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viernes, 4 de septiembre de 2026

Temporada de huracanes.

 

La música está tan inserta en la vida de todos.



***






Epígrafe

He, too, has resigned his part
In the casual comedy;
He, too, has been changed in his turn
Transformed utterly;
A terrible beauty is born.

W. B. Yeats
Easter, 1916


     «Una belleza inseparable del horror».  El epígrafe me recordó un fragmento de The Picture of Dorian Gray:

"Behind every exquisite thing that existed, there was something tragic.
Worlds had to be in travail, that the meanest flower might blow".

     Claro que, al mencionarlo, no pienso en el resurgimiento de una identidad nacional (que es de lo que trata el poema de Yeats) sino en lo que uno se convierte después de una tragedia. Hay cosas bellas que admiramos en las personas que fueron construidas sobre ruinas de algo que no sabremos.

     Al final, creo, somos la gran nación de un nombre y un apellido: un territorio soberano donde la tragedia no funda un país, sino una identidad.

     Después de un acontecimiento adverso, nadie regresa siendo simplemente «el mismo con cicatrices», sino convertido en alguien en cuya geografía interior ahora hay fronteras nuevas, ciudades abandonadas y otras recién construidas.

     «Después de una tragedia no regresamos. Fundamos, con nuestro nombre y apellido, una nación distinta».

     Y una nación no es solo un pasado. También es un idioma, una memoria, unos símbolos, unas ruinas y un porvenir. Si una persona puede ser una nación, entonces una tragedia no deja únicamente una herida: modifica la constitución entera de ese país interior.

***


I

     Un inicio breve. No se reconocen, por la brevedad, las maneras en el uso de la puntuación que aparecerán en el siguiente capítulo.

     Es, sobre todo, un cuadro, una escena que escala en interés palabra a palabra. Hay un cuerpo muerto y unos chicos que lo encuentran a la ribera de un río, en su margen.

     Es una manera de definir un qué a partir de una acumulación de detalles. Y, en esa escalada, encuentro algunos puntos que, por su belleza o sorpresa, encabalgan la atención: «el líder», tras mencionar que eran cinco, introduce una breve vacilación sintáctica; «las matas sedientas del cañaveral», una manera placentera de trasladar poesía a la descripción; «el chillido del bienteveo» o «la badana», vocablos inusuales colocados con naturalidad; los zopilotes, que identifican de inmediato una atmósfera y un territorio; «la espuma amarilla», una imagen tan exacta como persistente; y, finalmente, ese «sonreía», que vuelve escalofriante el cierre del párrafo.

***


II

     Lo primero que se siente es el apremio. La puntuación no da espacio a la reflexión y pasa revista a descripciones, cotilleo, suposición y maledicencia, todo aceitado con este paso ligero entre coma y coma, y el humor de un narrador que reúne todas las voces, casi como si formase parte de una de ellas; diría una de las mujeres que buscan soluciones a los males que las aquejan.

     «Solo iniciado, traslada el quién». El hilo del capítulo anterior ahora atraviesa la vida de la Bruja, la de su hija, su aparición y desarrollo en La Matosa. Aunque todas las miradas son negativas, se deja entrever que son conjeturas, chismes o comentarios sin sustento.

     Las comas cumplen un papel fundamental en el trazo de los párrafos. Así, la narrativa enhebra un tema con otro en alguna de las formas que toma la coma. Por ejemplo, se realiza un conteo descriptivo y, de pronto, la siguiente coma añade un último atributo, estirado por la proyección de una nueva anécdota afín. Esto, dependiendo del lector, favorece o no; es cuestión de costumbre: la agilidad naciendo de la ausencia de pausas, o la pausa ausente por la agilidad que imprime.

     Hay nombres o sobrenombres, están ahí; aunque, al hablar sobre ellos, la descripción es tan variada que no termina de compactarse, por ahora. Es un quien aún incompleto. Quién es la Bruja, quién es su hija, Manolo Conde; qué es La Matosa, quiénes son las señoras que la visitaban o los hombres mencionados como padres, por abuso, de la Bruja Chica. Contar la vida de alguien a partir de anécdotas da una idea vaga del quién, más aún porque la voz es casi la de una más del vecindario y permanece un sesgo o una idea de descrédito.

     El deslave o los huracanes del 78, que llevan a la muerte de la Bruja, y el espectro que queda, su hija, tras su muerte; la búsqueda de hombres por parte de esta última y su paga por tenerlos... anécdotas que conjuntan la vida de alguien. Es difícil explicar lo vago que se siente, pero se siente, al fin.

     Las frases y el humor son un trazo irreprochable. El texto da para leer en voz alta. Pese a la continuidad sin freno de su narrativa, alcanza picos de broma por sus remates, comparaciones, mexicanismos o el argot empleado, usualmente para insultar.

     El interior del personaje, la Bruja, y el de su hija no se puede ver bien porque, hasta aquí, todo es externo. Quizá pueda rescatar levemente su interior, aunque incluso impregnado de ese salpicado humor: «las únicas a las que a veces la Bruja les confesaba sus propias cuitas, tal vez porque ellas comprendían y sentían en carne propia lo cabrón que era el vicio de los hombres...».

     Por último, el lenguaje, aunque alegre, está cargado de palabras que intuyo de contexto regional. No menciono lo más clásico, sino lo que más me sorprende; por ejemplo: «cusca», «y dijeron matanga», «se los llevó pifas en la carretera», «chapopote», «pueblo rascuache», «se las hizo de pedo», «al chongo», «congales», «chicozapote», «esa vieja lo que quiere es cabeza». No obstante, hay precisión en el lenguaje; o sea, que el salto va desde lo ordinario... al vocablo exigente que deja la imagen exacta. Es una escala que uno percibe agradable al leer. Estos matices son los que, digo, aceitan la lectura lo mismo que la coma.

