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viernes, 3 de enero de 2025

La mirada vertical





Escondida, detrás de un intenso velo nuboso y errante, te muestras fugaz e intermitente, en una noche donde las preocupaciones terrenales consumen las horas. Inadvertida y casi accesoria frente a las luces de la ciudad, tal vez eres una pálida moneda que pagan todas las soledades; sin embargo, a quien empeñadamente consigue encontrarte, devuelves a cambio tu compañía, quizá fatigada ya de alumbrar, Luna.

Apenas sobre el nivel del mar, en la llanura de la costa limeña, la plenitud veraniega de este lugar no propicia que tu presencia sea constante. Y aún cuando, por minutos, sabes ser del cielo la única luz verdadera de la noche, los más del lugar viven la ocurrencia de un sábado, exigiendo a sus horas el crédito de vivirlos minuto a minuto. Hay esquinas de rostros con ansia de madrugada, buscando la alegría de la noche en botellas de licor; niños entregando su última energía del día jugando dentro de la glorieta del parque, donde alguna persona, discurriendo en silencio, pasa los minutos, mecida lentamente sobre un columpio de madera.

Gente que pasa, gente que vuelve, que sigue el ritmo de la fresca noche camino a casa o a alguna casa de este lugar, con miradas horizontales entregadas a la luz de las farolas.

En este lugar, de menuda hierba y bancas de cemento, se extravía mi mirada al cielo, que constante, ha venido a buscarte minutos y horas, cada día, en actitud de contemplarte, sabiendo que, antes que termine el año, te despides una de estas noches y que hay tanto que no he podido compartir.

Ya no cuestiono más la ternura que veo en los amores, no disfruto ni reniego al observar. Me impresiona sí, la belleza de las parejas añosas que han sabido agregar el tiempo a la expresión de su amor, tan distinto de la romántica flama en los besos que nacen para lo apasionadamente fugaz…

Me pregunto, esculcando la cerrada oscuridad del cielo, si merecen mis ojos tu compañía; si en este paso de la noche, allá atrás de las nubes, luminosamente solitaria, has declarado que no deseas ser mirada. Te busco, con una constancia casi enamorada y, pudiendo al fin verte, encendida y plena, habiendo escalado más alto que las nubes, mis ojos te escriben esta romántica paciencia que no ha cesado hasta encontrarte, para que mi letra por fin pueda describir tu cariñosa presencia, tu esperada compañía.

Me pregunto.
¿Merecen mis ojos tu presencia?
¿Deseas mi mirada?
Te busco.
Mis ojos te escriben mi paciencia,
mi letra describe tu compañía.






























Finalmente, estrellado. XD
















sábado, 28 de diciembre de 2024

Lágrimas de Cuenca, V - Lágrimas de Cuenca (al Viento)

























Pacífico Viento,

al pie del barranco,

que a la ola del mar paseas,

como hierba que ondea en el campo,

me ha traído tu paz, sobre esta banca de muda madera,

acunando mis ojos cerrados,

a preguntarme: ¿a quién, solitario, recuerdan,

tus ojos de otoño engastados?

Y un colibrí que revuela

ha trinado: «Cuenca», han dicho sus labios.

 

«Cuenca,

¿a dónde ha ido…

el naranja rojizo de tus tejados,

lienzo que vi del cielo,

con su marco de valle verdecido,

bajo un azul de sol apostado

que a sus ríos pincela de fiesta…?

 

Cuando la puesta nace,

su viento cifra el fermento

de una cárdena tarde,

que al áureo sol el Ande duerme

como moneda entre los valles,

y pinta de estrellas la lenta noche

y enciende en azul sus catedrales…


A la noche,

cuando canta la glorieta,

su gente acude a festejarle;

diciembre de luminoso romance,

del Calderón a sus callejas,

de sus callejas a su valle;

regálame otra vez tu lluvia buena

por la que el pastor ora para el río,

que cuando empieza, canta y resuena,

que es chispa de amor bendecido.

 

Viento, Cuenca es lo que veo;

su recuerdo, lo que siento:

 

Una noche,

de lluvia inopinada,

entrelazando su mano,

salimos, por ventura, a buscar de tu frescor,

y la lluvia que empezaba

convirtióse en aguacero,

y buscando guarecernos

un alero nos halló.


