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viernes, 14 de febrero de 2025

Todos los fuegos el fuego

«El fuego, si no se controla, devora; si se domestica, calienta. El mismo que quema bosques y cuece pan, el que ilumina noches y reduce a cenizas. Así es la tristeza: un incendio que arrasa o una llama que templa.»


Anduve paseando los ojos sobre todo lo que había en esa red social —texto tras texto, imagen tras imagen— percibiendo la sensibilidad de quienes buscan en sus fotografías la belleza de los atardeceres, de los que encuentran compañía capturando las fases de la Luna, y pensando en las palabras de quienes el día les había dejado una duda que traducían en cotidiana poesía o en cuestionadora pregunta. De pronto, advertí algo más parecido a una llamada de auxilio que otro escrito nacido de la contemplación:
 

«Me siento tan recaída, abandonada y dolida hasta la madre. No busco lástima, solo trato de encontrar sentido a la crueldad de alguien que decía amarme y me destruyó de esa manera»

 
Hay ocasiones cuando el corazón agita su latido, como al ver una escena violenta en donde el accidentado mana sangre roja y espesa que invade lento la piel, empapa la ropa y acaba tocando el suelo; no a todos les sucede igual, algunos observan de lejos paralizados, otros se acercan a ayudar, aunque con un latir inquieto. Jamás hubiera sido un buen médico; pero las heridas del alma me inquietan de otra manera.
 
Las palabras, desplazadas en la pequeña pantalla de mi celular, me trajeron una resonancia honda y aciaga, que no me gusta repetir, pero que, entendida hasta su punto final me da fuerza y me impulsa. La tristeza que deja un amor roto es un idioma que todos hemos hablado alguna vez, aunque cada uno lo pronuncie con distinto acento. Entonces escribí:
 

«Roto en algún momento, pensé que la tristeza era solo de mi propiedad. Y viendo amarteladas las parejas, hallaba injusticia en la balanza del destino que valora con poco a quien tanto da.

En los estadios de la vida, no es la tristeza sino uno más, uno que pule y conmina, que endereza y edifica; así, la lágrima que con su sal hiende la indefensa mejilla, es la misma que limpia la mirada para distinguir más allá del cuerpo y del alma a quien nos ha de acompañar.»


Para el que siente el alma perdida, sangrando la herida, la noche larga y la cama enemiga... Para el que no ha podido parar de andar, para quien le acude sin llamarlo el brillo de una lágrima, que trae consigo el momento donde se quiebra la voluntad.

Que sepas que es así, que sepas que es a todos. Que hay quienes, como niño que no comprende el funcionamiento de un juguete, desarman con torpeza el amor que se les entrega. Que hay quienes hábilmente encienden del amor la llama, y que nunca pensaron en realmente aprovecharla.

Que la malicia, la irresponsabilidad o la duda... no tienen género, que el tiempo desviste las grandes mentiras, que no todos están preparados para entender o para dar amor. Pero que, a la vuelta de la esquina, disipado el humo, reformulada la consigna, con la imagen pintada nuevamente de bríos, la mirada más clara y de sonrisa ahora vestida... hay buen viento si sabes cuál es tu norte.

Que sepas que no estás solo(a), que estuvimos casi todos ahí: «sintiendo como el final, lo que solo es un tramo en el recorrido.» Que la tristeza siempre es la misma, aunque para la misma batalla, haya distintos caminos. Que el fuego que hoy te consume, mañana te calentará.
Que sepas que estoy contigo. Y que, con ella, la que hace llorar, yo hice esto. ¿y Tú?


«Todos los fuegos el fuego. Todas las tristezas la tristeza.»

 

viernes, 7 de febrero de 2025

La Po(br)esía



Creo que fue aquella noche cuando escuché lo terrible de su voz en casa de Aldo; convertida en alguien que no era, poseída por la decisión inapelable de colocar un tránsito solitario e inexplicable entre la vida de ambos, contra el paso de los hitos marcados a promesas; acallando los acordes que pretendían construir, eterna, una canción compartida, se me preguntaba indolentemente: «¿Acaso no puedes estar solo? ¿Es que todo tiene que ser para la relación?» Como conclusión de solicitarme ese tramo llamado... dos meses.

Ese día, algo se desmayó sobre un hoyo y fue cubierto por tierra. Y entre las incontables grietas que me dejó su voz esa noche, abriéndose paso, sobre todo, y dejando salir por mi boca el dolor cansado de gotearme tristezas, él —mi amigo, oyente quizá innecesario, irrepetiblemente estoico, de toda palabra confundida en la vaguedad de su sala de estar— oyó con tanta atención... que su oído me abrazó, y su abrazo sostuvo fuerte las quebradas columnas de mi corazón.

