
A veces solamente el verbo es sentir; no hay
forma de ubicar un norte, una razón, o un lindero. Como el que esquía
alegremente y ya sereno reposa en su descanso, pronto se ve deglutido en la
avalancha; así sorprende el recuerdo al corazón. Y la sensación de bienestar
revela memorias vivas que se creían ya derruidas.
Nunca entenderé el porqué de esa sonrisa. La
cámara diciendo “cheese”: ¡Felices, sonrían!
Recuerdo bien esa frase. No la escuché en su
boca, no antes de escucharla en la de su mamá. La Sra. Bis decía, fuerte y
convencida: «¡Ay, hija, no cojas lucha!». Argot cubano, que daba igual a una
manera de decir: no te gastes vanamente en aquello. Me recuerda el Laissez-faire,
laissez-passer en clase de economía: «Dejar hacer, dejar pasar».
Pienso, intentando comprender tu sonrisa. Y no
alcanzo a entender.
Cuando, por mi necio intento de estirar mi
estadía en ese otro cuarto piso que me alegraba el corazón, perdí mi trabajo…
ya no pude sonreír, porque sentía que todo se ponía color de hormiga, y una
inevitable cuenta regresiva para volver a casa se me hacía indigna de contar… y
no podía esconderlo.
En la mesa, durante el almuerzo, observaba a Ro
y la Sra. Bis en sellado silencio. Mientras los cubiertos hacían anticipada
sobremesa, preguntando qué pasaba con los callados comensales.
Sonreír para mí es la expresión de alegría que
nace radiante de los entresijos de mi cuerpo, que surge implacable para
expresar mi sentir. «¡Me encanta tu sonrisa!», me decías; es porque nace de mi
corazón, no pude decirte. Nunca aprendí a fingir sonrisas.
«En orden. Haremos todo en orden, Sr. Mildres.»
En la mesa de su casa, luego de acordar ambos todas las palabras que dijimos
esa noche, una mutua promesa de amor culminaba con una oración tomados de la
mano, y dos padres llamándome hijo, entre abrazos y besos, luego de darnos
santa bendición.
«Nos une el arte. Lo mismo que vi en esas fotos
de alegre color en su Instagram, que es lo que yo llamo para expresar lo que
siento, escribir», les dije a ambos.
¿A dónde van las memorias de lo que una vez se
ha sentido, de lo que ha poblado el corazón de colorida primavera?
Sonríes.
En la paz de un lugar campestre, donde la
naturaleza susurra un mantra de consuelos; como al barro sus manos, el silencio
esculpe lentamente una sonrisa. Y sonríes. Y mi entendimiento no alcanza para
construirme una razón.
«Sabe señorita —escuché fuerte tras la pared—:
mi hijo no tiene sonrisa». En la desmesurada explicación de qué era Dios en tu
vida y que sentías culpa por lo que había pasado, el hombre que me vio nacer te
atajó y te dio la expresión real y simple de lo que veía en mis noches y en mis
días. Y creo que nunca lo entendiste.
Observando la serenidad de las imágenes,
fotografías que contrastan el color con tu alegría, encontrando sucintas
palabras que quizá tratan de explicar soterradamente que piensas en mí, amanece
un sol triste y cansado de alumbrar en mi memoria, para que recuerde, para que
pregunte: ¿por qué lo hiciste, por qué de esa manera?, y después de todo… ¿por
qué sonreír?
Matrimonio
Yo… soy palabra, un verbo que resume lo que digo.
Tú… eres imagen, el color vivo que
ilumina la mirada.
Yo construyo oraciones que delimitan una
historia,
donde el amor y la memoria son los ríos que me fluyen;
Tú reúnes las formas, la textura y el encuadre,
y tu mirada ve que el arte dé sonrisa como norma.
El matrimonio de esta oda, la que en tu
mesa dije un día,
era casar estos distantes, mi seriedad con tu alegría;
fotografía y oración, color canela y descripción,
porque una foto bien contada era una historia, pero a color.
Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.
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