hay un espectáculo más grande que el cielo, es el interior del alma.»
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Disculpen si les llamo caballeros, pero es que aún no les conozco bien.
Groucho Marx
«¿Qué estará pensando? ¿Qué estaría sintiendo?
¿Qué tendrá en su corazón? Tenía uno, ¿verdad?»
Un profesor, supongo, aburrido de tanto enseñar
o entendido de algunas estrategias que solo enseña el tiempo, repetía que
«escribir hace entender mejor» y nos ordenaba transcribir hojas enteras de un
texto que teníamos, solo que esta vez a mano; y nos aseguraba que servía tanto
o mucho más de lo que le había servido a él.
Ayer llegó un mensaje a mi celular. Ya no tengo
esa gana exploratoria por saber de qué se trata; solo llega mi atención como
parte adicional de algo que me inquieta realmente. Entonces, cambié en Spotify
la canción y vi el mensaje, pude notar la imagen conocida de un perfil que
asistía casi a diario a mi celular, cuando el sol aparecía, como hoy, camino a
verano, hace casi un año. Como era insólito, entendí que era producto de estas
novedades de escribir en mi blog, y que, producto de la seguidilla de información,
algo había crujido dentro de alguien a quien pensé en algún momento conocer. Y
como no entiendo bien, o quiero entender mejor, hago como decía ese viejo y ya
pasado a mejor vida profesor, y lo escribo:
«He escabullido la intensa necesidad de
hablarte y saber cómo estás. Pero ya sé cómo estás y no debe ser diferente a
mí, aunque pienses que no. Espero que tus padres estén bien y demás familia.
Sabes, con dolores de espalda, pero caminando. Mi papá debe ir a Cuba para
quedarse un tiempo con mi abuela y mi mamá también porque mi abuela no ha
estado bien de salud. Mi mamá se queja del dolor, pero cada día trata de
mantenerse fuerte y animosa. He mejorado con mi ansiedad un poco, la verdad
paso a paso. Recordar que te dije que tenía el TSH alto, pues bueno, por eso
estoy tratando de controlar el estrés. ¿Seguís asistiendo a la iglesia? ¿Qué ha
hecho Dios en tu vida en este tiempo?»
«No he olvidado».
Aunque minutos después borraste esta solitaria
y última línea, lo que me da a concluir que fue un error. Qué puedo entender de
todo lo que dices.
Sabes, todavía recuerdo cuando te leía Cien
Años de Soledad y te sorprendías de las bromas que gastaba Gabo contando su
historia, y de cómo un escritor podía ser tan... variopinto, de encandilar con
un adjetivo nombrando la tarde, para después rematar con una lisura salvaje que
hacía reír por inadecuada; del tono de mi lenta voz para dejarte entender lo
que sucedía en cada largo párrafo que nos acompañaba, y las minuciosas
conversaciones para detallar qué sentimos y qué entendimos terminando cada
capítulo. Eran noches largas, no te veía; pero podía sentir en tu voz la paz de
saber que así te demostraba que te quería.
¿Dónde puede quedar el valor de un momento,
cuando se decide decir adiós temporalmente o quizá para siempre?
Cuando hablaste de pedirme tiempo, estabas
alterada, empezabas a trabajar para esa empresa, y la sobrecarga de
solicitudes, o eso que el oficinismo llama «la curva de aprendizaje» te había
llevado consigo. Me recuerdo decirte: «Te puedo ayudar en esto» y quise hacer
un comentario más, cuando de pronto... espetaste: «De trabajo a esta hora ya no
quiero hablar». Creo que fue el primer momento en que sentí una rara forma en
tu responder.
Poco tiempo después, entre sollozos, dijiste
que necesitabas tiempo, que el problema era... eso, y eureka, que
no tenía a Dios en mi corazón. Y lo sentí tan cierto que casi muero de la
impresión, porque en mi vida siempre he estado de ese lado: del bueno, del que
intentabas nombrar. Y confié tanto en ello en la oscuridad de los días que
vinieron que busqué una luz por ese camino, aunque nunca he estado tan lejos de
ello.
Luego de responder que tu mensaje nada decía,
nada como para arriesgar a poner el dividendo de mi tranquilidad frente al
divisor de tu atención. Te pedí claridad, que de qué querías hablar, que lo
aclares, que me digas. Y lo lanzaste: «Reconciliación».
Que la comunicación era el único remedio para
la reconciliación. Y yo me pregunto, ¿en dónde quedaron las disculpas? Y es que
no podía ser distinto de la misma persona que en algún momento dijo: «¡Pensé
que eras más frío!»
Ayer tuve una imperiosa necesidad de fumar, y
no lo hice. Tenía la mente rebalsando de la coincidencia de las fechas que daba
el calendario estos días[1],
de saber que apareciste para luego nada, para luego ser así, como el humo, como
esas volutas al leve venteo del clima que aspiraba en la banca del parque. Ser,
no ser, y luego sin más: «Comunicación para reconciliación». Más o menos, como
un gol a tres toques: arquero saca largo, delantero la duerme de pecho, el
balón cae a su pie diestro y golpea violento. Gol.
