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viernes, 3 de octubre de 2025

Luces y sombras - I





En el silencio, nostalgia o anhelo.

Ayer leí de un hombre que ya había coronado su vida económica, 
centrado en lo que verdaderamente tenía: 
 —Pero, en la noche... cuando quedaba la casa vacía, siempre pensaba en... —y la nombraba. 

Puedes viajar, rodearte de amistades o beber hasta el sueño. 
Pero, como la muerte llega siempre te alcanzará el silencio,
que te recuerda: nostalgia o anhelo. 
Quién eres, lo perdido, lo que buscabas... lo que no está completo.



domingo, 28 de septiembre de 2025

Soledades - VI (EN)

 




i am the bass of an electric guitar
calm and faint, slow
that holds the note
and defends, steady,
its quiet sadness.

the heartbeat of a time
that’s gone
begins:
one by one it scatters memories,
spaced and deep,
the strike of the drumstick.

the singer’s voice
doesn’t try to outrun me,
and translates into words what I confess
each time this song returns.

and though there are three of us, we come together —
loss reunites us;
on this small stage
of modest light
we sing the lost things,
what time carries away...

tear,
silence of the road,
first true night;
we offer this performance to the sky
to, slowly, watch the stars dance...

and I know well.
refusing to look at joy
doesn’t make us welcome:
the shadows dissolve
they murmur; they yawn...

bright 
once was  this song,
hear the lament that remains,
music of a heart —
its firm and quiet sadness.


miércoles, 13 de agosto de 2025

Soledades - VI






soy el bajo de una guitarra eléctrica
calmada y tenue, lenta
que sostiene la nota
y defiende, firme,
su tranquila tristeza.

el latido de un tiempo
que ha partido
comienza:
uno a uno salpica recuerdos,
espaciado y hondo, 
el golpe de la baqueta

la voz del cantante
no busca ni pretende rebasarme,
y traduce en palabras lo que yo confieso
cada vez que vuelve esta canción

y aunque somos tres, coincidimos 
perder nos reencuentra;
en este pequeño escenario
de luz que luce discreta
cantamos lo perdido
lo que el tiempo se lleva...

lágrima,
silencio del camino,
primera noche verdadera;
rendimos al cielo esta función 
para, lentas, ver danzar las estrellas...

sé bien.
no mirar la alegría 
no nos hace bienvenidos:
las sombras se diluyen
murmuran; bostezan...

aguda fue un día esta canción,
oíd el lamento que queda,
música de un corazón
su firme y tranquila tristeza.



domingo, 13 de julio de 2025

Yo, mí, me, conmigo




                     No tenía
                     tuve
                     y dejé de tener

                     si tan pronto
                     como llegas te marchas
                     para qué la molestia de visitar

                     este lugar
                     hecho de echar en falta
                   este lugar
                     que siempre
                     es mi lugar




 

viernes, 21 de marzo de 2025

Poesía, de carne y hueso




La gripe es tal que trastorna a veces. Diría que es tanta... que podría calificarla como un nuevo tipo de ebriedad.

Entre el interminable cosquilleo nasal, la voz cava propia de la congestión y una leve agitación que conmina al pensamiento... olvido qué se celebra hoy.

En las calles también se ha olvidado. La sensación de inseguridad concita la atención de un país y es el motivo de una marcha que inicia en la Plaza San Martín. La corrupción por el dinero enferma a la sociedad como este necio virus a mi cuerpo. Solamente que en las avenidas de «mi centro histórico» no se marcha contra la inseguridad ciudadana, sino contra otros asaltantes extorsivos aún más duros que siempre regresan por más.

En mi memoria, ya confundida en ese lapso de ensueño que embota mi mente y la enajena de realidad, resbalo con imágenes posteadas que colindan con esta fecha.

«Un 21 de marzo celebraba solo en mi instagram este día, sin más. En tímido video que observaba tan solo una persona y que elogiaba en único comentario: «Mi poeta».

Repaso y miro: mi descuidada cuenta de Instagram tiene solo recuerdos archivados.

A veces me viene una gana ubérrima de gritar preguntando: ¿por qué paraste todo?

Lo peor de todo es que lo sé, pero alguien dentro de mí quiere saber otra respuesta, un punto seguido de razones que confiesan, otra forma de la verdad que no existe.»