Esa noche, camino a casa, horas después de salir de la suya, empezaba a conocer la soledad. Y veía de indeterminado sepia el triste asfalto junto de la muerta acera. Lentos los pasos y ya estaba frente al vano de mi casa; eché una última mirada hacia atrás a la calle, antes de que el quejido de los goznes de la puerta principal me encerrara entre su óxido y su tiempo, y pasé, finalmente pasé, engullido por lo que debía llamar hogar. «Fue no querer entrar a otro mundo y tener que hacerlo». Arriba, en mi alcoba, luego de arrastrar las suelas peldaños... de los kilómetros de la escalera, vi fragmentos de una persona frente al espejo con unos ojos solitariamente perdidos y sin amor.

Fue cuando el delicado cuadro de una vida cayó al piso, dejando un reguero, en un sonido de íntimo estruendo, diseminado durante minutos y horas. Y no fue hasta que un concurso de poesía pusiera en orden el oscuro caos de esa impuesta soledad: accesos de tristeza, desesperada incomprensión, muda lágrima conociendo el ruido de tocar el, alguna vez, tan lejano suelo.

En esa habitación de enorme televisor y libreros llenos de coloridas historias, de ventana con vista a la pared y ventilador en el techo, en ese reducido espacio, tibio en invierno y sofocante en verano —ahora más cárcel que alcoba, aunque útil para el reposo de una vida que auscultaba el honesto pulso de su corazón— allí, acodado sobre la frazada —que arrastraba aún el invierno—, sentado sobre una pequeña banca a centímetros del suelo, con inopinado y seco golpe de agitación —a veces luna y a veces estrella—, se hizo del ordinario lugar... etéreo cautiverio de inspiración.

Mar y cielo, tierra y firmamento. Luna nueva, llena y menguante, ases del cielo con recuerdos... tiritando como luces halladas por miradas perdidas en lo alto de la líquida noche de mis ojos, que cedían a la claridad después de tanta lluvia.

Conocí entonces ese alado estado a que te lleva la tristeza cuando ancla en la mar de una vida. Ese estado cuando la melancolía nos ahoga en sensibilidad y vemos, con vulnerable pasión, el balance de los días, el rigor de los hechos, el pulso en derredor; cuando la tarde se nos asoma subiendo las escaleras y abre la puerta de nuestra alcoba... porque es lenta la vida en los ojos fatigados de mirar, ese estado de completa indefensión que purifica el dolor con la sal de las lágrimas; a ese, le llamé pobresía. A ese tiempo, que me domó en la callada habitación haciéndola bóveda de mis estrellas y mar de mi tempestad, y a Barranco, escenario del sismo de mis pasos perdidos en el tránsito de la noche lenta y triste.

La pobresía, la pobre poesía, la que surgió de las zanjas abiertas de cada pulso de mi amor, que, entre mis lágrimas, brotaba como antiguo chorrillo calmando el dolor de mi corazón.




 

martes, 31 de diciembre de 2024

Lágrimas de Cuenca, XXI - Relectura

 
























Con cuántas cartas resumí el paso de ese tiempo,

vida vagando en silencio, que deja estela entre las nubes;

cuando quiero pensar que he vuelto a sentir los días azules,

leo, veo y quiero ocasos… y los comparo a esas luces.

 

Mis ojos contemplan la vida que guarda el secreto de esas hojas,

nota dormida de tiempo esperando quieta quien la toca,

y en la calma que impone el silencio, solitaria se despoja

de mudos disfraces de verbo que la ausencia nos provoca.

 

[...]




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Lágrimas de Cuenca, XX - Tiempo

 























Tiempo,

doloroso elemento;

que bruno pinta lo que detalla mi mirada.

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lunes, 30 de diciembre de 2024

Lágrimas de Cuenca, XIX - Oportunidad

 

























Resbalo,

caigo,

quedo observo;

miro

oscuro

arriba

temo,

sobrevuelo;

[...]





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Lágrimas de Cuenca, X al XVIII - Versos

 























XIII – Verso 4

Escalé peldaño a peldaño mi fuero,

montaña interminable de preguntas cimeras,

y en lo alto las estrellas alumbraban el cielo

que mis ojos estancos, aprenden, divisan.

 

Entendió mi razón

que al esfuerzo no hay valla que permita sentimientos,

que por cada emoción

hay un firmamento de conciencias que explican.

