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jueves, 9 de octubre de 2025

Cartas a quien





Si disfrutas de la poesía y la literatura, comparto esta historia que continúa en un relato epistolar —minucioso, poético, contenido— que atraviesa, conecta y prolonga el poemario «Lágrimas de Cuenca».

Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.

«Si en la familia decir equivale a preocupar, entre amigos a normalizar y con los mayores a trivializar, ¿dónde queda todo lo que guardamos?»












viernes, 3 de octubre de 2025

Oníricas - I





Llevo a mi abuela serenamente por la vereda, 
con esa calma que solo saben dar los hábitos. 
No sabía que me miraba.
Tropiezo. Me detengo un momento y ato las agujetas de mis tenis.
De pronto, se arroja al pavimento, como esperando que un vehículo la arrolle.
El coche frena.
Vuelvo a mí; la incorporo con cuidado: sollozante, con la boca entreabierta y los ojos oscuramente absortos.
—Hago daño —me dice, triste—. Ya es mucho tiempo que sigo aquí.

Despierto.

Ciertamente mi abuela nunca quiso irse de nosotros; vivió feliz.
Pero mis recuerdos están cansados de verme sufrir y buscan suicidarse.



miércoles, 13 de agosto de 2025

Soledades - VI






soy el bajo de una guitarra eléctrica
calmada y tenue, lenta
que sostiene la nota
y defiende, firme,
su tranquila tristeza.

el latido de un tiempo
que ha partido
comienza:
uno a uno salpica recuerdos,
espaciado y hondo, 
el golpe de la baqueta

la voz del cantante
no busca ni pretende rebasarme,
y traduce en palabras lo que yo confieso
cada vez que vuelve esta canción

y aunque somos tres, coincidimos 
perder nos reencuentra;
en este pequeño escenario
de luz que luce discreta
cantamos lo perdido
lo que el tiempo se lleva...

lágrima,
silencio del camino,
primera noche verdadera;
rendimos al cielo esta función 
para, lentas, ver danzar las estrellas...

sé bien.
no mirar la alegría 
no nos hace bienvenidos:
las sombras se diluyen
murmuran; bostezan...

aguda fue un día esta canción,
oíd el lamento que queda,
música de un corazón
su firme y tranquila tristeza.



miércoles, 12 de marzo de 2025

Moby Dick: Primeras palabras


Moby Dick de Herman Melville —libro grande y gran libro—, me empuja a decir que el que escribe revela en sus primeras hojas tener a un poeta en la narrativa; y en ella, una cercana o mundana, pero cuando conviene, elevada comparación. De la «filosófica caída de la espada de Catón» al «pacíficamente embarcarse», del «sustituto del suicidio» a «la otra manera de combatir la melancolía»: el porqué de una aventura (a la mar / o el mar como pulsión) se hila, explicada desde variada altura: una aventura identificable para cualquiera.

A veces, sencillamente, también yo, en el mudo riel de la tristeza —bullentes los apremios del tráfago del día, cuando hondo el parásito de la melancolía—. solo advierto una salida: ir al mar. Verlo. Y, quizás, en su sonido experimentar la voz de una aventura, de la promesa de otra aventura por venir; en el rigor que aplasta la arena, como a la tristeza de mi pecho, la ola que forma la orilla mueve o endereza mi centro.

La bella narración, que es poesía, va camino de otro punto final, y me recuerda ese viejo adagio que tan cierto encuentro: «el arte no tiene tiempo». 

Que, salvo luminosas excepciones —y varias quizás—, casi siempre que vuelvo a un clásico, me convenzo de esto: que lo más bonito, que lo más importante... ¡vamos!, que lo mejor ya está escrito.

Y que debes renunciar a creer que la palabra moderno, moda, o… tendencia, son guías cimeras para saber, para aprender, para dotar. 

El arte no tiene tiempo: Moby Dick lo refrenda. En dos capítulos, dos maneras de embalsamar el cuerpo de la narración con los aceites propios de la poesía.

Una parte, al final de su segundo capítulo, así lo muestra:

[... «Por lo que respeta a este borrascoso Euroclydon —dice un escritor antiguo, en libro cuya única copia existente poseo yo—, supone muy considerable diferencia el que se le observa desde una ventana de cristales, donde la escarcha queda toda al exterior, o desde otro sin marco, en cuyo caso la escarcha se expande a ambos lados. En esta última ventana la única vidriera es a condenada muerte».

«Verdaderamente», pensaba yo mientras este párrafo me venía a la mente, «que no te falta razón, viejo amigo». Sí, esos ojos son ventanas y este mi cuerpo es la casa. ¡Qué lástima que no acudan a tapar las grietas y rajas y pongan un poco de lino aquí y allí! Pero ahora ya es tarde para acometer mejoras. ¡Qué hermosa noche helada! ¡Cómo brilla Orión! ¡Y al norte, qué luces! ¡Hablémosles de sus veranos orientales, regiones de eternos invernaderos! Dadme el privilegio de crearme mi propio verano con mi propio carbón.]



martes, 18 de febrero de 2025

LC, Me apagas y me enciendes

 




De alguna manera,

que no sabes, ni entiendes,

mi corazón coopera

y me apagas y me enciendes.