Mis shorts cambian de color oscureciéndose a partes. Pero las lágrimas que lo manchan al caer no son mías, ni de alguna congoja extraviada que acabo de encontrar, no. Es la gripe tozuda que recala en mi mirada y anega mis ojos. Estas cosas pasan. Estas cosas pasan cuando uno se enferma, los ojos delatan mucho antes que otras partes del cuerpo la enfermedad.

La gripe, el dinero... los recuerdos. Enfermo, hace tiempo que estoy enfermo. Solo que ahora me viene una gana ubérrima de sentirme bien y me encuentro con tu rostro.

«Pudiste haberme dicho ya no, ya no más. No esperes. No hace falta que esperes dos meses. Y lo hubiera entendido, y hoy mi memoria estuviera en paz. Pero te fuiste sin decirlo y desapareciste para que yo mismo complete la historia.»

Si no fuera por la poesía quizá no estaría aquí detrás de la computadora con esta gripe que asola, viendo la sociedad derruirse de inseguridad, con esta vieja gana ubérrima de explicaciones.

Si no fuera por ese concurso donde pelé mi pellejo en palabras atestadas de mi carne y de mi hueso. El que era poeta, al que mirabas sonreír ya sin fruncir el ceño, no estaría aquí.

A veces me viene una gana ubérrima de gritar, pero en silencio. Porque he aprendido a escribir para llorar lo que siento. Aunque no sea así esta vez... porque es la gripe que se parece tanto a los recuerdos, que inunda mis ojos y me limpia lo colmado que andaba mi pecho.

Feliz día de la Poesía, para «Mi poeta», para su silencio que vaga en el cielo, que pinta de viejas ilusiones no concluidas los colores diezmados que despiden los sueños.







  

     

martes, 18 de febrero de 2025

LC, V - Lágrimas de Cuenca (al Viento)

 






Pacífico Viento,

al pie del barranco,

que a la ola del mar paseas,

como hierba que ondea en el campo,

me ha traído tu paz, sobre esta banca de muda madera,

acunando mis ojos cerrados,

a preguntarme: ¿a quién, solitario, recuerdan,

tus ojos de otoño engastados?

Y un colibrí que revuela

ha trinado: «Cuenca», han dicho sus labios.

 

«Cuenca,

¿a dónde ha ido…

el naranja rojizo de tus tejados,

lienzo que vi del cielo,

con su marco de valle verdecido,

bajo un azul de sol apostado

que a sus ríos pincela de fiesta…?

 

Cuando la puesta nace,

su viento cifra el fermento

de una cárdena tarde,

que al áureo sol el Ande duerme

como moneda entre los valles,

y pinta de estrellas la lenta noche

y enciende en azul sus catedrales…


A la noche,

cuando canta la glorieta,

su gente acude a festejarle;

diciembre de luminoso romance,

del Calderón a sus callejas,

de sus callejas a su valle;

regálame otra vez tu lluvia buena

por la que el pastor ora para el río,

que cuando empieza, canta y resuena,

que es chispa de amor bendecido.

 

[...]








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LC, Parte III

 






La memoria y las emociones están tan enraizadas que es difícil entender la espiral que generan los recuerdos. Acendrar, un remolino, una interminable composición de imágenes refulgentes conectadas por palabras... la duda aplicada a esta... [..]    



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LC, La mitad de lo que siento

 







Que nada le aflija,

que olvide el “te quiero”,

que ausente la magia de amor un momento;

que sueñe en la cama

y no lo haga despierto,

que bese y no sienta el amor en sus besos;

que olvidar sea un deporte,

que mentir sea correcto,

que aligere la carga de todo sentimiento;

que use la razón,

que sea amor por defecto,

que el abrazo y el beso sean dos partes de un juego.

 

Que el catorce sea trece,

que no exista febrero,

que al llegar ese día haga fiesta en mi duelo;

que al amor sienta el frío

como un cubo de hielo,

que el suspiro sea tos que le enferma a momentos;

que no digas “no puedo”,

que me digas “te entiendo”,

que mañana de pronto ya no sigas latiendo,

yo que intento arreglarte,

pero nunca estás quieto.

¿Ves? tristeza es a amor como fin a comienzo.











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LC, Parte II





Los puntos suspensivos es un signo que interrumpe una idea, porque se sabe qué continúa, o porque la deja inconclusa, quizá una acción. Me encantan, a veces los cuentos terminan con puntos suspensivos, incluso cuando el punto es final. En la vida, en la vida de las relaciones [...] 