He bajado agitado,

asustado de ver cuán alto mi fuero,

con dolores de espanto,

de amores de sueños, que al bajar se terminan.

 

 

 


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domingo, 29 de diciembre de 2024

Lágrimas de Cuenca, IX - Matrimonio

 























Yo soy palabra, un verbo que resume lo que digo.

Tú eres imagen, el color vivo que ilumina la mirada.

 

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Lágrimas de Cuenca, VIII - Escribiré

 
























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Lágrimas de Cuenca, VII - El ser que vivo

 
























El ser que vivo, distante está de mí,

como felino cautivo, atrapado entre rejas;

desde mi sueño roto yo lo miro,

sin poder escapar, tan inútil su fuerza.


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sábado, 28 de diciembre de 2024

Lágrimas de Cuenca, VI - La banca

 























Esperé sobre una banca

un milagro de octubre,

que acabara apagando

mi cigarro encendido;

esperé, confundido,

como el que vive esperando

un verano que llegue al invierno que cunde.

 

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Lágrimas de Cuenca, V - Lágrimas de Cuenca (al Viento)

























Pacífico Viento,

al pie del barranco,

que a la ola del mar paseas,

como hierba que ondea en el campo,

me ha traído tu paz, sobre esta banca de muda madera,

acunando mis ojos cerrados,

a preguntarme: ¿a quién, solitario, recuerdan,

tus ojos de otoño engastados?

Y un colibrí que revuela

ha trinado: «Cuenca», han dicho sus labios.

 

«Cuenca,

¿a dónde ha ido…

el naranja rojizo de tus tejados,

lienzo que vi del cielo,

con su marco de valle verdecido,

bajo un azul de sol apostado

que a sus ríos pincela de fiesta…?

 

Cuando la puesta nace,

su viento cifra el fermento

de una cárdena tarde,

que al áureo sol el Ande duerme

como moneda entre los valles,

y pinta de estrellas la lenta noche

y enciende en azul sus catedrales…


A la noche,

cuando canta la glorieta,

su gente acude a festejarle;

diciembre de luminoso romance,

del Calderón a sus callejas,

de sus callejas a su valle;

regálame otra vez tu lluvia buena

por la que el pastor ora para el río,

que cuando empieza, canta y resuena,

que es chispa de amor bendecido.

 

Viento, Cuenca es lo que veo;

su recuerdo, lo que siento:

 

Una noche,

de lluvia inopinada,

entrelazando su mano,

salimos, por ventura, a buscar de tu frescor,

y la lluvia que empezaba

convirtióse en aguacero,

y buscando guarecernos

un alero nos halló.


Bajo él,

con la noche constelada,

y empapado todo al paso,

aún tomados de la mano, una emoción se dibujó;

su mirada, su sonrisa,

la música de prisa convertida en carcajada,

nos abrigó del frío,

nos abrigó de amor...

y bailamos como niños,

que no saben del tiempo,

que no saben de miradas

que no dicen que no;

sonriéndole a la gente que miraba nuestro verso,

nuestro verso que era beso,

que era amor, que era verdad.

Frente al Parque de la Madre todo el tiempo se quedó,

mi corazón y mi recuerdo,

mi buen amor, mi buena amada...

 

[...]







 


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viernes, 27 de diciembre de 2024

Lágrimas de Cuenca, IV - Yugo desigual
























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Lágrimas de Cuenca, III - Tristeza
























Tristeza, dulce pedazo de mí,

en el camino me encuentras,

dama solitaria que fuma,

pareja que ilusionada besa.

¿A dónde voy para huir de ti

si todo al verlo me atraviesa?

Dibujas mi pasado con tanta ternura

que renaces de la voluta primera.

 

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sábado, 21 de diciembre de 2024

Lágrimas de Cuenca, Nostalgia

 























A veces [...]





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Lágrimas de Cuenca, Niebla

 























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Lágrimas de Cuenca, Dehiscencias V

 























El presto para todo y para todos sibilino,

encontrábase callado cuando en mi alma sobrevino

un agudo torbellino intermitente de mi piel,

que anegó en azul mi alma con un barco de papel.

 

Construyó mi ser innato, absurdamente repentino,

en una tarde de nostalgia, desazón y desatino;

y temiendo definir el triste anhelo que hay en él,

abrigó su corazón tomando el nombre de Masiel.





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Lágrimas de Cuenca, Dehiscencias IV

 























Jamás [...]




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Lágrimas de Cuenca, Dehiscencias III







































Me diste [...]




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