Me pregunto qué piensa, qué siente, qué anotó
en el paso lento de... más de dos meses y quince días. ¿Nada?
Le dije: «En lugar de reconciliación, habla de
lo que hiciste. Haz un recuento de todo y háblame de ello.»
¿Qué sucedió? Silencio, un largo silencio.
Días después, cuando ya estaba superada la
semana desde el día de mi respuesta, pienso que es un error, o haberle
contestado o que ella hablara. ¿Y qué resuelvo ante ese carcinoma llamado
soledad...? La morfina perfecta, escribirte, preguntar, atenderme con la
cuestión ajena de saber por qué. ¿Quizá quiera algo ciertamente? Quizá fue por
algo que dijo: «Comunicación, reconciliación.» Solo que no entiendo por qué no
responde. ¿Estaría preparando una de esas hojas largas donde se disculpaba por
todo? ¿Punto por punto? ¿Cada cosa que hizo? ¿Cada cosa que sucedió? ¿Cada
relación que rompió? ¿El amor de mi madre? ¿La buena fe de mi padre? Quizá una
explicación de por qué esa foto de pronto desapareció de Instagram, para que
poco después aparezca otra en su lugar, sola, y por la que enfiló su
contrarreclamo: «¿Qué tanto por la foto, acaso eres instagramer?»
Recuerdo que el antónimo de mentir no existe, y
pienso que la responsabilidad es lo más ajeno que hay en este mundo porque
implica asumir, pero una fe llamada memoria reza en mi corazón una copla de
duda que pide creer. ¿Sería...? ¿Estaría...? Y esta vez el humo de cigarro no
puede ser, porque he sentido tanto la forma de mis pulmones —y seguro que eso
también lo cuenta su lista— que no me quedan ganas de fumar. Y tomo el móvil, y
veo su foto en el perfil, y examino párrafo a párrafo su mensaje, sostengo con
cierto mármol la postura de mi decisión de hablarle y empuño finalmente las
palabras: «Si tienes algo de lo que te dije, de eso, de los errores y
hablarlos, dime. Te doy hasta hoy».
Lector, comprende que «el amor arrebata el
sentido, que la tristeza conmueve el corazón, y que cuando estos campean... no
hay lugar ni espacio para la razón». Además, esto es un recordatorio de cómo
puede doblarse el alma cuando se está tanto tiempo expuesto a la tristeza.
Sí,
esto es una carta. Toma asiento, te va a faltar tiempo. Puede que te aburras o
que quieras estar cómoda porque te puede gustar. Cuando he tomado un libro
siempre he pensado que podría encontrar algo precioso en alguna página. No he
dejado de pensar así y, aunque Cortázar creo que lastimó mucho nuestra
paciencia en algún capítulo, no deja de ser cierto que al menos hay algo que
sea digno de conservar en la memoria de su libro.
Voy
a ser honesto, por una vez, después de tanto tiempo. Me voy a abrir como cuando
eras la persona más importante de mi vida, como cuando hablábamos horas y
hacíamos de la mañana la exclusiva de algo que solo era único para los dos,
sabernos. Aun con el dolor, con las dudas, aun con la sensación de que no eres
totalmente sincera conmigo, porque en el mundo hay algunas flores que no crecen
si uno no apuesta a regar ese lugar. Y uno riega sin saber si crecerán. Así va
a ser, sin saber si crecerán.
Han
pasado tantas cosas desde que no hablo contigo; extraño mucho tu voz. Siempre
te dije que me gustaba y que me encantaba cuando leías poesía.
Sabes,
lo primero que te quería decir es que te he extrañado mucho, no sabes cuánto.
Cuando entendí el rigor de tus palabras me dolió mucho tu frialdad y descubrí
que la mía no existe porque estoy enamorado. Y no puedo dejar de pensar en ti.
Por
las mañanas despierto y te pienso. Casi siempre eres lo primero incluso antes
de abrir los ojos. Naturalmente, y luego pienso en otras cosas. Mi mente me
lleva a muchos momentos contigo. A veces con fastidio, otras veces me siento
mejor y tengo un recuerdo cálido... y siento el viento y que te estoy cargando
desde lo alto en El Turi para una foto que está a punto de ser y que llevas la
casaca marrón que deseaba que anule todo el frío del mundo sobre ti, y te
siento; otras veces solo es tu voz helada diciendo: «¿Es que acaso todo es para
la relación? ¿No puedes estar solo?». Así es mi memoria, solo me proyecta
videos, imágenes, y te siento.
Cada
tarde cuando llega la hora de conversar, la hora que era nuestra, y empieza,
siento mucha soledad. Al inicio no sabía qué hacer. No podía leer. No sabía si
llamarte. Y cuando lo intenté y no contestabas, y luego te escribí y tampoco lo
hacías, entendí que no era lo que tenía que hacer.
Después
de tanto error resolví que el lugar de mi habitación era el peor sitio del
mundo porque me hacía pensar en ti, y como no estás, ni querías estar… terminé
por salir de allí.