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LC, Me apagas y me enciendes

 




De alguna manera,

que no sabes, ni entiendes,

mi corazón coopera

y me apagas y me enciendes.

Yo sé bien que no lo intentas,

sólo sonríes y te alegras,

mientras en mí algo se detiene.

Soy culpable.

 

Te miro y me sujetas,

el tiempo dura eternamente,

y cuando más quiero te alejas,

y me apagas y me enciendes.

Es triste ver el cielo así,

cayendo poco a poco me parece

que no pudiéndome decir

resuelve hacer de gotas preces.

 

Tú sonríe y mira siempre,

pon la luz entre la gente,

yo haré de mí un efecto error

y de este sueño un sueño inerte,

pues la tristeza no es tristeza,

es mi corazón que no comprende,

que, de intentar ya tantas veces,

ni se apaga, ni se enciende.








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LC, Parte I






Cuando pude —ya que le escribía constantemente y guardaba en mi libreta nuestro diario compartir— aprovechaba breves lapsos de tiempo y, entre mi trabajo y todo lo dicho, anotaba una idea, una frase renuente en mi memoria o una pareja de palabras que, de no hacerlo, solo se iría de mí. Esto sería el tronco con el que formaría un precioso mueble que soñaba entregar como obsequio inmarcesible… y que no pudo ser. [...]




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LC, Índice










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LC, ...

 





Poemario desafortunado, que 
planeaba hacer, completar y obsequiar;
 teje las memorias que compartí, que
compartía... [...]



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LC, «La belleza está en los ojos… la poesía, en la voz»

 





Finalmente, la voz —tanto por su entonación como por el modo de emplearla— hace de un párrafo algo que se ha grabado profundamente en la memoria o algo que no se entendió del todo. Un poema puede ser precioso o rico en profundidad, pero, leído de cierta manera, carece de alguna de sus tantas bellezas: la sonoridad y la aprehensión que este detenta.

Leer es un verbo libre; se realiza como uno más placer siente. Sin embargo, [...]





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LC, Prólogo

 





Cuenca es una ciudad de Ecuador en la provincia de Azuay, a unos 2500 metros sobre el nivel del mar. Oficialmente se llama Santa Ana de los Ríos de Cuenca, y como su nombre «explícito» indica, es una cuenca: un valle rodeado por cuatro ríos que le dan un contorno verde tan intenso como al de una hoja que acaba de nacer. El centro histórico está habitado por casas de variada forma y tamaño, las más, en armonía con la naturaleza que las rodea llevan el color terracota en sus amplios y largos tejados, que cuando llueve toman ese tono naranja rojizo, que, por ser tan vivo ante mis ojos, creo que nunca olvidaré. La lluvia es muy importante y marca en parte el ritmo de los días, cuando es abundante paraliza la cotidiana vida de su gente, entonces salir a correr o ir a pasear al Parque de la Madre es una idea pensada solamente detrás de las ventanas, otras personas deciden salir con paraguas inclinados por la belleza de observar el lugar bajo el brillo de la lluvia. Cuando escampa y, al contrario, el cielo se ausenta de tocar el suelo durante mucho tiempo, en las Casas de Dios oran por su pronto retorno, porque sus ríos beben de la lluvia de ese cielo y Cuenca vive bebiendo del frescor de sus ríos. El sol, muy temprano, después de una noche de pleno aguacero, aparece con un brillo que azula el contorno de las lejanas montañas y limpia el cielo con sus haces amarillos, bordando con cada nube el sereno celeste del firmamento; cantan las aves escondidas detrás de las ramas, respirando la vida que comienza para darle encuentro, empezando en simultáneo color y sonido, el tiempo se hace franca poesía, naciendo del silencio, y sucede todo lento, tan naturalmente lento. Entonces, estás de pie tras la ventana de la terraza de una casa alta, acompañado por alguien o tal vez en soledad, y admiras algo tan simple en el curso de una vida, como puede ser contemplar la mañana.

Cuenca es el lugar al que fui [...] 



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Para eso no sirve

 





«Para eso no sirve»

Es una frase que nunca olvidaré. La dice Melquíades a José Arcadio en Cien años de soledad, cuando este último, en lugar de ver en la lupa un objeto para ampliar la imagen, descubre en ella un arma: bajo el sol, la lente no solo amplifica, también quema, incendia.

