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viernes, 19 de septiembre de 2025

Soledades - IV



     —Dígalo con poesía. 

     —Diría su nombre y su apellido, y al costado: «La verdad es que hay gente que es una real &%$/!!!» ¿Me entiende?  

     —Con poesía. 

     —Ehm... «Que la religión muchas veces es otra manera de encubrir la oscuridad de las personas». 

     —Poesía, señor... poesía. 
     
     —(...) (...) (...)

        «Serás recordada
         como la persona que presionó su palma sobre mi cabeza,
         manteniéndola así bajo la ola;
         para que, al final,
         desesperado,
         aprendiera a respirar bajo el agua». 

     —Hum.




I

domingo, 14 de septiembre de 2025

Soledades - V





Nulidad que vaga este signo de calma
sótano tranquilo de casa furiosa
menuda luz que ampara y ensancha
compañera vela de lámpara viajera

sobre la pared, mansa la mirada
cuando cerré el amor escrito en la libreta
su palabra roja que muda fue bella
salvaje y triste rasgaba las hojas

ciego de mirar tantas miradas
y al final los ojos caen adentro
y yo, sin saber
—a quién extrañas
y yo, si querer
—ya sin lamento

esta hora azul, larga y callada
este Dios, hacedor sin recuerdos
hace la pared, 
descansa la mirada,
cierra la voz, 
esconde el cuaderno.



domingo, 7 de septiembre de 2025

Verte sonreír

          


    —¡Quiero verte sonreír, viejo! Quiero verte sonreír.

    Cómo explicar que no es algo que se encienda como el interruptor de la recámara: on y sonríes. 

    No ha sido nada fácil. Los niños juegan, al aire de la noche, la libertad de un viernes después del colegio; las parejas difuminan o extienden el calor de su amor según encuentran muchas o pocas las miradas y la brisa del mar despliega un perfume salado que toca en silencio y recuerda las barcas suspensas desde el Malecón Grau. Es el mismo parque sobre la banca de madera y el latido que impulsa la sangre es del mismo corazón, pero hay algo diferente y dormido, como un cansino dolor.

    El sismo del contiguo país austral ha provocado un leve descenso en la temperatura; el frío ingresa entre mis cortos shorts e invade mi eventual calor de hombre desabrigado. Ciertamente ingresa, pero se irá una vez que vuelva a casa, protegido por las paredes de la habitación. No podía decir eso de otro sentimiento invasivo que convivía conmigo la noche lenta y el largo día. 

    Una libertad de observar, mientras sorbo una cerveza, se apodera de mis adentros como la sal que inhalo y que libremente ingresa, o como el grito de un niño que reclama, por alegría o emoción, que le acerquen el balón: que es su turno, que le toca jugar, mover los hilos y quizá, como yo luego de su turno —moviendo el balón libremente a donde más le place—, pueda finalmente sonreír.

    —Pensé responderle, pero no venía al caso ninguna palabra. Solo nace si se siente. No buscas sonreír; solo es y nada más. 


En algún lugar del tiempo se ha perdido

Única 
espontánea 
verdadera 
La que en un espejo vi 

Bella por sincera. 

—¡Solo es una foto! —esgrimieron. 
Nunca lo entendí. 

En algún lugar del tiempo he comprendido 
Sonreír es mentir.



domingo, 31 de agosto de 2025

La noche

   





La noche llega
para decir con las horas su silencio;
para no morir de tristeza
la infinita serenidad de sus nubes
que no hacen el amor, sino la ausencia
ocultan el firmamento.


Llega el mundo con su palabra oscura:
dice que luces y brisa
cierran todo por dentro
y abre una grieta en la estatua dura
que guarda tiempo y recuerdo.


Desnuda el mundo en la noche su silencio
por no morir de tristeza;
busca en el mar destello de alguna luz,
«la luna sola sin firmamento»
y yo, absorto en el cielo,
le trazo estrellas en mi cuaderno.


Y cuando el canto empieza
—párrafos que embargan las avenidas—
los charcos del suelo,
el cielo anega lágrimas vivas...
El mundo calma su pecho.
Y yo, descifrando el cielo, escribo
para dejar el recuerdo:
mi noche, mi cielo, mis estrellas,
para no morir de silencio.