Mi
madre sale a estudiar cada tarde, y cada tarde voy con ella. Llevo una mochila
y en ella mi batería, mis cuadernos, mis audífonos y salgo abrigado. Barranco
es como Cuenca, no roban. Me siento en una banca frente a un árbol, o en lo
alto, desde donde se observa el Puente de los Suspiros, enciendo la música y
cancelo el ruido de la calle con piano de fondo, dejo mi mochila al lado y en
mi celular o en mis cuadernos empiezo a escribir.
El
poemario tiene más de 20 poemas y los he hecho casi todos aquí. Casi todos... con
lágrimas, porque son parte de mi dolor, otros con una risa de ilusión,
cuando empezamos la relación, porque siempre quise regalarte un poemario que
contenga lo que siento y, como dice «mi hermana», que inmortalice lo que
vivimos.
Me
apagas y me enciendes, Cómo es que antes no te vi, Tristeza, Catarsis,
etcétera... y el último que hice: Lágrimas de Cuenca (al Viento).
Sabes,
he puesto a prueba mi memoria, con todo. Aunque la mejor prueba para mí fue
recordar todo cada día a pesar de lo que sentía, para escribir. El último que
hice siento que es un pedazo de mi vida, de nuestra vida, con la que pensé y
soñé muchas veces. A veces despertaba, sobresaltado, moviendo el cuerpo en la
madrugada, porque sentía que bailaba contigo dentro de la agencia de ese Banco
y que la gente aún nos observaba, aún se reía y que la lluvia no paraba y no
podíamos aún salir. Me quedé tanto en ese momento y otros más… pero elegí ese
porque es el que me deja el amor en el cuerpo cuando lo pienso, y me deja tu
sonrisa y tu mirada loca y tierna a la vez, y que yo quiero soltarme a bailar y
por un momento consigo olvidarme de todo y bailamos. Del poema puedo decirte
más, pero no te quiero aburrir, el poemario tenía que hablar de Cuenca porque
siento que mi corazón sigue allí, y me he quedado así. Por eso no olvides
decirme en qué vamos a quedar con aquello de «guardar el corazón» porque yo soy
bastante respetuoso y no he conocido, ni tengo ganas de conocer a nadie. Y la
forma que tomas no parece prever que me hace daño porque de los dos yo sigo
queriendo hablar y tú ya no. No lo olvides, sé sincera.
Me
dice el joven poeta.
En
el parque de Barranco me siento a la banca, como te dije. Hay una señora que
vende unos chocolates, pero antes de hacerlo te declama un poema. Apagué mi
cancelación de ruido y la oí.
—No
quiero chocolates —le dije—, porque desde hace mucho no tengo apetito; te yapeo
unos soles. ¿Te gusta la poesía? —le pregunté. Me dijo que sí.
Me
dijo…
—Ahí
donde me ves tengo sesenta y dos años y vendo chocolates recitando poesía, pero
he sido profesora y enfermera del Hospital Carrión. Solo que ya no ejerzo.
Entonces
le hablé de lo que yo hacía y que estaba buscando las palabras que seguían a lo
que estaba escribiendo. Le leí algunas hojas, le encantaron.
—Qué
romántico —me dijo.
—¿Y
a qué hora viene la chica? —agregó.
—Hum,
esa es otra historia —le contesté. Le resumí algo y me dijo...
—Ah...
Pero no vivas en el pasado, un chico buen mozo como tú no debería...
—
No soy tan chico, señora —le dije.
—
Ah... Yo veo un chico.
Me
narró un poema que hizo por una amiga suya de la que se enteró de que tenía Alzheimer,
justo después de que no le respondiera a su saludo mientras caminaba por la
calle. Se le acercó y nada. No la reconoció. Pero vio que su hija mayor sí, y
entonces ella se lo contó.
—¿Te
imaginas? —me dijo—. Perder la memoria. Se persignó.
—A
mí me cuesta mucho, señora; a veces quisiera ya no recordar.
—No
hijo, no digas eso...
Poco
después se despidió deseándome suerte en lo que escribiera para el concurso.
«Si ganas, igual me compras chocolates...», terminó, y se fue.
Al
día siguiente la vi de nuevo y ya no me ofreció chocolates. Se fue hasta la
banca de enfrente y luego de venderles se me acercó y me dijo:
—
Joven poeta... ¿Y terminó con los poemas?
Me
reí.
Es
la única persona con la que he hablado aquí. Se siente mucho la nostalgia en
Barranco. Enciendo mi música y pienso a veces, otras veces ensayo mis líneas
hasta que el frío me aterece las manos y camino porque necesito calentarme. Hay
un baño por el que se paga un sol. Y lo peor que he hecho es venir con pantalón
buzo, porque no abriga y casi me resfrío.
Hay
una panadería, en ella compro empanadas, usualmente de carne, como una y luego
a las 7 p.m. voy a misa. Salgo y sigo escribiendo. Siempre hasta las 10 p.m. y
luego recojo a mi madre de sus clases y volvemos a casa.