     La obscenidad, como recurso o tinte en el espectro de la historia de la Bruja, cumple un rol y llega a manera de broma al describir o de anécdota con humor. Muchas veces es peyorativa en voz del narrador, o narradora, que así se siente a veces, aunque todo es un decir de la vecindad, sobre todo de mujeres que hablan de la Bruja y de su hija.

     Entonces, es un capítulo no tan largo, pero ágil, abigarrado de muy buenas piezas donde se trama quién es la Bruja en La Matosa, en boca de todos sus paisanos.

     Finalmente, hay una idea que concita bastante de lo anterior, debido a una segunda lectura. Por mi afinidad con la poesía, busco el interior del personaje, pero aquí es vano. Lo que hay es un gran exterior. Y, más que exterior, es una proyección: pensar que «la narración toma de excusa a la Bruja para terminar hablando de La Matosa, de sus habitantes y de sus obsesiones, miedos y prejuicios» es mucho más exacto. Incluso, es una crítica al comportamiento o la idiosincrasia de la gente de determinado lugar. Esa mirada cambia la forma de leer: le quita magia, sí, pero permite subir unos escalones para observar mejor lo que se dice e, incluso, entender cómo funciona la narración o la forma en que indirectamente dice algo. Esto, para mí, realza la lectura; le da un atributo de complejidad mayor. Es como una gran figura literaria.

***


III

     Serían dos las partes en que dividiría lo que deja el tercer capítulo. La primera corresponde a lo exterior, a la impresión inmediata: lo que la lectura produce mientras sucede, el cúmulo de sensaciones todavía desperdigadas. La segunda, a lo interior, a la reverberación que deja el capítulo cuando el orden descontrolado y zarandeante de la narración termina por asentarse y permite comprender mejor sus motivos.

     Porque, al menos hasta aquí, es una novela que amerita segundas lecturas. Hay un orden sugestivo e invisible, una belleza en el escamoteo de los datos que primero encubre y luego revela el verdadero peso de los dramas. En una primera lectura puede quedar, sobre todo, el impacto; en la segunda, cuando la velocidad deja de imponerse, aparece la reflexión. Y, en ese punto, aunque la memoria de un buen lector es una mejor herramienta, resulta todavía insuficiente ante una arquitectura artificiosa que consigue difuminarse naturalmente, párrafo a párrafo. Son el lápiz y el papel los que terminan siendo mejores que el simple recuerdo para sentenciar, ante la duda, quién era quién, cuándo ocurrió algo o hacia dónde conducía un episodio apenas insinuado.

     «Sobre la impresión inmediata». El capítulo dos muestra una forma de narrar; el tercero la vuelve una canción: una armoniosa manera de contar.

     Hay pocos libros que logran, quizá por ese mecanismo constante, hipnótico, prolongar una voz; algo así como generar un eco en el oído del lector. (Esto es claramente personal, ¿o no?). Me sucedió leyendo el Quijote, de Cervantes: esa manera de hablar, constante, caballeresca y refinada hasta el sortilegio, se introduce produciendo un encuadre o molde en cómo el verbo, el verso o el decir se hacen. Entonces no hablas como el Quijote, pero tienes en la mente una especie de algoritmo que te invita a continuar esa forma. Terminado el capítulo, uno de los hallazgos que encuentro es que la música de la narración está tan lograda que la voz del narrador, esos empalmes y rodeos y adjetivos, lo que es, en suma, la manera de contar, deja la sensación de una proyección al hablar, incluso al pensar. Diría, en suma, que uno está invitado a decir esperando la coma y lo que sigue, bien enhebrado.

     Derivado de lo anterior, merece una mención exclusiva la circularidad que posee. Esto es: retomar inesperadamente madejas narrativas supuestamente perdidas. Es un ejercicio conocido; lo que lo hace impactante y atractivo es engranarlo en la máquina veloz de la narración. Hay una sensación de ejercicio de memoria muy agradable por lo circular, o, mejor dicho, por lo espiral, porque no se retoma a rajatabla, sino que se abre y ensancha lo que antes solo fue mencionado. Sin descontar que lo que fue un párrafo narrado es ahora, a su vez, parte de un engranaje mucho mayor que vuelve a aparecer, visto con lupa y desde otra parte.

     La voz esta vez es mucho más uniforme a lo largo del capítulo. No hay esa escala entre un lenguaje popular y, digamos, otro más elevado. Aquí la voz permanece popular de principio a fin. No hay verdaderos saltos: la sostiene siempre y, sobre todo, Yesenia, la Lagarta, o la nieta mayor, o la prima del irresponsable hijo de su chingada madre de Luis Miguel, mientras el narrador omnisciente aparece solo cuando es necesario hablar de ella, sin tropezar con la primera persona, sin quebrar esa continuidad.

     Y la historia, precisamente por lo latinoamericana que es, pese a los numerosos y cómicos vocablos o giros propios del habla mexicana, termina por sentirse cercana. Y es todavía más resaltable porque consigue, con ese lenguaje sencillo, agradar, ya que se acomoda muy bien a la manera en que se cuenta la historia. En mi percepción, está más logrado que el capítulo anterior: hace reír por momentos, sorprende en otros y termina dejando pinceladas que conectan con los trazos del capítulo anterior. Es decir, agrega trazos a la expresión de un mismo cuadro desde otro ángulo.

