Recordó aquella conversación, envuelto en
tristes pensamientos, mientras caminaba con su padre, porque la única manera
que conocía para dejar todo atrás era andar y, en su interminable andadura,
dibujaba con la luz de sus ojos, demacrado, el aspecto de la ciudad. Fue
entonces cuando su padre insistió, como interrumpiendo al viento, único
hablante traído por la costa.
—Entonces, cuéntame, hijo. Yo te escucho.
Y observando y andando, con la mirada fija en
las grietas de la acera, empezó a contar:
—Ayer conversábamos dos amigos y yo en la casa
de uno de ellos, y de lo mucho que dijimos, recuerdo esto:
—¿Qué es el amor? —lancé.
—¿El amor? —interrumpió convencida mi amiga, la
pesimista, con cierto desprecio en el rostro—. El amor no existe: aparece y
desaparece, y solo queda un momento.
—Hum… claro. Pero ese momento lo hace valer,
¿no crees?
—¡Nooo! —exclamó—. Ese poco que vives no es
amor; es ilusión —replicó.
—A ver, chicos, ¡tranquilos, tranquilos, por
favor! —dijo el tercero—. Una pareja vive frente a mi casa desde hace años. Él
está en sus cincuenta; ella… quizá también, pero el tiempo la ha afectado más:
no ve bien y no parece ya de su edad. Él permanece con ella, aun cuando podría
dejarla. Eso, para mí, es amor.
—¡No ves bien! —renegó la pesimista de nuevo—.
No la deja por pena. ¡Eso no es amor!
Entonces, no pude evitarlo, y levanté la voz:
—¿No ves que el tiempo da un valor invisible a
la persona con quien lo compartes? —y, como sabía que ambos se conocían ya más de
veinte años, agregué—: si tu amigo de tantos años muriera, con él se irían
todos esos recuerdos que con nadie más has compartido: risas que, en silencio,
nadie más podría comprender… quedarían impares, solitariamente incomprendidas.
Ella me miraba, pero murmuraba; no guardaba
silencio.
—Cuando compartes tiempo con alguien en una
relación, construyes algo que nadie, más allá de los dos, puede poseer… ¡recuerdos!:
hechos de sonrisas, de lágrimas… de tiempo. Ese valor no lo tiene la persona
que conociste ayer, aunque… su mirada fuera encantadora. Eso invisible que
otorga el tiempo solo lo reconoce quien está enamorado, el que elige un amor
compañero.
Entonces volvió la mirada hacia él, como
esperando que terminara.
Hace poco tiempo una persona que yo creía sabia,
me dijo, replicándome una frase que cité para hablar del amor: «En amor, solo
el principio es maravilloso. Por eso encontramos tanto placer en volver a
enamorarnos otra vez». Como protestando, quizá, fastidiada por aquello…
Y ladeó su mirada como retomando algo de
atención.
Me dijo convencida: «El amor es una elección».
Ella hablaba del amor que no se rinde a la emoción del abrazo reciente, de la
caricia que es nueva, del emocionante beso de la novedad; ese que entiende de
luz y de sombra; que sabe que existe un territorio de aciertos e imperfecciones
en quien te acompaña; que acepta grata abundancia y humana precariedad. Ese que
elige y discierne dónde alumbrar en medio de nuestra humanidad… ese amor. El
que perdura después de haber consumido todo el narcótico tiempo que transcurre
en un abrir y cerrar de ojos.
Y ya me estaba observando atentamente cuando
encontró en mi mirada que yo repasaba mis recuerdos. «Aunque ella nunca
consideró al tiempo al decir esa frase, y tarde lo preví», me dije.
—Te entiendo —dijo
mirándome el tercero, que se detuvo a pensar en silencio, como abrigando una
idea, y luego, cerca de mi amiga, envueltos en algo que no escuchaba, parecían
llenarse un vaso que estaba medio vacío a golpe de palabras, mientras yo
recordaba con la mirada.
Cuando hablaba así, con su padre, que de buen
talante le acompañaba a caminar —incluso con sus rodillas gastadas, su
cansancio añoso y su frío de hambre—, el duro padre de humano corazón le dijo
luego de oír todo lo anterior:
—Hijo, el amor es uno para unos y otro para otros
—dijo, acomodando el paso—. No todos
sienten igual ni se enamoran de la misma manera. El amor es lo que has dicho y,
muchas veces, adopta otras formas. No pienses que el amor es solo una elección,
como te dijo esa muchacha; recuerda que incluso las elecciones cambian.
Y se detuvo, quizá por descansar; mirando la playa, su
cuerpo algo arqueado, pero orientado
hacia la llanura, preguntó si sentía el frescor de la brisa. Entonces le dijo:
—La elección debe ser constante. Elegir algo de manera
invariable contra viento y marea no será ni parecido a elegirlo únicamente en
los días que la brisa refresca —y sonrió—.
»En el transcurso de la vida muchas cosas es el
amor... incluso, para una misma persona: no existe; es una elección, una
constante elección o un narcótico tiempo que, a veces, no queremos dejar...
para luego abandonarlo bruscamente; algo que motiva y, quién sabe qué más...
qué más en cada cual.
Acomodó su peso sobre el hombro del muchacho, apoyando
su palma, y le dijo después de un momento:
—La pregunta no es qué es el amor. La pregunta es...
¿qué es el amor para ti? Todos tienen una respuesta. Quien no, no puede darlo,
porque nadie da lo que no comprende. Y, con cada respuesta, espera una forma de
amor diferente.
»¿Recuerdas qué me dijiste un día, —y buscaba sus
ojos— al ver repetidamente esa frase en
tu computador?: «El poder de destruir y no usarlo en su contra»…? —Y se volvió
a la playa al no encontrarlos—. El tiempo todo devora, incluso las oraciones
más bonitas, las que llevan las más limpias promesas. ¿Sabes qué es el amor
para mí, hijo, cuando hablamos de parejas, de alguien a quien deseas amar?
«Planear un futuro con esa persona, mirarse mutuamente y luchar porque se haga
realidad, día tras día».
Cuando el padre terminó de hablar, él sonrió con un
escondido brillo en la mirada —quizá por no tener el abrazo de una cálida
respuesta—, pero la luz de su entendimiento ante estas palabras aclaró la bruma
de sus pensamientos, como antes el viejo Séneca hiciera con el joven Lucilio.
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