 

viernes, 29 de agosto de 2025

Soledades - I



    Sabía cuándo, sabía cómo, sabía dónde. Y es que era tan perfecta la costumbre de su soledad que, cuando miraba esos ojos y sentía venir esa emoción olvidada discurrirle en el pecho, no se sonrió ni habló de mariposas; se ahogaba de miedo por visiones futuras de finales abruptos, presintiendo en las frases visiones que completaba en su mente antes siquiera de oírlas terminar. Y, como mercader de algún género, comparaba en una ficticia balanza aquello que sería amor con eso que ya le era perfecto. Y casi siempre, aquello salía perdiendo. 

    Llegó a pensar irremediablemente perpetuo el refugio de su soledad, porque «¿Quién habría que fuera tan...? y repasó cada adjetivo; y no le faltó ninguno para decir que alguien mejor no habría. Aunque, quizá no era cierto, porque siempre habló con Dios: oraba al inicio y al final del día. —Entonces no contaba como soledad. Pero, si era así, ¿por qué tenía tanto recelo? 

    A esa mirada a las 4 pm la esquivaba, a la sonrisa la rehuía. Y cuando se creyó terminado de curarse del todo descubrió que, incluso a lo lejos, esa voz era como canto de un ave que le invitaba a decir: «Pasemos a solas y andemos». Entonces volvió a mirarle los ojos, a notar la gracia única de su carcajada y completar las frases que le oía en cada conversación, porque había algo que le dictaba qué decir para que surgiera único e interminable ese tiempo de los dos. 

    Solo tres meses después, de tanto ir atrás para luego más acercarse, le confesó a Dios que no era otra cosa que el inicio de eso que, ya de terror, le llamaba enfermedad.

    Esa noche tomó su Biblia y al terminar el versículo del Salmo se inclinó, un poco más solemne que otras noches. 

    —He enfermado —empezó a orar. 

    Y con una lágrima confundida en su sonrisa, confesó.




domingo, 17 de agosto de 2025

Yo, mí, me, conmigo - III



                



¿qué hace una persona saliendo a tan alta hora de la noche?
con seguridad es un hambre que busca saciar.
pero... ¿y si hubiera comido, aunque austero, ya?
las tiendas ofrecen de todo; pero no todo se puede comprar.


confundida, sale de la tienda y observa la noche detenidamente:
luces, gentes, estrellas —todo se nombra en plural.
una persona sale a comprar a altas horas de la noche y comprende...
que lo que busca no se puede comprar.









viernes, 15 de agosto de 2025

domingo, 13 de julio de 2025

Yo, mí, me, conmigo




                     No tenía
                     tuve
                     y dejé de tener

                     si tan pronto
                     como llegas te marchas
                     para qué la molestia de visitar

                     este lugar
                     hecho de echar en falta
                   este lugar
                     que siempre
                     es mi lugar




 

viernes, 11 de julio de 2025

Atado por un hilo

    Cansado de pensar, de gastar los ojos sobre cuadernos y pantallas, siento un leve alivio al detenerme. Mi cabeza percibe que es bueno, de cuando en vez, detenerse; aun así, me doy unos minutos para darle una vuelta a ese pequeño mundo que ahora reconozco mío. Leo: «soñar es olvidar» —un ciclo, científicamente comprobable. Me río de la ciencia: he soñado ya bastante. Solo diría que el tiempo es inevitable; los actos sostenidos consuman cambios: el agua al fuego solo acabará hirviendo, la ola sobre la arena reformando la ribera, tarde o temprano. Esto es así. 

    El mundo me cabe en una mirada, en unos ojos que no encuentro e imagino detrás de otra pantalla. A menudo leo el efecto de estos accidentes sobre las personas, en frases que las retratan. Advierto entonces que la soledad es otra forma del invierno: te encierra en ti mismo como abrigado contra el frío, bajo la muda protección de tu crisálida. Orondos o confundidos; solo es cuestión de tiempo para el día en que salgan. 

