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viernes, 7 de febrero de 2025

La Po(br)esía



Creo que fue aquella noche cuando escuché lo terrible de su voz en casa de Aldo; convertida en alguien que no era, poseída por la decisión inapelable de colocar un tránsito solitario e inexplicable entre la vida de ambos, contra el paso de los hitos marcados a promesas; acallando los acordes que pretendían construir, eterna, una canción compartida, se me preguntaba indolentemente: «¿Acaso no puedes estar solo? ¿Es que todo tiene que ser para la relación?» Como conclusión de solicitarme ese tramo llamado... dos meses.

Ese día, algo se desmayó sobre un hoyo y fue cubierto por tierra. Y entre las incontables grietas que me dejó su voz esa noche, abriéndose paso, sobre todo, y dejando salir por mi boca el dolor cansado de gotearme tristezas, él —mi amigo, oyente quizá innecesario, irrepetiblemente estoico, de toda palabra confundida en la vaguedad de su sala de estar— oyó con tanta atención... que su oído me abrazó, y su abrazo sostuvo fuerte las quebradas columnas de mi corazón.

Esa noche, camino a casa, horas después de salir de la suya, empezaba a conocer la soledad. Y veía de indeterminado sepia el triste asfalto junto de la muerta acera. Lentos los pasos y ya estaba frente al vano de mi casa; eché una última mirada hacia atrás a la calle, antes de que el quejido de los goznes de la puerta principal me encerrara entre su óxido y su tiempo, y pasé, finalmente pasé, engullido por lo que debía llamar hogar. «Fue no querer entrar a otro mundo y tener que hacerlo». Arriba, en mi alcoba, luego de arrastrar las suelas peldaños... de los kilómetros de la escalera, vi fragmentos de una persona frente al espejo con unos ojos solitariamente perdidos y sin amor.

Fue cuando el delicado cuadro de una vida cayó al piso, dejando un reguero, en un sonido de íntimo estruendo, diseminado durante minutos y horas. Y no fue hasta que un concurso de poesía pusiera en orden el oscuro caos de esa impuesta soledad: accesos de tristeza, desesperada incomprensión, muda lágrima conociendo el ruido de tocar el, alguna vez, tan lejano suelo.

En esa habitación de enorme televisor y libreros llenos de coloridas historias, de ventana con vista a la pared y ventilador en el techo, en ese reducido espacio, tibio en invierno y sofocante en verano —ahora más cárcel que alcoba, aunque útil para el reposo de una vida que auscultaba el honesto pulso de su corazón— allí, acodado sobre la frazada —que arrastraba aún el invierno—, sentado sobre una pequeña banca a centímetros del suelo, con inopinado y seco golpe de agitación —a veces luna y a veces estrella—, se hizo del ordinario lugar... etéreo cautiverio de inspiración.

Mar y cielo, tierra y firmamento. Luna nueva, llena y menguante, ases del cielo con recuerdos... tiritando como luces halladas por miradas perdidas en lo alto de la líquida noche de mis ojos, que cedían a la claridad después de tanta lluvia.

Conocí entonces ese alado estado a que te lleva la tristeza cuando ancla en la mar de una vida. Ese estado cuando la melancolía nos ahoga en sensibilidad y vemos, con vulnerable pasión, el balance de los días, el rigor de los hechos, el pulso en derredor; cuando la tarde se nos asoma subiendo las escaleras y abre la puerta de nuestra alcoba... porque es lenta la vida en los ojos fatigados de mirar, ese estado de completa indefensión que purifica el dolor con la sal de las lágrimas; a ese, le llamé pobresía. A ese tiempo, que me domó en la callada habitación haciéndola bóveda de mis estrellas y mar de mi tempestad, y a Barranco, escenario del sismo de mis pasos perdidos en el tránsito de la noche lenta y triste.

La pobresía, la pobre poesía, la que surgió de las zanjas abiertas de cada pulso de mi amor, que, entre mis lágrimas, brotaba como antiguo chorrillo calmando el dolor de mi corazón.




