El hombre
muere tantas veces como pierde a cada uno de los suyos.
Publio Siro
A lo largo del tiempo, en mis tantas lecturas
no he encontrado una manera más preciosa de mencionar a la muerte. En mi país,
en el tiempo de Fujimori, cuando los diarios eran muchos y casi todos de poca
valía, si había un accidente de buses que iban o venían del interior andino,
titulaban así: Veinte fríos y diez tibios; los demás ilesos. Claro que
supóngase por «frío» y «tibio» lo que refiere a muerto y herido. Otras formas,
mucho más elegantes, aunque menos románticas daban para hablar de morir el uso
del verbo cesar. Así, la vida de un presidente en su paso bueno por la
humanidad no termina, sino «cesa». Y creo que también se lo oí decir a Borges.
Pero, en mi memoria, baúl de tantas cosas que guardo, en el lugar más alto de
todos está el amor de Cervantes por su entrañable Quijote (Nunca pude leerlo
con ella completo porque, aun cuando lo intenté, su lenguaje de castellano
antiguo impidió el sumo placer de llegar con la historia; hacía falta remendar
mucho explicando y poniendo apostillas a frases y palabras: contexto para reír,
porque era comedia) cuando, ya Quijano y en tranquilo lecho, confesado y
expuestas sus últimas quejas sobre los libros de caballería que tanto amó,
sucumbe, y dice Cervantes, no que se enfrió, ni que cesó, dijo que «dio su
espíritu», y para no dejar duda… que se murió. He leído en algún lugar que, al
decir estas palabras, Cervantes llora, y lo comprendo, porque nadie es capaz,
buenamente, de dejar aquello que tanto amó.
No tenía más de dieciocho años y me sentía
fuerte, con la fuerza que ese número le da a los días. Tenía un tío, alegre, de
ojos chinos. Mi tío rebozaba vida. Jugaba fútbol, era cariñoso con sus
sobrinos, sonriente con su esposa, atento con la familia; de pronto la
enfermedad del signo zodiacal le estranguló la vida, y un jueves que no fui a
una clínica se transformó en la última oportunidad para una despedida. Me
recuerdo valiente, propio de mi edad, de pie en la cocina, erguido, entre mi
madre y mi tía.
— Hijo… [..]cito. ¿Sabes no?
— Sí, tía.
— Queremos que cantes, por favorcito.
Yo tenía una guitarra, y cantaba en las misas
música de iglesia, música de Dios. Me pidió que cante. Que tan solo unos
minutos, que me lo agradecía, que sí tía, que lo haría, que lo haría.
Recuerdo la mañana de ese sábado. Todos
cambiados en mi casa, camisa y pantalón, color oscuro, nada vistoso, nada
alegre encima. Sentado sobre mi cama —ya vestido—, en mi regazo verificaba que
estén perfectamente afinadas las cuerdas de mi guitarra. «¿Vamos?», oí.
En el auto, el viento me daba a la cara y me
desproveía de realidad, y mi mente pensaba en lo que iba a tocar; que era para
él, que eran minutos, que me lo agradecían, que me lo agradecía. El auto se
detuvo y puse el primer pie en el asfalto, y bajé con el plomo en la pisada
tomando fuerte el mango de mi guitarra guardada en mi estuche negro.
A ella le leí un cuento; se llama el Profesor
Suplente, del Flaco Ribeyro. Recuerdo la expresión de su voz cuando con la
mía… le daba vida a la mentira de ese cobrador de microbuses que pudo ser
profesor, y de su doloroso fingir hasta el final… cuando observa a su esposa, a quien le decía: «¡Magnífico!... ¡Todo ha sido magnífico! ¡Todos los alumnos me
aplaudieron!», y que al observar en ella esa llama de invencible orgullo, rompe
en llanto desoladamente entre sus brazos... porque ni siquiera había entrado a
dictar las clases, porque nunca fue capaz de hacerlo, porque le mintió.
A veces nuestro corazón es como esa esposa a la
que le mentimos, y le decimos todo lo que no hemos hecho, lo que no sentimos y
nos paramos fuerte a decirlo. Y presentamos la mirada erguida y pisamos firme y
decimos henchidos de valor. De repente nos mira bien a la cara y nos hace la
pregunta... y todo cae, todo cae.
Cuando miré de frente el rostro de mi tío
recostado entre las velas de la capilla para despedirme, mi corazón me preguntó
si tenía valor, y mirándolo, todo cayó. Esa mañana —callado—, en mi silencio,
pedí perdón por no asistir a la clínica a despedirme en vida de alguien a quien
no debí ver después. Porque la muerte arrebata todo, todo.
Hoy, en tiempos de Instagram, el medio por el
que por primera vez te vi y te reconocí, tomo mi celular y viendo los mensajes
en una hilera perpendicularmente colorida, de rostros, de perfiles... de mudas
compañías, distingo una que, por pálida, parece perdida, desconocida, ya sin
fotografía...
...y asisto a otra muerte, la de alguien que
amé, con quien prometí hacer una vida, y mi corazón, sobre este mármol de mis
días, de repente me pregunta... y todo cae, todo cae.
He soñado con volver a verte. He soñado con
viajar a Cuenca. He visto mi cuerpo bailar junto al tuyo en otra agencia de
banco mientras la gente nos mira sonriendo. Comiendo dulces alitas, sentados,
después de esperar una larga fila para pagarlas y sonriendo de lo exquisito que
puede ser expresar la alegría cuando estás acompañado de alguien que amas. Nos
he visto bajo la lluvia en otro zoológico empinado, buscando un taxi al
regresar, empapados y de frío, porque no quieres que gaste más o no sabías que era
difícil encontrar uno rápidamente. Y la lluvia, como decías, aprieta, y el frío
aprieta, y yo aprieto tu mano, y encontramos uno y nos besamos, ya adentro,
cobijados, devolviéndonos el calor. He coloreado mis recuerdos en estas hojas
tristes para que sepas que has sido tan importante en mi vida, y que no sé
parar de escribir porque mi corazón lleva recuerdos que no sabía que debían ser
borrados. Nos he visto acurrucados sobre el césped del Parque de La Madre
mirando la belleza de las nubes cruzar el cielo, capturándolas con fotografías,
caminando de la mano noches lentas por las mudas calles de Cuenca.
He juntado palabras desde el confín de mi
memoria, reconstruyendo con dolor, hablándote perdida, en algún lugar donde no
estoy. Y quiero que sepas que el espíritu de mi corazón, ya sin fotografía,
está al final de la tarde, vagando cada día, donde la noche despide al sol.
***
Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.
