miércoles, 20 de noviembre de 2024

Cartas a quien, Siento



Seguramente ya no lee lo que escribo porque alguna de las cosas que mencionó fue algo así como «seguramente que ya encontraste a alguien y por eso estás apurado, y quieres todo para ya». Creo que fue la enésima vez que me dijo algo así. Como dejando la carga culpable o supuestamente culpable en algún lugar de mi costado. 

Una de las preguntas que más se ha repetido a todo escritor de distinta literatura es esta: «Si fuera Robinson Crusoe, el mítico náufrago solitario perdido en esa isla desierta, ¿escribiría sin esperar que nadie le lea?» Aunque me bastara mencionar solamente a Borges, no recuerdo uno solo que dijera que no.

Una de las palabras que más repetía cuando conversábamos acerca de algo, un tema inserto en una película, en una pintura o en una imagen, en la letra escudriñada de una canción, indagando su origen, su porqué, su consecuencia, su posible modificación... era siento. Ella iniciaba la explicación algo así: Siento que..., y se unía su cantar cubano en la voz a mi enamorada atención, mientras encarrilaba su idea. Juro que me animaba el verbo sentir en su explicación porque pensaba que era su total sinceridad arropada de palabras. Decía sin miedo, y yo apuntaba o memorizaba algunas de las cosas que decíamos, que ella me decía, y al final resumía todo en mis apuntes. Tantos apuntes.

Siento que el tiempo siempre está invicto, como los ojos del viejo de Hemingway. Nadie puede con él, nada puede contra él. El tiempo todo devora. «Han pasado tres meses y sigues igual», me dijo; «Han pasado tres meses y nunca pudiste aceptar que todo el derrumbe lo provocaste tú», no hacía falta decírselo, aunque quizá ella necesitaba oírlo.

Siento que quise un amor como el que veo en mis padres, como el que al viajar vi en los suyos: para vencer al tiempo, para unirnos a él.

A veces tomo el celular y siento ganas de llorar. Me es difícil contener mis emociones. No soy de aquellos que no dicen lo que sienten. Ya sabes, sonrío solamente si lo siento, no me nace fingir. A la diplomacia la desconoce mi corazón. Siento que fui correcto. Que viajé a ver a alguien por estas fechas, enamorado, y que me atreví a soñar, pero pisando el suelo. Que tomé casi toda la realidad de mi vida y la metí en dos maletas y una mochila para ver a la persona de la que me enamoré. Que fui responsable y sometí a criterio mi vida al regresar y que, contra toda mi mente, regresé.

Siento que no soy perfecto y que soy alegremente incorrecto. Que llevo la poesía dentro del corazón y que si lloro no es porque sea débil, es que tengo sangre en el pecho, y mis ojos dicen lo que lleva mi corazón, que siento dolor, que siento silencio. Que una música triste toca el ritmo de mis días y que, aun así, toca moverme, porque es lo que tengo, pero eso siento, eso siento.

Siento que no olvido porque no era parte de mi plan, que en mi alcoba, me atreví a planear una vida con alguien... que me dejó plantado en la cita de soñar. Que tocan horas nocturnas donde no busco a la tristeza, pero que es tanta la dicha sembrada... que me toca cosechar, y lloro, sentado en alguna banca vacía, buscando la forma de alguna sonrisa perdida que la noche me regala en el grito de los niños, en la proximidad de la Navidad.

Arriba, desde lo alto, en algo más parecido a una montaña, con mi familia sonriendo mientras escondo la cara tras la capucha... Me quedo quieto contemplando el lento atardecer y veo un largo fuego en el horizonte extinguiendo sus últimos destellos..., y me parece notar un candil al que ya no le queda más aceite que quemar; y su color apagándose se siente dentro, como un cálido sentimiento que conmueve mi mirada, y me pregunto... qué sucede, qué me pasa, qué siento, qué siento... Siento que solo deseaba ver morir la tarde abrazado de su lado; eso siento, eso siento.




***

«Si en la familia decir equivale a preocupar, entre amigos a normalizar y con los mayores a trivializar, ¿dónde queda todo lo que guardamos?»

Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.

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