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viernes, 14 de febrero de 2025

Starman



A David Bowie le parecía que la versión de "The man who sold the world" que interpreta Nirvana era muy triste; seguramente diría lo mismo de la de Matt Johnson, en el consolador canto acústico de su "Starman". Creo que sabía que de la tristeza han nacido creaciones de arte memorables, incluido el campo de la música, pero quizá simplemente no le agradaba ese sentimiento en su obra.

Eran más de las diez de la noche y regresaba de ese lugar donde no tocan Bowie, Queen o Nirvana; aunque, quizá, como ellos, con su música, también intentan arreglar los muchos corazones que se han roto por el paso del tiempo, dándoles un tono de fe con el que puedan afinar sus vidas. Se habían puesto de pie en el estrado, espontáneamente, uno por uno, a agradecer lo que el 2024 les había dejado. Y entre las muchas voces que atizaban el eco de esperanza en los oyentes del auditorio, Gael, el niño de 7 años que, con aplomo convencido primero y depuesto al silencio —debido al sismo de una emoción contenida— después, silabeaba entre lágrimas que agradecía a Dios o al destino que, luego del accidente en moto de su madre la tuviera viva y felizmente suya otro año más en su pequeña y corta vida. El pastor, con delicada sabiduría, le ayudó a terminar lo que en Gael ya era una mezcla de tristeza, fe y alegría atropellándose para salirle por la boca, y, entre aplausos, acalló su contenido sollozo imposible de parar.

Como su sollozo, resonaba en mi oído la frase «Un día voy a estar corriendo» de una mujer que, convencida, aleccionaba con la alegría de su enorme sonrisa, porque compartía que todo aquello que había recuperado en el año y lo que le quedaba por recuperar de la movilidad de su cuerpo era, con Él, con quien lo haría: con quien lo iba a solucionar; que no importaba si hoy no caminaba perfectamente, porque sabía que, un día no muy lejano correría, y sonreía mientras se disponía a repetirlo —no sé si con la boca o con el corazón. La fe puede sentirse como una luz que brota del espíritu, derramándose en un calor que desborda como lágrimas trazando caminos silenciosos por las mejillas. Así vi dibujarse esa fe en los rostros del auditorio, unida espiritualmente por el brillo de sus ojos.

Más tarde, con un trozo de vela cada uno y una llama tan cálida como amarilla, en canto personal y común, agradecían todos ordenadamente; y alcancé a oír, compartido e igual en mi pensamiento: «por mi familia, por esta familia y por las casualidades que da el destino». Diría que cada uno encendió el fuego de su estrella mientras orábamos cálidamente a Dios.

Las luces dentro de ese oscuro lugar y la ternura saliendo de cada palabra fue tanta... que me recordó a mirar las estrellas, cuando era niño y agradecía mis ojos, porque podía verlas tan bien que no dejaba de observarlas.

A veces miro el cielo y capturada mi atención siento una naciente nostalgia que se confunde entre mis recuerdos. Sé que cuando niño y lo recuerdo muy bien, el cielo desde la Villa de Buenos Aires era un espectáculo para mí, y yo me quedaba observando esa sincronía de luces titilantes. Mi vista era mejor: podía distinguir inclusive —lo recuerdo— el titilar de sus luces y la diferencia entre una y otra. Concentraba mi mirada en una, o un grupo, o un cúmulo como luego leí. Y notaba ese patrón uniforme al mirar. A veces lo que observamos no es una estrella sino un grupo, o una galaxia entera, cuya unión de estrellas la hace fulgurante, otras veces es tan solo una y es tan potente que hace lo que miles. Esas luces las sentía dentro de mí, lejanas y cercanas a través de mis ojos.

Solo recuerdo tres veces ver estrellas fugaces. La primera fue a esa edad justo desde el porche de mi casa, donde mi tío acostumbraba una y otra vez a pitar ese triste cigarrillo con la pierna flexionada sobre la piedra más grande que había, dejando una liviana estela de humo tras de sí, detenido admirando el cielo. Estaba con mi hermano que no la vio, y una estrella fugaz no se detiene a esperarte, simplemente la vi y él no. La segunda, fue en Cuenca, junto de alguien especial, que hoy por su ausencia acongoja mi corazón como el brillo de otra estrella que por lejana siento bella e inalcanzable; y creo que... ella tampoco la notó. Abrimos los grandes ventanales que cubrían el rellano de la escalera de ese edificio —donde ella vivía, en el cuarto piso— una noche que había acabado de llover copiosamente, justo después que el calor naciera —y notar que la noche era inmensamente estrellada— le pedí que observáramos atentamente, como recordaba hacerlo de niño y, oblicuas las miradas, quizá la vi o la vimos moviéndose rápido entre la multitud de luces del tapiz azulado del cielo: una raya brillante que desaparecía fulminada en su trayecto.

A veces recuerdo la frase de Carl Sagan: «estamos hechos de lo mismo que las estrellas» que, «el cosmos está dentro de nosotros». Que somos extraordinarios tanto como ellas: hechos para brillar. Y siento mezclada la tristeza y la fuerza que me da observarlas lejanas detenidas en el firmamento.