 

miércoles, 20 de noviembre de 2024

Cartas a quien, Dar el espíritu

El hombre muere tantas veces como pierde a cada uno de los suyos.
Publio Siro

 

A lo largo del tiempo, en mis tantas lecturas no he encontrado una manera más preciosa de mencionar a la muerte. En mi país, en el tiempo de Fujimori, cuando los diarios eran muchos y casi todos de poca valía, si había un accidente de buses que iban o venían del interior andino, titulaban así: Veinte fríos y diez tibios; los demás ilesos. Claro que supóngase por «frío» y «tibio» lo que refiere a muerto y herido. Otras formas, mucho más elegantes, aunque menos románticas daban para hablar de morir el uso del verbo cesar. Así, la vida de un presidente en su paso bueno por la humanidad no termina, sino «cesa». Y creo que también se lo oí decir a Borges. Pero, en mi memoria, baúl de tantas cosas que guardo, en el lugar más alto de todos está el amor de Cervantes por su entrañable Quijote (Nunca pude leerlo con ella completo porque, aun cuando lo intenté, su lenguaje de castellano antiguo impidió el sumo placer de llegar con la historia; hacía falta remendar mucho explicando y poniendo apostillas a frases y palabras: contexto para reír, porque era comedia) cuando, ya Quijano y en tranquilo lecho, confesado y expuestas sus últimas quejas sobre los libros de caballería que tanto amó, sucumbe, y dice Cervantes, no que se enfrió, ni que cesó, dijo que «dio su espíritu», y para no dejar duda… que se murió. He leído en algún lugar que, al decir estas palabras, Cervantes llora, y lo comprendo, porque nadie es capaz, buenamente, de dejar aquello que tanto amó. 

No tenía más de dieciocho años y me sentía fuerte, con la fuerza que ese número le da a los días. Tenía un tío, alegre, de ojos chinos. Mi tío rebozaba vida. Jugaba fútbol, era cariñoso con sus sobrinos, sonriente con su esposa, atento con la familia; de pronto la enfermedad del signo zodiacal le estranguló la vida, y un jueves que no fui a una clínica se transformó en la última oportunidad para una despedida. Me recuerdo valiente, propio de mi edad, de pie en la cocina, erguido, entre mi madre y mi tía.

— Hijo… [..]cito. ¿Sabes no?

— Sí, tía.

— Queremos que cantes, por favorcito.

Yo tenía una guitarra, y cantaba en las misas música de iglesia, música de Dios. Me pidió que cante. Que tan solo unos minutos, que me lo agradecía, que sí tía, que lo haría, que lo haría.

Recuerdo la mañana de ese sábado. Todos cambiados en mi casa, camisa y pantalón, color oscuro, nada vistoso, nada alegre encima. Sentado sobre mi cama —ya vestido—, en mi regazo verificaba que estén perfectamente afinadas las cuerdas de mi guitarra. «¿Vamos?», oí.

En el auto, el viento me daba a la cara y me desproveía de realidad, y mi mente pensaba en lo que iba a tocar; que era para él, que eran minutos, que me lo agradecían, que me lo agradecía. El auto se detuvo y puse el primer pie en el asfalto, y bajé con el plomo en la pisada tomando fuerte el mango de mi guitarra guardada en mi estuche negro.

A ella le leí un cuento; se llama el Profesor Suplente, del Flaco Ribeyro. Recuerdo la expresión de su voz cuando con la mía… le daba vida a la mentira de ese cobrador de microbuses que pudo ser profesor, y de su doloroso fingir hasta el final… cuando observa a su esposa, a quien le decía: «¡Magnífico!... ¡Todo ha sido magnífico! ¡Todos los alumnos me aplaudieron!», y que al observar en ella esa llama de invencible orgullo, rompe en llanto desoladamente entre sus brazos... porque ni siquiera había entrado a dictar las clases, porque nunca fue capaz de hacerlo, porque le mintió.

