viernes, 28 de agosto de 2026

El retrato de Dorian Gray







"Behind every exquisite thing that existed, there was something tragic. Worlds had to be in travail, that the meanest flower might blow."



***

     Adentro, luego que los ojos recorren las líneas del párrafo, otros son los ojos que interpretan el sentido, los que rescatan la frase y detectan la palabra encallada... los que advierten la umbrosa semejanza. Esta inquisitiva mirada no resulta de algo fortuito: en la silueta del cuerpo, hay otro cuerpo hecho de tiempo.

***

     El capítulo once de El retrato de Dorian Gray es exactamente el aire de la habitación, el ripio que oí decir a Borges, el motivo por el que algunas novelas no me encantan. Por lo demás, qué inteligente escritor.
Desde un prólogo defensor de una historia con sus matices de profundidad y poesía, se va tejiendo una prosa que descubre oraciones rebeldes, hallazgos sagaces, comparaciones contundentes.

     Luego de leer a Han Kang con ese detenimiento que demanda el párrafo hondo, Wilde se desliza y, a ratos, anuncia el brillo ágil del puñal. 
Lo más revelador de una historia archiconocida a través de los años sería la potencia con la que una persona puede percudir o deterger una mirada. Y esto es realmente lo que me asusta: la fragilidad de un interlocutor ante otro que presenta la fascinante revelación de lo intuido que no llega a ser palabra. Enamorarse de alguien influenciable, qué triste.

     Siempre tengo en mente a Víctor Hugo: «Pueden cambiar las hojas, mas no las raíces». Qué difícil hallar a alguien así. Dorian cae, se despeña









martes, 25 de agosto de 2026

De soles y exploradores






El explorador conoció el sol.
El sol escribía.
Bailó en su luz hasta hacerlo anochecer.
Como comprendió que gustaba del día, siguió caminando.

El explorador vio otro sol.
Este sol dibujaba.
Con él perfeccionó su mano en el arte del trazo y del color, que resuelven la proeza de la más bella tarde; pero, al verlo atardecer, empezó a despedirse.
Porque los días son claros y la luz le gustaba.

El explorador no cesó hasta hallar un nuevo sol.
Cantaba sigiloso, por temor a que lo escucharan,
porque se hablaba de un ser que robaba la luz, dejando la noche.
Pero con los fuegos anteriores el explorador ya encantaba,
y, siendo ahora más parecido a un lucero, el sol, confiando, le cantó un amarillo como sueño del alba.

Embelesado de color, el ocaso cruzó ante los ojos del explorador,
y solo cuando oyó «¿y vas a quedarte?» reparó en que la última nota descolorida de claridad daba principio a la noche.

Y partió sin despedirse, porque ya no había más luz que pudiera notar.
Triste, el sol burlado cantó la oscuridad de su partida.
y ya sin brillo, no se le vio más en su lejana constelación.

El explorador seguía buscando, pero no encontraba ninguna presencia meridiana.
Sin embargo, lentamente, notó el calor de una luz.
Un fulgor imposible encendió sus ojos.
Y, sonriendo orgulloso, reconoció que era suya.
Le brotaba radiante su primer mediodía
y en los límites de su órbita guardaba rastros de sí.

Alumbrando tan lejos como su alma podía,
no tardó en descubrir que compañía.
Se acercaba fatigado, guiado por la colosal combustión, 
como si ya estuviera escrito; un ser que hablaba rotundo, palabras como chispas, nacidas de la larga oscuridad que había dejado tras las eras.

El explorador notó que los haces, luminosos,
caían oblicuos, rendidos, sobre aquel ser.

Y este, arrobado bajo el destello, observaba,
como si en aquel resplandor hubiera encontrado
eso que tanto había buscado.

«Qué hermosa es tu luz».










viernes, 21 de agosto de 2026

Kora

 





        Debe ser entre los doce y los catorce años cuando te haces una de esas heridas grandes en alguna parte del cuerpo, por lo general en las extremidades. Tras unos días, nace la costra que, blanda al principio, escuece recubriéndolo todo hasta endurecerse, tornándose oscura, pétrea. Tiempo después, si la herida fue extensa, la costra comienza a cuartearse: caen pedazos sueltos por los bordes, y luego más, hasta que solo queda uno, que conserva una especie de raíz prendida, como encarnada. 

        No cede, y se engancha a las prendas o, al rozar con las cosas, causa dolor. Entonces, un día o una noche, te sientas a observarla como algo que ha sido y que ahora solo duele sin razón, para tomarla y, quizá con un último y pequeño tirón profundo, arrancarla de una vez. 

        Nadie dice que las cosas se repetirán, pero tampoco que cada nueva herida —siempre en un lugar distinto, siempre con su propio borde irregular— hará que aquella primera costra, la que no quería soltarse, no haya sido más que el primer ensayo.