Yo sé bien que no lo intentas,

sólo sonríes y te alegras,

mientras en mí algo se detiene.

Soy culpable.

 

Te miro y me sujetas,

el tiempo dura eternamente,

y cuando más quiero te alejas,

y me apagas y me enciendes.

Es triste ver el cielo así,

cayendo poco a poco me parece

que no pudiéndome decir

resuelve hacer de gotas preces.

 

Tú sonríe y mira siempre,

pon la luz entre la gente,

yo haré de mí un efecto error

y de este sueño un sueño inerte,

pues la tristeza no es tristeza,

es mi corazón que no comprende,

que, de intentar ya tantas veces,

ni se apaga, ni se enciende.








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LC, Parte I






Cuando pude —ya que le escribía constantemente y guardaba en mi libreta nuestro diario compartir— aprovechaba breves lapsos de tiempo y, entre mi trabajo y todo lo dicho, anotaba una idea, una frase renuente en mi memoria o una pareja de palabras que, de no hacerlo, solo se iría de mí. Esto sería el tronco con el que formaría un precioso mueble que soñaba entregar como obsequio inmarcesible… y que no pudo ser. [...]




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LC, Índice










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LC, ...

 





Poemario desafortunado, que 
planeaba hacer, completar y obsequiar;
 teje las memorias que compartí, que
compartía... [...]



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LC, «La belleza está en los ojos… la poesía, en la voz»

 





Finalmente, la voz —tanto por su entonación como por el modo de emplearla— hace de un párrafo algo que se ha grabado profundamente en la memoria o algo que no se entendió del todo. Un poema puede ser precioso o rico en profundidad, pero, leído de cierta manera, carece de alguna de sus tantas bellezas: la sonoridad y la aprehensión que este detenta.

Leer es un verbo libre; se realiza como uno más placer siente. Sin embargo, [...]





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LC, Prólogo

 





Cuenca es una ciudad de Ecuador en la provincia de Azuay, a unos 2500 metros sobre el nivel del mar. Oficialmente se llama Santa Ana de los Ríos de Cuenca, y como su nombre «explícito» indica, es una cuenca: un valle rodeado por cuatro ríos que le dan un contorno verde tan intenso como al de una hoja que acaba de nacer. El centro histórico está habitado por casas de variada forma y tamaño, las más, en armonía con la naturaleza que las rodea llevan el color terracota en sus amplios y largos tejados, que cuando llueve toman ese tono naranja rojizo, que, por ser tan vivo ante mis ojos, creo que nunca olvidaré. La lluvia es muy importante y marca en parte el ritmo de los días, cuando es abundante paraliza la cotidiana vida de su gente, entonces salir a correr o ir a pasear al Parque de la Madre es una idea pensada solamente detrás de las ventanas, otras personas deciden salir con paraguas inclinados por la belleza de observar el lugar bajo el brillo de la lluvia. Cuando escampa y, al contrario, el cielo se ausenta de tocar el suelo durante mucho tiempo, en las Casas de Dios oran por su pronto retorno, porque sus ríos beben de la lluvia de ese cielo y Cuenca vive bebiendo del frescor de sus ríos. El sol, muy temprano, después de una noche de pleno aguacero, aparece con un brillo que azula el contorno de las lejanas montañas y limpia el cielo con sus haces amarillos, bordando con cada nube el sereno celeste del firmamento; cantan las aves escondidas detrás de las ramas, respirando la vida que comienza para darle encuentro, empezando en simultáneo color y sonido, el tiempo se hace franca poesía, naciendo del silencio, y sucede todo lento, tan naturalmente lento. Entonces, estás de pie tras la ventana de la terraza de una casa alta, acompañado por alguien o tal vez en soledad, y admiras algo tan simple en el curso de una vida, como puede ser contemplar la mañana.

Cuenca es el lugar al que fui [...] 



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Para eso no sirve

 





«Para eso no sirve»

Es una frase que nunca olvidaré. La dice Melquíades a José Arcadio en Cien años de soledad, cuando este último, en lugar de ver en la lupa un objeto para ampliar la imagen, descubre en ella un arma: bajo el sol, la lente no solo amplifica, también quema, incendia.

Este poemario no sería lo que es si el tiempo hubiera tomado otro rumbo. Como el sol a la lupa, el destino le otorgó una condición que no preví, una que jamás imaginé y que, de haberla visto antes, quizá también habría desechado con un «para eso no sirve». Pero no fue así. Y hoy, convertido en algo que no busqué, Lágrimas de Cuenca es lo que es: tal vez un refugio, tal vez un arma, tal vez ambas cosas. 
Un refugio de la soledad, un arma contra ella.  
Las lágrimas, involuntarias y empujadas por la abundancia del corazón, sellan y disuelven las grietas de lo que se soñó, de lo que no fue, de lo que ya no será… y de todo lo que queda.


«Poemario desafortunado, que planeaba hacer,
completar y obsequiar; teje las memorias que
compartí, que compartía... del inicio, el albor,
las vicisitudes y el triste final de una relación
que esperaba como agua de mayo. Lienzo 
pintado con emociones de la mirada íntima 
de una persona que conoció el amor.» 



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