    Veo una banca solitaria al borde de lo que sería un mirador. Es una publicación de Instagram donde ni el horizonte marino reverberando el sol, ni el azul del cielo espléndido y lejano, pueden mitigar la ausencia con que traspasa la canción… ausencia que, a su vez, me traspasa. Alguien ha atado con un hilo de nostalgia imagen y melodía; la trama que canta se enreda en mi alma... 




    En el callado momento que entiendo ingrata la hora, recuerdo haber leído: «No es cierto que te rompen el corazón, sino que lo despiertan». El supuesto romance que nace de la pirueta de los verbos confunde mi silencio lector con el agrio tono que toma mi voz. Si la ausencia me hablara, me diría: «¿qué te parece la broma?» Y la ausencia me habla: con el silencio de mi lectura, tan parecido a la trama de aquella publicación.







lunes, 17 de marzo de 2025

To the moon - III

 








«Flor es»

La segunda foto concita unidad: «lejanía y cercanía», no explora el detalle perseverante de la vida en las flores, deja entrever —sí— ese lila o rosa, quizá... tomado del mismo amor con que el sol tiñe las nubes en actitud de romance, de darle cálido romance a la luna que descansa solitaria y lejana... sobre el cielo, para que, rodeada de cariño, como flor que florece una vez al mes, sobre ese jardín inmensamente celeste, desee volver a aparecer.



 

domingo, 9 de marzo de 2025

After noon - «Cartas del cielo»




















Estaba pensando en cuánto depende la Tierra del Sol, en el equilibrio que existe, en que estamos flotando entre tanto, quizá por una extraña casualidad; que somos, en cierto modo, un momento de coincidencia; que, incluso si Dios lo hizo, esto es un largo instante en el que todo es; que orbitamos alrededor del Sol, como todos los planetas, y que, junto a ellos, estamos casi al centro de algo más grande: «una galaxia moviéndose entre un número indefinido de galaxias; que vamos a colisionar irremediablemente con la de Andrómeda; que el Sol es una estrella enana camino de apagarse... que somos casualidades». 

        —¿Te gustan mis fotos del cielo?

Solamente pienso en lo poco o mucho que he conseguido, en esta corta o larga casualidad, de estar, de sentir. Sonrío, porque Bianca mira al cielo y no hace tantas preguntas. Solo se deja llevar por lo que ve, y esa belleza intenta traducirla en sus fotografías.

        —Dime pues, ¿te gustan?   

        —A ver... están preciosas...

Las miro detenidamente, las giro, me pierdo en el azul, intento encontrar la correcta posición del sol... y, entre ver las nubes, los destellos amatistas del ocaso y la inmensidad de esos pequeños recuadros, advierto la repetida trama de ese telar de las nubes.

        —¡Dime! ¿Qué estás haciendo Gabriel? ¿Te gustan?

Y observándolas detenidamente, creo que intento leerlas. Quizá hay algo escondido, en esas formaciones que, de niño, me parecían solamente animales que cambiaban con el viento; quizá son mensajes que alguien podría desentrañarme para entender un poco más este momento, estos momentos que se han detenido en mí ya tanto tiempo.

        —Mira: el cielo parece escribir una especie de mensaje con sus nubes. Qué lindo sería saber qué dice, ¿no? «Tus fotos parecen cartas del cielo»: las nubes son la tinta que, en el inmenso tapiz celeste, a fuerza de viento y contraluz del sol se hace palabra, se hacen palabras, que nos cuentan algo, que aún no logramos entender. Sería bueno poder leer el cielo, ¿no?

        —Ay Gabriel, siempre me saca suspiros con lo que dice. ¿Entonces sí te gustaron?




domingo, 2 de marzo de 2025

After noon - «Ilusiones perdidas»

 









Lo dijo de una manera triste, pensando en... ¿qué sería de todo lo que algún día dijo con amor? ¡lo que prometió! ¡lo que planeó! Lo que tejió con palabras para dejar en otro corazón todo lo que sentía por dentro. 

Miró el horizonte y viendo a la chica arrobada, casi aferrada a las rejas —y sin poder resistir la belleza del ocaso atravesado de colores— casi ahogadamente me preguntó:

        —¿A dónde van las ilusiones perdidas, Viejo? A dónde.

