viernes, 12 de junio de 2026

Lo real en Past lives

 



     La primera vez que supe de esta película no pude verla. Creo que el acercamiento fue así: «...ah, y también anota Past Lives». Hacíamos una lista acerca de las películas que veríamos en los siguientes meses, y esta fue su recomendación. Muy pronto supe que era una de esas sugerencias que llegan desde TikTok, rozando la moda o acercándose, con suerte, a lo que te gusta, luego de escrolear autómata o arduamente en el celular.

     No la vi entonces, no la vimos. Como ocurre con varias películas asiáticas, el acceso a su reproducción era escaso y, mientras iba desapareciendo de las salas de cine, no sucedía el tiempo suficiente para figurar en alguna de las portadas de los aplicativos de streaming.

     Al pasar el tiempo, quedó como un nombre escrito en una lista, pero, sobre todo, sentenciado en mi memoria por la tenacidad de su repetición, porque en boca de ella, una y otra vez nombrada, parecía algo que debíamos ver, como el título que faltaba encontrar o acercar a ese encuentro silencioso que nos dábamos al terminar de verlas para desgranarla con nuestras ideas.

     Un día, quizá un año después, ya en soledad y pensando qué ver, me dispuse a buscarla. Y al encontrarla al fin en la red, la pude ver: sin sinopsis previa, con un título llamativo y con una presunción vaga a algo difusamente triste, reservada caprichosamente para un tiempo de cambios.

***

     Quizá esto se parezca más a completar algo que tenía pendiente, una historia que faltó pasar por la criba, ya no a cuatro manos, sino a dos. Puede que sea también una forma de negación, de impedir que suceda de nuevo algo parecido. Lo cierto es que nunca antes disfruté tanto compartir mis ideas con alguien sobre algo que me gusta. Aunque entre las frases más célebres que le recuerdo hay una que raja y barniza de tiempo todo y de la cual disto completa y antípodamente:

     «... y gracias por las películas, por los libros y las palabras y todo lo que nos dimos en amor».

     «En amor... lo que nos dimos en amor», pensé. 

     La boca no puede hablar en pasado de algo que todavía siente, ni el oído escucharlo sin temblar. Esto me recuerda otra idea, quizá distinta de lo que conviene rememorar, pero necesaria: 
hay personas que resguardan el sexo como algo precioso e íntimo en una relación, algo que no debe entregarse sino al final, incluso después del matrimonio. Esa reserva merece respeto, porque le concede valor a lo compartido. Pero también aparece el desfase: si revelar el cuerpo es tan importante para una persona, al punto de postergarlo hasta el acto final, ¿por qué sí se permite el interior? Si lo más precioso no toca el tiempo, si la mente, el alma y el corazón guardan la verdadera joya, entonces también allí se sellan vínculos. A veces entregamos por dentro mucho más de lo que creemos, y quedamos anclados en alguien sin haber compartido todavía el lecho.

***

     Esto no es una reseña, tampoco una crítica elaborada de un entendido de cine. Veo películas como muchos, y como muchos también soy lector. Es apenas una impresión personal, una mirada de Past Lives  y, sobre todo, sobre una parte esencial de su historia; una forma de reconocer que ciertas películas no solo se ven: se quedan.

     Dicho esto: check a la lista, a la idea pertinaz sobre el cuerpo y el interior, cierro el recuerdo y abro esta mirada de Past Lives.

***


     La última escena de Past Lives convierte la película en una historia oscuramente cruel. He oído decir que es realista.



     
Tres personas departen en una especie de bar; de las tres, la pareja de rasgos orientales disfruta y parece haber un hilo superpuesto por el tiempo en su conversación. La tercera persona, un hombre blanco o estadounidense, observa mudamente y bebe, ido o ajeno; se diría que no entiende su idioma. Pero es el esposo de ella.

     Más tarde, él, una noche sobre la cama luego de alguno de los tantos sueños que le observa inquieto, confesará, como en un buen matrimonio se confiesa: «Sueñas en un idioma que apenas entiendo. Es como si hubiera un gran espacio dentro de ti al cual no puedo llegar».

     Pero esa brecha no es suficiente para despegar las suelas de la historia de la tierra, para sincopar la armonía. Es la pálida historia de Hae Sung y Nae Young/Nora. Las incontables veces que ella, errática, o él, vacilante, se alejan e incompletan lo que, a visos, debe ser completado. Señalado como real, esto es lo que advierto: atenta contra la realidad: ¿es acaso que los pasos a la derecha te llevan realmente a la izquierda?, ¿que el acercamiento a alguien te impulsa a dejarlo?

     La consecución de estos desvaríos —ya sean de ella o de él—, al elegir alejarse, es el tono que le da melodía a la escena final. El inicio y todo lo demás son una expectante maroma hacia el desastre.

     El final es así: un grito que destroza. Una mujer se funde con la oscuridad de la noche en un grito de dolor, y su esposo, un hombre correcto, la soporta con su abrazo.

     Aunque mi memoria me dice que sus (Hae Sung y Nae Young/Nora) elecciones pudieron realizarse sopesadas por lo que sentían, la bifurcación de estas se explica o se sostiene bajo el viejo y antiguo tema razón/corazón. Si la realidad de lo elegido está dividida en la manera de mirar con perspectiva a lo uno o a lo otro, desde ya hay dos visiones. La mía es una visión desde el corazón.

     Y me sostengo en Sábato, y este en Pascal: 

«Porque hay razones del corazón y razones de la cabeza. Las razones de la cabeza sirven para la ciencia y las razones del corazón sirven para las otras cosas fundamentales de la existencia humana: la vida, la muerte, el sentido de la existencia... El inconsciente siempre es la gran verdad. De un sueño puedes decir cualquier cosa menos que sea una mentira. Entonces hay dos tipos de verdad, la científica: dos más dos es cuatro; y la verdad existencial: un sueño es contradictorio, es ambiguo, no sabes bien qué quiere decir, pero es una gran verdad».

     Me permito agregar, entonces, que al desvarío en sus decisiones le falta aplicar la verdad del corazón. Ahí mi crítica a la realidad de quien cree en esa verdad.




(Fin)


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