Lector, comprende que «el amor arrebata el
sentido, que la tristeza conmueve el corazón, y que cuando estos campean... no
hay lugar ni espacio para la razón». Además, esto es un recordatorio de cómo
puede doblarse el alma cuando se está tanto tiempo expuesto a la tristeza.
Sí,
esto es una carta. Toma asiento, te va a faltar tiempo. Puede que te aburras o
que quieras estar cómoda porque te puede gustar. Cuando he tomado un libro
siempre he pensado que podría encontrar algo precioso en alguna página. No he
dejado de pensar así y, aunque Cortázar creo que lastimó mucho nuestra
paciencia en algún capítulo, no deja de ser cierto que al menos hay algo que
sea digno de conservar en la memoria de su libro.
Voy
a ser honesto, por una vez, después de tanto tiempo. Me voy a abrir como cuando
eras la persona más importante de mi vida, como cuando hablábamos horas y
hacíamos de la mañana la exclusiva de algo que solo era único para los dos,
sabernos. Aun con el dolor, con las dudas, aun con la sensación de que no eres
totalmente sincera conmigo, porque en el mundo hay algunas flores que no crecen
si uno no apuesta a regar ese lugar. Y uno riega sin saber si crecerán. Así va
a ser, sin saber si crecerán.
Han
pasado tantas cosas desde que no hablo contigo; extraño mucho tu voz. Siempre
te dije que me gustaba y que me encantaba cuando leías poesía.
Sabes,
lo primero que te quería decir es que te he extrañado mucho, no sabes cuánto.
Cuando entendí el rigor de tus palabras me dolió mucho tu frialdad y descubrí
que la mía no existe porque estoy enamorado. Y no puedo dejar de pensar en ti.
Por
las mañanas despierto y te pienso. Casi siempre eres lo primero incluso antes
de abrir los ojos. Naturalmente, y luego pienso en otras cosas. Mi mente me
lleva a muchos momentos contigo. A veces con fastidio, otras veces me siento
mejor y tengo un recuerdo cálido... y siento el viento y que te estoy cargando
desde lo alto en El Turi para una foto que está a punto de ser y que llevas la
casaca marrón que deseaba que anule todo el frío del mundo sobre ti, y te
siento; otras veces solo es tu voz helada diciendo: «¿Es que acaso todo es para
la relación? ¿No puedes estar solo?». Así es mi memoria, solo me proyecta
videos, imágenes, y te siento.
Cada
tarde cuando llega la hora de conversar, la hora que era nuestra, y empieza,
siento mucha soledad. Al inicio no sabía qué hacer. No podía leer. No sabía si
llamarte. Y cuando lo intenté y no contestabas, y luego te escribí y tampoco lo
hacías, entendí que no era lo que tenía que hacer.
Después
de tanto error resolví que el lugar de mi habitación era el peor sitio del
mundo porque me hacía pensar en ti, y como no estás, ni querías estar… terminé
por salir de allí.
Mi
madre sale a estudiar cada tarde, y cada tarde voy con ella. Llevo una mochila
y en ella mi batería, mis cuadernos, mis audífonos y salgo abrigado. Barranco
es como Cuenca, no roban. Me siento en una banca frente a un árbol, o en lo
alto, desde donde se observa el Puente de los Suspiros, enciendo la música y
cancelo el ruido de la calle con piano de fondo, dejo mi mochila al lado y en
mi celular o en mis cuadernos empiezo a escribir.
El
poemario tiene más de 20 poemas y los he hecho casi todos aquí. Casi todos... con
lágrimas, porque son parte de mi dolor, otros con una risa de ilusión,
cuando empezamos la relación, porque siempre quise regalarte un poemario que
contenga lo que siento y, como dice «mi hermana», que inmortalice lo que
vivimos.
Me
apagas y me enciendes, Cómo es que antes no te vi, Tristeza, Catarsis,
etcétera... y el último que hice: Lágrimas de Cuenca (al Viento).
Sabes,
he puesto a prueba mi memoria, con todo. Aunque la mejor prueba para mí fue
recordar todo cada día a pesar de lo que sentía, para escribir. El último que
hice siento que es un pedazo de mi vida, de nuestra vida, con la que pensé y
soñé muchas veces. A veces despertaba, sobresaltado, moviendo el cuerpo en la
madrugada, porque sentía que bailaba contigo dentro de la agencia de ese Banco
y que la gente aún nos observaba, aún se reía y que la lluvia no paraba y no
podíamos aún salir. Me quedé tanto en ese momento y otros más… pero elegí ese
porque es el que me deja el amor en el cuerpo cuando lo pienso, y me deja tu
sonrisa y tu mirada loca y tierna a la vez, y que yo quiero soltarme a bailar y
por un momento consigo olvidarme de todo y bailamos. Del poema puedo decirte
más, pero no te quiero aburrir, el poemario tenía que hablar de Cuenca porque
siento que mi corazón sigue allí, y me he quedado así. Por eso no olvides
decirme en qué vamos a quedar con aquello de «guardar el corazón» porque yo soy
bastante respetuoso y no he conocido, ni tengo ganas de conocer a nadie. Y la
forma que tomas no parece prever que me hace daño porque de los dos yo sigo
queriendo hablar y tú ya no. No lo olvides, sé sincera.