Cartas a quien

 




Cartas de quien no pudo decir más a esa persona
porque ya no se encuentra a su lado, pues decidió abandonar.
Escritos a manera de relato, con una mirada íntima, memoriosa y poética.
Expresión de viva nostalgia
porque no todos deseamos ponerle un final a nuestra relación,
ni todos aplicamos como solución categórica ese
verbo manido que solo, al menos yo,
uso cuando dejo caer algo como un lapicero, no personas,
soltar.







Cartas a quien, prólogo.

 



Antes de la instantánea comunicación de las redes sociales, el WhatsApp o los mensajes de texto, las cartas, misivas o epístolas, como quieras llamarlas, habían ocupado un lugar histórico, romántico y privilegiado a lo largo del tiempo.

 Son conocidas Las desventuras del Joven Werther, novela epistolar, donde Goethe, en el paroxismo del romanticismo alemán, da voz a un joven llamado Werther mediante cartas que expresan su cotidiano y no correspondido amor; las Cartas a un joven poeta en las que Rainer Maria Rilke sondea con sabia belleza los hitos que todo joven aspirante a ser poeta debe considerar; o la manera en que un mozo Florentino Ariza, tímido y triste, alcanza y enciende el adolescente corazón de una ajena Fermina Daza en El amor en los tiempos del cólera, novela donde el genial Gabriel García Márquez nos adentra en los confines del tiempo en el amor.

 La grandeza de la carta, como excusa o medio para decir con brío, ha dado lugar a innumerables escritos. Pero ¿qué sucede cuando el deslave de las emociones alcanza el cenit o quizá la sima de la tristeza, y no hay oyente que aprecie el dolor cotidiano de aquello que se revela?

 Las siguientes hojas —monólogos a veces, diálogos a una extraviada oyente otras— buscan capturar la obstinada estadía de la nostalgia en la solitaria alcoba de nuestras ilusiones, el corazón. Volviendo sobre momentos perdidos que solo la memoria del enamorado guarda como celosa antología, para confrontarlos con un ahora distinto, de realidad y silencio, donde la emoción y la razón pugnan como espectáculo íntimo que solo los ojos de quien ama alcanzan a mostrar.

 Así, entre el relato y la confesión, se cuenta la pérdida, la ausencia y el dolor de un amor que, en tiempos de Instagram, olvidó su cotidiana conexión.





lunes, 17 de agosto de 2026

Cartas a quien, I

 





Recordó aquella conversación, envuelto en tristes pensamientos, mientras caminaba con su padre, porque la única manera que conocía para dejar todo atrás era andar y, en su interminable andadura, dibujaba con la luz de sus ojos, demacrado, el aspecto de la ciudad. Fue entonces cuando su padre insistió, como interrumpiendo al viento, único hablante traído por la costa.

—Entonces, cuéntame, hijo. Yo te escucho.

Y observando y andando, con la mirada fija en las grietas de la acera, empezó a contar:

—Ayer conversábamos dos amigos y yo en la casa de uno de ellos, y de lo mucho que dijimos, recuerdo esto:

—¿Qué es el amor? —lancé.

—¿El amor? —interrumpió convencida mi amiga, la pesimista, con cierto desprecio en el rostro—. El amor no existe: aparece y desaparece, y solo queda un momento.

—Hum… claro. Pero ese momento lo hace valer, ¿no crees?

—¡Nooo! —exclamó—. Ese poco que vives no es amor; es ilusión —replicó.

—A ver, chicos, ¡tranquilos, tranquilos, por favor! —dijo el tercero—. Una pareja vive frente a mi casa desde hace años. Él está en sus cincuenta; ella… quizá también, pero el tiempo la ha afectado más: no ve bien y no parece ya de su edad. Él permanece con ella, aun cuando podría dejarla. Eso, para mí, es amor.

—¡No ves bien! —renegó la pesimista de nuevo—. No la deja por pena. ¡Eso no es amor!

Entonces, no pude evitarlo, y levanté la voz:

—¿No ves que el tiempo da un valor invisible a la persona con quien lo compartes? —y, como sabía que ambos se conocían ya más de veinte años, agregué—: si tu amigo de tantos años muriera, con él se irían todos esos recuerdos que con nadie más has compartido: risas que, en silencio, nadie más podría comprender… quedarían impares, solitariamente incomprendidas.

Ella me miraba, pero murmuraba; no guardaba silencio.

—Cuando compartes tiempo con alguien en una relación, construyes algo que nadie, más allá de los dos, puede poseer… ¡recuerdos!: hechos de sonrisas, de lágrimas… de tiempo. Ese valor no lo tiene la persona que conociste ayer, aunque… su mirada fuera encantadora. Eso invisible que otorga el tiempo solo lo reconoce quien está enamorado, el que elige un amor compañero.

