Miraba el mar desde la larga costanera,
hasta donde se pierden las últimas luces,
acodado en la baranda.
Metros abajo,
sobre las rocas empotradas en la orilla,
amigos y parejas celebraban o conversaban;
su música variopinta se oía y se apagaba con el final de cada ola.
Vi niñas que jugaban a que el agua las atrapa,
y a alguna persona en aparente monólogo que,
enfocando con su móvil
—entre risas—
lo que veía, narraba.
He estado aquí tantas veces.
He sido todo lo que miro.