Este poemario no sería lo que es si el tiempo hubiera tomado otro rumbo. Como el sol a la lupa, el destino le otorgó una condición que no preví, una que jamás imaginé y que, de haberla visto antes, quizá también habría desechado con un «para eso no sirve». Pero no fue así. Y hoy, convertido en algo que no busqué, Lágrimas de Cuenca es lo que es: tal vez un refugio, tal vez un arma, tal vez ambas cosas. 
Un refugio de la soledad, un arma contra ella.  
Las lágrimas, involuntarias y empujadas por la abundancia del corazón, sellan y disuelven las grietas de lo que se soñó, de lo que no fue, de lo que ya no será… y de todo lo que queda.


«Poemario desafortunado, que planeaba hacer,
completar y obsequiar; teje las memorias que
compartí, que compartía... del inicio, el albor,
las vicisitudes y el triste final de una relación
que esperaba como agua de mayo. Lienzo 
pintado con emociones de la mirada íntima 
de una persona que conoció el amor.» 



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viernes, 14 de febrero de 2025

Starman



A David Bowie le parecía que la versión de "The man who sold the world" que interpreta Nirvana era muy triste; seguramente diría lo mismo de la de Matt Johnson, en el consolador canto acústico de su "Starman". Creo que sabía que de la tristeza han nacido creaciones de arte memorables, incluido el campo de la música, pero quizá simplemente no le agradaba ese sentimiento en su obra.

Eran más de las diez de la noche y regresaba de ese lugar donde no tocan Bowie, Queen o Nirvana; aunque, quizá, como ellos, con su música, también intentan arreglar los muchos corazones que se han roto por el paso del tiempo, dándoles un tono de fe con el que puedan afinar sus vidas. Se habían puesto de pie en el estrado, espontáneamente, uno por uno, a agradecer lo que el 2024 les había dejado. Y entre las muchas voces que atizaban el eco de esperanza en los oyentes del auditorio, Gael, el niño de 7 años que, con aplomo convencido primero y depuesto al silencio —debido al sismo de una emoción contenida— después, silabeaba entre lágrimas que agradecía a Dios o al destino que, luego del accidente en moto de su madre la tuviera viva y felizmente suya otro año más en su pequeña y corta vida. El pastor, con delicada sabiduría, le ayudó a terminar lo que en Gael ya era una mezcla de tristeza, fe y alegría atropellándose para salirle por la boca, y, entre aplausos, acalló su contenido sollozo imposible de parar.

Como su sollozo, resonaba en mi oído la frase «Un día voy a estar corriendo» de una mujer que, convencida, aleccionaba con la alegría de su enorme sonrisa, porque compartía que todo aquello que había recuperado en el año y lo que le quedaba por recuperar de la movilidad de su cuerpo era, con Él, con quien lo haría: con quien lo iba a solucionar; que no importaba si hoy no caminaba perfectamente, porque sabía que, un día no muy lejano correría, y sonreía mientras se disponía a repetirlo —no sé si con la boca o con el corazón. La fe puede sentirse como una luz que brota del espíritu, derramándose en un calor que desborda como lágrimas trazando caminos silenciosos por las mejillas. Así vi dibujarse esa fe en los rostros del auditorio, unida espiritualmente por el brillo de sus ojos.

Más tarde, con un trozo de vela cada uno y una llama tan cálida como amarilla, en canto personal y común, agradecían todos ordenadamente; y alcancé a oír, compartido e igual en mi pensamiento: «por mi familia, por esta familia y por las casualidades que da el destino». Diría que cada uno encendió el fuego de su estrella mientras orábamos cálidamente a Dios.

Las luces dentro de ese oscuro lugar y la ternura saliendo de cada palabra fue tanta... que me recordó a mirar las estrellas, cuando era niño y agradecía mis ojos, porque podía verlas tan bien que no dejaba de observarlas.

A veces miro el cielo y capturada mi atención siento una naciente nostalgia que se confunde entre mis recuerdos. Sé que cuando niño y lo recuerdo muy bien, el cielo desde la Villa de Buenos Aires era un espectáculo para mí, y yo me quedaba observando esa sincronía de luces titilantes. Mi vista era mejor: podía distinguir inclusive —lo recuerdo— el titilar de sus luces y la diferencia entre una y otra. Concentraba mi mirada en una, o un grupo, o un cúmulo como luego leí. Y notaba ese patrón uniforme al mirar. A veces lo que observamos no es una estrella sino un grupo, o una galaxia entera, cuya unión de estrellas la hace fulgurante, otras veces es tan solo una y es tan potente que hace lo que miles. Esas luces las sentía dentro de mí, lejanas y cercanas a través de mis ojos.