Creo que yo también había sentido lo mismo, creo que el amor, trunco, es una huella imborrable que nos deja más preguntas que respuestas, que nos hace ocultar, transponer o mudar. Y a estos tres verbos los observaba detenidos, en el incompleto transitivo de sus ojos —sin su objeto directo, sin aquello que llamó amor—, coloreados de nostalgia.
     
    
        —«Arriba», le dijo el abuelo. «Arriba...»

             «...todas esas cosas bellas que sabes, que saben —que sabían dos inicialmente— le dan color a la maravilla de la tarde. El ocaso, la despedida del sol, de su luz a la tierra... son todos los sueños que incandescentes se apagan sobre la rotunda oscuridad de la noche, de nuestra noche, de nuestras noches. Y neciamente regresan a despedirse recordándonos en los colores que ves —las bellezas que fueron—, cada día.»



viernes, 28 de febrero de 2025

After noon - III

 


Qué decir:

          —Un gato perdido en el atardecer.

          —O, me descubrió un gato contemplando el atardecer.

          —O, la tarde araña mis sentidos con sus bellos colores, mientras felina — la mirada de un quieto amigo sobre las vías del tren— me descubre arrobada conservando en mi lente el metal que ha grabado el cielo en oro al poniente.


Nacer febrero




Hay una broma que siempre recuerdo, y seguro, se ha mencionado en otros lugares y no solo en oficinas de trabajo.

Alguien había cumplido años en la oficina; entonces se jugaba con eso. Era noviembre y, creo que era Henry el nombre del agasajado.

    —Henry, ¿cuántos cumples? —dijo su compañera más cercana, con voz atiplada, porque sabía que era su cumpleaños.

    —Tantos (y dijo su edad).

    —¡O sea que catorce... y de noviembre Henry!

Entonces, dos compañeros que habían nacido en el norte de Perú (Piura, creo) —uno regordete y pequeño y el otro, más alto y con lentes—, sin esperar palabra de alguien más, se dijeron el uno al otro, con más ganas de reír que conversar, como si empezaran un improvisado stand up a manera de diálogo, e interrumpieron:

    —¡Noviembre Heeeeenry! Hum. —dijo uno, con una voz medio cantada y demorada en la vocal (típica en los del norte de Perú).

    —¿Viste cumpa? ¡Papi y mami no se andaban con vainas en febrero! —respondió el otro.

    —¡Ay, los catorce cumpiiiiita! Como si nunca hubieras sido crío.

Y Henry, ingeniero minucioso y astuto, les respondió: —A ver, ¡si serán no más mis padres! ¡Levántenme la mano quienes más cumplen años este mes! (...)

Ese día, el gerente, cuya presencia apagó el abierto escándalo, se detuvo en carcajadas en su cerrada oficina, cuando la secretaria le señalaba (además de las reuniones que seguían) que la risa escandalosa de todos era... porque la pregunta de Henry reveló que, en el piso 7 del edificio que quedaba en la avenida Encalada, el 90% de los que trabajaban habían nacido en noviembre, y que casi todos, entre el 14 y el 25 de ese mes —fechas más, fechas menos—, y que, expansivamente, todos hablaban del catorce de febrero como el culpable, sin considerar otras medidas sanitarias o de seguridad que pudieran paliar el número de onomásticos. —Entiéndase, por favor, la referencia.

Las calendas de febrero no solo contribuyen a estos calores, sino que también hablan de romance. Estoy seguro de que conoces la leyenda o mito del obispo que casaba (en contra de la voluntad del emperador: «no matrimonios, pues la soldadesca se fortalecía con la bravura de los varones más jóvenes que no tenían vínculo familiar o amoroso») a todos los militares que, enamorados, querían ver su enlace consumado. Entonces, quizá con manos temblorosas y rosario en la cintura, Valentín de Recia, sellaba amores bajo la misma luna que hoy me observa. Y descubierto y sentenciado un 14 de febrero, signa a esta fecha, en parte, el nombre y su romántico valor: el de los enamorados.

