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domingo, 11 de enero de 2026

Lo que arrastra la marea

 


     Si se llama espíritu o alma esto que se aparta del cuerpo una vez que cesamos, lo mismo que nos mueve apasionadamente a hacer y desfacer según las intangibles complexiones de cada cual, esto que nos ayuda a veces a ver mejor que los ojos, comprende también, sabiamente, lo que es el aroma del mar: su significado azul en la pausa de las vidas, el amistoso efecto del partir de las horas.

     Frente a la ribera pedregosa de la costa verde, sobre una línea animada por la vitalidad de la gente, una columna de nubes se levanta oscurecida abrazando el cielo de las siete, y otorga en las miradas la calma del añil rozado por los últimos rayos de un sol desfalleciente.

     La única diferencia con algún recuerdo removido por ese otro mar que es la memoria, es que esta vez no descifro, sino que puedo oír las olas porque ya no siento la imperiosa necesidad del refugio del piano en los audífonos.

     Anochece, y la vida brilla bajo estas farolas no encendidas: voces de amores discretos divagan, amistades perpetuando la cercana oscuridad de estas horas y alguna contemplación solitaria despertando al arte de observar.

     Esta brevedad que conmina, este viento que da forma al calmado cristal de la marea, encuentra en sedentes y viandantes una excusa para ser y permanecer.

     Una y otra vez va y vuelve la marea, incansable instrumento al ritmo de la brisa. Se recoge el mar arrastrando su espuma entre las piedras, con ellas se lleva la sal y las miradas atentas, socavando levemente la orilla ya quimera: las pisadas de la gente, el pasado de este mundo.



viernes, 15 de agosto de 2025