Solo recuerdo tres veces ver estrellas fugaces. La primera fue a esa edad justo desde el porche de mi casa, donde mi tío acostumbraba una y otra vez a pitar ese triste cigarrillo con la pierna flexionada sobre la piedra más grande que había, dejando una liviana estela de humo tras de sí, detenido admirando el cielo. Estaba con mi hermano que no la vio, y una estrella fugaz no se detiene a esperarte, simplemente la vi y él no. La segunda, fue en Cuenca, junto de alguien especial, que hoy por su ausencia acongoja mi corazón como el brillo de otra estrella que por lejana siento bella e inalcanzable; y creo que... ella tampoco la notó. Abrimos los grandes ventanales que cubrían el rellano de la escalera de ese edificio —donde ella vivía, en el cuarto piso— una noche que había acabado de llover copiosamente, justo después que el calor naciera —y notar que la noche era inmensamente estrellada— le pedí que observáramos atentamente, como recordaba hacerlo de niño y, oblicuas las miradas, quizá la vi o la vimos moviéndose rápido entre la multitud de luces del tapiz azulado del cielo: una raya brillante que desaparecía fulminada en su trayecto.

A veces recuerdo la frase de Carl Sagan: «estamos hechos de lo mismo que las estrellas» que, «el cosmos está dentro de nosotros». Que somos extraordinarios tanto como ellas: hechos para brillar. Y siento mezclada la tristeza y la fuerza que me da observarlas lejanas detenidas en el firmamento.

Enternecido por la velada y su oración de agradecimiento, terminada ya, camino por la acera, disociado de la multitud de gente que va y viene, con mis audífonos en modo cancelación de ruido y caigo en la cuenta de que Dios —o el viento— han despejado las nubes del lugar y que puedo ver arriba, claramente, cómo el espectáculo del cielo continúa agradeciendo mientras transcurre la noche. Alguien me hace señas y me pregunta hasta dónde voy. Resuelve que es muy lejos para ir caminando, increpa por qué no voy en vehículo; miro al cielo, y no sé manera de decirle que «no quiero dejar de contemplar cómo las estrellas, arriba, me parecen luces que agradecen: como niños con velas; que las quiero observar, que las quiero contemplar». Lo miro y le digo que me gusta caminar, que solo es eso y parece aceptarlo. Enciendo "Starman" y oigo la voz de Matt Jhonson con el sentido acorde del ritmo de su guitarra 
cavando en mi corazón, levanto la mirada mientras camino, y siento que... los recuerdos —lejanos como las estrellas— se acercan y se mezclan dentro de mí, y pienso que la tristeza y el agradecimiento son luces de una misma constelación, que ambas embellecen la vida y la llenan de sentido. Que, si he llegado a ese lugar, donde todos agradecen por las pruebas, por las tristezas que construyen su fe y su corazón, es que está bien, que no importa por qué llegué, que debo entenderlo, porque alumbra mi camino. Sigo caminando y el cielo me ofrece por tercera vez en mi vida una estrella fugaz —y un inevitable vacío que me agrieta y molesta, que fue sonrisa y que aún no cierra, me lleva a Cuenca—, y siento la tristeza de la melodía de la canción acudirme y devuelvo una lágrima, conmovido, en agradecimiento.









«Cuando estoy en la calle, de noche, y escucho esa canción miro al cielo fijamente, como quien presencia una batalla: mi tristeza luchando contra mi alegría; y pienso, sonriendo, que un héroe de colores bajará para ayudarme.»

 

XD/TT


viernes, 7 de febrero de 2025

La Po(br)esía



Creo que fue aquella noche cuando escuché lo terrible de su voz en casa de Aldo; convertida en alguien que no era, poseída por la decisión inapelable de colocar un tránsito solitario e inexplicable entre la vida de ambos, contra el paso de los hitos marcados a promesas; acallando los acordes que pretendían construir, eterna, una canción compartida, se me preguntaba indolentemente: «¿Acaso no puedes estar solo? ¿Es que todo tiene que ser para la relación?» Como conclusión de solicitarme ese tramo llamado... dos meses.

