Pacífico Viento,
al pie del barranco,
que a la ola del mar paseas,
como hierba que ondea en el campo,
me ha traído tu paz, sobre esta banca de muda madera,
acunando mis ojos cerrados,
a preguntarme: ¿a quién, solitario, recuerdan,
tus ojos de otoño engastados?
Y un colibrí que revuela
ha trinado: «Cuenca», han dicho sus labios.
«Cuenca,
¿a dónde ha ido…
el naranja rojizo de tus tejados,
lienzo que vi del cielo,
con su marco de valle verdecido,
bajo un azul de sol apostado
que a sus ríos pincela de fiesta…?
Cuando la puesta nace,
su viento cifra el fermento
de una cárdena tarde,
que al áureo sol el Ande duerme
como moneda entre los valles,
y pinta de estrellas la lenta noche
y enciende en azul sus catedrales…
A la noche,
cuando canta la glorieta,
su gente acude a festejarle;
diciembre de luminoso romance,
del Calderón a sus callejas,
de sus callejas a su valle;
regálame otra vez tu lluvia buena
por la que el pastor ora para el río,
que cuando empieza, canta y resuena,
que es chispa de amor bendecido.
[...]
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