Siempre
pensé que quería hacer un poemario y regalártelo. Pero nunca se me ocurrió que
sería así, eso me da risa. Aunque, si arreglamos todo, va a ser la historia más
fantástica que se pueda contar.
Cuando
Daniel[1]
vino de Cuenca, fue muy curioso todo. A cada lugar que iba siempre sentía que
iba una parte de ti. Y por esa sensación le decía: «Bueno, hoy vamos a ir al
Malecón. Se supone que iría con... pero como has venido primero, ni modo». E
íbamos. Así le dije cuando fuimos a Barranco, a un restaurante que me encanta,
al Puente de los Suspiros, al mirador... Lo hice tantas veces… que una vez me
dijo: «Chuta loco, tú sí que quieres a la...». Y es que siempre pensé que nada
se iba a terminar y solo esperaba a que vengas para mostrarte toda la belleza
de los lugares a los que no había ido para verlos junto a ti.
Estar
en Barranco tiene su cosa mala. Casi todo el mundo se sienta de a dos y al
inicio fue, creo, mucho de lo que me llevó a escribir «Tristeza». Porque quería
huir de lo que sentía, pero me lo llevaba a donde iba, a todo lo que observaba.
Por eso, antes no me quedaba en Barranco, me iba a caminar lo más lejos que
podía y regresaba caminando, memorizaba lo que escribía y en casa lo agregaba.
Era al inicio, cuando veía cualquier cosa y me hacía llorar. Nunca he sentido
tanto dolor por recordar. Sabes, nunca he visto que jueguen Uno aquí, pero
descubrí muchos pedazos de cartas en el suelo. No lo había considerado hasta
que desapareciste y empecé a verlos regados en el piso y todos me recordaban
cada vez que jugamos. Recordaba y lloraba. Encontraba un retazo y de pronto ya
era la última hora en la estancia de ese rancho a las afueras de Cuenca y en la
mesa del grupo más bullicioso no paraban de reír, entonces me miraste como
diciendo «qué hacemos», y te respondí al oído «juguemos…» y sacaste tus cartas
y empezaste a explicar el juego y las repartiste, y me quedé jugando con esa
señora, el niño y el señor, y reíamos porque no perdía nadie y no llegaba el
final. Y te veía y recordaba todo. Casi estaba ahí. Es difícil esconder las
lágrimas en la calle, sabes. Solo se te caen y te dibujan en la mejilla una
línea que brilla. Vi tantos pedazos. Recordé tu post de Instagram en donde
nunca supe con quiénes jugabas, y recordé cuando jugábamos en la mesa, y hasta
el último mazo que compraste que era doble. Todos esos pedazos en el suelo me
recordaban una oportunidad.
(Me
acaba de saludar la señora de los chocolates: «Hola joven poeta».)
Un
sábado me quedé con mi hermana en Barranco. Los sábados y los domingos son muy
libres, porque mis padres salen, y mi hermana se va con Bryan y estoy solo.
Pero ese sábado mi hermana se quedó y nos fuimos a Barranco. Llevé los
parlantes rojo y Negro. No quería llevarlos porque traían muchos recuerdos,
pero ella insistió en que los llevé. En una banca frente a la iglesia del
parque esperamos casi dos horas para ver cómo se realizaba un matrimonio. Cómo
llegaba la gente, los invitados, los curiosos, el novio, los padres y
finalmente, sobre la hora… la novia. Ella me mostró una canción de Aventura que
se llama La Boda. Nos reímos muchas veces por el contenido de la canción: se
supone que el amante o el ex llega a la boda justo cuando el padre dice: «...si
alguien se opone a esta unión...» y entra Romeo Santos. La puse en alto
volumen. Saqué mis parlantes y la cantamos. Creo que el viento ese día tocó un
poco mi garganta. Mientras cantaba, no lo decía; pero recordaba cuando
caminamos por la calle, allá, una noche que hubo mucha gente, y de regreso me
pediste que bailaramos una canción, ahí mismo, camino a casa en la calle y me
moría de vergüenza. Y me daba tanta alegría saber que fueran tan buenos esos
parlantes y que nos dieran tantos momentos felices. Recuerdo cada canción que
puse. Como cuando fuimos en bicicleta por primera vez. O verte ir lento con la
bicicleta sobre la grava en el parque Tarqui o en la ciclovía mojada y sinuosa,
cuando nos tomamos esa foto bajo la lluvia, de regreso de El Cajas.
Sabes,
no sé si has conocido a alguien o si has buscado conocerlo. Pero, más que eso
me interesa saber si quieres algo conmigo. Decirme que ya no o poner claras las
cosas… porque como ves, será así, hasta que lo decida o me digas que ya no
quieres nada conmigo. Porque te amo, eres la única persona que ha tocado mi
corazón y puedo perdonarte todo, si prometes, como yo, corregir e intentar con
el corazón y Dios en el centro lo que yo también quiero para los dos:
felicidad. Solo si lo deseas conmigo. Eres libre de elegir. Yo te ofrezco mi
perdón. Pero no me pidas esperar sin poner las cosas claras. No es de Dios.
