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viernes, 21 de agosto de 2026

Kora

 





        Debe ser entre los doce y los catorce años cuando te haces una de esas heridas grandes en alguna parte del cuerpo, por lo general en las extremidades. Tras unos días, nace la costra que, blanda al principio, escuece recubriéndolo todo hasta endurecerse, tornándose oscura, pétrea. Tiempo después, si la herida fue extensa, la costra comienza a cuartearse: caen pedazos sueltos por los bordes, y luego más, hasta que solo queda uno, que conserva una especie de raíz prendida, como encarnada. 

        No cede, y se engancha a las prendas o, al rozar con las cosas, causa dolor. Entonces, un día o una noche, te sientas a observarla como algo que ha sido y que ahora solo duele sin razón, para tomarla y, quizá con un último y pequeño tirón profundo, arrancarla de una vez. 

        Nadie dice que las cosas se repetirán, pero tampoco que cada nueva herida —siempre en un lugar distinto, siempre con su propio borde irregular— hará que aquella primera costra, la que no quería soltarse, no haya sido más que el primer ensayo.