Enternecido por la velada y su oración de agradecimiento, terminada ya, camino por la acera, disociado de la multitud de gente que va y viene, con mis audífonos en modo cancelación de ruido y caigo en la cuenta de que Dios —o el viento— han despejado las nubes del lugar y que puedo ver arriba, claramente, cómo el espectáculo del cielo continúa agradeciendo mientras transcurre la noche. Alguien me hace señas y me pregunta hasta dónde voy. Resuelve que es muy lejos para ir caminando, increpa por qué no voy en vehículo; miro al cielo, y no sé manera de decirle que «no quiero dejar de contemplar cómo las estrellas, arriba, me parecen luces que agradecen: como niños con velas; que las quiero observar, que las quiero contemplar». Lo miro y le digo que me gusta caminar, que solo es eso y parece aceptarlo. Enciendo "Starman" y oigo la voz de Matt Jhonson con el sentido acorde del ritmo de su guitarra 
cavando en mi corazón, levanto la mirada mientras camino, y siento que... los recuerdos —lejanos como las estrellas— se acercan y se mezclan dentro de mí, y pienso que la tristeza y el agradecimiento son luces de una misma constelación, que ambas embellecen la vida y la llenan de sentido. Que, si he llegado a ese lugar, donde todos agradecen por las pruebas, por las tristezas que construyen su fe y su corazón, es que está bien, que no importa por qué llegué, que debo entenderlo, porque alumbra mi camino. Sigo caminando y el cielo me ofrece por tercera vez en mi vida una estrella fugaz —y un inevitable vacío que me agrieta y molesta, que fue sonrisa y que aún no cierra, me lleva a Cuenca—, y siento la tristeza de la melodía de la canción acudirme y devuelvo una lágrima, conmovido, en agradecimiento.









«Cuando estoy en la calle, de noche, y escucho esa canción miro al cielo fijamente, como quien presencia una batalla: mi tristeza luchando contra mi alegría; y pienso, sonriendo, que un héroe de colores bajará para ayudarme.»

 

XD/TT


jueves, 13 de febrero de 2025

Starman (Fr)

 



David Bowie trouvait que la version de « The Man Who Sold the World » interprétée par Nirvana était d’une tristesse accablante ; il dirait sans doute la même chose de celle de Matt Johnson, dans le chant acoustique consolateur de son « Starman ». Je crois qu’il savait que de la tristesse naissent des œuvres d’art mémorables, notamment en musique, mais peut-être n’appréciait-il tout simplement pas ce sentiment dans ses propres œuvres.

Il était bien passé dix heures du soir, et je revenais d’un lieu où ne jouaient ni Bowie, ni Queen, ni Nirvana ; bien que, comme eux, leur musique cherche aussi à recoller les nombreux cœurs brisés par le passage du temps, leur insufflant un ton de foi qui leur permet d’accorder leur vie. Sur l’estrade, chacun s’était levé spontanément pour remercier ce que 2024 leur avait laissé. Parmi les nombreuses voix qui ravivaient l’écho de l’espoir dans l’auditoire, il y avait Gael, ce petit garçon de 7 ans qui, d’abord avec une assurance convaincue puis réduit au silence par le tremblement d’une émotion contenue, articulait entre larmes des syllabes de gratitude, remerciant Dieu ou le destin que, suite à l’accident de moto de sa mère, elle soit restée en vie et heureuse, pour une année de plus dans sa vie courte et fragile. Le pasteur, avec une délicate sagesse, l’a aidé à achever ce qui, en Gael, était déjà un mélange de tristesse, de foi et de joie se heurtant pour éclater de sa bouche, et, sous les applaudissements, son sanglot insupportable fut apaisé.

Dans le même souffle, résonnait dans mon oreille la phrase « Un jour, je courrai » d’une femme qui, convaincue et rayonnante d’une immense joie, partageait que tout ce qu’elle avait retrouvé au cours de l’année et ce qu’il lui restait de recouvrer dans sa mobilité se ferait, avec Lui, avec celui qui l’aiderait à surmonter ; qu’il n’importait guère si, aujourd’hui, elle ne marchait pas parfaitement, car elle savait qu’un jour, pas si lointain, elle courrait, et elle souriait en s’apprêtant à le répéter – je ne sais si c’était avec la bouche ou avec le cœur. La foi se ressent comme une lumière jaillissant de l’esprit, se déversant en une chaleur débordante, tel des larmes traçant silencieusement des chemins sur nos joues. Ainsi, j’ai vu cette foi se dessiner sur les visages de l’auditoire, unie spirituellement par l’éclat de leurs yeux.

Plus tard, chacun, muni d’un petit morceau de bougie et d’une flamme aussi chaleureuse qu’un rayon doré, offrait ses remerciements dans un chant personnel et collectif, et j’ai entendu, partagé dans mes pensées, « pour ma famille, pour cette famille et pour les hasards que le destin accorde ». Je dirais que chacun a allumé le feu de son étoile pendant que nous priions chaleureusement à Dieu.

