de un candil que entrega sus últimos aceites, como el de mi corazón,
extinguiéndose irremediablemente.
Creo que el título de la película era The
Super Mario Bros. Hay un momento en que Koopa —o Bowser— quiere aleccionar a uno de los
suyos, por no seguir su orden de la manera esperada. Entonces hierve en ira y
aplasta, con la pesada cubierta, la mano que toca el piano de una caricatura de
mago pequeño y bizco.
—¿Puedo quitar la cubierta? —dice tímida, casi
rogando en su pregunta, la caricatura de mago.
—Todavía, —ruge Bowser—, el dolor es el mejor
maestro, —finaliza.
A veces uno no entiende hasta que termina
golpeado. De niño, cuando te advierten: «¡Con la mano húmeda, no en el
tomacorriente!», no entiendes hasta que una leve, pero vivificante descarga te
enseña; o el clásico: «No vayas con los pies mojados cerca de la piscina»,
hasta que ¡zaz!, cabeza al suelo, y nunca más. De grande las lecciones son
ardorosamente distintas, enseñan, pero es otra clase de dolor, marca por
dentro...
La misma voz, la misma. La que me hizo un día
soñar despierto sobre la almohada junto de la ventana en mi recámara; con la
que reí frente al espejo de un baño, mientras miraba amorosamente, luego de
limpiar un lugar que tenía arañas, polvo y tiempo cubriendo sus paredes por
igual; a la que acallé con un beso y sonrió sentada frente a una recepción el
primer día que llegué a Cuenca mientras preguntábamos por el alquiler de un
lugar... Incapaz de sentir compasión, incapaz de sentir equidad, de comprender
el dolor, el punto bajo donde se halla alguien que pudo menos que darle vida a
sus días, dice: «Acepta», cuando refiere que los hechos, que sus actos, han
debido ser disculpados ya. Acepta. Y pretende simplificar el dolor del tiempo
en una palabra que dice que ya se dijo todo, no pidas más. Que ya lo había
dicho a sus padres, que hace dos meses, que ya lo sabían, que no hacía falta.
«Acepta»
Le pedí que limpiara su desorden, reconociendo
lo que había hecho: diciéndomelo, a sus padres conmigo presente, a mis padres
finalmente. Y viendo el peso en la responsabilidad de la petición, dio un paso
atrás... «no debí decir reconciliación, poniendo la carreta delante del
caballo», dijo. Y, después, ya no por llamada sino por frío escrito, ante mi
solicitud a su predisposición a pedir perdón, resumió repitiendo: «Acepta», que
quedó marcado una y otra vez en mi memoria.
—No es de Dios lo que pides; no sabes perdonar,
no has cambiado. Han pasado 3 meses. Ya me disculpé. Acepta.
En mi expectativa —ilusa siempre, contumazmente
cándida, marcada ahora por estas heridas— ella me dijo: «Lo siento; te extrañé,
¿sabes? No veía cuando oírte para pedirte perdón. Quería saber cómo estuviste;
no pensé en las cosas que hice. Solo me sentí mal y dejé todo. He leído cada
cosa que has escrito... No sabes lo mucho que significa para mí. Borré la frase
“no he olvidado”, pero tú sabes que no he olvidado. No es lo mismo. Te quiero.
Perdóname por favor; quisiera que te sintieras bien conmigo, tentar como antes.
¿Qué puedo hacer para corregir todo lo que hice?»
La mente de un enamorado es la de un loco que
canta con una botella en la mano alguna canción de amor que recuerda con
nostalgia.
Mi Encanto, dulce pedazo de mí, prima vera de
mis días, he esperado tanto para oír hablar a tu corazón, que esta noche de
noviembre, hoy que en lugar de tener un boleto de avión te oigo al otro lado
del teléfono, me siento morir.
Apretado de negruras. Con una palabra adentro
intentando como mágica pastilla disolver mi dolor... «Acepta, acepta… acepta».
Acepto que te perdí hace mucho tiempo, y que la muerte llega a los hombres no
solo por cada pariente que se va, sino por cada amor que uno ve alejarse y
partir. Acepto que eso que te dije que tenía un corazón de oro ahora lo
reconozco mejor, era la poesía que llevo dentro de él, y que se atrevió a
soñarte en tu ausencia para cubrir esa soledad, escribiendo de ti, cuando
acercándose estas fechas que hace un año me llevaban fuera del país, sentía más
el vacío. Acepto que no me siento feliz, que me duele tu poco tino, tu ciega
empatía, tu ausente amor, que hubiera preferido que me cortaran el meñique a
sentir tanta tristeza. Y acepto que no volveré a querer como sabía porque
siento algo muerto dentro de mí. Que debí hacer menos por alguien que no supo,
que no sabe, comprender las heridas de casi tres meses esperando en bancas,
aceras y atardeceres, viviendo del dulce y solitario plato de comer tristezas.
Y será, como te dije... por otra persona, por quien te valga la pena hacer más,
mucho más que solo decir... acepta.
Que la moraleja está en el dolor, en la lágrima
que limpia, en el tiempo que enseña como severo profesor… en la soledad que
despierta la zona más dormida. Y aunque llevaba marcado en mi rostro el
recorrido de tantas veces llorar… pude pensar que estas líneas se habían
escrito para alguien. Ahora sé que no, y pienso que lo que guardaba nunca más
será… porque es verdad que no quería entenderlo, pero acepto que he
escrito tanto por alguien que nunca quiso dar como yo supe hacerlo.
Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.
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