Bajo él,

con la noche constelada,

y empapado todo al paso,

aún tomados de la mano, una emoción se dibujó;

su mirada, su sonrisa,

la música de prisa convertida en carcajada,

nos abrigó del frío,

nos abrigó de amor...

y bailamos como niños,

que no saben del tiempo,

que no saben de miradas

que no dicen que no;

sonriéndole a la gente que miraba nuestro verso,

nuestro verso que era beso,

que era amor, que era verdad.

Frente al Parque de la Madre todo el tiempo se quedó,

mi corazón y mi recuerdo,

mi buen amor, mi buena amada...

 

[...]







 


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viernes, 27 de diciembre de 2024

Lágrimas de Cuenca, IV - Yugo desigual
























[...]



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Lágrimas de Cuenca, III - Tristeza
























Tristeza, dulce pedazo de mí,

en el camino me encuentras,

dama solitaria que fuma,

pareja que ilusionada besa.

¿A dónde voy para huir de ti

si todo al verlo me atraviesa?

Dibujas mi pasado con tanta ternura

que renaces de la voluta primera.

 

[...]





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martes, 5 de noviembre de 2024

Cartas a quien, Soltar III


Si disfrutas de la poesía y la literatura, comparto esta historia que continúa en un relato epistolar —minucioso, poético, contenido— que atraviesa, conecta y prolonga «Lágrimas de Cuenca».

«Si en la familia decir equivale a preocupar, entre amigos a normalizar y con los mayores a trivializar, ¿dónde queda todo lo que guardamos?»

Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.

Disponible en:





Cartas a quien, Soltar II


    


   Si disfrutas de la poesía y la literatura, comparto esta historia que continúa en un relato epistolar —minucioso, poético, contenido— que atraviesa, conecta y prolonga «Lágrimas de Cuenca».

«Si en la familia decir equivale a preocupar, entre amigos a normalizar y con los mayores a trivializar, ¿dónde queda todo lo que guardamos?»

Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.

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sábado, 2 de noviembre de 2024

Cartas a Quien, Sentido y entretenido





Si disfrutas de la poesía y la literatura, comparto esta historia que continúa en un relato epistolar —minucioso, poético, contenido— que atraviesa, conecta y prolonga «Lágrimas de Cuenca».

«Si en la familia decir equivale a preocupar, entre amigos a normalizar y con los mayores a trivializar, ¿dónde queda todo lo que guardamos?»

Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.

Disponible en:








miércoles, 30 de octubre de 2024

Cartas a quien, Vale





Si disfrutas de la poesía y la literatura, comparto esta historia que continúa en un relato epistolar —minucioso, poético, contenido— que atraviesa, conecta y prolonga «Lágrimas de Cuenca».

«Si en la familia decir equivale a preocupar, entre amigos a normalizar y con los mayores a trivializar, ¿dónde queda todo lo que guardamos?»

Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.

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martes, 22 de octubre de 2024

Cartas a quien, II





Si disfrutas de la poesía y la literatura, comparto esta historia que continúa en un relato epistolar —minucioso, poético, contenido— que atraviesa, conecta y prolonga «Lágrimas de Cuenca».

«Si en la familia decir equivale a preocupar, entre amigos a normalizar y con los mayores a trivializar, ¿dónde queda todo lo que guardamos?»

Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.

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lunes, 30 de septiembre de 2024

Cartas a quien, I


Si disfrutas de la poesía y la literatura, comparto esta historia que continúa en un relato epistolar —minucioso, poético, contenido— que atraviesa, conecta y prolonga «Lágrimas de Cuenca».

«Si en la familia decir equivale a preocupar, entre amigos a normalizar y con los mayores a trivializar, ¿dónde queda todo lo que guardamos?»

Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.

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viernes, 8 de marzo de 2013

El final de las historias (x)

Después de una mañana atrapado en vanos pensamientos, quehaceres hechos a la mitad y en el doble de tiempo seguía en el sendero de la duda, deambulando entre la idea de un mensaje o una llamada hasta la llegada de la tarde. Y no fue el sol de octubre sino el sabor maternal de un suculento almuerzo que me distrajo y suprimió mis vacilaciones. Tomé el celular con la temperatura en calma y mi tempestad hecha una fresca, sentí sumar dos más dos al  marcar su número. Mi primera certidumbre. Sin temor de oírle y aguardando con la misma reacción de quienes saludan por inercia, esperé su voz sin drama alguno, desde el invisible lado donde se encontraba. Algunos segundos de un monótono sonido y no tardó más su voz en su llegada.