A veces nuestro corazón es como esa esposa a la que le mentimos, y le decimos todo lo que no hemos hecho, lo que no sentimos y nos paramos fuerte a decirlo. Y presentamos la mirada erguida y pisamos firme y decimos henchidos de valor. De repente nos mira bien a la cara y nos hace la pregunta... y todo cae, todo cae.

Cuando miré de frente el rostro de mi tío recostado entre las velas de la capilla para despedirme, mi corazón me preguntó si tenía valor, y mirándolo, todo cayó. Esa mañana —callado—, en mi silencio, pedí perdón por no asistir a la clínica a despedirme en vida de alguien a quien no debí ver después. Porque la muerte arrebata todo, todo.

Hoy, en tiempos de Instagram, el medio por el que por primera vez te vi y te reconocí, tomo mi celular y viendo los mensajes en una hilera perpendicularmente colorida, de rostros, de perfiles... de mudas compañías, distingo una que, por pálida, parece perdida, desconocida, ya sin fotografía...

...y asisto a otra muerte, la de alguien que amé, con quien prometí hacer una vida, y mi corazón, sobre este mármol de mis días, de repente me pregunta... y todo cae, todo cae.

He soñado con volver a verte. He soñado con viajar a Cuenca. He visto mi cuerpo bailar junto al tuyo en otra agencia de banco mientras la gente nos mira sonriendo. Comiendo dulces alitas, sentados, después de esperar una larga fila para pagarlas y sonriendo de lo exquisito que puede ser expresar la alegría cuando estás acompañado de alguien que amas. Nos he visto bajo la lluvia en otro zoológico empinado, buscando un taxi al regresar, empapados y de frío, porque no quieres que gaste más o no sabías que era difícil encontrar uno rápidamente. Y la lluvia, como decías, aprieta, y el frío aprieta, y yo aprieto tu mano, y encontramos uno y nos besamos, ya adentro, cobijados, devolviéndonos el calor. He coloreado mis recuerdos en estas hojas tristes para que sepas que has sido tan importante en mi vida, y que no sé parar de escribir porque mi corazón lleva recuerdos que no sabía que debían ser borrados. Nos he visto acurrucados sobre el césped del Parque de La Madre mirando la belleza de las nubes cruzar el cielo, capturándolas con fotografías, caminando de la mano noches lentas por las mudas calles de Cuenca.

He juntado palabras desde el confín de mi memoria, reconstruyendo con dolor, hablándote perdida, en algún lugar donde no estoy. Y quiero que sepas que el espíritu de mi corazón, ya sin fotografía, está al final de la tarde, vagando cada día, donde la noche despide al sol.




***

«Si en la familia decir equivale a preocupar, entre amigos a normalizar y con los mayores a trivializar, ¿dónde queda todo lo que guardamos?»

Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.

Disponible en:




Cartas a quien, Siento



Seguramente ya no lee lo que escribo porque alguna de las cosas que mencionó fue algo así como «seguramente que ya encontraste a alguien y por eso estás apurado, y quieres todo para ya». Creo que fue la enésima vez que me dijo algo así. Como dejando la carga culpable o supuestamente culpable en algún lugar de mi costado. 

Una de las preguntas que más se ha repetido a todo escritor de distinta literatura es esta: «Si fuera Robinson Crusoe, el mítico náufrago solitario perdido en esa isla desierta, ¿escribiría sin esperar que nadie le lea?» Aunque me bastara mencionar solamente a Borges, no recuerdo uno solo que dijera que no.

Una de las palabras que más repetía cuando conversábamos acerca de algo, un tema inserto en una película, en una pintura o en una imagen, en la letra escudriñada de una canción, indagando su origen, su porqué, su consecuencia, su posible modificación... era siento. Ella iniciaba la explicación algo así: Siento que..., y se unía su cantar cubano en la voz a mi enamorada atención, mientras encarrilaba su idea. Juro que me animaba el verbo sentir en su explicación porque pensaba que era su total sinceridad arropada de palabras. Decía sin miedo, y yo apuntaba o memorizaba algunas de las cosas que decíamos, que ella me decía, y al final resumía todo en mis apuntes. Tantos apuntes.