Estoy más
delgado, peso 61,5 kg. Hace frío en las noches aquí, ando en jeans usualmente.
No es viable el buzo abajo y llevo siempre polera con casaca. Del verano se
sabe solo hasta el mediodía, luego la temperatura baja. Y no imaginas cuánto
frío se puede sentir por estar sentado escribiendo en tu celular horas. Uno
llega hasta ser casi un Jack del Titanic. Luego, debo moverme o hasta mi voz la
siento debilitada. Ah, casi lo olvidaba. Hice un poema que se llama Yugo desigual.
Es precioso. Lo hice pensando en ti, en mí. En Dios. En nosotros. Arreglemos
todo, quedemos bien. Juntos o separados, y te mando el poemario. Detengamos
esto, pon las cosas en orden. El 22 de octubre se cumplen los dos meses y
ni siquiera sé qué sigue después, porque has dejado nada claro. ¿Sabes que
hablé más de dos horas con el pastor sobre el yugo desigual?, tengo un audio
enorme en el wsp. Estudiado por mí para limar mi vida. Los miércoles a la noche
y los domingos por la mañana estoy allá, en el culto. Como te conté, oro en la
mañana y antes de acostarme. Pero sobre todo siento paz cuando mi tristeza me
llama a recordar. Por cierto, extraño que me digas como lo hacías. Con certeza
y honestidad, tienes el lugar asegurado.
Por
cierto, no olvides que te amo, que te extraño un montón si te viera te
abrazaría como ni tú me has abrazado. Y que te perdonaré (y espero que perdones
todas las cosas que hice mal si deseas empezar bien). Que tienes la fuerza de
mi corazón a tu lado para cualquier decisión. Pero, que debes aclarar las cosas
y darnos paz de una u otra manera. Te apoyo en todo, pero no en callar.
Y
sí, estoy en Barranco, desde una banca he escrito todo lo que has leído. Todo
menos el poema. Eso lo escribí... en otra banca (ja ja). Y lo he hecho desde
las 7 de la noche hasta las 10 p.m., como siempre. Respetando mi horario.
Porque ya debo recoger a mi madre y debemos ir a casa.
*novio
de entonces de su hermana.
Cuando volví de Cuenca, la primera distancia
que encontré en mis ojos fue la inconstancia del verde. Aquí hay distritos que
lo tienen, otros que no, y en mis ojos se había quedado la mezcla de
valle-ciudad como en un podio de aceptación visual. Lo otro que tomé por
condición era el aire cultural, la mezcla heterogénea de gentes, la sensación
de vida en la noche, constante y pertinaz; todo eso era Barranco, bohemio y
cosmopolita, pero no tenía valle, tenía mar. Y a su estancia venían gentes de
toda clase, a pasar por ese viejo puente de madera que tiene por tradición
sostener la respiración para que se cumpla un deseo, cualquiera que fuera.
He estado tantas veces aquí, con el piano de
fondo en mis oídos, que he podido apreciar las muchas veces que alguien le
explicaba esto a su pareja —sobre todo chicos, mayores o menores— siempre
explicando, a extranjera o no, notándole la vieja tradición hablada de ese
mito, para que juntos crucen aguantando la respiración, buscando en su mente
decir o pensar eso importante que deseaban cumplido. «Puente de los Suspiros»
se llama, el solo nombre evoca amor, y eso anda por aquí en el aura de la
gente, casi siempre cuando la tarde pierde su nombre y la noche impone su
rotundo color.
Recuerdo cuando hablamos de las playas. Sentí
una gran distancia entre las de Cuba de arena blanca o negra y tantas otras
lindezas que ibas narrando, y mi idea de playa en esta larga costa que bordea
el Pacífico, la costanera de Lima. Algo en mí se quedó vagando de esa dura
comparación, algo extraño que sentí en la distancia, y que me dejó sin
responder esa vez porque no le pude poner palabras.
Aquí, en Barranco, en sus barrancos, desde lo
alto y a lo lejos acercándose al mirador Recavarren, o desde el Puente de los
Suspiros y otros tantos miradores, se aprecia el atardecer como un evento que
entrega el día, durante breve o largo paso de tiempo. Y la gente se agolpa a
capturar ese trance, como un consuelo de saber que se llevaron un pedazo de ese
obsequio encuadrado en sus cámaras.
Un día, de esos domingos en que salía y recordaba
esa conversación, cuando todavía hablábamos por WhatsApp en las tardes,
mientras observaba la playa desde lo alto en el Malecón Grau, con la vista al
poniente y las numerosas barcas apostadas en la cala de La Herradura, pensé en
la gente que venía hasta este lugar, y que observaba el evento del atardecer o
que respiraba hondamente atesorando desde allí la línea que divide el mar del
cielo con el sol desprendiendo sus últimos colores. Estas personas, después de
minutos de pie allí, se iban, al parecer... más livianas. A estos lugares —como
al largo Malecón de La Habana, que bien conoces—, pienso que la gente viene con
algo que carga en sí, algo que no es bueno, algo que sobra, que duele o pesa o
que debe ser cedido y lo deja; y se lleva a cambio la belleza del lugar.