Como los que vi: Entre mis recuerdos, el catorce de febrero en Cuenca era un torbellino de pétalo y fragancia, cuyo vórtice o centro era la frondosa Plazoleta de las Flores, un lugar donde el auspicio de la naturaleza se dejaba oler y mirar por igual. Solamente salir del portón —del lugar en que vivía—, junto de la panadería, y descubría la primera de muchas escenas cariñosamente repetidas en los siguientes minutos camino hacia la pequeña plaza. Un chico, con un precioso ramo de flores, obsequiaba —sin inclinarse, pero con un orgullo o timidez en la sonrisa— ante la mirada de inconfundible amor de la chica de vestido azul, que besos después, y entrelazadas las manos sería lo mismo que vería en cada esquina que crucé: en el Parque Calderón, bajo las columnatas arqueadas de la Gobernación del Azuay y, remozando —como tiernas estatuas que se besan— la religiosa presencia de la Catedral de la Inmaculada Concepción bajo la azulada compañía del atardecer de sus cúpulas. El amor —diría García Márquez—, me envolvió en el clima atónito de sus miradas, enfrascadas en un dar de aroma, beso y color. Y yo, perdido entre esos colores, intentaba develar el ramo adecuado, para la persona que orientaba la flecha íntima en la brújula de mi corazón. Llevado por el tocamiento seductor de las fragancias, atraído por la lozanía blanca de los lirios, guiado por el amarillo juvenil de frescos girasoles; confundido entre mi amor y todos los amores que florecían ante mis ojos...

En el atrio de la iglesia de El Carmen, del Monasterio del Carmen de la Asunción —perdido en mi busca de lo mejor a lo que tocara su corazón— donde montan vibrante y fresca, en stands cercanos como amigos, concentra viva la historia sus colores en la deslumbrante floresta de Cuenca.

Que no he vuelto a ver... 

aunque me brilla en la memoria. 

Y que después, pero ya distante... y nuevo el camino en el tiempo: no gusto recordar... por ser infausto el febrero que vino: cuando el mundo le dio la siguiente vuelta al sol y se me olvidó que en el cielo habitaban la luna y las estrellas, cuando el verbo «celebrar» se me deformó en la mirada y, conoció mi centro lo que le hace un sismo a la tierra. Cuando la habitación de mis yoes se descerrajó en la tormenta, y vi volar por los aires mis temores, mis pasiones y mis ilusiones como pequeños sacos de mierda... Cuando, luego ciego, aprendí a tantear; y que tanteando quizá ya estoy otra vez volviendo a mirar.

Yo nací en febrero, y mi lágrima es una barca que ha cruzado tantas veces a la orilla.

Y la primera vez quizá fue hace ya años, cuando el reloj no alcanzaba las dos de la tarde, ni el aire mi tráquea oprimida por el cordón umbilical; viernes sé de muy buena fuente que, en derredor, se jugaba con agua, globos y pintura, o que los gritos de sorpresa y alegría llegaban entremezclados hasta la sala de parto. Con la primera persona que me entendió al mirarme y quien, con su mirada, me dijo «te amo eres fuerte»; ella, me contó que mientras pujaba se daban de globazos inclusive enfermeras a los enfermeros. De romántico corazón porque ella así me lo heredó, y perspicaz por quien —en su tierna adoración de mujer enamorada— ella me deseara completo su nombre al ser su primero y único amor.

Sí, yo nací en febrero. Como muchos otros que se parecen a mí en santo y estrella.

que ven un punto fijo y, calladamente, sueñan...

Esos... que entre la multitud se ensimisman recordando viejas escenas...

Quienes con metáfora... terminan explicando lo que no pueden de manera directa...

Todos los que se quejan de que el diccionario no indica cuánto tiempo implica el verbo olvidar...

Yo nací en febrero, y también escribo llorando, y quizá...
te enamoras al leer en mis líneas lo que en mi mejilla ha sido sal.

Yo nací en febrero y he muerto más de una vez esperando...

En febrero, un día que duplica al catorce y he pensado que por eso llevo tanto romance aquí dentro.

