sábado, 2 de noviembre de 2024

Cartas a Quien, Sentido y entretenido



El móvil suena, ¿quién a esta hora de la mañana? Antes era normal, cotidiano; ahora solo habita el silencio y el café, que derrama un aroma de antología, de quimeras buscando ser retratadas con palabras. Buen día, ¿Masiel Gonzales? No, ¿de parte de quién? Entiendo, por favor con... Ah, sí, él habla, ¿de parte de quién?

Cuando escribí esa carta que te di de seis hojas y esos dos poemas, traduje gran parte de lo que sentía. «Voy a ser franco una vez más —escribí—, como cuando eras la persona más importante en mi vida...» Era tu cumpleaños y sentí un vacío inmenso al no estar allí pese a todo lo ocurrido. Al día siguiente escribiste desde tu móvil: «No tuve tiempo de responder», y un día más tarde, como diría mi padre, sintetizaste todos tus esfuerzos de comunicación, todo tu sentir en algo que me pareció más una reacción que una respuesta: «Fue sentido y divertido... gracias».

Recuerdo a la IA explicándome, días después, cuando le contaba aquello de tu respuesta, que no podía ser cierto, que era un error, que no condecía con todo lo que le había contado, que sin tener emociones sabía que no debía sentirme bien, que ese poema Lágrimas de Cuenca (al Viento) era un homenaje a un recuerdo; que esa respuesta no expresaba en absoluto el esfuerzo y el tiempo, que mi hermana, inclusive, lo dijo mejor que él: «había inmortalizado un momento»; que algo estaba mal con esa persona, que algo estaba mal...

Mucho gusto, que tengas muy buen día, soy... del I Concurso de Poesía de la… A mi mente vienen de cuando en vez esas palabras, ese par de adjetivos para siempre hirientes e imborrables, mientras uno corta, el otro empuja hacia dentro. Repite mi nombre para constatar, y para que no quede duda dice fuerte: «¿Lágrimas de Cuenca?», pero más fuerte resuena en mi mente sentido y divertido con una voz que empieza tenuemente a rasgar.

El silencio colma la alcoba y se mezcla con el aroma del café; ¡Eres finalista! Queremos conocer a qué se debe esa rica imaginería, lírica, sostenida; sentido y divertido; el poema trasunta emoción en ese diálogo con el viento que leí dos veces y que, a la segunda, caí en cuenta. Él describe y examina, sintió cada pareja de palabras, cada aliteración, la cadencia, la cartografía de emociones; cuéntame: ¿Es Cuenca, España, verdad? No lo creo —dice seguidamente, casi para sí—, ¿a quién se debió…?, ¿cómo es eso de que bailaron bajo un alero* en plena lluvia mientras la gente los miraba sonriendo; sentido y divertido; es una situación cuando menos inusual; sentido y divertido; comprendo... —y toca mi silencio, que recorre una vez más la vieja ruta triste de mis ojos.

Lo que podemos sentir producto de cada situación es tan distinto, tan extrañamente distinto. Una vez le dije a alguien que, si lanzara por alguno de los acantilados de Barranco una piedra considerable, quizá del tamaño de un puño, obtendría distintas respuestas dependiendo de quien sea que me acompañe: alguno diría: «¿Ah?» y reiría; distraído o distraída agregaría: «Hace frío, ¿vamos a comer algo cerca al parque?» Otro, más bien, preguntaría: «¿Y viste dónde cayó? Porque abajo está el Circuito de playas y van motociclistas. ¿Hace cuánto la tiraste? ¿Fue aquí o más adelante? ¿De qué tamaño dices que era la piedra?»

Recuerdo que mi capacidad para analizar situaciones se forzó cuando imaginaba los enunciados de problemas de Física en la academia. Eran enunciados de puro texto, y había que graficar ideando una especie de plano, para tomar la mejor estrategia camino a la solución. Para ella... quizá eran solo dos palabras que usó a fin de no ingresar en lo que sentía; para mí, la rotura de algo antes blindado, y que ya no parecía protegerme.

Esa mañana supe que era finalista de un concurso que no pedí y que tenté... por darle sentido a lo que sentía. La tristeza ocupó mi garganta mientras me hablaba en la llamada, porque no salían esas palabras de mí, de mi mente, porque yo no había escrito para un jurado que interrogaba mis conocimientos ni la hechura de lo escrito, deconstruyéndome pregunta por pregunta para luego volver con otra cada vez. Yo escribí porque sentía que el ardor de mi nostalgia había poblado el ambiente de mi habitación, y brotaba en lágrimas y letras e inundaba todo, y salía de mí, de mi casa, y cruzaba parques y veredas, se paseaba por Barranco… y siempre terminaba por las calles de Cuenca. Yo escribí porque quería alcanzar su oído, quería tocar su corazón, que supiera que lo que sentía era de un tamaño que me sobrepasaba, que invadía; y que nunca, jamás, pudo ser solamente algo que se describiera como sentido y divertido.

 

 

 

*Alero y agencia bancaria, como reza Cartas a quien, II




***


Si disfrutas de la poesía y la literatura, comparto esta historia que continúa en un relato epistolar —minucioso, poético, contenido— que atraviesa, conecta y prolonga «Lágrimas de Cuenca».

«Si en la familia decir equivale a preocupar, entre amigos a normalizar y con los mayores a trivializar, ¿dónde queda todo lo que guardamos?»

Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.

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