Les lumières tamisées de ce lieu sombre et la tendresse émanant de chaque mot étaient si intenses… qu’elles m’ont rappelé l’époque où, enfant, je remerciais mes yeux de pouvoir contempler les étoiles avec une telle clarté, sans jamais cesser de les observer.

Parfois, en levant les yeux vers le ciel, une nostalgie naissante, mêlée à mes souvenirs, capte mon attention. Je sais qu’étant enfant – et je m’en souviens très bien – le ciel sur la Villa de Buenos Aires était un spectacle pour moi, et je restais là, émerveillé, à observer cette synchronie de lumières scintillantes. Ma vision était alors plus nette : je pouvais même distinguer – je m’en souviens – le scintillement de chaque astre et la différence entre l’un et l’autre. Je fixais mon regard sur une, ou sur un groupe, voire sur un amas, comme je l’avais appris plus tard, et je percevais ce motif uniforme en contemplant. Parfois, ce que nous voyons n’est pas une étoile isolée, mais un groupe, ou une galaxie entière, dont l’union de ses astres les rend fulgurants ; d’autres fois, c’est une seule étoile, si puissante qu’elle éclaire comme des milliers. J’ai ressenti ces lumières en moi, à la fois lointaines et proches, à travers mes yeux.

Je ne me souviens que d’avoir vu des étoiles filantes à trois reprises. La première fois fut dans mon enfance, juste depuis le porche de ma maison, où mon oncle avait pour habitude de fumer sans relâche ce cigare triste, appuyé sur la plus grosse pierre, laissant derrière lui une fine traînée de fumée, immobile, contemplant le ciel. J’étais avec mon frère, qui ne la vit pas, car une étoile filante ne s’arrête pas pour attendre ; je l’ai simplement vue, et lui, non. La deuxième fois eut lieu à Cuenca, en compagnie de quelqu’un dont l’absence aujourd’hui afflige mon cœur, tel l’éclat d’une autre étoile lointaine que je trouve belle et inaccessible ; et je crois qu’elle non plus ne l’a remarquée. Nous avons ouvert les grandes baies vitrées qui couvraient le palier de l’escalier de cet immeuble, où elle vivait, au quatrième étage, lors d’une nuit où il avait plu abondamment, juste après l’apparition d’une chaleur naissante – et, constatant que la nuit était infiniment étoilée – je lui ai demandé que nous observions le ciel avec attention, comme je me souvenais le faire enfant, et, échangeant des regards inclinés, peut-être l’ai-je vue – ou nous l’avons vue – se déplaçant rapidement parmi la multitude de lumières sur le tapis azuré du ciel, une traînée brillante qui disparaissait, fulgurante, dans son sillage.

Parfois, je me remémore la phrase de Carl Sagan : « Nous sommes faits de la même étoffe que les étoiles », « le cosmos habite en nous ». Nous sommes extraordinaires autant qu’elles ; faits pour briller. Et je ressens, mêlée à ma tristesse, la force que m’inspire de les observer, immobiles dans le firmament.

Ému par la soirée et la prière de remerciement qui venait de s’achever, je marchais sur le trottoir, détaché de la foule qui allait et venait, avec mes écouteurs en mode de réduction de bruit, jusqu’à ce que je réalise que Dieu – ou le vent – avait dissipé les nuages, et que je pouvais voir, clairement, le spectacle du ciel continuant à rendre grâce tout au long de la nuit. Quelqu’un m’a fait signe et m’a demandé jusqu’où j’allais. Cette personne jugea que c’était trop loin pour marcher et me reprocha de ne pas prendre le véhicule ; je levai les yeux vers le ciel, incapable de lui expliquer que je ne voulais pas cesser de contempler comment les étoiles, là-haut, me paraissent être des lumières qui remercient – comme des enfants tenant des bougies – que je désire observer, que je veux admirer. Je lui dis alors que j’aimais marcher, que c’était simplement ce que je faisais, et il sembla comprendre. J’ai allumé « Starman » et, au rythme évocateur de la guitare de Matt Johnson qui creusait mon cœur, j’ai levé le regard en marchant, sentant que des souvenirs lointains, tels des étoiles, se rapprochaient et se mêlaient en moi, et je réalisai que la tristesse et la gratitude sont des lumières d’une même constellation, qui embellissent la vie et lui insufflent un sens. Si j’avais atteint cet endroit où chacun remercie pour les épreuves, pour les tristesses qui forgent la foi et le cœur, alors tout est en ordre, et je dois l’accepter, car cela éclaire mon chemin. Je continue ma marche, et pour la troisième fois de ma vie, le ciel m’offre une étoile filante ; je pense à Cuenca, je pense à toi, et je ressens la tristesse de la mélodie de la chanson m’envahir, alors je renvoie une larme, émue, en signe de gratitude.














«Quand je suis dans la rue et que j’écoute cette chanson, je lève souvent les yeux vers le ciel, comme si j’assistais à une bataille : ma tristesse combattant ma joie, et je souris en pensant qu’un héros haut en couleurs viendra à mon secours.»

XD/TT