Ese día, algo se desmayó sobre un hoyo y fue cubierto por tierra. Y entre las incontables grietas que me dejó su voz esa noche, abriéndose paso, sobre todo, y dejando salir por mi boca el dolor cansado de gotearme tristezas, él —mi amigo, oyente quizá innecesario, irrepetiblemente estoico, de toda palabra confundida en la vaguedad de su sala de estar— oyó con tanta atención... que su oído me abrazó, y su abrazo sostuvo fuerte las quebradas columnas de mi corazón.

Esa noche, camino a casa, horas después de salir de la suya, empezaba a conocer la soledad. Y veía de indeterminado sepia el triste asfalto junto de la muerta acera. Lentos los pasos y ya estaba frente al vano de mi casa; eché una última mirada hacia atrás a la calle, antes de que el quejido de los goznes de la puerta principal me encerrara entre su óxido y su tiempo, y pasé, finalmente pasé, engullido por lo que debía llamar hogar. «Fue no querer entrar a otro mundo y tener que hacerlo». Arriba, en mi alcoba, luego de arrastrar las suelas peldaños... de los kilómetros de la escalera, vi fragmentos de una persona frente al espejo con unos ojos solitariamente perdidos y sin amor.

Fue cuando el delicado cuadro de una vida cayó al piso, dejando un reguero, en un sonido de íntimo estruendo, diseminado durante minutos y horas. Y no fue hasta que un concurso de poesía pusiera en orden el oscuro caos de esa impuesta soledad: accesos de tristeza, desesperada incomprensión, muda lágrima conociendo el ruido de tocar el, alguna vez, tan lejano suelo.

En esa habitación de enorme televisor y libreros llenos de coloridas historias, de ventana con vista a la pared y ventilador en el techo, en ese reducido espacio, tibio en invierno y sofocante en verano —ahora más cárcel que alcoba, aunque útil para el reposo de una vida que auscultaba el honesto pulso de su corazón— allí, acodado sobre la frazada —que arrastraba aún el invierno—, sentado sobre una pequeña banca a centímetros del suelo, con inopinado y seco golpe de agitación —a veces luna y a veces estrella—, se hizo del ordinario lugar... etéreo cautiverio de inspiración.

Mar y cielo, tierra y firmamento. Luna nueva, llena y menguante, ases del cielo con recuerdos... tiritando como luces halladas por miradas perdidas en lo alto de la líquida noche de mis ojos, que cedían a la claridad después de tanta lluvia.

Conocí entonces ese alado estado a que te lleva la tristeza cuando ancla en la mar de una vida. Ese estado cuando la melancolía nos ahoga en sensibilidad y vemos, con vulnerable pasión, el balance de los días, el rigor de los hechos, el pulso en derredor; cuando la tarde se nos asoma subiendo las escaleras y abre la puerta de nuestra alcoba... porque es lenta la vida en los ojos fatigados de mirar, ese estado de completa indefensión que purifica el dolor con la sal de las lágrimas; a ese, le llamé pobresía. A ese tiempo, que me domó en la callada habitación haciéndola bóveda de mis estrellas y mar de mi tempestad, y a Barranco, escenario del sismo de mis pasos perdidos en el tránsito de la noche lenta y triste.

La pobresía, la pobre poesía, la que surgió de las zanjas abiertas de cada pulso de mi amor, que, entre mis lágrimas, brotaba como antiguo chorrillo calmando el dolor de mi corazón.




 

viernes, 17 de enero de 2025

DtMF

Puedo recordarme subiendo el volumen al oír una de sus canciones en la cocina de esa casa, en el cuarto piso, mientras lavaba los platos luego de un delicioso almuerzo; o en mi habitación rentada por esas fechas con los parlantes rojo y negro vibrando sobre el viejo piso de madera al mismo tiempo que la letra de la canción me hacía quemar la garganta por entonarla tan fuerte... y hasta cuando tomé una en especial —que hoy ya no me gusta escuchar, pues me trae vanos recuerdos: Me fui de vacaciones— porque en ese momento representaba toda mi alegría contenida detonando su woofer en mi corazón, que era el latido rítmico que necesitaba para hacer de un romántico reel algo tan personal y especial.

