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martes, 25 de agosto de 2026

De soles y exploradores






El explorador conoció el sol.
El sol escribía.
Bailó en su luz hasta hacerlo anochecer.
Como comprendió que gustaba del día, siguió caminando.

El explorador vio otro sol.
Este sol dibujaba.
Con él perfeccionó su mano en el arte del trazo y del color, que resuelven la proeza de la más bella tarde; pero, al verlo atardecer, empezó a despedirse.
Porque los días son claros y la luz le gustaba.

El explorador no cesó hasta hallar un nuevo sol.
Cantaba sigiloso, por temor a que lo escucharan,
porque se hablaba de un ser que robaba la luz, dejando la noche.
Pero con los fuegos anteriores el explorador ya encantaba,
y, siendo ahora más parecido a otro sol, el sol, confiando, le cantó un amarillo como sueño del alba.

Embelesado de color, el ocaso cruzó ante los ojos del explorador,
y solo cuando oyó «¿vas a quedarte?» reparó en que la última nota descolorida de claridad daba principio a la noche.

Partió sin despedirse, porque ya no había más luz que pudiera notar.
Triste, el sol burlado cantó la oscuridad de su partida.
y ya sin brillo, no se le vio más en su lejana constelación.

El explorador seguía buscando, pero no encontraba ninguna presencia meridiana.
Sin embargo, lentamente, notó el calor de una luz.
Un fulgor imposible encendió sus ojos.
Y, sonriendo orgulloso, reconoció que era suya.
Le brotaba radiante su primer mediodía
y en los límites de su órbita guardaba rastros de sí.

Alumbrando tan lejos como su alma podía,
no tardó en descubrir que compañía.
Se acercaba fatigado, guiado por la colosal combustión, 
como si ya estuviera escrito; un ser que hablaba rotundo, palabras como chispas, nacidas de la larga oscuridad que había dejado tras las eras.

El explorador notó que los haces, luminosos,
caían oblicuos, rendidos, sobre aquel ser.

Y este, arrobado bajo el destello, observaba,
como si en aquel resplandor hubiera encontrado
eso que tanto había buscado.

«Qué hermosa es tu luz».