La manera simbólica de decir lo que sientes,
donde a veces uno, sin más, desea quedarse.
Hoy soñé
Hoy he sido
Hoy he ido
—Dígalo con poesía.
—Diría su nombre y su apellido, y al costado: «La verdad es que hay gente que es una real &%$/!!!» ¿Me entiende?
—Con poesía.
—Ehm... «Que la religión muchas veces es otra manera de encubrir la oscuridad de las personas».
«Un 21 de marzo celebraba solo en mi instagram este día, sin más. En tímido video que observaba tan solo una persona y que elogiaba en único comentario: «Mi poeta».
Repaso y miro: mi descuidada cuenta de Instagram tiene solo recuerdos archivados.
A veces me viene una gana ubérrima de gritar preguntando: ¿por qué paraste todo?
Lo peor de todo es que lo sé, pero alguien dentro de mí quiere saber otra respuesta, un punto seguido de razones que confiesan, otra forma de la verdad que no existe.»
«Pudiste haberme dicho ya no, ya no más. No esperes. No hace falta que esperes dos meses. Y lo hubiera entendido, y hoy mi memoria estuviera en paz. Pero te fuiste sin decirlo y desapareciste para que yo mismo complete la historia.»
Moby Dick de Herman Melville —libro grande y gran libro—, me empuja a
decir que el que escribe revela en sus primeras hojas tener a un poeta en la
narrativa; y en ella, una cercana o mundana, pero cuando conviene, elevada
comparación. De la «filosófica caída de la espada de Catón» al «pacíficamente
embarcarse», del «sustituto del suicidio» a «la otra manera de combatir la
melancolía»: el porqué de una aventura (a la mar / o el mar como pulsión) se hila, explicada desde variada altura: una aventura identificable para cualquiera.
A veces,
sencillamente, también yo, en el mudo riel de la tristeza —bullentes los
apremios del tráfago del día, cuando hondo el parásito de la melancolía—. solo
advierto una salida: ir al mar. Verlo. Y, quizás, en su sonido experimentar la voz
de una aventura, de la promesa de otra aventura por venir; en el rigor que
aplasta la arena, como a la tristeza de mi pecho, la ola que forma la orilla
mueve o endereza mi centro.
La bella
narración, que es poesía, va camino de otro punto final, y me recuerda ese viejo
adagio que tan cierto encuentro: «el arte no tiene tiempo».
Que, salvo
luminosas excepciones —y varias quizás—, casi siempre que vuelvo a un clásico, me
convenzo de esto: que lo más bonito, que lo más importante... ¡vamos!, que lo
mejor ya está escrito.
Y que debes
renunciar a creer que la palabra moderno, moda, o… tendencia, son guías cimeras
para saber, para aprender, para dotar.
El arte no tiene tiempo: Moby Dick lo refrenda. En dos capítulos, dos maneras de embalsamar el cuerpo de la narración con los aceites propios de la poesía.
Una parte, al final de su segundo capítulo, así lo muestra:
[... «Por
lo que respeta a este borrascoso Euroclydon —dice un escritor antiguo, en libro
cuya única copia existente poseo yo—, supone muy considerable diferencia el que
se le observa desde una ventana de cristales, donde la escarcha queda toda al
exterior, o desde otro sin marco, en cuyo caso la escarcha se expande a ambos
lados. En esta última ventana la única vidriera es a condenada muerte».
«Verdaderamente»,
pensaba yo mientras este párrafo me venía a la mente, «que no te falta razón,
viejo amigo». Sí, esos ojos son ventanas y este mi cuerpo es la casa. ¡Qué
lástima que no acudan a tapar las grietas y rajas y pongan un poco de lino aquí
y allí! Pero ahora ya es tarde para acometer mejoras. ¡Qué hermosa noche
helada! ¡Cómo brilla Orión! ¡Y al norte, qué luces! ¡Hablémosles de sus veranos
orientales, regiones de eternos invernaderos! Dadme el privilegio de crearme mi
propio verano con mi propio carbón.]
No tan temprano,
desayuno lo que encuentro en la mesa y una taza de café;
luego ordeno la cama,
y, a veces, tomo el celular solamente para reír.
Pero no es suficiente.
Hago algo de deporte,
y el espejo me asegura que ya soy yo
—o, quizá, que lo aparento mejor—.
La ducha refresca el cuerpo y el espíritu;
meriendo austero lo que veo,
y satisfecho agradezco...
Pero, no es suficiente.