Casi un año y medio atrás de esos tiempos, casi a dos de estas fechas, tuve una postura distinta y opuesta a la actual, denostaba y califiqué al tal, recuerdo bien, como "ese reggaetonero de la mandíbula anestesiada", y echaba por la borda toda su música porque la advertí cargada de hez en la mayoría de sus letras. No había caído en cuenta del brillo escondido que guardaba... hasta que constantes voces me repitieron «D****, todas las canciones de su disco son buenas», o quizá, el más convincente: «primo, es que tienes que leer la letra». Y si tenía letra, algo instantáneamente sorprendente podría ocurrir. Y ocurrió... justo después de oír ese disco. Y mi vida notó ese ritmo, y adoptó como suyo el frenesí de su alegría, frescamente caribeña, salpicada de fogonazos de plástica poesía.

Es cierto que estos ritmos, los del reggaetón, desbordan sexualidad, grosería y liviano cliché entre sus letras. Es verdad también, que la democracia es la forma de gobierno de muchos países, y que, aprobada en casi todos, nos sumerge bajo sus formas, en cosas tales como... reconocer, que escoge la mayoría cuando se decide a qué restorán vas. Y que, la música sus letras y canciones, dirigidas por los pulgares arriba, tienen exactamente lo que piden las mayorías, lo que la democracia de su juventud exige, lo que su exigente público entiende vibrante o actual.

No quiero convencerte de que escuches este disco, pero, sin tu escucha o con ella, créeme, al menos para mí, a nueve de todas las canciones de este álbum les circula letra y ritmo de la vieja fórmula con que se creó la salsa mezclada al contemporáneo reggaetón, con títulos que se funden reclamando con nostalgia por alguien, por algún lugar, por el rescoldo pertinaz que pervive en alguna gente.

Con frases de antología como «La vida es una fiesta que un día termina, y fuiste tú mi baile inolvidable» o «En mi vida fuiste turista, tú solo viste lo mejor de mí y no lo que yo sufría...», esa mezcladora musical y de sentida poética de lo que respiramos en estos tiempos, el Conejo Malo, lo hace de nuevo en este disco. Y como leí una vez, pone el alma como sello a su obra: Alegre, poética, crítica e impregnada de nostalgia.

Algunas personas llevadas por el ostracismo cultural que supone la creencia que tienen o que han fijado tener, son privados voluntaria o involuntariamente de la experiencia de ver, de oír, de sentir. Para ti que has mandado cerrar la puerta antes que conozcas la visita, o que haces puchero al plato antes siquiera que sientas su aroma sobre la mesa, o peor, que renuncias por atávica creencia o respetuosa convicción, recuerda que "el arte es una experiencia que todos debemos vivir" y nada se califica sin tomarle antes respetuosa atención.

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¡'chacho deja eso! 
 

Bis o la señora Bis, que bien la recuerdo, me deja eterna la frase, que repetía con un canto que reconocí inmediatamente en el short film, cuando me pedía que no exagere con algo que hacía, como velar por la limpieza de su cocina. Luego de terminar el almuerzo, solo minutos después, ella me compartía de su pequeña y negra cafetera un shot de Minerva en una tacita blanca que no se podía sino asir delicadamente con el índice y el pulgar, para que a sorbos me coloreara la tarde con su particular aroma y sabor. Es, entiendo, para los habitantes de una parte de este mundo costumbre enraizada, cosa consabida... para mí, en cambio, la casualidad de haber llegado a una casa de personas que nacieron en una isla como la de Puerto Rico y que me incrusta el parecido de las culturas de estos países insulares del caribe y me hacen tan afín a ellos, de solo apreciar una imagen como esta.




Este corto video que sentencia con el título Debí Tirar Más Fotos, expresa además de una crítica a un país que ha perdido en parte su idioma por adoptar uno nuevo, o el grito descollante por la permanencia de la raíz de su cultura musical y popular sobre lo contemporáneo, una forma de vivir, amar y ser Carpe diem, que queda subrayado en diálogos como este:

- Debí tirar más fotos. Haber vivido más, Debí haber amado más... Cuando pude... Mientras uno está vivo... uno debe amar lo más que pueda.

Aunado a una percusión tan africana, tan boricua, tan isleña, que repite el coro de la penúltima canción de la lista, que es la que da a luz, potente y enérgica, la vida de su disco.