Nací en febrero, y me banco el mundo con mis ojos plenos de luz y miedo;

que nací en febrero y me quedo viendo la tarde descrita con las palabras de mi dentrura;

yo nací en febrero y celebro la soledad del espejo,

y no me quejo:
diplomacias ningunas,
la memoria grande
¿y el corazón? quijotesco...

Y siento que es, como la preciosa orquídea que obsequié esa tarde, el perfecto mes para notarme, que estando más cerca al sol —casi quemándome, casi enero, casi que arde— es desde donde el espectáculo se ve mejor, desde donde la luz es más clara, cuando se enciende más el sueño,

que febrero no solo es mes del soñador: 
del que vive con las suelas arriba del suelo;
que soñar es acto humano 
y que, para agarrar con las dos manos, 
con la mente se sueña primero. 

Yo nací un febrero.
Con el corazón en la mano, un 28 de febrero.


miércoles, 26 de febrero de 2025

After noon - «Días del sol»



No tan temprano,
desayuno lo que encuentro en la mesa y una taza de café;
luego ordeno la cama,
y, a veces, tomo el celular solamente para reír.
Pero no es suficiente.

Hago algo de deporte,
y el espejo me asegura que ya soy yo
—o, quizá, que lo aparento mejor—.
La ducha refresca el cuerpo y el espíritu;
meriendo austero lo que veo,
y satisfecho agradezco...
Pero, no es suficiente.

Entonces salgo de casa
y camino unos minutos hacia el malecón,
por la vera de la gente, hacia lo alto, junto del acantilado;
el horizonte revela al sol, coronando el azul del cielo
sobre la eterna paciencia de las olas, ponerse;
y diezmando sus colores,
parece,
que Dios entrega a la distraída platea otro lento atardecer.

Algo del mundo ingresó por las miradas
y se ha prendado, acariciando de modo incierto, mi corazón;
sonrío en silencio entre la multitud presente
y, pienso sentado, ya sin esfuerzo
que me descubro inmerso dentro del cuadro de la poesía de Dios,
donde no importan los porqués,
porque si soy presente,
entonces ya es suficiente...
ya es suficiente.

martes, 25 de febrero de 2025

After noon - II

 


Era la sétima llamada. Marcia decía que tenía que ir y yo solo quería otro momento más a solas. La oficina, el trabajo, el supuesto horario de verano —que es en realidad un saludo a la bandera— me desborda día a día, pero no me puede (llevar) un viernes. 

He vuelto donde estaba a ver qué encuentro a esta hora. El coche está detenido detrás y el viento parece decirme quédate otro rato más y espera para mostrarte algo importante. 

Marcia de nuevo y no quiero contestar, solo unas fotos más, qué espere.

Ayer vine deseando encontrar en la tarde algo que siento que he perdido, escabullido dentro de mí. Juraría que cada foto me descubre una pregunta y con suerte, una respuesta. Miraba el horizonte y cuando encontraba el momento adecuado para definir con mis ojos lo que tengo atestado en silencio el ring de la oficina y otra urgencia me trajo a rastras.

 «Creo que mucha gente lleva dentro, apretada y vagamente oscurecida, esa pintura que ofrece este cielo: un casi vórtice lateral y denso —como (empujado) por el viento— que presiona el espacio en el perímetro de lo que abarca la mirada. Lo que podría ser únicamente el horizonte (—una línea que separa la quietud del suelo de la inmensidad celeste, salpicada por un impar colectivo blanco-negruzco—) confluye en tantos motivos atrapados en quien mira, que traduce el cielo en algo que guarda vagando en el silencio opresor de la soledad.»

lunes, 24 de febrero de 2025

Esperar

 




Aunque no he leído alguna respuesta escrita. Imagino la sola idea de la pregunta vagando —deambulando— en la memoria de alguien que quiere o que supo querer.

Las locuras por amor son una cesión obsequiada al otro lado de la orilla. No es para nosotros; pero nuestro corazón —emocionado— goza o disfruta en su comisión.

