Miraba el mar desde la larga costanera,
He estado aquí tantas veces.
—¿Te gustan mis fotos del cielo?
Solamente pienso en lo poco o mucho que he conseguido, en esta corta o larga casualidad, de estar, de sentir. Sonrío, porque Bianca mira al cielo y no hace tantas preguntas. Solo se deja llevar por lo que ve, y esa belleza intenta traducirla en sus fotografías.
—Dime pues, ¿te gustan?
—A ver... están preciosas...
Las miro detenidamente, las giro, me pierdo en el azul, intento encontrar la correcta posición del sol... y, entre ver las nubes, los destellos amatistas del ocaso y la inmensidad de esos pequeños recuadros, advierto la repetida trama de ese telar de las nubes.
—¡Dime! ¿Qué estás haciendo Gabriel? ¿Te gustan?
Y observándolas detenidamente, creo que intento leerlas. Quizá hay algo escondido, en esas formaciones que, de niño, me parecían solamente animales que cambiaban con el viento; quizá son mensajes que alguien podría desentrañarme para entender un poco más este momento, estos momentos que se han detenido en mí ya tanto tiempo.
—Mira: el cielo parece escribir una especie de mensaje con sus nubes. Qué lindo sería saber qué dice, ¿no? «Tus fotos parecen cartas del cielo»: las nubes son la tinta que, en el inmenso tapiz celeste, a fuerza de viento y contraluz del sol se hace palabra, se hacen palabras, que nos cuentan algo, que aún no logramos entender. Sería bueno poder leer el cielo, ¿no?
—Ay Gabriel, siempre me saca suspiros con lo que dice. ¿Entonces sí te gustaron?