Tengo dos cosas que decirte: La primera es que me muero por ir a Barranco y comer anticuchos y la segunda... Hmmm....
- Empieza siempre por la segunda, porque sé que la primera no la vas a olvidar. Es que yo tengo muy buena memoria. Cuando me digas lo mismo te lo voy a recordar...

Y sabes, como solías decirme, me asombra tu memoria. 

Caí en la cuenta de que algún error cometí al llamarle. Una voz desatendida pasó por alto mis pocas palabras,y una impresionante oquedad suprimió mi azorado ingenio, pues no llegué a tejer idea alguna, y mi socorro fue mutismo breve, antes de que una despedida sonara a "¡Basta!". Después de poner fin a su vacío, sentí caer al suelo su lejana ternura como un reguero de vidrio. La misma voz que entonó sonrisas saltándose los umbrales del encanto, y dejándome inquieto desbordado de ternura a kilómetros de distancia detrás de un telefono, se vistió de indiferencia y lo entendí al momento. Escampó ese diecinueve para mí, con la aridez de su voz, y la postura de un decir ajeno.
Me quedó un renuente reflejo de observar el celular. Y un "nunca más" se metió reptando por mi oído, esperando verme cogerlo para espetarme aquel recuerdo. Esa tarde, solo en el pasillo, cerca de la mampara aún con la luz de mi móvil encendido le di a tres pájaros de un solo tiro: mi ansiedad, un sueño y su recuerdo. Pero uno quedo en vuelo, pues todavía sigo escribiendo.

miércoles, 17 de octubre de 2012

El final de las historias

Toda la semana mencionaron su nombre: en los últimos ajustes para los estados financieros, en el análisis mensual de las finanzas de gerencia y hasta en las conversaciones casuales degustando remedio de oficina contra el sopor de la mañana, estaba ella. Ni siquiera sé si alguien le ha preguntado por mí. Sólo tuve muchos deseos de leer y de escribir, una ansiedad comprimida de hacer lo que no se puede, y en horario de trabajo lo que no se debe; y un inexplicable don de darle vida a los seres inanimados me tuvo rondando el teléfono de casa. No siempre se anhela tener la solución a cada problema y creo que esta vez quisiera tenerla. Aunque quizá este no es un problema. Pero he contado tantas veces como sucedió que me intriga saber que nada más que esperar, puedo hacer.

Con qué convicción dijo quédate, no podía negarme. Había gastado tantas horas esperando ese día que sentía el entusiasmo por mi, y con sus ojitos siempre alegres cuidaba que al menos hasta donde podía, todo saliera mejor. No te vas a arrepentir, será lo mejor, todos son de tu edad, y con su tierna bendición de madre angelical me dejó en la acera que estaba cerca de la entrada. Cargaba con una maleta llena de equipaje, mucho cansancio, un buzo holgado, y una sensación de frescura por el ventar de la noche. Al frente, un portón grande con una puerta en medio se abrió segundos después, y con más júbilo que orden se acercaron dos muchachos de aspecto juvenil pero extraño, un tanto despreocupado, aunque un aura acogedora hacia notar que tenían el espíritu en su sitio. Uno, tenía el peinado destruido. Surcaba sus dedos restregando su cabello mientras completaba el formulario con cada pregunta: ¿Nombre? ¿apellido? ¿edad? ¿dónde vives? ¿número de celular? ¿trabajas? El otro observaba con una tiesa sonrisa, paseando su mirada entre el formulario, mi maleta, y en fin algo que habría extraviado -es probable- en la obscuridad de la noche. Terminó con su última pregunta: ¿qué esperas del retiro? Nunca espero, sólo sé que va a suceder y en el mejor de los casos sólo espero darme cuenta, respondí.

sábado, 23 de octubre de 2010

Futuro indiferente (I)

Como pocas noches el aliento se le fue con ella. Una sola incertidumbre despejada en un cielo salpicado de tristeza. Taciturno, señero, frágil. Sintió la ausencia de la luna que ahogaba la única estrella en un azul obscuro y congelante. Frente a él no percibió los tantos rostros que miraban un indiferente al sonido de los autos, al bullicio de las palabras, al peligro de la hora tan cercana a la medianoche. Con la fuerza de la inercia llego a casa a paso seguro, entre pistas y veredas al ritmo del desánimo. Incauto de la rapacidad de esos lares tomó el segundo vehículo que pasó porque ni siquiera observó el primero y sentado ya en él, junto del conductor, el viento golpeó su rostro tantas veces como pudo, sus ideas eclosionaban en un líquido acuoso que no permitía salir -Siempre es de noche- pensó. Y la tristeza conmovió sus recuerdos -Las lágrimas que más duelen son las que no llegan a caer- recordó oír mucho tiempo atrás.

