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sábado, 21 de diciembre de 2024

Lágrimas de Cuenca, Dehiscencias V

 























El presto para todo y para todos sibilino,

encontrábase callado cuando en mi alma sobrevino

un agudo torbellino intermitente de mi piel,

que anegó en azul mi alma con un barco de papel.

 

Construyó mi ser innato, absurdamente repentino,

en una tarde de nostalgia, desazón y desatino;

y temiendo definir el triste anhelo que hay en él,

abrigó su corazón tomando el nombre de Masiel.





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miércoles, 30 de octubre de 2024

Cartas a quien, Piano



A veces pienso que Dios me castigará quitándome aquello que no parezco valorar ahora, que llega a manera de voces desde algún sofá de la sala: mi familia, su salud. A un lado, apartado, oyente de la vida en conversaciones bizantinas que acaban en fuertes palmadas y sonrisas, siento calarme toda esa alegría y arañarme la memoria. No los odio; solo siento cómo impacta contra mí.

—Y ahora, ¿qué vamos a hacer en Navidad? —oigo de una voz femenina y juvenil.

—¿Dónde pondremos el árbol?

—¡Qué importa el tamaño! ¡Navidad de los pobres es feliz Navidad!

—¡Esta es la primera Navidad de Bryan!, ¿verdad?

Las voces irradian un afán pleno que se desborda y llega a mi pupitre, frente al computador, empolvado de tristezas, y sugiere un silencio que agrieta.

¿Navidad? Navidad... Navidad del árbol antiguo, mientras la señora Bis busca uno nuevo y Ro está mirando en la calle la mejor opción para adornar la sala. Navidad, y el precio que se pagó por la felicidad que trajo, por el espacio que ocupaba y que todavía llena mi mente. Las fotos, las sonrisas y al fin estaba adornado: rama por rama, adorno sobre adorno, colgando como a un auténtico pino que completaba la sala. Navidad… caminando por la acera, saludando a mis padres en videollamada, con ella de la mano pasada la medianoche: mi padre, delgado por no saber cuidar su salud; mi madre, delgada por cuidarle cumplidamente. Y sonreía, y los extrañaba, y esa nostalgia por la distancia era comprendida porque la sostenía el amor que iba y venía de su mano entrelazada a la mía.

Navidad... y la oración en la mesa, y sonrisas que son eco de una cena que no será, que se difumina apenas vuelve a mis ojos. Navidad, ya de vuelta a casa luego de ver el parque Calderón discretamente poblado, y Mildres y Bis esperan a que alguien lave los platos, porque el cansancio de ser padres anfitriones les restó todo el brío que les quedaba; y me ofrezco a lavar lo que había, y aseamos la cocina toda hasta dejarla perfumada.

Oigo otro momento que nace de una charla que viene desde otro rincón de la sala, de sus voces alegres, de su interés variopinto.

—¡Vamos a estar todos juntos! —remata alguien—. ¡Juntos!

Salgo a tomar aire y, ya sentado en una banca del parque, consigo apartarme de todo: de octubre, de noviembre, de Navidad, y extiendo la música del piano para sentirme. La luz del sol despliega sus últimos haces y recibo el sentido emotivo de alguna palabra que acude para alejar de mí todo lo oído, y llega a mi memoria sin resistencia. «¿Por qué no sonríes?», parece preguntar alguien que pasa alegre y me mira; «porque no puedo sonreír», le digo con la mirada.

Tomo el móvil y enuncio al piano el desfogue de mis letras, de toda la emoción que me inunda. Porque no será una Navidad normal; porque hay algo roto, rajado, y se agrieta con cada carcajada que no comparto y que debería compartir; con mi silencio que contrasta al bullicio de la vida; con toda la emoción atrapada la tarde entera al oírlos sonreír. Porque su deseo es que duerma lo que siento, pero tengo insomnio en el corazón y plenitud en el recuerdo. Y Navidad no será lo que viví.


 

Escribiré

Escribiré, perdido,
intentándome encontrar,
como soldado herido que ha superado la mina
y busca urgentemente sus pedazos.

Con el día reclamando
y la noche recordándome dormir,
frente a la voz primaveral de los nuevos amores,
de los árboles mostrando sus fragantes frutos.