Entonces salgo de casa
y camino unos minutos hacia el malecón,
por la vera de la gente, hacia lo alto, junto del acantilado;
el horizonte revela al sol, coronando el azul del cielo
sobre la eterna paciencia de las olas, ponerse;
y diezmando sus colores,
parece,
que Dios entrega a la distraída platea otro lento atardecer.
Algo del mundo ingresó por las miradas
y se ha prendado, acariciando de modo incierto, mi corazón;
sonrío en silencio entre la multitud presente
y, pienso sentado, ya sin esfuerzo
que me descubro inmerso dentro del cuadro de la poesía de Dios,
donde no importan los porqués,
porque si soy presente,
entonces ya es suficiente...
ya es suficiente.
«Qué delicadeza de foto. Diría que un modernista japonés pintó el cuadro en la salita de su pequeña casa tradicional —lento el trazo, descalzado y de cuclillas—, a la luz de la puerta corrediza hacia un jardín de cerezos, cuyo aroma lejano —como su niñez— le figuraba la pequeña luna que pinta para recordarla.»
Pacífico Viento,
al pie del barranco,
que a la ola del mar paseas,
como hierba que ondea en el campo,
me ha traído tu paz, sobre esta banca de muda madera,
acunando mis ojos cerrados,
a preguntarme: ¿a quién, solitario, recuerdan,
tus ojos de otoño engastados?
Y un colibrí que revuela
ha trinado: «Cuenca», han dicho sus labios.
«Cuenca,
¿a dónde ha ido…
el naranja rojizo de tus tejados,
lienzo que vi del cielo,
con su marco de valle verdecido,
bajo un azul de sol apostado
que a sus ríos pincela de fiesta…?
Cuando la puesta nace,
su viento cifra el fermento
de una cárdena tarde,
que al áureo sol el Ande duerme
como moneda entre los valles,
y pinta de estrellas la lenta noche
y enciende en azul sus catedrales…
A la noche,
cuando canta la glorieta,
su gente acude a festejarle;
diciembre de luminoso romance,
del Calderón a sus callejas,
de sus callejas a su valle;
regálame otra vez tu lluvia buena
por la que el pastor ora para el río,
que cuando empieza, canta y resuena,
que es chispa de amor bendecido.
[...]
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La memoria y las emociones están tan enraizadas que es difícil entender la espiral que generan los recuerdos. Acendrar, un remolino, una interminable composición de imágenes refulgentes conectadas por palabras... la duda aplicada a esta... [..]Arma o refugio, Lágrimas de Cuenca disponible en Amazon.
Que nada le aflija,
que olvide el “te quiero”,
que ausente la magia de amor un momento;
que sueñe en la cama
y no lo haga despierto,
que bese y no sienta el amor en sus besos;
que olvidar sea un deporte,
que mentir sea correcto,
que aligere la carga de todo sentimiento;
que use la razón,
que sea amor por defecto,
que el abrazo y el beso sean dos partes de un juego.
Que el catorce sea trece,
que no exista febrero,
que al llegar ese día haga fiesta en mi duelo;
que al amor sienta el frío
como un cubo de hielo,
que el suspiro sea tos que le enferma a momentos;
que no digas “no puedo”,
que me digas “te entiendo”,
que mañana de pronto ya no sigas latiendo,
yo que intento arreglarte,
pero nunca estás quieto.
¿Ves? tristeza es a amor como fin a comienzo.
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Los puntos suspensivos es un signo que interrumpe una idea, porque se sabe qué continúa, o porque la deja inconclusa, quizá una acción. Me encantan, a veces los cuentos terminan con puntos suspensivos, incluso cuando el punto es final. En la vida, en la vida de las relaciones [...]
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De alguna manera,
que no sabes, ni entiendes,
mi corazón coopera
y me apagas y me enciendes.
Yo sé bien que no lo intentas,
sólo sonríes y te alegras,
mientras en mí algo se detiene.
Soy culpable.
Te miro y me sujetas,
el tiempo dura eternamente,
y cuando más quiero te alejas,
y me apagas y me enciendes.
Es triste ver el cielo así,
cayendo poco a poco me parece
que no pudiéndome decir
resuelve hacer de gotas preces.
Tú sonríe y mira siempre,
pon la luz entre la gente,
yo haré de mí un efecto error
y de este sueño un sueño inerte,
pues la tristeza no es tristeza,
es mi corazón que no comprende,
que, de intentar ya tantas veces,
ni se apaga, ni se enciende.
