viernes, 28 de agosto de 2026

El retrato de Dorian Gray







"Behind every exquisite thing that existed, there was something tragic. Worlds had to be in travail, that the meanest flower might blow."



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     Adentro, luego que los ojos recorren las líneas del párrafo, otros son los ojos que interpretan el sentido, los que rescatan la frase y detectan la palabra encallada... los que advierten la umbrosa semejanza. Esta inquisitiva mirada no resulta de algo fortuito: en la silueta del cuerpo, hay otro cuerpo hecho de tiempo.

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     El capítulo once de El retrato de Dorian Gray es exactamente el aire de la habitación, el ripio que oí decir a Borges, el motivo por el que algunas novelas no me encantan. Por lo demás, qué inteligente escritor.
Desde un prólogo defensor de una historia con sus matices de profundidad y poesía, se va tejiendo una prosa que descubre oraciones rebeldes, hallazgos sagaces, comparaciones contundentes.

     Luego de leer a Han Kang con ese detenimiento que demanda el párrafo hondo, Wilde se desliza y, a ratos, anuncia el brillo ágil del puñal. 
Lo más revelador de una historia archiconocida a través de los años sería la potencia con la que una persona puede percudir o deterger una mirada. Y esto es realmente lo que me asusta: la fragilidad de un interlocutor ante otro que presenta la fascinante revelación de lo intuido que no llega a ser palabra. Enamorarse de alguien influenciable, qué triste.

     Siempre tengo en mente a Víctor Hugo: «Pueden cambiar las hojas, mas no las raíces». Qué difícil hallar a alguien así. Dorian cae, se despeña