No cede, y se engancha a las prendas o, al rozar con las cosas, causa dolor. Entonces, un día o una noche, te sientas a observarla como algo que ha sido y que ahora solo duele sin razón, para tomarla y, quizá con un último y pequeño tirón profundo, arrancarla de una vez.
Nadie dice que las cosas se repetirán, pero tampoco que cada nueva herida —siempre en un lugar distinto, siempre con su propio borde irregular— hará que aquella primera costra, la que no quería soltarse, no haya sido más que el primer ensayo.