Entonces volvió la mirada hacia él, como esperando que terminara.

Hace poco tiempo una persona que yo creía sabia, me dijo, replicándome una frase que cité para hablar del amor: «En amor, solo el principio es maravilloso. Por eso encontramos tanto placer en volver a enamorarnos otra vez». Como protestando, quizá, fastidiada por aquello…

Y ladeó su mirada como retomando algo de atención.

Me dijo convencida: «El amor es una elección». Ella hablaba del amor que no se rinde a la emoción del abrazo reciente, de la caricia que es nueva, del emocionante beso de la novedad; ese que entiende de luz y de sombra; que sabe que existe un territorio de aciertos e imperfecciones en quien te acompaña; que acepta grata abundancia y humana precariedad. Ese que elige y discierne dónde alumbrar en medio de nuestra humanidad… ese amor. El que perdura después de haber consumido todo el narcótico tiempo que transcurre en un abrir y cerrar de ojos.

Y ya me estaba observando atentamente cuando encontró en mi mirada que yo repasaba mis recuerdos. «Aunque ella nunca consideró al tiempo al decir esa frase, y tarde lo preví», me dije.

—Te entiendo —dijo mirándome el tercero, que se detuvo a pensar en silencio, como abrigando una idea, y luego, cerca de mi amiga, envueltos en algo que no escuchaba, parecían llenarse un vaso que estaba medio vacío a golpe de palabras, mientras yo recordaba con la mirada.

Cuando hablaba así, con su padre, que de buen talante le acompañaba a caminar —incluso con sus rodillas gastadas, su cansancio añoso y su frío de hambre—, el duro padre de humano corazón le dijo luego de oír todo lo anterior:

—Hijo, el amor es uno para unos y otro para otros —dijo, acomodando el paso—.  No todos sienten igual ni se enamoran de la misma manera. El amor es lo que has dicho y, muchas veces, adopta otras formas. No pienses que el amor es solo una elección, como te dijo esa muchacha; recuerda que incluso las elecciones cambian.

Y se detuvo, quizá por descansar; mirando la playa, su cuerpo algo  arqueado, pero orientado hacia la llanura, preguntó si sentía el frescor de la brisa. Entonces le dijo:

—La elección debe ser constante. Elegir algo de manera invariable contra viento y marea no será ni parecido a elegirlo únicamente en los días que la brisa refresca —y sonrió—.

»En el transcurso de la vida muchas cosas es el amor... incluso, para una misma persona: no existe; es una elección, una constante elección o un narcótico tiempo que, a veces, no queremos dejar... para luego abandonarlo bruscamente; algo que motiva y, quién sabe qué más... qué más en cada cual.

Acomodó su peso sobre el hombro del muchacho, apoyando su palma, y le dijo después de un momento:

—La pregunta no es qué es el amor. La pregunta es... ¿qué es el amor para ti? Todos tienen una respuesta. Quien no, no puede darlo, porque nadie da lo que no comprende. Y, con cada respuesta, espera una forma de amor diferente.

»¿Recuerdas qué me dijiste un día, —y buscaba sus ojos— al ver repetidamente esa frase en tu computador?: «El poder de destruir y no usarlo en su contra»…? —Y se volvió a la playa al no encontrarlos—. El tiempo todo devora, incluso las oraciones más bonitas, las que llevan las más limpias promesas. ¿Sabes qué es el amor para mí, hijo, cuando hablamos de parejas, de alguien a quien deseas amar? «Planear un futuro con esa persona, mirarse mutuamente y luchar porque se haga realidad, día tras día».

Cuando el padre terminó de hablar, él sonrió con un escondido brillo en la mirada —quizá por no tener el abrazo de una cálida respuesta—, pero la luz de su entendimiento ante estas palabras aclaró la bruma de sus pensamientos, como antes el viejo Séneca hiciera con el joven Lucilio.




***


Si disfrutas de la poesía y la literatura, comparto esta historia que continúa en un relato epistolar —minucioso, poético, contenido— que atraviesa, conecta y prolonga «Lágrimas de Cuenca».

«Si en la familia decir equivale a preocupar, entre amigos a normalizar y con los mayores a trivializar, ¿dónde queda todo lo que guardamos?»


Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.

Disponible en:







viernes, 14 de agosto de 2026

El traductor

 



—Cuando te dicen no, es no.

—¿Y cuando te dicen nada?

—A veces, nada dice más que no.

—Y por qué a veces, ¿por qué no siempre?

—Porque el silencio es un idioma y...

—¿Un idioma? ¡Cómo un idioma!

—Sí. Y, como todos los idiomas, se presta a demasiadas traducciones.

—Entonces el problema... no es el silencio.

—No. Casi siempre es quien lo traduce.