Siento que el tiempo siempre está invicto, como los ojos del viejo de Hemingway. Nadie puede con él, nada puede contra él. El tiempo todo devora. «Han pasado tres meses y sigues igual», me dijo; «Han pasado tres meses y nunca pudiste aceptar que todo el derrumbe lo provocaste tú», no hacía falta decírselo, aunque quizá ella necesitaba oírlo.

Siento que quise un amor como el que veo en mis padres, como el que al viajar vi en los suyos: para vencer al tiempo, para unirnos a él.

A veces tomo el celular y siento ganas de llorar. Me es difícil contener mis emociones. No soy de aquellos que no dicen lo que sienten. Ya sabes, sonrío solamente si lo siento, no me nace fingir. A la diplomacia la desconoce mi corazón. Siento que fui correcto. Que viajé a ver a alguien por estas fechas, enamorado, y que me atreví a soñar, pero pisando el suelo. Que tomé casi toda la realidad de mi vida y la metí en dos maletas y una mochila para ver a la persona de la que me enamoré. Que fui responsable y sometí a criterio mi vida al regresar y que, contra toda mi mente, regresé.

Siento que no soy perfecto y que soy alegremente incorrecto. Que llevo la poesía dentro del corazón y que si lloro no es porque sea débil, es que tengo sangre en el pecho, y mis ojos dicen lo que lleva mi corazón, que siento dolor, que siento silencio. Que una música triste toca el ritmo de mis días y que, aun así, toca moverme, porque es lo que tengo, pero eso siento, eso siento.

Siento que no olvido porque no era parte de mi plan, que en mi alcoba, me atreví a planear una vida con alguien... que me dejó plantado en la cita de soñar. Que tocan horas nocturnas donde no busco a la tristeza, pero que es tanta la dicha sembrada... que me toca cosechar, y lloro, sentado en alguna banca vacía, buscando la forma de alguna sonrisa perdida que la noche me regala en el grito de los niños, en la proximidad de la Navidad.

Arriba, desde lo alto, en algo más parecido a una montaña, con mi familia sonriendo mientras escondo la cara tras la capucha... Me quedo quieto contemplando el lento atardecer y veo un largo fuego en el horizonte extinguiendo sus últimos destellos..., y me parece notar un candil al que ya no le queda más aceite que quemar; y su color apagándose se siente dentro, como un cálido sentimiento que conmueve mi mirada, y me pregunto... qué sucede, qué me pasa, qué siento, qué siento... Siento que solo deseaba ver morir la tarde abrazado de su lado; eso siento, eso siento.




***

«Si en la familia decir equivale a preocupar, entre amigos a normalizar y con los mayores a trivializar, ¿dónde queda todo lo que guardamos?»

Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.

Disponible en:





martes, 27 de agosto de 2024

Domingo 9 de julio, 2023


«Hay días sospechosamente largos»

A. Calamaro



     Un día antes me había dispuesto a buscar tu nombre en la red. Me pareció que no era nada malo. Ya antes, cuando tuvimos una reunión en videollamada, apareció tu apellido que, como dijiste, develaría enteramente tu persona. En esa oportunidad (la segunda vez) fue tanta mi sensación de respeto y equidad que retiré cubrí la palabra para que no aparezca (con mi mano) en mi pantalla y no la vi, porque me pareció sobremanera injusto que no pudieras ver igualmente algo sobre mí, pues solo se alcanzaba a apreciar mi nombre en las ventanas de Meet y no mi apellido. Esta vez había sido diferente: de pronto vi que en el Excel estaba íntegramente mi nombre, completo, y ni siquiera había pensado en ello cuando me di cuenta de que ya estaba ahí, sin posibilidad de omitirlo. Ya había oído parte de tu nombre (completo) porque me habías dicho que tenías un apellido como el que tengo, (único, particular).