Me
dice el joven poeta.
En
el parque de Barranco me siento a la banca, como te dije. Hay una señora que
vende unos chocolates, pero antes de hacerlo te declama un poema. Apagué mi
cancelación de ruido y la oí.
—No
quiero chocolates —le dije—, porque desde hace mucho no tengo apetito; te yapeo
unos soles. ¿Te gusta la poesía? —le pregunté. Me dijo que sí.
Me
dijo…
—Ahí
donde me ves tengo sesenta y dos años y vendo chocolates recitando poesía, pero
he sido profesora y enfermera del Hospital Carrión. Solo que ya no ejerzo.
Entonces
le hablé de lo que yo hacía y que estaba buscando las palabras que seguían a lo
que estaba escribiendo. Le leí algunas hojas, le encantaron.
—Qué
romántico —me dijo.
—¿Y
a qué hora viene la chica? —agregó.
—Hum,
esa es otra historia —le contesté. Le resumí algo y me dijo...
—Ah...
Pero no vivas en el pasado, un chico buen mozo como tú no debería...
—
No soy tan chico, señora —le dije.
—
Ah... Yo veo un chico.
Me
narró un poema que hizo por una amiga suya de la que se enteró de que tenía Alzheimer,
justo después de que no le respondiera a su saludo mientras caminaba por la
calle. Se le acercó y nada. No la reconoció. Pero vio que su hija mayor sí, y
entonces ella se lo contó.
—¿Te
imaginas? —me dijo—. Perder la memoria. Se persignó.
—A
mí me cuesta mucho, señora; a veces quisiera ya no recordar.
—No
hijo, no digas eso...
Poco
después se despidió deseándome suerte en lo que escribiera para el concurso.
«Si ganas, igual me compras chocolates...», terminó, y se fue.
Al
día siguiente la vi de nuevo y ya no me ofreció chocolates. Se fue hasta la
banca de enfrente y luego de venderles se me acercó y me dijo:
—
Joven poeta... ¿Y terminó con los poemas?
Me
reí.
Es
la única persona con la que he hablado aquí. Se siente mucho la nostalgia en
Barranco. Enciendo mi música y pienso a veces, otras veces ensayo mis líneas
hasta que el frío me aterece las manos y camino porque necesito calentarme. Hay
un baño por el que se paga un sol. Y lo peor que he hecho es venir con pantalón
buzo, porque no abriga y casi me resfrío.
Hay
una panadería, en ella compro empanadas, usualmente de carne, como una y luego
a las 7 p.m. voy a misa. Salgo y sigo escribiendo. Siempre hasta las 10 p.m. y
luego recojo a mi madre de sus clases y volvemos a casa.
Siempre
pensé que quería hacer un poemario y regalártelo. Pero nunca se me ocurrió que
sería así, eso me da risa. Aunque, si arreglamos todo, va a ser la historia más
fantástica que se pueda contar.
Cuando
Daniel[1]
vino de Cuenca, fue muy curioso todo. A cada lugar que iba siempre sentía que
iba una parte de ti. Y por esa sensación le decía: «Bueno, hoy vamos a ir al
Malecón. Se supone que iría con... pero como has venido primero, ni modo». E
íbamos. Así le dije cuando fuimos a Barranco, a un restaurante que me encanta,
al Puente de los Suspiros, al mirador... Lo hice tantas veces… que una vez me
dijo: «Chuta loco, tú sí que quieres a la...». Y es que siempre pensé que nada
se iba a terminar y solo esperaba a que vengas para mostrarte toda la belleza
de los lugares a los que no había ido para verlos junto a ti.
Estar
en Barranco tiene su cosa mala. Casi todo el mundo se sienta de a dos y al
inicio fue, creo, mucho de lo que me llevó a escribir «Tristeza». Porque quería
huir de lo que sentía, pero me lo llevaba a donde iba, a todo lo que observaba.
Por eso, antes no me quedaba en Barranco, me iba a caminar lo más lejos que
podía y regresaba caminando, memorizaba lo que escribía y en casa lo agregaba.
Era al inicio, cuando veía cualquier cosa y me hacía llorar. Nunca he sentido
tanto dolor por recordar. Sabes, nunca he visto que jueguen Uno aquí, pero
descubrí muchos pedazos de cartas en el suelo. No lo había considerado hasta
que desapareciste y empecé a verlos regados en el piso y todos me recordaban
cada vez que jugamos. Recordaba y lloraba. Encontraba un retazo y de pronto ya
era la última hora en la estancia de ese rancho a las afueras de Cuenca y en la
mesa del grupo más bullicioso no paraban de reír, entonces me miraste como
diciendo «qué hacemos», y te respondí al oído «juguemos…» y sacaste tus cartas
y empezaste a explicar el juego y las repartiste, y me quedé jugando con esa
señora, el niño y el señor, y reíamos porque no perdía nadie y no llegaba el
final. Y te veía y recordaba todo. Casi estaba ahí. Es difícil esconder las
lágrimas en la calle, sabes. Solo se te caen y te dibujan en la mejilla una
línea que brilla. Vi tantos pedazos. Recordé tu post de Instagram en donde
nunca supe con quiénes jugabas, y recordé cuando jugábamos en la mesa, y hasta
el último mazo que compraste que era doble. Todos esos pedazos en el suelo me
recordaban una oportunidad.