     «Sobre la segunda impresión». Hace falta resaltar el juego de la narración que suprime el nombre de Luis Miguel hasta apenas unas páginas antes de terminar el capítulo. Hasta entonces es el «chamaco», «el nieto», «el hijo de Maurilio» y ene maneras de usar como pivote la vida de alguien sin nombrarlo expresamente, solo para que, al final, cuando es necesario y como parte de la acusación de Yesenia, aparezca. Es un ejercicio, imagino, laborioso, pero asaz alegre: usar sin nombrar, agotando las posibilidades, hasta llegar a la necesidad imperiosa e inevitable.

     Y, sobre todo, el foco, o, más bien, el lienzo sobre el que desborda el relato todos los colores ingratos, es Yesenia. Sobre ella recaen el machismo, la vejación, la injusticia y el peso de una responsabilidad desproporcionada: criar, proteger, obedecer... callar. Quien, por ello, hilvana la historia, porque es la más perspicaz, la más consciente, la más intuitiva; a quien se le carga peso incluso hasta alcanzar la ira de imaginar como solución posible la idea de matar. Si la Bruja fue la excusa para decir La Matosa, sus habitantes y su idiosincrasia, aquí ese lugar lo ocupa Yesenia, y su historia humaniza el personaje hasta convertirlo en una alegoría que condensa buena parte de la pobreza material e interior de un gran sector de América Latina.

***


IV

     El capítulo da para varios comentarios e incluso, por haberla leído más de una vez, alguna crítica.
     
     Creo que hay una escala de menciones de lo mejor que deja una primera lectura. Entre ellas, la primera sería la impresión del cerrado del capítulo, la sonrisa involuntaria de saberte pasar por el lugar que empezaste sin darte cuenta, que, como quien no quiere la cosa, estás donde empezaste y es, como digo, una especie de guiño al mareo, de cosquilleo en la memoria.

     La segunda serían las revelaciones y la mayor y más clara de estas es que la Bruja no es ella sino él, que tiene una relación con Luismi, (aunque agregaré más adelante).

     Luego está la impresión que deja la aparición de la palabra «declarante» en medio del zamaqueo narrativo, que es algo que obliga al detenimiento de la velocidad en plena lectura.

     De todo esto me quedo con lo primero porque es lo que estremece más, por el resabio que deja.

     «De la segunda lectura» La relectura, como dije, permite una mirada distinta, superior, en definitiva. Solo empezar de nuevo, y uno advierte que el largo del escrito difumina lo que al final acentúa: cuerpo de declaración. Claro que en el curso del escrito esto más que difuminarse toma otros rieles por las constantes y agradables digresiones que arman la historia y, a la vez, desarman la atención incluso desentrañadora al releer, pero que se mantiene hasta ese empleo del vocablo «declarante» tan frenador en medio del vertiginoso despeñamiento de la narración.

     Un apartado quizá no a todas luces importante, pero dada mi cercanía a la poesía, imprescindible, es el hallazgo de lo poético, o más bien el que pueda notarlo con más claridad en relectura. 

     Así, tengo tres ejemplos de lo que con García Márquez también es un recurso, cuya aparición es más clara por la manera detenida y alargada de los párrafos y que aquí, al contrario, pasa y tiende más bien a resonar. Esto es la exageración, la hipérbole, magnificar un atributo no en un adjetivo sino en una idea, al punto de dejarla, como digo, resonando en medio del mecanismo vertiginoso de la narración. 

Aquí los tres ejemplos:
     i. «...que pronto le hicieron sentirse de nuevo como ser humano, y hasta le entró la esperanza de que...»
     ii. «... o más bien suicida, tratar de discutir en público con su mujer: algo así como tragarse una granada destapada»
     iii. « a fumar marihuana mientras contemplaban el mar interminable de matas a la luz mortecina del ocaso

     En todas hay, como digo, un incremento en el trazo hasta alcanzar lo poético, que resuena, solamente, debido a lo imparable de la narración. Me quedo por supuesto con el primero por la vida que otorga un plato de comida en palabras del autor, y fuera de lo literario, bajo ciertas circunstancias, muy cierto.

***


V

     Terminado el capítulo, y habiendo leído todos los anteriores al menos dos veces, pienso: «No me cabe relectura», por dos motivos: por la crudeza que alcanza hacia el final y por sentirla innecesaria, la relectura, claro.

     De lo segundo, y quizá una de las críticas que puedo hacer hasta este capítulo, sería el reconocimiento de las herramientas de narración y que la repetición de estas decrece la inquietud. La ceguera en las historias, y ahora entiendo más lo irónico que parece, aunque no lo sea, alumbra. Sería como estar en un lugar muy oscuro y ver, a lo lejos, casi indistinguible, un punto de luz. Ese punto de luz es la ceguera, y uno sigue hacia allí. No saber qué, no entender bien cómo, impulsa a leer, porque el ánimo del descubrimiento se exacerba.

     Y una de las piezas de ceguera que se esfuman hasta aquí es la arquitectura de la historia, su predictibilidad, el saber cómo se narra algo y que no hay sorpresa más allá de lo visto en el capítulo anterior. Esa condición, de alguna manera, frena.

     Un ejemplo de ello serían los saltos narrativos que, por la iteración en su uso, ya me son plenamente advertidos. Y, más que saltos, digresiones; y, entre estas ya clasificadas, me ha quedado lo siguiente: 1. de ingreso y de retorno, inmediato o posterior; 2. de empalme, para facilitar el ahondamiento; 3. de cambio, como salto narrativo per se; y 4. la caja china, muy a lo Quijote, a propósito del cuento con que explica Norma su entendimiento del domingo siete.

     Y es cierto que hay casi una obligación al esquema de lápiz y papel, por la construcción arbórea de los personajes, para ver con claridad la lectura. Pero, una vez tenido al menos un esquema desde algún capítulo, la visión de estos y de las nuevas apariciones se hace clara.

     Dicho esto, hay dos columnas que destaco en el capítulo. La primera no es exactamente las herramientas de narración que, como dije, han cedido sorpresa. En su lugar, está el embellecimiento de estas. Y ese embellecimiento lo hallo en la credibilidad que se hace a través de las voces, en el engranaje de sus revelaciones, etcétera.

      Entonces, destaco sobre todo aquí la voz de Chabela y cómo consigue ser más que creíble; cómo uno queda inmerso en el plano de su mundo a partir de sus frases. Tres ejemplos de estas: 1. «esa pinche vieja cambuja»; 2. «Me lo desgraciaron bien gacho»; 3. «...no estarías en este apuro si no te gustara la masacuata, cabrona».

     Y ese persistente llamar «Clarita» a Norma, muy desaprensivo y, a la vez, tan popular, además de confuso para un lector distraído.

     Finalmente, sobre el embellecimiento de esta columna, el humor, cuyo brinco más alto lo tuve en la descripción «pintada de verde radiactivo» para señalar las uñas de Chabela, hetaira y, por decirlo menos, mujer muy particular.

     O la mención del único sostén y del único vestido de la pobre Norma para representar su pobreza, de quien ahora entiendo, quizá, por qué aquello de gorda y, finalmente, tripuda, como se le nombra en este capítulo; y, así como ello, toda la fraseología popular que adereza el contexto de los hablantes.

     Y lo poético, breve y sentidamente incorporado al corazón de Norma en la frase: «¿Por qué decía Norma que (Luismi) era lo mejor que le había pasado en la vida... si más bien sentía que el cariño que él decía sentir por ella era una cosa frágil que cualquier vientecillo podría arrancarle de las manos en cualquier segundo?».

     Desde el párrafo antedicho, la otra gran e invisible columna: el drama y la revelación.

     El drama de la madre de Norma empuja la convencida frase «Un hombre bueno como el Pepe». Y en ese drama subyace el arrastramiento de las vidas, como eslabones de una cadena de tristezas.

     Y, sobre las tristezas, el drama de Norma, que viene a ser lo mismo, y que puedo reducir a dos puntos: 1. el silencio de Norma, que pasa, en el lector, de proteger a Luismi, según el capítulo IV, a conservarlo por no destruir a su madre; y 2. cómo el que cuenta pasa de la mostración de una historia aberrante a la narración desde la confundida culpa de Norma. Que es algo que oprime y empieza una especie de tristeza al leer.

     Y con esto retomo el inicio, el primer motivo para no releer: la crudeza, porque... y tengo dos momentos, 1. la visión de que la historia desfigura la presencia de una niña hasta lo animal, algo que se atasca al leer como pudor o vergüenza, cuando luego de beber el menjurge de la Bruja debe excavar con uñas y dedos para verter lo que le produce en el cuerpo; y, porque la leía en voz alta hasta que se me hizo silencio, porque algo que es, creo, impotencia, te calla, y no para hasta alcanzar la última línea, donde el personaje te hace volver hasta lo más fundamental del socorro en casos de vasta soledad: clamar por tu madre. Es un cierre que en silencio resuena.

     Apéndice: Quedan en el aire algunos puntos, quizá adrede; entre estos, el mayor: la apariencia de que el asesinato de la Bruja fuera por el aborto provocado en Norma, la mujer de Luismi y a solicitud de Chabela, su madre.

***


VI

     Luego de imprimir todo el libro, porque no llegué a comprarlo, y ver que lo que queda es nada frente a lo leído... me alegra, y en cierto modo también me apena, porque tiene atributos que no había encontrado en otros libros.

     Sobre el capítulo debo iniciar con que no encontré el fuego emotivo que me sacudió en el anterior y, pensándolo bien, es un poco cruel, porque no logré empatizar con Brando, o al menos con el niño Brando, y sí con la niña Norma. Debe ser un sesgo completamente sexista que no me dejó sentir, aunque ahí está todo lo retorcido del capítulo afectando su vida.

     Alguien preguntó en la primera reunión que tuvimos si La Matosa o, en fin, los lugares, afectaban a los personajes. Dije que no, pensando con mirada técnica en la construcción de los personajes, pero una vida, sea la que fuere, queda rendida, o cuando menos expuesta, a las circunstancias de su entorno. Está ahí Brando, en medio de una familia rota, con una madre quebrada, que no es precisamente la más comunicativa y cuya base honda de conocimiento se basa en lo religioso, lo cual le queda a él como estigma y hastío. Cuánta falta hace hablar para que todo sea, pienso. Se dice que la acción suple el decir porque el hacer a la vez dice, pero nada reemplaza las palabras. Palabras, o acusaciones, las que recibe del Padre Casto; palabras, o “castreos”, las que recibe de los amigos mayores; palabras, siempre palabras: porque no hay mundo que sea realmente si este no puede ser fielmente nombrado. Incluso lo que vemos con certeza no es sino lo que conocemos como decirlo. Del mismo modo, ingresa tanto sin que otros sentidos lo admitan siendo antes palabra. Entonces, la importancia de la palabra en la vida de él, tan carente en su hogar.

     La construcción de una historia hilada por un personaje, como dije, pivote de una narración, es espectacular y sería uno de los atributos que me quedan en la memoria luego del libro o de este capítulo. Además, la factura que consigue la escritora obliga a algo que yo disfruto mucho, salvo cierto recelo por lo que encuentro al leer, y es el “no cesar”. No se puede parar hasta el final. No admite detenimiento para continuar mañana, porque la memoria, perezosa, resta datos que le dan sazón a lo que encuentras. Entonces, es de esos artefactos verbales que incitan al punto final. Y debes consumir bien lo que lees por la suerte de interior de tobogán a oscuras en el que ingresas una vez que inicias.

     Sobre Brando y el registro que alcanza por los desórdenes de sus deseos, pese a que es solo un libro, produce algo más allá de la reticencia. No lo había mencionado antes, pero sí: para mí fue, por momentos, incómodo de leer. No imagino cómo debe haber sido para una chica: las escenas, el detalle, las desviaciones, su internamiento.

     Sin embargo, en lo negro de la narración rescato incluso lo poético, y es curioso hallarlo, aunque es de lo más hediondo que leí: cuando él, Brando, se acerca a ver por las noches cómo los perros se aparean, cegado por la incompletud del clip, me quedó la idea: “Y es que el deseo no consumado arrastra hasta su obtención”. Me quedé pensando qué hubiera sido si él hubiera tenido el clip completo. Quizá sería peor. Pero resalto la capacidad del deseo para invadirnos cuando no es consumado como una gran metáfora en él. Dejo esta frase que se aleja un tanto, pero que rescata el espíritu de lo dicho: “El deseo hace florecer todas las cosas; la posesión las marchita.” Es Proust.

     Sobre alguna mirada crítica diré que el capítulo me empezó a saber soso a unas páginas del final; quería saber qué desenlace habría, y no adivinaba, al punto de que ya quería tener la capacidad de leer las líneas de tres en tres. Esto no lo califico como positivo: parece que deja de tener algo de esto que llamo “ceguera”, un medio que atice, y como no hay uno, flagrante, uno siente que debe o quiere terminar. Claro que esta mirada es completamente personal.

     Sin embargo, hasta pocas hojas antes, fue uno de los capítulos con los que más reí, y dejé variadas anotaciones porque los atributos o los remates fueron salvajemente hilarantes. Ejemplos tengo muchos, como la descomunal y nunca antes oída mención cuantificada de que a alguien pudiera valerle algo “tres toneladas de verga”, o la imagen perfecta de “retorcerse como ciempiés fumigado”, o la castrada esa al pobre niño Brando: “Brandi, el hijo de mami, ¿todavía te limpia el culo tu mami, Brandi? ¿Todavía te baña, y te pone tu talquito y te jala tu pitito para que duermas con los angelitos?” Simplemente son líneas para detenerse a reír. Y por último, el cinestésico “olor a drenaje de pescadería”, cuando los desórdenes de Brando comparan el sexo de la pequeña del video con el de la insatisfecha Leticia.

     Entre los puntos más altos de poesía del capítulo, dejo dos que supongo y espero me queden en la memoria, o quizás son frases conocidas y es solamente mi ignorancia, sobre todo por la primera. Y es el tándem, sustantivo + adjetivo, “mirada braguetera”: la de los hombres o chotos que advertía Brando en las ferias. La poesía está en la conjunción, es exacta y, por demás, elocuente.

     Y la otra pieza que me encantó, y hay que resaltar que la exigencia de estas piezas emerge entre la ciénaga del relato, y pese a ello alcanzan belleza, es esta: “Hasta la última gota de aquel veneno que le quemaba las venas”. El cambio es perfecto y deja espacio a la imaginación, cediendo de lo estrictamente real a lo poético.

     Y me quedo corto porque hay más. Insisto: hasta alguna página que no sé identificar claramente, me reí más que en otros capítulos, luego, claro, de sortear el asco, lo aberrante y los tristes descubrimientos interiores de Brando.

     Mencionaré hasta aquí, además, que me he desasnado viendo que el plural de chavo y chava es “chaviza”, o que al menos puede serlo. Hay una serie de palabras, verbos y adjetivos, que son memorables. Y que para desatarlos en medio de la historia hay una maestría peculiar de empatía y de representación bien documentada, y que recalan en el habla de los personajes. Tengo anotados: marrano cacarizo, trambucara, pasoneándose, chacalear y otros distintos vocablos que aumentan la memoria del teclado de mi móvil. Yo que estaba casi satisfecho con saber banqueta o camión, y llega esta trenza coordinada de un decir que coexiste con el habla latinoamericana. Eso lo voy a extrañar, porque es un cúmulo sustancioso de una capa real del habla.

     Y vale la pena mencionar, en este abigarrado comentario, que a diferencia del capítulo anterior, los saltos o encadenamientos están mucho mejor difuminados, y son tantos y están tan bien camuflados con lo hilarante, la revelación y otros tantos juegos de la narración, que es difícil considerarlos. Mientras leía y buscaba señalarlos, tuve la impresión de que era un recuerdo largo, como una memoria cuyo desorden uno solo acepta y atiende mientras que alguien te la cuenta.

***

VII

«Dicen», creo que toda anécdota o relato queda confinada en una historia que inicia con esas palabras, y, como esta historia, marinada entre sus decenas de versiones. Y, si no recuerdo mal, es también la manera en que empieza a decirse lo grande de este relato en el capítulo II, con un extenso, intermitente y ubicuo «dicen». Entonces, esta falsa puerta con la que aún no cierra el libro es más que pertinente y, a la vez, poética, porque cierra este círculo.

***

VIII


     Sobre el capítulo final diré que el Abuelo, los muchachos y la suma de decesos que se contabilizan no me llevan a dilucidar si se trata de tal o cual personaje, si de Luismi y Norma y su pequeño, o de otros tantos que encajen según los trazos del registro de restos que va dejando la narración.

     Más bien, tomo el final de este capítulo y, al fin y al cabo, del libro, como algo que reclamaba la sordidez de todo el relato: luz.

     No hay mucho más que decir después de leer lo cenagoso y oscuro de cada inmersión narrativa en los ojos de La Matosa y de los cuatro personajes que acuden en cada capítulo. Incluso eso forma parte de la condición narrativa: escamotear información, acelerar mediante la puntuación y saltar, casi al azar, entre los meandros de la historia. Así se consigue también el ejercicio de crítica y denuncia de varios temas, en contrapunto entre personaje y narración.

     La oscuridad está nombrada tácitamente en todo el libro, por lo que cuenta y por la manera de contarlo. Nombrar la luz resulta, entonces, el peso necesario en la balanza y, además, el efecto casi perdido de una historia que cuenta el derrumbe de una realidad.

     Si alguien me pregunta qué es lo que me llevo del libro, diré que, sobre todo, su envolvente mecanismo narrativo, enmarañado en una historia sórdida que, en segundas lecturas, alecciona sobre las múltiples taras de un estrato de la sociedad latinoamericana que, sin este libro, uno no puede imaginar con certeza.



(Fin)




viernes, 28 de febrero de 2025

Nacer febrero




    Hay una broma que siempre recuerdo y, seguro, se ha mencionado en otros lugares y no solo en oficinas de trabajo.

    Alguien había cumplido años en la oficina; entonces se jugaba con eso. Era noviembre y, creo que era Henry el nombre del agasajado.

     —Henry, ¿cuántos cumples? —dijo su compañera más cercana, con voz atiplada, porque sabía que era su cumpleaños.

     —Tantos —y dijo su edad.

     —¡O sea que catorce... y de noviembre, Henry!

    Entonces, dos compañeros que habían nacido en el norte de Perú (Piura, creo) —uno regordete y pequeño y el otro, más alto y con lentes—, sin esperar palabra de alguien más, se dijeron el uno al otro, con más ganas de reír que conversar, como si empezaran un improvisado stand up a manera de diálogo, e interrumpieron:

    —¡Noviembre Heeeeenry! Hum. —dijo uno, con una voz medio cantada y demorada en la vocal —típico en los del norte de Perú.

    —¿Viste, cumpa? ¡Papi y mami no se andaban con vainas en febrero! —respondió el otro.

    —¡Ay, los catorce cumpiiiiita! Como si nunca hubieras sido crío.

    Y Henry, ingeniero minucioso y astuto, les respondió:

    —A ver, ¡si serán no más mis padres! ¡Levántenme la mano quienes más cumplen años este mes! (...)

    Ese día, el gerente, cuya presencia apagó el abierto escándalo, se detuvo en carcajadas en su cerrada oficina, cuando la secretaria le señalaba (además de las reuniones que seguían) que la risa escandalosa de todos era... porque la pregunta de Henry reveló que, en el piso 7 del edificio que quedaba en la avenida Encalada, el 90% de los que trabajaban habían nacido en noviembre, y que casi todos, entre el 14 y el 25 de ese mes —fechas más, fechas menos—, y que, expansivamente, todos hablaban del catorce de febrero como el culpable, sin considerar otras medidas sanitarias o de seguridad que pudieran paliar el número de onomásticos. —entiéndase, por favor, la referencia.

    Las calendas de febrero no solo contribuyen a estos calores, sino que también hablan de romance. Estoy seguro de que conoces la leyenda o mito del obispo que casaba (en contra de la voluntad del emperador: «no matrimonios, pues la soldadesca se fortalece con la bravura de los varones más jóvenes que no tienen vínculo familiar o amoroso») a todos los militares que, enamorados, querían ver su enlace consumado. Entonces, quizá con manos temblorosas y rosario en la cintura, Valentín de Recia, sellaba amores bajo la misma luna que hoy me observa. Y descubierto y sentenciado un 14 de febrero, signa a esta fecha, en parte, el nombre y su romántico valor: el de los enamorados.

    Como los que vi: entre mis recuerdos, el catorce de febrero en Cuenca era un torbellino de pétalo y fragancia, cuyo vórtice o centro era la frondosa Plazoleta de las Flores, un lugar donde el auspicio de la naturaleza se dejaba oler y mirar por igual. Solamente salir del portón —del lugar en que vivía—, junto de la panadería, y descubría la primera de muchas escenas cariñosamente repetidas en los siguientes minutos camino hacia la pequeña plaza. Un chico, con un precioso ramo de flores, obsequiaba —sin inclinarse, pero con un orgullo o timidez en la sonrisa— ante la mirada de inconfundible amor de la chica de vestido azul, que besos después, y entrelazadas las manos sería lo mismo que vería en cada esquina que crucé: en el Parque Calderón, bajo las columnatas arqueadas de la Gobernación del Azuay y, remozando —como tiernas estatuas que se besan— la religiosa presencia de la Catedral de la Inmaculada Concepción bajo la azulada compañía del atardecer de sus cúpulas. El amor —diría García Márquez—, me envolvió en el clima atónito de sus miradas, enfrascadas en un dar de aroma, beso y color. Y yo, perdido entre esos colores, intentaba develar el ramo adecuado, para la persona que orientaba la flecha íntima en la brújula de mi corazón. Llevado por el tocamiento seductor de las fragancias, atraído por la lozanía blanca de los lirios, guiado por el amarillo juvenil de frescos girasoles; confundido entre mi amor y todos los amores que florecían ante mis ojos...

    En el atrio de la iglesia de El Carmen, del Monasterio del Carmen de la Asunción —perdido en mi busca de lo mejor a lo que tocara su corazón—, donde montan vibrante y fresca, en stands cercanos como amigos, concentra viva la historia sus colores en la deslumbrante floresta de Cuenca.

    Que no he vuelto a ver...
    aunque me brilla en la memoria.

    Y que después, pero ya distante... y nuevo el camino en el tiempo: no gusto recordar... por ser infausto el febrero que vino: cuando el mundo le dio la siguiente vuelta al sol y se me olvidó que en el cielo habitaban la luna y las estrellas, cuando el verbo «celebrar» se me deformó en la mirada y, conoció mi centro lo que le hace un sismo a la tierra. Cuando la habitación de mis yoes se descerrajó en la tormenta, y vi volar por los aires mis temores, mis pasiones y mis ilusiones como pequeños sacos de mierda... Cuando, luego ciego, aprendí a tantear; y tanteando quizá ya estoy otra vez volviendo a mirar.

    Yo nací en febrero, y mi lágrima
es una barca que ha cruzado tantas veces a la orilla.

    Y la primera vez quizá fue hace ya años, cuando el reloj no alcanzaba las dos de la tarde, ni el aire mi tráquea oprimida por el cordón umbilical; viernes sé de muy buena fuente que, en derredor, se jugaba con agua, globos y pintura, o que los gritos de sorpresa y alegría llegaban entremezclados hasta la sala de parto. Con la primera persona que me entendió al mirarme y quien, con su mirada, me dijo «te amo eres fuerte»; ella, me contó que mientras pujaba se daban de globazos inclusive enfermeras a los enfermeros. De romántico corazón porque ella así me lo heredó, y perspicaz por quien —en su tierna adoración de mujer enamorada— ella me deseara completo su nombre al ser su primero y único amor.

    Sí, yo nací en febrero. Como muchos otros que se parecen a mí en santo y estrella.

    que ven un punto fijo y, calladamente, sueñan...

    Esos... que entre la multitud se ensimisman recordando viejas escenas...

    Quienes con metáfora terminan explicando lo que no pueden de manera directa...

    Todos los que se quejan de que el diccionario no indica cuánto tiempo implica el verbo olvidar...

    Yo nací en febrero, y también escribo llorando, y quizá...
te enamoras al leer en mis líneas lo que en mi mejilla ha sido sal.

    Yo nací en febrero y he muerto más de una vez esperando...

    En febrero, un día que duplica al catorce y he pensado que por eso llevo tanto romance aquí dentro.

    Nací en febrero, y me banco el mundo con mis ojos plenos de luz y miedo;

    que nací en febrero y me quedo viendo la tarde descrita con las palabras de mi dentrura;

    yo nací en febrero y celebro la soledad del espejo,
    y no me quejo:
diplomacias ninguna,
la memoria grande
¿y el corazón? quijotesco...

    Y siento que es, como la preciosa orquídea que obsequié esa tarde, el perfecto mes para notarme, que estando más cerca al sol —casi quemándome, casi enero, casi que arde— es desde donde el espectáculo se ve mejor, desde donde la luz es más clara, cuando se enciende más el sueño,

    que febrero no solo es mes del soñador: del que vive con las suelas arriba del suelo;
que soñar es acto humano
y que, para agarrar con las dos manos,
con la mente se sueña primero.


    Yo nací un febrero.
    Con el corazón en la mano, un 28 de febrero.




viernes, 14 de febrero de 2025

Starman



A David Bowie le parecía que la versión de "The man who sold the world" que interpreta Nirvana era muy triste; seguramente diría lo mismo de la de Matt Johnson, en el consolador canto acústico de su "Starman". Creo que sabía que de la tristeza han nacido creaciones de arte memorables, incluido el campo de la música, pero quizá simplemente no le agradaba ese sentimiento en su obra.

Eran más de las diez de la noche y regresaba de ese lugar donde no tocan Bowie, Queen o Nirvana; aunque, quizá, como ellos, con su música, también intentan arreglar los muchos corazones que se han roto por el paso del tiempo, dándoles un tono de fe con el que puedan afinar sus vidas. Se habían puesto de pie en el estrado, espontáneamente, uno por uno, a agradecer lo que el 2024 les había dejado. Y entre las muchas voces que atizaban el eco de esperanza en los oyentes del auditorio, Gael, el niño de 7 años que, con aplomo convencido primero y depuesto al silencio —debido al sismo de una emoción contenida— después, silabeaba entre lágrimas que agradecía a Dios o al destino que, luego del accidente en moto de su madre la tuviera viva y felizmente suya otro año más en su pequeña y corta vida. El pastor, con delicada sabiduría, le ayudó a terminar lo que en Gael ya era una mezcla de tristeza, fe y alegría atropellándose para salirle por la boca, y, entre aplausos, acalló su contenido sollozo imposible de parar.

Como su sollozo, resonaba en mi oído la frase «Un día voy a estar corriendo» de una mujer que, convencida, aleccionaba con la alegría de su enorme sonrisa, porque compartía que todo aquello que había recuperado en el año y lo que le quedaba por recuperar de la movilidad de su cuerpo era, con Él, con quien lo haría: con quien lo iba a solucionar; que no importaba si hoy no caminaba perfectamente, porque sabía que, un día no muy lejano correría, y sonreía mientras se disponía a repetirlo —no sé si con la boca o con el corazón. La fe puede sentirse como una luz que brota del espíritu, derramándose en un calor que desborda como lágrimas trazando caminos silenciosos por las mejillas. Así vi dibujarse esa fe en los rostros del auditorio, unida espiritualmente por el brillo de sus ojos.

Más tarde, con un trozo de vela cada uno y una llama tan cálida como amarilla, en canto personal y común, agradecían todos ordenadamente; y alcancé a oír, compartido e igual en mi pensamiento: «por mi familia, por esta familia y por las casualidades que da el destino». Diría que cada uno encendió el fuego de su estrella mientras orábamos cálidamente a Dios.

Las luces dentro de ese oscuro lugar y la ternura saliendo de cada palabra fue tanta... que me recordó a mirar las estrellas, cuando era niño y agradecía mis ojos, porque podía verlas tan bien que no dejaba de observarlas.

A veces miro el cielo y capturada mi atención siento una naciente nostalgia que se confunde entre mis recuerdos. Sé que cuando niño y lo recuerdo muy bien, el cielo desde la Villa de Buenos Aires era un espectáculo para mí, y yo me quedaba observando esa sincronía de luces titilantes. Mi vista era mejor: podía distinguir inclusive —lo recuerdo— el titilar de sus luces y la diferencia entre una y otra. Concentraba mi mirada en una, o un grupo, o un cúmulo como luego leí. Y notaba ese patrón uniforme al mirar. A veces lo que observamos no es una estrella sino un grupo, o una galaxia entera, cuya unión de estrellas la hace fulgurante, otras veces es tan solo una y es tan potente que hace lo que miles. Esas luces las sentía dentro de mí, lejanas y cercanas a través de mis ojos.

Solo recuerdo tres veces ver estrellas fugaces. La primera fue a esa edad justo desde el porche de mi casa, donde mi tío acostumbraba una y otra vez a pitar ese triste cigarrillo con la pierna flexionada sobre la piedra más grande que había, dejando una liviana estela de humo tras de sí, detenido admirando el cielo. Estaba con mi hermano que no la vio, y una estrella fugaz no se detiene a esperarte, simplemente la vi y él no. La segunda, fue en Cuenca, junto de alguien especial, que hoy por su ausencia acongoja mi corazón como el brillo de otra estrella que por lejana siento bella e inalcanzable; y creo que... ella tampoco la notó. Abrimos los grandes ventanales que cubrían el rellano de la escalera de ese edificio —donde ella vivía, en el cuarto piso— una noche que había acabado de llover copiosamente, justo después que el calor naciera —y notar que la noche era inmensamente estrellada— le pedí que observáramos atentamente, como recordaba hacerlo de niño y, oblicuas las miradas, quizá la vi o la vimos moviéndose rápido entre la multitud de luces del tapiz azulado del cielo: una raya brillante que desaparecía fulminada en su trayecto.

A veces recuerdo la frase de Carl Sagan: «estamos hechos de lo mismo que las estrellas» que, «el cosmos está dentro de nosotros». Que somos extraordinarios tanto como ellas: hechos para brillar. Y siento mezclada la tristeza y la fuerza que me da observarlas lejanas detenidas en el firmamento.

Enternecido por la velada y su oración de agradecimiento, terminada ya, camino por la acera, disociado de la multitud de gente que va y viene, con mis audífonos en modo cancelación de ruido y caigo en la cuenta de que Dios —o el viento— han despejado las nubes del lugar y que puedo ver arriba, claramente, cómo el espectáculo del cielo continúa agradeciendo mientras transcurre la noche. Alguien me hace señas y me pregunta hasta dónde voy. Resuelve que es muy lejos para ir caminando, increpa por qué no voy en vehículo; miro al cielo, y no sé manera de decirle que «no quiero dejar de contemplar cómo las estrellas, arriba, me parecen luces que agradecen: como niños con velas; que las quiero observar, que las quiero contemplar». Lo miro y le digo que me gusta caminar, que solo es eso y parece aceptarlo. Enciendo "Starman" y oigo la voz de Matt Jhonson con el sentido acorde del ritmo de su guitarra 
cavando en mi corazón, levanto la mirada mientras camino, y siento que... los recuerdos —lejanos como las estrellas— se acercan y se mezclan dentro de mí, y pienso que la tristeza y el agradecimiento son luces de una misma constelación, que ambas embellecen la vida y la llenan de sentido. Que, si he llegado a ese lugar, donde todos agradecen por las pruebas, por las tristezas que construyen su fe y su corazón, es que está bien, que no importa por qué llegué, que debo entenderlo, porque alumbra mi camino. Sigo caminando y el cielo me ofrece por tercera vez en mi vida una estrella fugaz —y un inevitable vacío que me agrieta y molesta, que fue sonrisa y que aún no cierra, me lleva a Cuenca—, y siento la tristeza de la melodía de la canción acudirme y devuelvo una lágrima, conmovido, en agradecimiento.









«Cuando estoy en la calle, de noche, y escucho esa canción miro al cielo fijamente, como quien presencia una batalla: mi tristeza luchando contra mi alegría; y pienso, sonriendo, que un héroe de colores bajará para ayudarme.»

 

XD/TT