Los miradores de Barranco, el Malecón Grau, el
de La Habana y otros tantos lugares, deben parecerse mucho en esto: la gente
llega con algo malo que pesa, lo deja, y con un paso más vivo y ligero se va
con una sonrisa. Era tanta mi tristeza que tuve que acudir constantemente a
este lugar, a dejar y dejar... como el chico del barranco, que buscaba en el
ocaso de la tarde un color parecido al de las chispas apagándose en su callado
corazón.
Le debo muchísimo a este lugar; me dio en la
soledad un cobijo, con su silencio vespertino, sus bancas omnipresentes y cada
personaje que vi llegar: la señora que vendía chocolates declamando poesía y
que fue en su juventud enfermera del Hospital Carrión, el chico del barranco
que contemplaba inmutable el atardecer; el árbol en el parque central, con sus
flores y sus semillas amarillas regadas en su base que, junto a las amarteladas
parejas y los bulliciosos amigos, me hicieron sentir honda la soledad; la
fuerza de su frío que me obligaba a caminar, y su vida constante, que con el
piano en mis audífonos, me dio la impresión de que vivía, solitario, otra
realidad.
Mis noches con cada cigarrillo, reconociendo la
ruta de mi sistema respiratorio, para luego entenderlo como parte ínsita de mi
nueva asignatura. Barranco de las bodas a las 7 p.m. los sábados recordándome
que las promesas todavía existen, y que no están muy lejos de aquí. Barranco de
sus quinceañeras heladas, pero de digna indumentaria. Y Barranco, no voy a
olvidar, donde en mi momento de más honda tristeza, vi que llegabas cruzando la
calle, entre la gente del semáforo, para luego darme cuenta de que estaba
desvariando; fue algo que no quiero sentir jamás, jamás.
«Barranco, de perímetro acogedor: desde donde habita su flor más escondida hasta el lugar donde la mirada alcanza en sus lentos ocasos; como una gran y natural red de rescate —de esas que alguna vez viera usar a los bomberos en una antigua película de cine— entre su mar y su puente, soportó mi caída... cuando, empujado hasta el borde, viví el viejo reflejo de temerle a las alturas, ese miedo que solo conocen los que suben muy alto, los que, sin querer, se enamoran.»
Hay muchas frases, demasiadas. Cortas, largas,
imponentes... débiles; pero no importa cómo sean, si no vienen a cuento. Esto
es: que no tengan que ver con el tema. Hay una que, por su simpleza, destaca, y
viene a cuento. Y agrego la digresión de que «lo bueno, si breve, dos veces
bueno»; entonces, por duplicado, lo es.
Antes debo mencionar que no me agrada por el
rotundo uso de vocales abiertas, no cuenta con una sola vocal cerrada que
apacigüe su fraseo y me deja la sensación de golpeo en la lengua de solo
usarla, esto sin considerar esa brevedad antes notada que irrumpe en su decir,
ni el uso de dos verbos fuertes, «llorar», «mamar». Llorar, creo, es más
conveniente para lo triste y mamar es una actividad primaria que, en sentido
vital, usamos frente al desespero lactario del que recién nace. «El que no
llora, no mama» se dice así, simple y fuerte. Es fácil, cuando un pequeño
bebé rompe en llanto: humedad, suciedad... hambre. No hay mucho que escoger,
son las necesidades básicas, las únicas por las que acude a su expresión. Esa
primera forma de comunicación que ha pasado al argot popular cotidiano como refrán
de vida: llorar para mamar, pedir para tener, empujar el objeto si quieres
verlo caer.
«Quien no llora, no mama». Quien no
pide, no obtiene; si no te quejas, todo puede seguir siendo igual, hay que
alzar la voz y fuerte. Además, tiene sus variaciones, adicionalmente a esta que
digo, complementándola (no la tenía en mente, pero al final la dispongo): «El
que no corre, vuela». Usada para fines que indican que, si quieres algo en
demasía, y corriendo no lo alcanzas, pues tendrás que volar, si realmente lo
quieres alcanzar.
Hay una brillante media luna en el cielo
nocturno, y un joven padre de familia, que camina en el parque, lleva a su bebé
en un coche mientras divago estas anotaciones. La aprehensión por el que fuma
parece innata, la humarada del cigarro no es benigna, y la figura del que pita
constante denota quizá alarma, cuidado... distancia. El bebé llora efusivamente
y la juventud del padre, visiblemente inexperto, no consigue su calma. Yo
acostumbro al cargar a un pequeño hablarle, señalándole las cosas de este su
nuevo mundo que con incipiente mirada a duras penas consigue distinguir. Pienso
que mis oraciones no son comprendidas, pero en el esfuerzo de señalar, decir,
repetir y explicar, un hilo invisible toma forma y nace una callada atención.
De pronto, cual mágico efecto… se hace el silencio.