     Ese día, antes de mi examen final, estuvimos conversando; me oías explicarte cada cosa que, como dijiste, lo hacías por ayudar, porque lo querías hacer, y que, con todo, nos llevó a una parte de la noche que terminó en su hora más alta, justo cuando ya casi la luz gana lugar y da nombre al nuevo día. Horas después, por la tarde, cuando estaba solo y pensando en tus palabras, en alguna inflexión de tu voz o en el tono travieso que acude a mi oído justo antes (de) que sonríes, justo cuando estaba como en el trayecto de un caminante que disfruta el paisaje de su memoria en una andadura lenta y silente, recordé una vez más que (ya) sabía tu apellido. (Juro que) No quería saber más de lo que debía, no quería sorpresas de mal sabor, no quería; pero, a la vez, no entendía por qué no.

     En el repaso de mi móvil, raudo como son los pulgares para estas cuestiones de buscar y encontrar lo que uno quiere a la hora más inoportuna, se me hizo sencillo proponer búsquedas en más de una ubicación y, viendo que ninguna satisfacía el sentido de mi vista, acudí a la más visual de las opciones y me vi inmerso en la nueva red que antes protagonizaba Facebook. Tu nombre apareció de repente como una singular opción, casi la única, casi la que debía ver, y con reveladora soledad, tal y como lo habías anticipado.

     Ingresé y mis ojos, al tiempo que veía, al tiempo que acallaba y un silencio colmaba el espacio lleno de interrogación, descubrían una entidad de colores, de brillos y de acciones que, cuando se detenían en congelada miniatura, en retazos espaciados de tu sonrisa de una alegría detenida y elocuente, conmigo o en mí, pausaba algo de mi tiempo y mis emociones, y que, cuando accionaban, la fuerza de una libertad desbordante, el eco de un brillo familiar y presente, conmigo o en mí, sentía el ágil galope de un corazón latiendo, inquieto e incesante. Un no saber, un no estar, una romántica medianía fue la corriente que terminó por eclosionar en palabras que se me salían por la boca y cruzaban mi mente como bandadas de suspiros. Fue verte tantas veces, saberte múltiplemente, dibujarte con mis ojos y sonreír observándote, que una nada se transformó en una multiplicidad de emociones con preguntas sin respuestas, con palabras construyendo nuevas oraciones que creo que esperaba sentir.

     Llámame curioso, porque esa tarde mi curiosidad me llevó a parar a un lugar donde he sentido quedarse una parte de mí que no quiere volver porque siente la calidez de una sonrisa suya, prima vera y familiar.