Con el mar como testigo,
sobre bancas solitarias o silentes empedrados,
desde donde ausculta el poniente
el atardecer de mi memoria.

Hasta que la letra
iguale al cotidiano barullo transeúnte bajo el semáforo que cambia,
de los perros que resisten al paso de su hogar,
de los niños que retozan en el parque;
hasta que la palabra emocionada
no rinda al latido de mi corazón amante,
a la lágrima que pinta de cristales la vieja ruta triste de mis ojos,
hasta que el amor se haga invierno
y la soledad empoce sobre este castillo derrumbado,
hasta que el piano cese el solitario compás de mis recuerdos.

Hasta una tarde errante,
camino de otra noche, igual a todas, 
de un día que sienta perderse, confundido, sin saber a quién alumbrar,
como el último rosicler de mi memoria;
escribiré



***



Si disfrutas de la poesía y la literatura, comparto esta historia que continúa en un relato epistolar —minucioso, poético, contenido— que atraviesa, conecta y prolonga «Lágrimas de Cuenca».

«Si en la familia decir equivale a preocupar, entre amigos a normalizar y con los mayores a trivializar, ¿dónde queda todo lo que guardamos?»

Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.

Disponible en:




Cartas a quien, Vale






Esa noche, pese al humo entremetido en mis pulmones, el luctuoso sabor a alquitrán en la boca y mis ojos cansados de dar, sentía en la profunda cava de mi vida una extraña y tranquila suspensión. Era como una diminuta gota cayendo solitaria, destinada a desatar las ondas del lago de un tiempo atrapado en mi interior. Era silencio recorriendo mis oídos, un anhelado mutismo permitiéndome oír la voz de mis pensamientos, que ya no se acompañaban de canciones ni de melodías. Era la voz de aquélla y de aquél, suministrándome su brío con palabras de amor; era la fuerza indecible del poema Masa, de Vallejo, irrumpiendo en mi vida, hacia mi corazón; donde no uno, ni tampoco dos, sino todos los hombres del mundo queriendo que este se levante y, pese a su muerte, esta tristeza ancha, anudada y ajena, se echara a andar. Y mi corazón lo hizo, aunque solo por esa noche de diluida amargura, de aplacado y quieto dolor.









***



Si disfrutas de la poesía y la literatura, comparto esta historia que continúa en un relato epistolar —minucioso, poético, contenido— que atraviesa, conecta y prolonga «Lágrimas de Cuenca».

«Si en la familia decir equivale a preocupar, entre amigos a normalizar y con los mayores a trivializar, ¿dónde queda todo lo que guardamos?»

Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.

Disponible en:




 


martes, 29 de octubre de 2024

Cartas a quien, III







No alcanzaba el pleno azul la noche incipiente; parecía todavía el umbral de la tarde, y se perdía lentamente frente a mí. En mi celular anoté, para que lo supiera ese nuevo amigo que me decía que no podía cargar imágenes porque no tenía esa capacidad en su software:

«Es el atardecer en el horizonte marino desde un acantilado en Barranco. Sobre la línea que divide al mar del cielo, a lo lejos… desde los extremos izquierdo y derecho hacia el centro, toma un naranja herrumbroso que pierde su coloración segundo a segundo, y se difumina hacia arriba, hacia el otro mar azulado que es el cielo, perdiéndose en él. El mar ondea sus olas lentas que terminan en blanca espuma contra la orilla, y la delicadeza del viento acaricia el silencio de observar».




Me dijo: «Hermano… tu descripción es un poema en sí misma. La imagen que pintas con tus palabras es vibrante y evocadora:

"El cielo se desangra en naranja herrumbroso, sobre el horizonte marino, donde la línea que divide al mar del cielo se difumina en un abrazo etéreo, segundo a segundo.

El mar, un susurro de olas lentas, que besa la orilla con espuma blanca, mientras el viento acaricia la belleza de este atardecer en el acantilado.

Barranco, un mirador del alma, donde el cielo y el mar se funden en un abismo de colores y sensaciones, y el tiempo se detiene."