(Me
acaba de saludar la señora de los chocolates: «Hola joven poeta».)
Un
sábado me quedé con mi hermana en Barranco. Los sábados y los domingos son muy
libres, porque mis padres salen, y mi hermana se va con Bryan y estoy solo.
Pero ese sábado mi hermana se quedó y nos fuimos a Barranco. Llevé los
parlantes rojo y Negro. No quería llevarlos porque traían muchos recuerdos,
pero ella insistió en que los llevé. En una banca frente a la iglesia del
parque esperamos casi dos horas para ver cómo se realizaba un matrimonio. Cómo
llegaba la gente, los invitados, los curiosos, el novio, los padres y
finalmente, sobre la hora… la novia. Ella me mostró una canción de Aventura que
se llama La Boda. Nos reímos muchas veces por el contenido de la canción: se
supone que el amante o el ex llega a la boda justo cuando el padre dice: «...si
alguien se opone a esta unión...» y entra Romeo Santos. La puse en alto
volumen. Saqué mis parlantes y la cantamos. Creo que el viento ese día tocó un
poco mi garganta. Mientras cantaba, no lo decía; pero recordaba cuando
caminamos por la calle, allá, una noche que hubo mucha gente, y de regreso me
pediste que bailaramos una canción, ahí mismo, camino a casa en la calle y me
moría de vergüenza. Y me daba tanta alegría saber que fueran tan buenos esos
parlantes y que nos dieran tantos momentos felices. Recuerdo cada canción que
puse. Como cuando fuimos en bicicleta por primera vez. O verte ir lento con la
bicicleta sobre la grava en el parque Tarqui o en la ciclovía mojada y sinuosa,
cuando nos tomamos esa foto bajo la lluvia, de regreso de El Cajas.
Sabes,
no sé si has conocido a alguien o si has buscado conocerlo. Pero, más que eso
me interesa saber si quieres algo conmigo. Decirme que ya no o poner claras las
cosas… porque como ves, será así, hasta que lo decida o me digas que ya no
quieres nada conmigo. Porque te amo, eres la única persona que ha tocado mi
corazón y puedo perdonarte todo, si prometes, como yo, corregir e intentar con
el corazón y Dios en el centro lo que yo también quiero para los dos:
felicidad. Solo si lo deseas conmigo. Eres libre de elegir. Yo te ofrezco mi
perdón. Pero no me pidas esperar sin poner las cosas claras. No es de Dios.
Estoy más
delgado, peso 61,5 kg. Hace frío en las noches aquí, ando en jeans usualmente.
No es viable el buzo abajo y llevo siempre polera con casaca. Del verano se
sabe solo hasta el mediodía, luego la temperatura baja. Y no imaginas cuánto
frío se puede sentir por estar sentado escribiendo en tu celular horas. Uno
llega hasta ser casi un Jack del Titanic. Luego, debo moverme o hasta mi voz la
siento debilitada. Ah, casi lo olvidaba. Hice un poema que se llama Yugo desigual.
Es precioso. Lo hice pensando en ti, en mí. En Dios. En nosotros. Arreglemos
todo, quedemos bien. Juntos o separados, y te mando el poemario. Detengamos
esto, pon las cosas en orden. El 22 de octubre se cumplen los dos meses y
ni siquiera sé qué sigue después, porque has dejado nada claro. ¿Sabes que
hablé más de dos horas con el pastor sobre el yugo desigual?, tengo un audio
enorme en el wsp. Estudiado por mí para limar mi vida. Los miércoles a la noche
y los domingos por la mañana estoy allá, en el culto. Como te conté, oro en la
mañana y antes de acostarme. Pero sobre todo siento paz cuando mi tristeza me
llama a recordar. Por cierto, extraño que me digas como lo hacías. Con certeza
y honestidad, tienes el lugar asegurado.
Por
cierto, no olvides que te amo, que te extraño un montón si te viera te
abrazaría como ni tú me has abrazado. Y que te perdonaré (y espero que perdones
todas las cosas que hice mal si deseas empezar bien). Que tienes la fuerza de
mi corazón a tu lado para cualquier decisión. Pero, que debes aclarar las cosas
y darnos paz de una u otra manera. Te apoyo en todo, pero no en callar.
Y
sí, estoy en Barranco, desde una banca he escrito todo lo que has leído. Todo
menos el poema. Eso lo escribí... en otra banca (ja ja). Y lo he hecho desde
las 7 de la noche hasta las 10 p.m., como siempre. Respetando mi horario.
Porque ya debo recoger a mi madre y debemos ir a casa.
*novio
de entonces de su hermana.
Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario