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miércoles, 20 de noviembre de 2024

Cartas a quien, Dar el espíritu

El hombre muere tantas veces como pierde a cada uno de los suyos.
Publio Siro

 

A lo largo del tiempo, en mis tantas lecturas no he encontrado una manera más preciosa de mencionar a la muerte. En mi país, en el tiempo de Fujimori, cuando los diarios eran muchos y casi todos de poca valía, si había un accidente de buses que iban o venían del interior andino, titulaban así: Veinte fríos y diez tibios; los demás ilesos. Claro que supóngase por «frío» y «tibio» lo que refiere a muerto y herido. Otras formas, mucho más elegantes, aunque menos románticas daban para hablar de morir el uso del verbo cesar. Así, la vida de un presidente en su paso bueno por la humanidad no termina, sino «cesa». Y creo que también se lo oí decir a Borges. Pero, en mi memoria, baúl de tantas cosas que guardo, en el lugar más alto de todos está el amor de Cervantes por su entrañable Quijote (Nunca pude leerlo con ella completo porque, aun cuando lo intenté, su lenguaje de castellano antiguo impidió el sumo placer de llegar con la historia; hacía falta remendar mucho explicando y poniendo apostillas a frases y palabras: contexto para reír, porque era comedia) cuando, ya Quijano y en tranquilo lecho, confesado y expuestas sus últimas quejas sobre los libros de caballería que tanto amó, sucumbe, y dice Cervantes, no que se enfrió, ni que cesó, dijo que «dio su espíritu», y para no dejar duda… que se murió. He leído en algún lugar que, al decir estas palabras, Cervantes llora, y lo comprendo, porque nadie es capaz, buenamente, de dejar aquello que tanto amó. 

No tenía más de dieciocho años y me sentía fuerte, con la fuerza que ese número le da a los días. Tenía un tío, alegre, de ojos chinos. Mi tío rebozaba vida. Jugaba fútbol, era cariñoso con sus sobrinos, sonriente con su esposa, atento con la familia; de pronto la enfermedad del signo zodiacal le estranguló la vida, y un jueves que no fui a una clínica se transformó en la última oportunidad para una despedida. Me recuerdo valiente, propio de mi edad, de pie en la cocina, erguido, entre mi madre y mi tía.

— Hijo… [..]cito. ¿Sabes no?

— Sí, tía.

— Queremos que cantes, por favorcito.

Yo tenía una guitarra, y cantaba en las misas música de iglesia, música de Dios. Me pidió que cante. Que tan solo unos minutos, que me lo agradecía, que sí tía, que lo haría, que lo haría.

Recuerdo la mañana de ese sábado. Todos cambiados en mi casa, camisa y pantalón, color oscuro, nada vistoso, nada alegre encima. Sentado sobre mi cama —ya vestido—, en mi regazo verificaba que estén perfectamente afinadas las cuerdas de mi guitarra. «¿Vamos?», oí.

En el auto, el viento me daba a la cara y me desproveía de realidad, y mi mente pensaba en lo que iba a tocar; que era para él, que eran minutos, que me lo agradecían, que me lo agradecía. El auto se detuvo y puse el primer pie en el asfalto, y bajé con el plomo en la pisada tomando fuerte el mango de mi guitarra guardada en mi estuche negro.

A ella le leí un cuento; se llama el Profesor Suplente, del Flaco Ribeyro. Recuerdo la expresión de su voz cuando con la mía… le daba vida a la mentira de ese cobrador de microbuses que pudo ser profesor, y de su doloroso fingir hasta el final… cuando observa a su esposa, a quien le decía: «¡Magnífico!... ¡Todo ha sido magnífico! ¡Todos los alumnos me aplaudieron!», y que al observar en ella esa llama de invencible orgullo, rompe en llanto desoladamente entre sus brazos... porque ni siquiera había entrado a dictar las clases, porque nunca fue capaz de hacerlo, porque le mintió.

A veces nuestro corazón es como esa esposa a la que le mentimos, y le decimos todo lo que no hemos hecho, lo que no sentimos y nos paramos fuerte a decirlo. Y presentamos la mirada erguida y pisamos firme y decimos henchidos de valor. De repente nos mira bien a la cara y nos hace la pregunta... y todo cae, todo cae.

Cuando miré de frente el rostro de mi tío recostado entre las velas de la capilla para despedirme, mi corazón me preguntó si tenía valor, y mirándolo, todo cayó. Esa mañana —callado—, en mi silencio, pedí perdón por no asistir a la clínica a despedirme en vida de alguien a quien no debí ver después. Porque la muerte arrebata todo, todo.

Hoy, en tiempos de Instagram, el medio por el que por primera vez te vi y te reconocí, tomo mi celular y viendo los mensajes en una hilera perpendicularmente colorida, de rostros, de perfiles... de mudas compañías, distingo una que, por pálida, parece perdida, desconocida, ya sin fotografía...

...y asisto a otra muerte, la de alguien que amé, con quien prometí hacer una vida, y mi corazón, sobre este mármol de mis días, de repente me pregunta... y todo cae, todo cae.

He soñado con volver a verte. He soñado con viajar a Cuenca. He visto mi cuerpo bailar junto al tuyo en otra agencia de banco mientras la gente nos mira sonriendo. Comiendo dulces alitas, sentados, después de esperar una larga fila para pagarlas y sonriendo de lo exquisito que puede ser expresar la alegría cuando estás acompañado de alguien que amas. Nos he visto bajo la lluvia en otro zoológico empinado, buscando un taxi al regresar, empapados y de frío, porque no quieres que gaste más o no sabías que era difícil encontrar uno rápidamente. Y la lluvia, como decías, aprieta, y el frío aprieta, y yo aprieto tu mano, y encontramos uno y nos besamos, ya adentro, cobijados, devolviéndonos el calor. He coloreado mis recuerdos en estas hojas tristes para que sepas que has sido tan importante en mi vida, y que no sé parar de escribir porque mi corazón lleva recuerdos que no sabía que debían ser borrados. Nos he visto acurrucados sobre el césped del Parque de La Madre mirando la belleza de las nubes cruzar el cielo, capturándolas con fotografías, caminando de la mano noches lentas por las mudas calles de Cuenca.

He juntado palabras desde el confín de mi memoria, reconstruyendo con dolor, hablándote perdida, en algún lugar donde no estoy. Y quiero que sepas que el espíritu de mi corazón, ya sin fotografía, está al final de la tarde, vagando cada día, donde la noche despide al sol.




***

«Si en la familia decir equivale a preocupar, entre amigos a normalizar y con los mayores a trivializar, ¿dónde queda todo lo que guardamos?»

Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.

Disponible en:




Cartas a quien, Del dolor y otros demonios


El cielo atardece para que la noche pinte su rotundo color, es el largo fuego
de un candil que entrega sus últimos aceites, como el de mi corazón,
extinguiéndose irremediablemente.


Creo que el título de la película era The Super Mario Bros. Hay un momento en que Koopa —o Bowser— quiere aleccionar a uno de los suyos, por no seguir su orden de la manera esperada. Entonces hierve en ira y aplasta, con la pesada cubierta, la mano que toca el piano de una caricatura de mago pequeño y bizco.

—¿Puedo quitar la cubierta? —dice tímida, casi rogando en su pregunta, la caricatura de mago.

—Todavía, —ruge Bowser—, el dolor es el mejor maestro, —finaliza.

A veces uno no entiende hasta que termina golpeado. De niño, cuando te advierten: «¡Con la mano húmeda, no en el tomacorriente!», no entiendes hasta que una leve, pero vivificante descarga te enseña; o el clásico: «No vayas con los pies mojados cerca de la piscina», hasta que ¡zaz!, cabeza al suelo, y nunca más. De grande las lecciones son ardorosamente distintas, enseñan, pero es otra clase de dolor, marca por dentro...

La misma voz, la misma. La que me hizo un día soñar despierto sobre la almohada junto de la ventana en mi recámara; con la que reí frente al espejo de un baño, mientras miraba amorosamente, luego de limpiar un lugar que tenía arañas, polvo y tiempo cubriendo sus paredes por igual; a la que acallé con un beso y sonrió sentada frente a una recepción el primer día que llegué a Cuenca mientras preguntábamos por el alquiler de un lugar... Incapaz de sentir compasión, incapaz de sentir equidad, de comprender el dolor, el punto bajo donde se halla alguien que pudo menos que darle vida a sus días, dice: «Acepta», cuando refiere que los hechos, que sus actos, han debido ser disculpados ya. Acepta. Y pretende simplificar el dolor del tiempo en una palabra que dice que ya se dijo todo, no pidas más. Que ya lo había dicho a sus padres, que hace dos meses, que ya lo sabían, que no hacía falta. «Acepta»

Le pedí que limpiara su desorden, reconociendo lo que había hecho: diciéndomelo, a sus padres conmigo presente, a mis padres finalmente. Y viendo el peso en la responsabilidad de la petición, dio un paso atrás... «no debí decir reconciliación, poniendo la carreta delante del caballo», dijo. Y, después, ya no por llamada sino por frío escrito, ante mi solicitud a su predisposición a pedir perdón, resumió repitiendo: «Acepta», que quedó marcado una y otra vez en mi memoria.

—No es de Dios lo que pides; no sabes perdonar, no has cambiado. Han pasado 3 meses. Ya me disculpé. Acepta.

En mi expectativa —ilusa siempre, contumazmente cándida, marcada ahora por estas heridas— ella me dijo: «Lo siento; te extrañé, ¿sabes? No veía cuando oírte para pedirte perdón. Quería saber cómo estuviste; no pensé en las cosas que hice. Solo me sentí mal y dejé todo. He leído cada cosa que has escrito... No sabes lo mucho que significa para mí. Borré la frase “no he olvidado”, pero tú sabes que no he olvidado. No es lo mismo. Te quiero. Perdóname por favor; quisiera que te sintieras bien conmigo, tentar como antes. ¿Qué puedo hacer para corregir todo lo que hice?»

La mente de un enamorado es la de un loco que canta con una botella en la mano alguna canción de amor que recuerda con nostalgia.

Mi Encanto, dulce pedazo de mí, prima vera de mis días, he esperado tanto para oír hablar a tu corazón, que esta noche de noviembre, hoy que en lugar de tener un boleto de avión te oigo al otro lado del teléfono, me siento morir.

Apretado de negruras. Con una palabra adentro intentando como mágica pastilla disolver mi dolor... «Acepta, acepta… acepta». Acepto que te perdí hace mucho tiempo, y que la muerte llega a los hombres no solo por cada pariente que se va, sino por cada amor que uno ve alejarse y partir. Acepto que eso que te dije que tenía un corazón de oro ahora lo reconozco mejor, era la poesía que llevo dentro de él, y que se atrevió a soñarte en tu ausencia para cubrir esa soledad, escribiendo de ti, cuando acercándose estas fechas que hace un año me llevaban fuera del país, sentía más el vacío. Acepto que no me siento feliz, que me duele tu poco tino, tu ciega empatía, tu ausente amor, que hubiera preferido que me cortaran el meñique a sentir tanta tristeza. Y acepto que no volveré a querer como sabía porque siento algo muerto dentro de mí. Que debí hacer menos por alguien que no supo, que no sabe, comprender las heridas de casi tres meses esperando en bancas, aceras y atardeceres, viviendo del dulce y solitario plato de comer tristezas. Y será, como te dije... por otra persona, por quien te valga la pena hacer más, mucho más que solo decir... acepta.

Que la moraleja está en el dolor, en la lágrima que limpia, en el tiempo que enseña como severo profesor… en la soledad que despierta la zona más dormida. Y aunque llevaba marcado en mi rostro el recorrido de tantas veces llorar… pude pensar que estas líneas se habían escrito para alguien. Ahora sé que no, y pienso que lo que guardaba nunca más será… porque es verdad que no quería entenderlo, pero acepto que he escrito tanto por alguien que nunca quiso dar como yo supe hacerlo.






***

«Si en la familia decir equivale a preocupar, entre amigos a normalizar y con los mayores a trivializar, ¿dónde queda todo lo que guardamos?»

Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.

Disponible en:

jueves, 15 de agosto de 2024

Bang Bang

 -Dámelo

-¡No! 

-¡Estaba jugando yo! 

-¡Mentira! Estaba en el piso. 

-Pero lo iba a usar ahora, ¡dámelo!

-No

-Le voy a decir a mamá 

-No le vas a decir porque ella no nos deja jugar con eso. 

-Lo voy a romper y le voy a decir que fuiste vos. 

¡Bang! ¡Bang! Dijo el pequeño y el estrépito inundó la habitación, fracturó el sonido matinal de la casa y viajó hasta la cocina asaltando los desarmados oídos de mamá, y fue a perderse despedido como un imponente cohete de una procesión que ningún vecino pudo ver en la calle.

Los platos, alocados, cayeron al suelo como un sonido menor, y los latidos de un corazón espantado pugnaban por acercar a dos ojos nerviosos una sola imagen.

Mamá abrió la puerta y Dios se apartó del mundo otra mañana de abril. 

Al día siguiente una mano encendió el televisor y luego de un rodeo de canales recaló en el obituario cotidiano de las noticias matinales donde un comentarista exhortaba a la población con voz agria y quejosa que cómo un policía de franco podía dejar a vista y alcance su herramienta de rigor.



viernes, 18 de septiembre de 2020

Traun

El agua es turbia bajo el bote, sin embargo el detective Traun no se da por vencido. Está buscando una pista, algo que lo acerque a develar el misterio de aquél asesinato. Entonces lo ve, asomando apenas a la superficie y ordena que detengan la embarcación...

una mancha metálica flotaba indiscreta acercándose a la pequeña barca. La luna se había encargado de su aspecto acerado y el viento la llevaba irremediablemente hasta la manos de Traun. Una vez asida, la solitaria forma, que contrastaba la turbiedad del lago se deshizo en un líquido viscoso que Traun palpó reflexivo y transido, atravesado de meditaciones. ¿Podría ser esta una mancha navegando solitaria, o es que vienes a confesarme tu delito? Vamos amiga, muéstrame, se dijo, al tiempo que examinaba con sus dedos el líquido viscoso. Acto seguido, alzó la mirada, y fue recompensada la enorme paciencia de ese hombre sabueso. Tuvo un momento más silente aun: Frente a él, una franja titilante circundaba la casa sobre el lago, rodeándola de extremo a extremo hasta perderse.

Los que conocen a Traun cuentan sin azoro el romántico pacto que hay entre él y la luna. Aunque para mí no es tan sencillo decirlo, y a falta de pruebas he andado tras ellas como un cazador tras su presa, solamente he obtenido lo mismo en cada taberna una voz ebria y hosca que repite: "Es simple muchacho, él vive enamorado de la luna y ella cuida de él como un centinela por la noche".

Cierto o no, aquella frase viene a aparecer cada vez que suceden estas cosas. Porque en el preciso instante que Traun buscó un yesquero en su bolsillo para cotejar sus conclusiones, un travieso, o quizás, oportuno haz de luz penetró la densa niebla que ocultaba la luna y fue a parar sobre el remero iluminando su torso, quien ocultando la fiera expresión de su cólera era delatado por la reverberación de una navaja.

Traun clavó sus ojos en las pupilas encendidas del remero, y calmo le dijo:

- Bien Ren, hasta aquí puedo decir que han terminado mis servicios.

Ren escondió de la luz el afilado metal y exhalando la vida por sus fosas respondió.

- Siempre supe que eras el mejor detective Traun, qué has hallado.

- Bien muchacho, te diré. Un hombre, tu mejor amigo, ha muerto ahogado con un necio olor a combustible que también rodea su casa, dejando una esposa arrepentida de un affaire innecesario con un truhan que no necesita más castigo que el veneno de su cólera.

Miguel

Miguel cerró la puerta, puso doble seguro y ya adentro subió a la alcoba esperando hallar una sola cosa, tranquilidad.

Afuera quedaba todo aquello que le recordaba su cercano matrimonio: El cruel humor de los amigos en la oficina, mamá hablando de Dios y el bendito santo sacramento, y la extenuante voz de su novia martilleando que no olvide el papeleo de mañana.

Se dispuso en la cama. Y ya recostado, el silencio le otorgó un minuto de reflexión y después de un variado vaivén de ideas culminó la desperdigada retahíla con: matrimonio, mañana... -¡Ma-ri-ca!, le silabeó una voz. Y sus ojos se abrieron como dos lunas de fuego. Ningún marica, se dijo. No sé por qué tengo estos pensamientos de m.. estos días. Estas cosas ya las he pensado antes. Esto lo hemos decidido los dos. -¿Hemos? le espetó la voz. Miguel cerró los ojos nuevamente como calmando su hartazgo y luego de un breve esfuerzo por ordenar sus ideas decidió que lo mejor sería leer un libro y dar rienda suelta a su imaginación. 

Un libro. Nada mejor que el paraíso de al lado. Un mundo distinto en una realidad inimaginable. Una ventana abierta para atisbar lo que había ahí guardado para él. Abrió la ventana, se dispuso alegremente, y soltó una risita leve signo del que se prepara a paladear un largo y entretenido disfrute. Y así empezó, repuesto y sonriente y observó despacioso sílaba a sílaba el íncipit que decía: "Madura la fruta cae del árbol sin necesidad de arrancarla". Y la sonrisa trocó a una agria mueca porque la frase había agrietado su corazón producto de un trémulo sismo.

Y en el fondo de esa grieta apareció otra ventana, y en esa ventana se vio pequeño y mudo ante la infinita alegría de su madre y su novia porque la boda sería pronto y todo debía ser felicidad y entusiasmo, mientras él respondía con un mutismo enmascarado por una sonrisa. Y al lado, en otra ventana, vio como asentía callado cuando su novia le decía que luego de 5 años de noviazgo era tiempo suficiente para casarse y que era mejor ahora cuando las cosas ya estaban bien económicamente porque ella ya había hecho el cálculo y, por supuesto, todo cuadraba; y él ensayaba su mejor sonrisa y de nuevo veía su mutismo y su pequeñez quemándole las entrañas. Y así, ventana tras ventana, hasta que no pudo más, y llegó a la última donde al fin aparecía aquel primer beso que él no había dado porque no estaba seguro de darlo, pero que recibió porque no sabía decir que no, que no quería, que no la quería, pero la besó.

Sí la quiero sostuvo, entre lágrimas, y apretó fuerte el puño mientras parecía ordenarle silencio a su necia voz interior, que como un animalillo asustado se enroscó en una oscura esquina en el fondo de su corazón. Miguel cerró los ojos amargamente y ventana tras ventana cerró todas hasta que ya muy tarde y debilitado su espíritu cerró aquella última que nos separa del sosiego de la noche, la vigilia. Y por fin durmió.

Pero lector, recuerda: Una pequeña chispa es capaz de generar el más grande de los incendios. Y lo mismo ocurre con una duda.

martes, 1 de diciembre de 2009

La llave

Casi siempre consigo expresar lo que siento... aunque en el fondo no sé que ha quedado en el entender de quien oye, lee o quizás simplemente ve. Ya ha pasado bastante que intento y no consigo comprender. A veces cuando más se desengrana el pensamiento cuando la proximidad de la palabra de quien explica demora, una idea llega a mi cabeza mucho antes y suelo decir entiendo o entendí para mis adentros porque pretendo dar en el clavo por pura conjetura o una simple carencia de saber decir no puedo y eso bien yo lo sé. Había dejado arrumbado mi interés por una solución a esta ligereza y sucedió ayer en pleno desdén perentorio por asesinar minutos frente a mi pantalla. Al igual que el más infeliz de los casos de una llave perdida: "encontré lo que no buscaba" y apunté bien la placa de la idea para no olvidarla por si llega el momento. Porque reconozco el arduo maquillaje de mis pensamientos cuando me es conveniente. Una imagen dijo más que mil palabras y pudieron ser sólo diecisiete pero no llego ninguna antes de observar con detenimiento los ojos de quien mira cuando está enamorado. Cie.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Tú

Te conviertes en una palabra
y mientras más me oigo nombrarte
seguro y me enamoro de ti
jugando a esconderte frente a mi
poco a poco te encuentro -No está demás decir que sí cuando es de noche-
cada sonrisa es mi más tierna mirada
que suspendo en tiempo incierto acorde a notas tristes de mi almohada
un dulce a medias, la conjetura de un sí a las 5 p.m.
denodadas apetencias que en suma son mi más cruel antojo de saberte a mi lado.

Te conviertes en una pregunta
y de no hallar respuesta diré que posee
la misma inconsistencia de mi decir "en punto" hoy a las doce antes del meridiano
más tecla que palabra
y de hora inadecuada
se acerca a lo lejano cada idea que ha escrito
inanición seducida por lo que el tiempo provee
destila vanidad impropia de su edad
más cerca cada vez que se aleja de mi lado.

Te conviertes en una respuesta
y no estoy jugando a las escondidas -de jugar seguramente te encontraría a mi costado-
arredra la idea de bailar a solas
mientras la música suena en el primer pasillo
describe estas líneas como yo las escribo
a ver si recuerda lo que oyó su oído
de noche se entiende lo que debe comprender
seguro y encuentra en el tiempo al callar
una voz conocida un susurro casual.