Había pasado tanto tiempo disfrutando de no enamorarse que creyó nunca hacerlo. Veía ese trance romántico de gustos, afectos, afectos y gustos y el paso de uno a otro como una isla lejana con un mar en medio para alguien que no sabía nadar. Así que poco temía.
Era de esos meses fríos en que uno no quiere salir de casa a menos que tenga un buen motivo o una inevitable obligación. Pasaba las noches tomando café. Y por algún maleficio del destino hacia de jugar con una pelota un placer sin lucro. Solo para eso dejaba su casa como vengándose del frío. Pero a partir de las ocho de la noche el ánimo deportista se transformaba en un rigor sedentario de oír música y conversar con gente que no veía y que en el mejor de los casos sabía que iba a ver. Fue en ese tiempo que de tantos sonidos de tantas sonrisas inquietas con su eco tras la pantalla notó el efecto... agridulce del interés de quien era.
Leía, cuando no escribía y cuando no escribía no sabía que hacer se encogió y expandió tantas veces su corazón. Las sonrisas brotaban como espuma al tecleo de las palabras y encontraba un romántico sabor a pasado entre cada sonrisa. Hacía de las horas minutos extraños que comenzaban con una palabra y terminaban con el final de la noche.
El frío se calentó. Nadar si sabía hacerlo. Cuando menos esperaba. La isla no estaba tan lejos.

Una pequeña sensación al recoger su cabello, al girar y sonreír pequeño consuelo y para hablar y decir pequeño argumento... pequeños detalles. Todo pequeño. -El amor es una palabra que padece de simetría una mitad tuya, la otra es mía- (...)

viernes, 23 de octubre de 2009

Cierto concierto

Escribir es uno de esos verbos que me vuelven loco, de necesidad perentoria y ayer más que nunca debí escribir lo que no pude decir antes del fin de la primera hora del día posterior al más largo que no he tenido hace dos años.
Con luces propias del juicio final se acercó Jesús no sé si en caballo o burro. Fue un destello permanente un sentirme momentáneamente ciego con la sola y humilde percepción de quien estaba delante de mí. Se iniciaba así la comedia, el drama, la venganza, la nostalgia, el amor, la locura y catarsis que desencadena el sonido plural y emotivo de una canción cuando toca el punto más álgido de la conciencia.
La masiva procacidad de un bien armado auditorio no pudo concebir la fragilidad femenina presente. Ni su propia femineidad retuvo el detonante encerrado desde adentro. Fueron ajos y pimientas, venganzas y rescoldos que pasaron como la electricidad en el cuerpo que dejó su última canción. Lejos.
No sé de dónde vinieron, no los esperaba, no estuve parado más de hora y media para obsequiarles mi facultad de oír. Todo eso pensé mientras dejaba pasar la única canción que está armonizando la impresión de no tenerte en estos días. Me oí decir... un grupo minúsculo, más minúsculo que su nombre y me equivoqué. Corrección a mi supuesto y algo más, dejo adherida esta canción, Sognare.
Mi pulsación era normal, atestada de intriga. Habría que notar la de todos los demás mientras se alistaban a sumar 3 + 1 en mi loca cabeza; luego algarabía... el vítor de un pueblo por la victoria de un general romano y en el incansable griterío recordé aunque no me gusta hacerlo Cuando no es como debería ser... ya después con el silbante hálito de un quejido soltó el vesánico romance So violento so macabro en el oído de una Julieta y por más póstumo que sea el amor e indescifrable mi duda a priori uno de los tantos latidos de esa, estas, la noche espetó que Los malaventurados no lloran.
Mi compañía era renuente al silencio y mucho más cerca... a mi derecha competentes fraternos con la misma intención que yo, a mi siniestra quien pudo ser un trémulo sobreviviente a la noche en que sucumbió el Titanic y frente a mí y en diagonal intermitente quien nunca supo un título, quien nunca supo la letra. Alguien me dijo después que nada habría sido igual sin la paciencia de su espera.
Conminados a la locura, en actitud de oración al demonio y una disfonía que pasaría al olvido un día después se retiraron los cuatro de Monterrey en un día que no olvido, con temblores que hacen ruido y una cálida semblanza de lo que despierto soñé. Con una bandera al dorso y lanzando baquetas cedió el off el interruptor con todo lo que quise cerca a mí esa noche para no sentir frío.