Cuando volví de Cuenca, la primera distancia
que encontré en mis ojos fue la inconstancia del verde. Aquí hay distritos que
lo tienen, otros que no, y en mis ojos se había quedado la mezcla de
valle-ciudad como en un podio de aceptación visual. Lo otro que tomé por
condición era el aire cultural, la mezcla heterogénea de gentes, la sensación
de vida en la noche, constante y pertinaz; todo eso era Barranco, bohemio y
cosmopolita, pero no tenía valle, tenía mar. Y a su estancia venían gentes de
toda clase, a pasar por ese viejo puente de madera que tiene por tradición
sostener la respiración para que se cumpla un deseo, cualquiera que fuera.
He estado tantas veces aquí, con el piano de
fondo en mis oídos, que he podido apreciar las muchas veces que alguien le
explicaba esto a su pareja —sobre todo chicos, mayores o menores— siempre
explicando, a extranjera o no, notándole la vieja tradición hablada de ese
mito, para que juntos crucen aguantando la respiración, buscando en su mente
decir o pensar eso importante que deseaban cumplido. «Puente de los Suspiros»
se llama, el solo nombre evoca amor, y eso anda por aquí en el aura de la
gente, casi siempre cuando la tarde pierde su nombre y la noche impone su
rotundo color.
Recuerdo cuando hablamos de las playas. Sentí
una gran distancia entre las de Cuba de arena blanca o negra y tantas otras
lindezas que ibas narrando, y mi idea de playa en esta larga costa que bordea
el Pacífico, la costanera de Lima. Algo en mí se quedó vagando de esa dura
comparación, algo extraño que sentí en la distancia, y que me dejó sin
responder esa vez porque no le pude poner palabras.
Aquí, en Barranco, en sus barrancos, desde lo
alto y a lo lejos acercándose al mirador Recavarren, o desde el Puente de los
Suspiros y otros tantos miradores, se aprecia el atardecer como un evento que
entrega el día, durante breve o largo paso de tiempo. Y la gente se agolpa a
capturar ese trance, como un consuelo de saber que se llevaron un pedazo de ese
obsequio encuadrado en sus cámaras.
Un día, de esos domingos en que salía y recordaba
esa conversación, cuando todavía hablábamos por WhatsApp en las tardes,
mientras observaba la playa desde lo alto en el Malecón Grau, con la vista al
poniente y las numerosas barcas apostadas en la cala de La Herradura, pensé en
la gente que venía hasta este lugar, y que observaba el evento del atardecer o
que respiraba hondamente atesorando desde allí la línea que divide el mar del
cielo con el sol desprendiendo sus últimos colores. Estas personas, después de
minutos de pie allí, se iban, al parecer... más livianas. A estos lugares —como
al largo Malecón de La Habana, que bien conoces—, pienso que la gente viene con
algo que carga en sí, algo que no es bueno, algo que sobra, que duele o pesa o
que debe ser cedido y lo deja; y se lleva a cambio la belleza del lugar.
Los miradores de Barranco, el Malecón Grau, el
de La Habana y otros tantos lugares, deben parecerse mucho en esto: la gente
llega con algo malo que pesa, lo deja, y con un paso más vivo y ligero se va
con una sonrisa. Era tanta mi tristeza que tuve que acudir constantemente a
este lugar, a dejar y dejar... como el chico del barranco, que buscaba en el
ocaso de la tarde un color parecido al de las chispas apagándose en su callado
corazón.
Le debo muchísimo a este lugar; me dio en la
soledad un cobijo, con su silencio vespertino, sus bancas omnipresentes y cada
personaje que vi llegar: la señora que vendía chocolates declamando poesía y
que fue en su juventud enfermera del Hospital Carrión, el chico del barranco
que contemplaba inmutable el atardecer; el árbol en el parque central, con sus
flores y sus semillas amarillas regadas en su base que, junto a las amarteladas
parejas y los bulliciosos amigos, me hicieron sentir honda la soledad; la
fuerza de su frío que me obligaba a caminar, y su vida constante, que con el
piano en mis audífonos, me dio la impresión de que vivía, solitario, otra
realidad.
Mis noches con cada cigarrillo, reconociendo la
ruta de mi sistema respiratorio, para luego entenderlo como parte ínsita de mi
nueva asignatura. Barranco de las bodas a las 7 p.m. los sábados recordándome
que las promesas todavía existen, y que no están muy lejos de aquí. Barranco de
sus quinceañeras heladas, pero de digna indumentaria. Y Barranco, no voy a
olvidar, donde en mi momento de más honda tristeza, vi que llegabas cruzando la
calle, entre la gente del semáforo, para luego darme cuenta de que estaba
desvariando; fue algo que no quiero sentir jamás, jamás.
«Barranco, de perímetro acogedor: desde donde habita su flor más escondida hasta el lugar donde la mirada alcanza en sus lentos ocasos; como una gran y natural red de rescate —de esas que alguna vez viera usar a los bomberos en una antigua película de cine— entre su mar y su puente, soportó mi caída... cuando, empujado hasta el borde, viví el viejo reflejo de temerle a las alturas, ese miedo que solo conocen los que suben muy alto, los que, sin querer, se enamoran.»
Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.











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