerme de pecho, el
balón cae a su pie diestro y golpea violento. Gol.
Me pregunto qué piensa, qué siente, qué anotó
en el paso lento de... más de dos meses y quince días. ¿Nada?
Le dije: «En lugar de reconciliación, habla de
lo que hiciste. Haz un recuento de todo y háblame de ello.»
¿Qué sucedió? Silencio, un largo silencio.
Días después, cuando ya estaba superada la
semana desde el día de mi respuesta, pienso que es un error, o haberle
contestado o que ella hablara. ¿Y qué resuelvo ante ese carcinoma llamado
soledad...? La morfina perfecta, escribirte, preguntar, atenderme con la
cuestión ajena de saber por qué. ¿Quizá quiera algo ciertamente? Quizá fue por
algo que dijo: «Comunicación, reconciliación.» Solo que no entiendo por qué no
responde. ¿Estaría preparando una de esas hojas largas donde se disculpaba por
todo? ¿Punto por punto? ¿Cada cosa que hizo? ¿Cada cosa que sucedió? ¿Cada
relación que rompió? ¿El amor de mi madre? ¿La buena fe de mi padre? Quizá una
explicación de por qué esa foto de pronto desapareció de Instagram, para que
poco después aparezca otra en su lugar, sola, y por la que enfiló su
contrarreclamo: «¿Qué tanto por la foto, acaso eres instagramer?»
Recuerdo que el antónimo de mentir no existe, y
pienso que la responsabilidad es lo más ajeno que hay en este mundo porque
implica asumir, pero una fe llamada memoria reza en mi corazón una copla de
duda que pide creer. ¿Sería...? ¿Estaría...? Y esta vez el humo de cigarro no
puede ser, porque he sentido tanto la forma de mis pulmones —y seguro que eso
también lo cuenta su lista— que no me quedan ganas de fumar. Y tomo el móvil, y
veo su foto en el perfil, y examino párrafo a párrafo su mensaje, sostengo con
cierto mármol la postura de mi decisión de hablarle y empuño finalmente las
palabras: «Si tienes algo de lo que te dije, de eso, de los errores y
hablarlos, dime. Te doy hasta hoy».
Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.
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