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Cuando pude —ya que le escribía constantemente y guardaba en mi libreta nuestro diario compartir— aprovechaba breves lapsos de tiempo y, entre mi trabajo y todo lo dicho, anotaba una idea, una frase renuente en mi memoria o una pareja de palabras que, de no hacerlo, solo se iría de mí. Esto sería el tronco con el que formaría un precioso mueble que soñaba entregar como obsequio inmarcesible… y que no pudo ser. [...]
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Finalmente, la voz —tanto por su entonación como por el modo de emplearla— hace de un párrafo algo que se ha grabado profundamente en la memoria o algo que no se entendió del todo. Un poema puede ser precioso o rico en profundidad, pero, leído de cierta manera, carece de alguna de sus tantas bellezas: la sonoridad y la aprehensión que este detenta.
Leer es un verbo libre; se realiza como uno más placer siente. Sin embargo, [...]
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Cuenca es una ciudad de Ecuador en la provincia de Azuay, a unos 2500 metros sobre el nivel del mar. Oficialmente se llama Santa Ana de los Ríos de Cuenca, y como su nombre «explícito» indica, es una cuenca: un valle rodeado por cuatro ríos que le dan un contorno verde tan intenso como al de una hoja que acaba de nacer. El centro histórico está habitado por casas de variada forma y tamaño, las más, en armonía con la naturaleza que las rodea llevan el color terracota en sus amplios y largos tejados, que cuando llueve toman ese tono naranja rojizo, que, por ser tan vivo ante mis ojos, creo que nunca olvidaré. La lluvia es muy importante y marca en parte el ritmo de los días, cuando es abundante paraliza la cotidiana vida de su gente, entonces salir a correr o ir a pasear al Parque de la Madre es una idea pensada solamente detrás de las ventanas, otras personas deciden salir con paraguas inclinados por la belleza de observar el lugar bajo el brillo de la lluvia. Cuando escampa y, al contrario, el cielo se ausenta de tocar el suelo durante mucho tiempo, en las Casas de Dios oran por su pronto retorno, porque sus ríos beben de la lluvia de ese cielo y Cuenca vive bebiendo del frescor de sus ríos. El sol, muy temprano, después de una noche de pleno aguacero, aparece con un brillo que azula el contorno de las lejanas montañas y limpia el cielo con sus haces amarillos, bordando con cada nube el sereno celeste del firmamento; cantan las aves escondidas detrás de las ramas, respirando la vida que comienza para darle encuentro, empezando en simultáneo color y sonido, el tiempo se hace franca poesía, naciendo del silencio, y sucede todo lento, tan naturalmente lento. Entonces, estás de pie tras la ventana de la terraza de una casa alta, acompañado por alguien o tal vez en soledad, y admiras algo tan simple en el curso de una vida, como puede ser contemplar la mañana.
Cuenca es el lugar al que fui [...]
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«Para eso no sirve»
Es una frase que nunca olvidaré. La dice Melquíades a José Arcadio en Cien años de soledad, cuando este último, en lugar de ver en la lupa un objeto para ampliar la imagen, descubre en ella un arma: bajo el sol, la lente no solo amplifica, también quema, incendia.
Este poemario no sería lo que es si el tiempo hubiera tomado otro rumbo. Como el sol a la lupa, el destino le otorgó una condición que no preví, una que jamás imaginé y que, de haberla visto antes, quizá también habría desechado con un «para eso no sirve». Pero no fue así. Y hoy, convertido en algo que no busqué, Lágrimas de Cuenca es lo que es: tal vez un refugio, tal vez un arma, tal vez ambas cosas. Un refugio de la soledad, un arma contra ella.
Las lágrimas, involuntarias y empujadas por la abundancia del corazón, sellan y disuelven las grietas de lo que se soñó, de lo que no fue, de lo que ya no será… y de todo lo que queda.
«Poemario desafortunado, que planeaba hacer,completar y obsequiar; teje las memorias quecompartí, que compartía... del inicio, el albor,las vicisitudes y el triste final de una relaciónque esperaba como agua de mayo. Lienzopintado con emociones de la mirada íntimade una persona que conoció el amor.»
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Creo que fue aquella noche cuando escuché lo terrible de su voz en casa de Aldo; convertida en alguien que no era, poseída por la decisión inapelable de colocar un tránsito solitario e inexplicable entre la vida de ambos, contra el paso de los hitos marcados a promesas; acallando los acordes que pretendían construir, eterna, una canción compartida, se me preguntaba indolentemente: «¿Acaso no puedes estar solo? ¿Es que todo tiene que ser para la relación?» Como conclusión de solicitarme ese tramo llamado... dos meses.