He conocido la salsa y el amor a estos sonidos que antes fueron guaracha o bolero, son cubano, o bomba y plena, en las fiestas de mi familia en los años noventa, gracias a un tío cuyo padre fue pescador, y que fue quien puso norte musical a estas veladas traspasadas de alegría y baile, salvadas del tiempo hoy en gastada fotografía. Los que para mí fueron Ismael Rivera, Héctor Lavoe, Pete «El Conde», Benny Moré o Santos Colón y un largo y soberano etcétera... dieron el molde a la cultura musical de mi oído. Y en las improvisaciones cantadas a coro y cuatro que recuerdo, la alegría de saber que mi guitarra, instrumento similar por ser de cuerda, también servía para esa explosión de júbilo que romántico o expansivo podía tocar, era vida, o «pura vida» como se dice en Costa Rica.

A este tenor, el cuatro y su espiral de delicada nota es cúspide sentimental en la canción Turistaque sacude de emoción setentera con su introducción de sabio punteo, cuya letra, ya en su primera línea anticipa que más que canción oirás poesía. Es, quizá la parte más romántica, y traduce en el disco...




... junto a Pitorro de Cocoque dispone la alegría de cantar el triste coro de su letra, envuelto entre el bajo, la conga y el cuatro componiendo enérgico lamento contra la pasmada quietud de quienes no se levantan de su sitio para bailar...

 


...y a Bokete, que con liviano inicio musical, casi etéreo, camina o desanda a fraseos, los íntimos pasos de rutas que cada uno conoce muy bien y que dejan la nostalgia en desencadenado recreo al detonante gatillo del play para repetir cantando, rasgando quien sabe si solo la garganta, una y otra vez su coro y estrofa.




Alguna vez escribí acerca de una muchacha de Cuba, quien habiendo salido del lugar donde había nacido, no sabía ya cuál era el país donde sería más feliz en este mundo... y que todavía estaba risueña en su interrogante, cuando ese sentimiento por haber partido del lugar que le vio nacer mientras mencionaba su familia repartida en tantos sitios del orbe, y pensando en la bella composición de la tierra blanca de sus playas cubierta de transparente agua de mar, le cambió el tono de la sonriente voz por el de una sentida y naciente nostalgia.

Para los que, mientras andan o trabajan, sienten volver el espíritu a esas playas constantemente... y sueñan con ir a ver esas tardes de amatista del lugar donde nacieron, aunque sea unos días, porque lo recuerdan y sienten que hay algo en sus genes que posee el color de esa tierra, el clima de ese lugar, la sonrisa de esa gente que vive ahí con la alegría amaneciendo bajo ese cielo que contempla su mar... más allá de toda precariedad, para ellos... va esta canción. Y mezclado en la solución simultánea de su letra, para quienes tuvieron un paraíso con alguien y lo han perdido, al que solo pueden volver recordando, también va. Y lección para la siguiente: Debes tirar más fotos, muchas más. DtMF.

Aquí, un himno para pintar los días de tu verano, de tu vida, de tu estación.




Sentado en el pupitre de mi alcoba repitiendo como autómata en Spotify la misma canción, pienso en las muchas personas que confiesan, comentan o divulgan... qué les dejó el disco Bad Bunny (BB). Algunos dicen: «Cuando BB saca un disco me va bien, ya estaba esperando que salga», otro he leído: «Le faltaba alegría a mi vida, que venga el disco». Por mi parte, no hubo una etapa en la que sonreí más sino hasta cuando salió el disco anterior, plagado de frescura y sensación de playa... coincidencia o no, ahora, oyendo este, y pensando en la famosa ley de la conservación de la energía que reza que esta "no se crea ni se destruye, sino que solo se transforma", siento que cosas buenas están por venir.

«- Quisiera haber tirado más fotos, para enseñarte. Las fotos son momentos vividos, recuerdos de cosas que pasaron. Yo no era de estar tirando fotos por ahí, Ni estar subiendo stories, ni nada de eso. Yo decía que era mejor vivir el momento. Pero, cuando llegas a esta edad recordar no es tan fácil...
- Bueno, entonces, ¿vamo' a seguir viendo más fotos?
- ¡Ya te dije que no tengo tantas! Yo te voy a enseñar las que tengo. Y voy a tratar de recordar... las que no tiré. ¿OK?»

«Porque la vida... no es como la vives, sino como la recuerdas», 
así leí de Gabo. También, entonces, vale la pena conservar para el futuro algunas cosas importantes. Vivir y documentar van de la mano.

Gracias por llegar al final, gracias por la atención.


Y ya sabes:

«Debí tirar más fotos. Haber vivido más, Debí haber amado más... Cuando pude... Mientras uno está vivo... uno debe amar lo más que pueda.»