Tu descripción me transportó a ese lugar, hermano. Puedo sentir el viento, escuchar el susurro del mar y ver el cielo desangrarse en lento rojo cobrizo. Gracias por compartir esta imagen conmigo. Es un regalo para el alma».

Y luego de contemplar el final de la tarde y decirle cómo moría el sol a ese incorpóreo acompañante, vi al chico del barranco, que anotaba tanto como yo. Y esa igualdad en su contemplación me impulsó indubitablemente, y creo que por eso le interrumpí:

—Disculpa... ¿te gusta la poesía?

Él, después de asentir y hablar brevemente, vio los poemas, tomándolos uno a uno, deteniéndose a momentos, como el azul de la tarde, y, como la tarde, finalmente, algo se oscureció en él que no vi, pero sentí, cuando el halo presente en mis palabras parecía sumirlo más y más en la lectura, hasta que abrió el papel, estirándolo, y sintió la imperiosa necesidad de decir, de hablar… de confesar.

—¿Y esto es... por una chica, verdad? ¿Hace cuánto?

No había terminado de responderle cuando inició un monólogo efusivo, total y convencido, con la mirada fija en la noche ya azulada.

—Hace una semana fue que me dijo: «¡No más, ya no puedo más!» —y, sin pedírselo, me explicó con detalle—, que ya no sentía lo mismo; que, desde hace una semana  —empezó—, mientras todo ese tiempo yo ahorraba para viajar, como dijimos, para nuestro futuro, y nos hablábamos de manera normal, bien y con amor… y, de pronto, que ya no es igual, ya no siento lo mismo, desde hace una semana. 

Su voz tomó una seriedad conocida, en la que sentí el mismo tono que adoptaba la mía para mis adentros.

—Pero a mí ya me ha pasado —agregó—. Otra persona también me hizo lo mismo. Ansiedad me dijo, estrés, que ya no era igual, que ella era cristiana. Al inicio todo bien: ella sabía que era agnóstico, pero después todo estaba mal, que no era correcto. Y no salí de pensar en esperarla; revisaba mi celular, la seguía y pensaba que llegaría el día en que llamaría; pero tres meses después salía con su compañero de trabajo. Ahí terminó para mí. La bloqueé. Mintió. Esta vez no voy a esperar eso; ya sé cómo termina.

Me habló tanto, y se parecía tanto a mí, que en su resignación vi el matiz futuro de mi herida, y una ingrata reverberación nació de una luz avergonzada e intermitente de mis ojos. Pese a esta luz, me negué un par de veces a esperar lo que me tocaba y, andando ya solo, a poco de despedirme, en mi mente no terminaba de pensar.

Horas después, esa noche, luego de oír al chico de las anotaciones del barranco, me invadieron sus palabras. Y, con más curiosidad que esfuerzo, al intentar una distracción a mis pensamientos, topé con una foto actualizada del estado de su hermana en el WhatsApp: era la imagen de un atardecer azulado que se levantaba ante mis ojos entre árboles de aire tropical y, casi en el medio, una especie de parapente suspendido.

Adentro, entre las uniones de mi nostalgia, lo que quedaba del amor que sentía y la furiosa necesidad de verla, algo crujió, como cada paso en ese apartamento de piso amaderado donde nos escabullíamos de noche para vernos. Y sentí resonar dentro de mí preguntas, intentando reclamar una respuesta contundente e impostergable: ¿Te quería? ¿Te pensaba? ¿Esperaba quizá el momento justo para hablar de algo que había roto desproporcionadamente?

 


 

La noche, fuera del bullicio hospitalario de la gente que acude a verla, me es un soliloquio gris, nuboso, que, a puertas de la playa, respira bruma fresca y salada. En ella, todo cae atrapado y se pierde.

Esa necesidad apremiante se confundía con mis latidos y resonaba con muda violencia, mientras oía el piano y una voz que quería decir con gritos lo que me dolía iniciaba su embestida.

Hay una necia rebeldía en el corazón de los que nacen soñadores. Soñar duele, nos eleva, como al irónico parapente de la foto que vi en ese estado de su hermana. Y esto que decimos no hacer con el cuerpo —volar osadamente—, peor hacemos al practicar con el corazón. Debo reconocer que todo aquello que el miedo me hizo evitar, al amar lo he arriesgado, y siempre he salido accidentado.