***



     Un día antes me había dispuesto a buscar tu nombre en la red. Me pareció que no era nada malo. Ya antes cuando tuvimos una reunión en videollamada apareció tu apellido que, como dijiste, develaría enteramente tu persona. En esa oportunidad (la segunda vez) fue tanta mi sensación de respeto y equidad que retiré  cubrí la palabra para que no aparezca (con mi mano) en mi pantalla y no la vi porque me pareció sobremanera injusto que no pudieras ver igualmente algo sobre mí, pues solo se alcanzaba a apreciar mi nombre en las ventanas de Meet y no mi apellido. Esta vez había sido diferente, de pronto vi que en el Excel estaba íntegramente mi nombre, completo, y ni siquiera había pensado en ello cuando me di cuenta de que ya estaba ahí sin posibilidad de omitirlo. Ya había oído parte de tu nombre (completo) porque me habías dicho que tenías un apellido como el que tengo, (único, particular). Ese día antes de mi examen final estuvimos conversando, me oías explicarte cada cosa que, como dijiste, lo hacías por ayudar, porque lo querías hacer, y que, con todo, nos llevó a una parte de la noche que terminó en su hora más alta, justo cuando ya casi la luz gana lugar y da nombre al nuevo día. Horas después, por la tarde cuando estaba solo y pensando en tus palabras, en alguna inflexión de tu voz o en el tono travieso que acude a mi oído justo antes (de) que sonríes, justo cuando estaba como en el trayecto de un caminante que disfruta el paisaje de su memoria en una andadura lenta y silente, recordé una vez más que (ya) sabía tu apellido. (Juro que) No quería saber más de lo que debía, no quería sorpresas de mal sabor, no quería; pero a la vez no entendía por qué no. En el repaso de mi móvil, raudo como son los pulgares para estas cuestiones de buscar y encontrar lo que uno quiere a la hora más inoportuna, se me hizo sencillo proponer búsquedas en más de una ubicación y viendo que ninguna satisfacía el sentido de mi vista acudí a la más visual de las opciones y me vi inmerso en la nueva red que antes protagonizaba Facebook. Tu nombre apareció de repente como una singular opción, casi la única, casi la que debía ver y con reveladora soledad tal y como lo habías anticipado. Ingresé y mis ojos, al tiempo que veía, al tiempo que acallaba y un silencio colmaba el espacio lleno de interrogación, descubrían una entidad de colores, de brillos y de acciones que cuando se detenían en congelada miniatura, en retazos espaciados de tu sonrisa de una alegría detenida y elocuente, conmigo o en mí, pausaba algo de mi tiempo y mis emociones, y que cuando accionaban, la fuerza de una libertad desbordante, el eco de un brillo familiar y presente, conmigo o en mí, sentía el ágil galope de un corazón latiendo, inquieto e incesante. Un no saber, un no estar, una romántica medianía fue la corriente que terminó por eclosionar en palabras que se me salían por la boca y cruzaban mi mente como bandadas de suspiros. Fue verte tantas veces, saberte múltiplemente, dibujarte con mis ojos y sonreír observándote, que una nada se transformó en una multiplicidad de emociones con preguntas sin respuestas, con palabras construyendo nuevas oraciones que creo que esperaba sentir. Llámame curioso, porque esa tarde mi curiosidad me llevó a parar a un lugar donde he sentido quedarse una parte de mí que no quiere volver porque siente la calidez de una sonrisa suya, prima vera y familiar. 



«Hay cosas que uno debe conservar tal y como fueron concebidas;
aunque aparezcan con el tiempo otras mejores.»

El que escribe



 

miércoles, 21 de octubre de 2009

Tú

Te conviertes en una palabra
y mientras más me oigo nombrarte
seguro y me enamoro de ti
jugando a esconderte frente a mi
poco a poco te encuentro -No está demás decir que sí cuando es de noche-
cada sonrisa es mi más tierna mirada
que suspendo en tiempo incierto acorde a notas tristes de mi almohada
un dulce a medias, la conjetura de un sí a las 5 p.m.
denodadas apetencias que en suma son mi más cruel antojo de saberte a mi lado.

Te conviertes en una pregunta
y de no hallar respuesta diré que posee
la misma inconsistencia de mi decir "en punto" hoy a las doce antes del meridiano
más tecla que palabra
y de hora inadecuada
se acerca a lo lejano cada idea que ha escrito
inanición seducida por lo que el tiempo provee
destila vanidad impropia de su edad
más cerca cada vez que se aleja de mi lado.

Te conviertes en una respuesta
y no estoy jugando a las escondidas -de jugar seguramente te encontraría a mi costado-
arredra la idea de bailar a solas
mientras la música suena en el primer pasillo
describe estas líneas como yo las escribo
a ver si recuerda lo que oyó su oído
de noche se entiende lo que debe comprender
seguro y encuentra en el tiempo al callar
una voz conocida un susurro casual.

martes, 20 de octubre de 2009

2 palabras

Una palabra este susurro
que se queda contigo cerca de una carpeta
flojo el sonido de un quieto y distante
que ahoga la voz al inicio del beso.
Sólo contigo y prefiero de a pocos
un pedazo de ti cuando cierras los ojos,
lo siento.

Una palabra compuesta por dos
la demora de una y la partida de otra.
Me quedo contigo comenzando la noche
cerca de mí y con la boca cerrada
haciendo de un verbo el regalo que enciende
el menor sentimiento que tu adiós me merece,
nostalgia.