Dar en demasía —aunque la contemporaneidad nos augure, como dice Calamaro: «mi vida fuimos a volar, con un solo paracaídas...»— nos ofrece la libertad de la lágrima genuina o de la sonrisa verdadera. Dar incondicionalmente enseña a amar. Al contrario, no hacerlo, deja el puro y agrio sabor del arrepentimiento, que vuelve como regurgitado de cuando en vez las escenas del día nos señalan recuerdos.

En la vastedad del cero de las respuestas, que son imaginaciones o memorias no escritas, pienso en las muchas cosas que a través del tiempo he oído. Desaforadas unas, quizá imposibles otras, pero ninguna común, porque para un corazón enamorado todo tiene alto valor:

—Los que pasaron una noche entera donde no esperaban.

—Los de las serenatas.

—Los que dijeron la mentira más increíble que no pensaron decir para pasar ese día compartido

—Los que regresaron enamoradamente, por perdonar.

—Los que viajaron motivados por el solitario y blanco verbo creer.

Hay muchos motivos que alegran el corazón por el claro horizonte que vislumbran: para que el amor continúe. Y la historia, no es ajena, recoge menciones imborrables que demanda notarlas:

—Famoso es el emperador musulmán que mandó construir, en la hoy India, el Taj Mahal; al perder su amada. La belleza de la construcción ha quedado para la posteridad, nombrada como «una lágrima en la mejilla del tiempo».

—O, el de un rey que, por amor a una mujer divorciada —impedimento religioso para la corona inglesa al ansiar consumar segundas nupcias (casarse)—, renuncia a su corona, al trono... a su linaje.

Todo... y lo que sabes que yo no sé tiene un alto valor entre las razones que responden mi pregunta: ¿Cuál fue la más grande locura que hiciste por amor?

Algunas se realizan después del amor, otras para que éste continúe. Pero todas, en nombre de lo que uno siente.

Siempre he pensado —y quizá compartas lo mismo que yo— que el amor más genuino es el primero: el que desconoce el cataclismo de los finales: el de la adolescencia, el primero. El que, sin preguntar, te arrastra... o, ciertamente, te hace volar. El tiempo ha pasado, y considero que hay uno más fuerte todavía: el que eliges, el que dictaminas «será» por propia voluntad. Cuando, al conocer a alguien —vistos los atributos y los defectos (y todo lo que piensas para valorar)—, eliges y empiezas a bregar. La rotura de este... creo que inclusive suena o resuena en uno... como si una gran ola golpeara, con su estruendo, el pacífico tiempo de la playa que creímos solaz. Ese amor.

Por uno así salí del país, convencido, cumpliendo una promesa compartida. Y, más tarde, cuando la borrasca detonó en una petición que se tradujo en «guardémonos el corazón dos meses...», mi respuesta —indigna de la adultez: pueril e ilusa, ciega y enamorada— me hizo esperar. Dos meses en los que construí la poesía más transparente que me nació del corazón.

La locura más grande que hice por amor fue esperar. Un solo verbo reflejado en todo lo que supe: esperar. Esperar.



sábado, 22 de febrero de 2025

After noon

 




Una pareja, oculta de la mirada por el cobijo de la multitud, en su beso —al igual que la tarde— enciende su rojo... para hacerse magenta, de un fulgor de promesa de amor que se pierde en el horizonte. A la intensidad de su romance corresponde el cielo con una sabia franja que, en gradiente acuarela del carmín, traza con notas de colores. Y como entrelazan las manos la pasión de sus sueños, funde el rojo en la oscuridad del azul que cae mientras los minutos suceden. Abajo, el mar y su canto sereno de olas es, al igual que la gente, espectador del ocaso, y yo, sentado en la banca, los observo contemplar otro verso que cesa en la dulce poesía de Dios en el lento atardecer.




viernes, 21 de febrero de 2025

To the moon - II

 








—La primera es astral.

    La segunda irreal.

    La tercera cósmica.

    La cuarta onírica.

Aunque... la última foto... hay que hacer algo con ella, con ese azul...

—¿Qué harías?

«...meditar la unidad de su composición, la soledad de la silueta y el, casi signo, la luna. Sin contar los arbustos que matizan... diría que son tres soledades reconciliadas en la cámara.»