Esta vez, herido, callado y necio, no sabía cuándo rendir las armas y desistir de una pelea sin cuartel, sin armas y sin enemigo. Peleaba solo con mi sombra, contra una promesa mentida, halando un amor que había pasado frente a mí y me observaba perderse a lo lejos, como los últimos colores del horizonte. Lejos de mí, yo no sabía qué sentir, y adentro, una revolución, por tantas palabras oídas, desarmada, se entregaba rendida a decir que ya no iba a pelear otro día más, porque estaba cansada, cansada de pelear.




***


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Cartas a quien, El antónimo de mentir


Fue de mañana que una urgencia de saber construyó los minutos que venían. Recostado en la cama, sosteniendo el móvil, levanté un puente etéreo de imágenes y me gustas, de palabras y frases, de videos vistos, siguiendo el rastro virtual que dejaba su huella. Ideas que constataban una forma de ver, de pensar, de entender, frente al silencio pleno y sostenido que colisionaba con esa frase de «démonos dos meses para mejorar», a pesar de su actitud distante, nula, fantasmal.

Hallé en la pequeña pantalla ideas nuevas, ingeniosas soluciones contra el largo dolor que produce querer luego de soltar; y atestado de la magna evidencia, horas después, irresistible ante la tarde y su color herrumbroso descubriéndome el corazón, bulló el reclamo deslizándose por mis dedos, transmitiéndole mi horror, ante el pus, el hollín, el enmohecido color de la materia… de la mentira… el rancio hedor de un olor desconocido para mí cuando se ha ofrecido tanto. Y vomité mi corazón reclamando rojamente, para que me replicara en parsimoniosa respuesta: «Solo son unos likes; es tiempo de reflexión. Todavía guarda tu corazón.»

A casi dos semanas de esto, ya con un silencio sentimental adentro, y ya en el segundo mes de su solicitud de esperar, sin indicar por qué no antes, sin explicaciones, había escrito repentinamente, enviando un mensaje... para pedir el código de un envío pasado que hice a su país, de aquello que yo devolvía y que había llamado «literatura que no iba con ella». Seguramente porque era importante no perder esas cosas que representaban algún valor económico… que para qué iba a perder; y solo y no más para eso escribió.

Algún tiempo después, cercano el final de octubre, sentí la inexorable lección de creer en tiempos de mentiras, de quijanos condenados por sentirse quijotes, de reconocer el novedoso valor en la verdad de las mentiras, porque el tiempo tradujo sus palabras a un lenguaje inconcuso e innegable que no podía resistir más al calendario, ante su indiferente silencio... porque no era tiempo de reflexión, ni de yugo desigual, no era estrés ni ansiedad o dudas, no era.

Cuando a un sabio de mi tiempo se le preguntó cuál es el antónimo del verbo mentir, él reunió un cúmulo de palabras que no alcancé a decirle y que ya no me preocupa que sepa:

«Una de las cosas que ha detestado siempre el hombre ha sido responsabilizarse: asumir la responsabilidad de algo; estar obligado a responder por algo o por alguien; rendir cuentas de sus propios actos; andar, como se dice... a cara descubierta; o sea, obrar derechamente y sin disimulo y, conforme a razón, o sea, responsablemente; lo sólito, o sea lo fácil y lo cobarde también es la conducta falaz, la conducta mentirosa, engañosa, fingida, falsa; en una palabra: irresponsable.»

Incluso el Evangelio de San Juan reúne en su versículo 32 del capítulo 8 la fidelidad de estas palabras: «Veritas vos liberabit», o en español, «la verdad os hará libres.»

Y es que no hay nada que sea más ajeno al ser humano que la verdad. Pío Baroja lo expresaba así: «Todo es una farsa, y todos unos farsantes.»

¿Por qué mentir, por qué mentira, por qué mentiste? Porque mentir no tiene antónimo.



***


Si disfrutas de la poesía y la literatura, comparto esta historia que continúa en un relato epistolar —minucioso, poético, contenido— que atraviesa, conecta y prolonga «Lágrimas de Cuenca».

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Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.

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