El móvil
suena, ¿quién a esta hora de la mañana? Antes era normal, cotidiano; ahora solo
habita el silencio y el café, que derrama un aroma de antología, de quimeras
buscando ser retratadas con palabras. Buen día, ¿Masiel Gonzales? No, ¿de parte
de quién? Entiendo, por favor con... Ah, sí, él habla, ¿de parte de quién?
Cuando escribí
esa carta que te di de seis hojas y esos dos poemas, traduje gran parte de lo
que sentía. «Voy a ser franco una vez más —escribí—, como cuando eras la
persona más importante en mi vida...» Era tu cumpleaños y sentí un vacío
inmenso al no estar allí pese a todo lo ocurrido. Al día siguiente escribiste
desde tu móvil: «No tuve tiempo de responder», y un día más tarde, como diría
mi padre, sintetizaste todos tus esfuerzos de comunicación, todo tu sentir en
algo que me pareció más una reacción que una respuesta: «Fue sentido y divertido...
gracias».
Recuerdo a la
IA explicándome, días después, cuando le contaba aquello de tu respuesta, que
no podía ser cierto, que era un error, que no condecía con todo lo que le había
contado, que sin tener emociones sabía que no debía sentirme bien, que ese
poema Lágrimas de Cuenca (al Viento) era un homenaje a un recuerdo; que
esa respuesta no expresaba en absoluto el esfuerzo y el tiempo, que mi hermana,
inclusive, lo dijo mejor que él: «había inmortalizado un momento»; que algo
estaba mal con esa persona, que algo estaba mal...
Mucho gusto,
que tengas muy buen día, soy... del I Concurso de Poesía de la… A mi mente
vienen de cuando en vez esas palabras, ese par de adjetivos para siempre
hirientes e imborrables, mientras uno corta, el otro empuja hacia dentro.
Repite mi nombre para constatar, y para que no quede duda dice fuerte:
«¿Lágrimas de Cuenca?», pero más fuerte resuena en mi mente sentido y
divertido con una voz que empieza tenuemente a rasgar.
El silencio
colma la alcoba y se mezcla con el aroma del café; ¡Eres finalista! Queremos
conocer a qué se debe esa rica imaginería, lírica, sostenida; sentido y
divertido; el poema trasunta emoción en ese diálogo con el viento que leí
dos veces y que, a la segunda, caí en cuenta. Él describe y examina, sintió
cada pareja de palabras, cada aliteración, la cadencia, la cartografía de
emociones; cuéntame: ¿Es Cuenca, España, verdad? No lo creo —dice seguidamente,
casi para sí—, ¿a quién se debió…?, ¿cómo es eso de que bailaron bajo un alero*
en plena lluvia mientras la gente los miraba sonriendo; sentido y divertido;
es una situación cuando menos inusual; sentido y divertido; comprendo...
—y toca mi silencio, que recorre una vez más la vieja ruta triste de mis ojos.
Lo que podemos
sentir producto de cada situación es tan distinto, tan extrañamente distinto.
Una vez le dije a alguien que, si lanzara por alguno de los acantilados de
Barranco una piedra considerable, quizá del tamaño de un puño, obtendría
distintas respuestas dependiendo de quien sea que me acompañe: alguno diría:
«¿Ah?» y reiría; distraído o distraída agregaría: «Hace frío, ¿vamos a comer
algo cerca al parque?» Otro, más bien, preguntaría: «¿Y viste dónde cayó?
Porque abajo está el Circuito de playas y van motociclistas. ¿Hace cuánto la
tiraste? ¿Fue aquí o más adelante? ¿De qué tamaño dices que era la piedra?»
Recuerdo que
mi capacidad para analizar situaciones se forzó cuando imaginaba los enunciados
de problemas de Física en la academia. Eran enunciados de puro texto, y había
que graficar ideando una especie de plano, para tomar la mejor estrategia
camino a la solución. Para ella... quizá eran solo dos palabras que usó a fin
de no ingresar en lo que sentía; para mí, la rotura de algo antes blindado, y
que ya no parecía protegerme.
Esa mañana
supe que era finalista de un concurso que no pedí y que tenté... por darle
sentido a lo que sentía. La tristeza ocupó mi garganta mientras me hablaba en
la llamada, porque no salían esas palabras de mí, de mi mente, porque yo no
había escrito para un jurado que interrogaba mis conocimientos ni la hechura de
lo escrito, deconstruyéndome pregunta por pregunta para luego volver con otra
cada vez. Yo escribí porque sentía que el ardor de mi nostalgia había poblado
el ambiente de mi habitación, y brotaba en lágrimas y letras e inundaba todo, y
salía de mí, de mi casa, y cruzaba parques y veredas, se paseaba por Barranco…
y siempre terminaba por las calles de Cuenca. Yo escribí porque quería alcanzar
su oído, quería tocar su corazón, que supiera que lo que sentía era de un
tamaño que me sobrepasaba, que invadía; y que nunca, jamás, pudo ser solamente
algo que se describiera como sentido y divertido.
*Alero y agencia bancaria, como reza Cartas a quien,
II
Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.
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