Abi o Fati, mis sobrinas, cuando pequeñas,
nunca lloraron conmigo; cada cosa que tenía cerca se las expliqué, se las
conté, llené su pequeño mundo de palabras, nombrando todo, describiéndolo, y
señalándolo con el dedo, como contaba Gabo; hasta que me buscaban para saber
qué era eso que no conocían y que guardaba mi madre en algún lugar oscuro y
escondido de la cocina. Pero ese joven padre parece no tener la lengua hábil
para decir lo que ve y su pequeño no para de llorar. Llora y no recibe, llora y
no alcanza, llora y no lo comprenden.
Cuando el deseo es grande, puro y te sobrepasa,
con qué habilidad hacemos de horas minutos, de kilómetros metros, de
dificultades soluciones. Puedo dar testimonio de ello, he viajado, aunque no
mucho; pero la única vez que pisé un lugar que no era mi país fue porque me
enamoré. Y apoyado en la fe de la palabra empeñada, me fui. Y eventualmente fui
feliz. Nada como conseguir lo que quieres cuando lo deseas. Quise unir dos
soledades que se escribían desde sus alcobas con tal vehemencia... que no paré
hasta recibir un impresionante abrazo, estando quieto y aturdido, en el pequeño
aeropuerto de Cuenca.
Hoy, en este viaje, el de estas letras, debo
decidir si poner los pies en tierra y dejar de soñar, porque hay alguien a
kilómetros de aquí que no llora... que ríe, que no corre... que pasea, que no
lucha, que no vuela...
Hay, de todos los que escribí, un poema que es
al que más vuelvo y que, cuando leo detenidamente, me conmueve por todo lo que
puede habitar en el corazón; habla de la espera, habla de esperar. Cuando lo
recité en el parque Kennedy, porque alguien dijo «léeles La banca», las voces
fueron callando alrededor una tras otra, y no me asombra, porque es lo mismo
que he cargado con igual medida, desde hace mucho más de dos meses, dentro del
corazón.
Un dolor me acude constantemente a la espalda,
es la bocanada de humo que influye* sentido en mi tiempo de soledad.
El frío se afirma al llegar la medianoche. Una
garúa inofensiva reviste sus chispas de soberana impostura ahora que ha
descendido la temperatura, y la gente... simplemente ya no sale de casa, porque
coincide en no entender qué hace el frío aquí si la estación es primavera.
Cuando estaba allá, en Cuenca, y era noviembre, la lluvia era tanta que era
impertinente salir a la calle a pasear; pese a ello, me recuerdo salir, incluso
después de medianoche para volver a mi alquiler. Húmedas las calles, empapadas,
revestidas de una película brillante por la fuerte luz de las farolas, caminaba
acera por acera mientras el ruido de los semáforos, ese insistente aviso para invidentes,
me acompañaba hasta mi puerta. Llevaba conmigo una mochila, su beso de
despedida, y una sostenida sonrisa al pensar que mañana era otro día que
esperaba con ansias.
«¿Cuál es la más grande locura que hiciste por
amor?», reza una pregunta en algún post vagabundo de la inmensa red social:
«...esperar», culmina respondiendo.
Las esperas son quizá algo ineludible en el
paso de los días. Esperas... porque tu esfuerzo construya una sonrisa, que
piedra a piedra forme la arquitectura de una realidad antes soñada. Un trabajo,
un deseo, una ilusión.
A lo largo de los días, durante esos dos meses,
el calendario hacía una comedia, cuando no una ironía, al pensar qué pasaría,
qué pasaría mañana, qué pasaría si espero otro día.
Creo que tenía once años cuando veía a mi tío
de pie cerca del vano de la casa con una pierna flexionada sobre una piedra
enorme, fumando un cigarrillo tras otro; que pase, le decía, que hacía frío,
que deje de fumar. Mis ojos inexpertos no entendían qué hacía una persona en
horas de la noche indiferente al frío de la intemperie, quieto como una estatua
pensativa.
Mucho tiempo después me contó que, cuando se
fue a Italia y, solo después de rebotar entre variadas cuestiones de la vida,
tuvo noches incluso más solitarias. Hasta que retomó sendero, luego de tanto
esperar.
La soledad se afirma como el frío en la garúa y
aquieta la mirada que estudia el pensamiento en el silencio de los días. He
tenido clases enteras con mi muda compañera, absorbiendo el paso de las horas,
comprendiendo el ritmo de la vida.
«Es triste ver el cielo así,
cayendo poco a poco me parece,
que no pudiéndome decir,
resuelve hacer de gotas preces».
Me apagaba y me encendía... sentado entre la
multitud de la gente acompañada, observando la vida fluir de colores, tan
sonora y risueña que no sabía qué hacía ahí.
A quién le debo esas horas que esperé en
silencio, sin sonrisa. ¿A mí? A mi necedad innecesaria. ¿A ti? Que nunca
apareciste en el plazo de ese tiempo.
Días después, como una falla en el presagio del
clima, apareces, breve e irresoluta, sin la fuerza convencida que expresa el
mar para alcanzar la orilla.
