Seguramente ya no lee lo que escribo porque
alguna de las cosas que mencionó fue algo así como «seguramente que ya
encontraste a alguien y por eso estás apurado, y quieres todo para ya». Creo
que fue la enésima vez que me dijo algo así. Como dejando la carga culpable o
supuestamente culpable en algún lugar de mi costado.
Una de las preguntas que más se ha repetido a
todo escritor de distinta literatura es esta: «Si fuera Robinson Crusoe, el
mítico náufrago solitario perdido en esa isla desierta, ¿escribiría sin esperar
que nadie le lea?» Aunque me bastara mencionar solamente a Borges, no recuerdo
uno solo que dijera que no.
Una de las palabras que más repetía cuando
conversábamos acerca de algo, un tema inserto en una película, en una pintura o
en una imagen, en la letra escudriñada de una canción, indagando su origen, su
porqué, su consecuencia, su posible modificación... era siento. Ella
iniciaba la explicación algo así: Siento que..., y se unía su
cantar cubano en la voz a mi enamorada atención, mientras encarrilaba su idea.
Juro que me animaba el verbo sentir en su explicación porque pensaba que era su
total sinceridad arropada de palabras. Decía sin miedo, y yo apuntaba o
memorizaba algunas de las cosas que decíamos, que ella me decía, y al final
resumía todo en mis apuntes. Tantos apuntes.
Siento que el tiempo siempre está invicto, como
los ojos del viejo de Hemingway. Nadie puede con él, nada puede contra él. El
tiempo todo devora. «Han pasado tres meses y sigues igual», me dijo; «Han
pasado tres meses y nunca pudiste aceptar que todo el derrumbe lo provocaste tú»,
no hacía falta decírselo, aunque quizá ella necesitaba oírlo.
Siento que quise un amor como el que veo en mis
padres, como el que al viajar vi en los suyos: para vencer al tiempo, para
unirnos a él.
A veces tomo el celular y siento ganas de
llorar. Me es difícil contener mis emociones. No soy de aquellos que no dicen
lo que sienten. Ya sabes, sonrío solamente si lo siento, no me nace fingir. A
la diplomacia la desconoce mi corazón. Siento que fui correcto. Que viajé a ver
a alguien por estas fechas, enamorado, y que me atreví a soñar, pero pisando el
suelo. Que tomé casi toda la realidad de mi vida y la metí en dos maletas y una
mochila para ver a la persona de la que me enamoré. Que fui responsable y
sometí a criterio mi vida al regresar y que, contra toda mi mente, regresé.
Siento que no soy perfecto y que soy
alegremente incorrecto. Que llevo la poesía dentro del corazón y que si lloro
no es porque sea débil, es que tengo sangre en el pecho, y mis ojos dicen lo
que lleva mi corazón, que siento dolor, que siento silencio. Que una música
triste toca el ritmo de mis días y que, aun así, toca moverme, porque es lo que
tengo, pero eso siento, eso siento.
Siento que no olvido porque no era parte de mi
plan, que en mi alcoba, me atreví a planear una vida con alguien... que me dejó
plantado en la cita de soñar. Que tocan horas nocturnas donde no busco a la
tristeza, pero que es tanta la dicha sembrada... que me toca cosechar, y lloro,
sentado en alguna banca vacía, buscando la forma de alguna sonrisa perdida que
la noche me regala en el grito de los niños, en la proximidad de la Navidad.
Arriba, desde lo alto, en algo más parecido a
una montaña, con mi familia sonriendo mientras escondo la cara tras la
capucha... Me quedo quieto contemplando el lento atardecer y veo un largo fuego
en el horizonte extinguiendo sus últimos destellos..., y me parece notar un
candil al que ya no le queda más aceite que quemar; y su color apagándose se
siente dentro, como un cálido sentimiento que conmueve mi mirada, y me
pregunto... qué sucede, qué me pasa, qué siento, qué siento... Siento que solo
deseaba ver morir la tarde abrazado de su lado; eso siento, eso siento.
Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.
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