¿A quién escribía, cuando mi letra no tenía
destino, y empezaba la batalla sin ver a la cara a mi rival?
Cegado de locura, en la Segunda Guerra Mundial,
Hitler obligaba a que sus soldados mantuvieran posición ante el desalmado
invierno ruso: ¡que esperen, que los refuerzos llegarían! Ateridos, congelados,
glacialmente derrotados, enfermos de disentería, con hambre y sin pertrecho,
miles morían por la fe ciega en la promesa de esperar. Te he esperado tanto
tiempo frente al invierno de mi soledad, cargando duda, silencio y tristes
descubrimientos, y solo has dicho palabras privadas de convicción, amor y denuedo.
¿A quién he escrito con esta tinta nacida de mi
muda tristeza de esperar? ¿A quién guardé mi promesa esa noche en la alcoba,
cuando el candor sostenía: «Quiero que cuides mi corazón»?
Lector, tú que acudes a la función de mi
desnudez, que observas en palabras la dentrura de mi vida; si no hubo, ni hay a
quien yo escriba esta confesión, no hay razón alguna para que siga.
*Licencia poética en la
sintaxis.

A veces solamente el verbo es sentir; no hay
forma de ubicar un norte, una razón, o un lindero. Como el que esquía
alegremente y ya sereno reposa en su descanso, pronto se ve deglutido en la
avalancha; así sorprende el recuerdo al corazón. Y la sensación de bienestar
revela memorias vivas que se creían ya derruidas.
Nunca entenderé el porqué de esa sonrisa. La
cámara diciendo “cheese”: ¡Felices, sonrían!
Recuerdo bien esa frase. No la escuché en su
boca, no antes de escucharla en la de su mamá. La Sra. Bis decía, fuerte y
convencida: «¡Ay, hija, no cojas lucha!». Argot cubano, que daba igual a una
manera de decir: no te gastes vanamente en aquello. Me recuerda el Laissez-faire,
laissez-passer en clase de economía: «Dejar hacer, dejar pasar».
Pienso, intentando comprender tu sonrisa. Y no
alcanzo a entender.
Cuando, por mi necio intento de estirar mi
estadía en ese otro cuarto piso que me alegraba el corazón, perdí mi trabajo…
ya no pude sonreír, porque sentía que todo se ponía color de hormiga, y una
inevitable cuenta regresiva para volver a casa se me hacía indigna de contar… y
no podía esconderlo.
En la mesa, durante el almuerzo, observaba a Ro
y la Sra. Bis en sellado silencio. Mientras los cubiertos hacían anticipada
sobremesa, preguntando qué pasaba con los callados comensales.
Sonreír para mí es la expresión de alegría que
nace radiante de los entresijos de mi cuerpo, que surge implacable para
expresar mi sentir. «¡Me encanta tu sonrisa!», me decías; es porque nace de mi
corazón, no pude decirte. Nunca aprendí a fingir sonrisas.
«En orden. Haremos todo en orden, Sr. Mildres.»
En la mesa de su casa, luego de acordar ambos todas las palabras que dijimos
esa noche, una mutua promesa de amor culminaba con una oración tomados de la
mano, y dos padres llamándome hijo, entre abrazos y besos, luego de darnos
santa bendición.
«Nos une el arte. Lo mismo que vi en esas fotos
de alegre color en su Instagram, que es lo que yo llamo para expresar lo que
siento, escribir», les dije a ambos.
¿A dónde van las memorias de lo que una vez se
ha sentido, de lo que ha poblado el corazón de colorida primavera?
Sonríes.
En la paz de un lugar campestre, donde la
naturaleza susurra un mantra de consuelos; como al barro sus manos, el silencio
esculpe lentamente una sonrisa. Y sonríes. Y mi entendimiento no alcanza para
construirme una razón.
«Sabe señorita —escuché fuerte tras la pared—:
mi hijo no tiene sonrisa». En la desmesurada explicación de qué era Dios en tu
vida y que sentías culpa por lo que había pasado, el hombre que me vio nacer te
atajó y te dio la expresión real y simple de lo que veía en mis noches y en mis
días. Y creo que nunca lo entendiste.
Observando la serenidad de las imágenes,
fotografías que contrastan el color con tu alegría, encontrando sucintas
palabras que quizá tratan de explicar soterradamente que piensas en mí, amanece
un sol triste y cansado de alumbrar en mi memoria, para que recuerde, para que
pregunte: ¿por qué lo hiciste, por qué de esa manera?, y después de todo… ¿por
qué sonreír?
Matrimonio
Yo… soy palabra, un verbo que resume lo que digo.
Tú… eres imagen, el color vivo que
ilumina la mirada.
Yo construyo oraciones que delimitan una
historia,
donde el amor y la memoria son los ríos que me fluyen;
Tú reúnes las formas, la textura y el encuadre,
y tu mirada ve que el arte dé sonrisa como norma.
El matrimonio de esta oda, la que en tu
mesa dije un día,
era casar estos distantes, mi seriedad con tu alegría;
fotografía y oración, color canela y descripción,
porque una foto bien contada era una historia, pero a color.