Mostrando entradas con la etiqueta Febrero. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Febrero. Mostrar todas las entradas

viernes, 28 de febrero de 2025

Nacer febrero




Hay una broma que siempre recuerdo, y seguro, se ha mencionado en otros lugares y no solo en oficinas de trabajo.

Alguien había cumplido años en la oficina; entonces se jugaba con eso. Era noviembre y, creo que era Henry el nombre del agasajado.

    —Henry, ¿cuántos cumples? —dijo su compañera más cercana, con voz atiplada, porque sabía que era su cumpleaños.

    —Tantos (y dijo su edad).

    —¡O sea que catorce... y de noviembre Henry!

Entonces, dos compañeros que habían nacido en el norte de Perú (Piura, creo) —uno regordete y pequeño y el otro, más alto y con lentes—, sin esperar palabra de alguien más, se dijeron el uno al otro, con más ganas de reír que conversar, como si empezaran un improvisado stand up a manera de diálogo, e interrumpieron:

    —¡Noviembre Heeeeenry! Hum. —dijo uno, con una voz medio cantada y demorada en la vocal (típica en los del norte de Perú).

    —¿Viste cumpa? ¡Papi y mami no se andaban con vainas en febrero! —respondió el otro.

    —¡Ay, los catorce cumpiiiiita! Como si nunca hubieras sido crío.

Y Henry, ingeniero minucioso y astuto, les respondió: —A ver, ¡si serán no más mis padres! ¡Levántenme la mano quienes más cumplen años este mes! (...)

Ese día, el gerente, cuya presencia apagó el abierto escándalo, se detuvo en carcajadas en su cerrada oficina, cuando la secretaria le señalaba (además de las reuniones que seguían) que la risa escandalosa de todos era... porque la pregunta de Henry reveló que, en el piso 7 del edificio que quedaba en la avenida Encalada, el 90% de los que trabajaban habían nacido en noviembre, y que casi todos, entre el 14 y el 25 de ese mes —fechas más, fechas menos—, y que, expansivamente, todos hablaban del catorce de febrero como el culpable, sin considerar otras medidas sanitarias o de seguridad que pudieran paliar el número de onomásticos. —Entiéndase, por favor, la referencia.

Las calendas de febrero no solo contribuyen a estos calores, sino que también hablan de romance. Estoy seguro de que conoces la leyenda o mito del obispo que casaba (en contra de la voluntad del emperador: «no matrimonios, pues la soldadesca se fortalecía con la bravura de los varones más jóvenes que no tenían vínculo familiar o amoroso») a todos los militares que, enamorados, querían ver su enlace consumado. Entonces, quizá con manos temblorosas y rosario en la cintura, Valentín de Recia, sellaba amores bajo la misma luna que hoy me observa. Y descubierto y sentenciado un 14 de febrero, signa a esta fecha, en parte, el nombre y su romántico valor: el de los enamorados.

Como los que vi: Entre mis recuerdos, el catorce de febrero en Cuenca era un torbellino de pétalo y fragancia, cuyo vórtice o centro era la frondosa Plazoleta de las Flores, un lugar donde el auspicio de la naturaleza se dejaba oler y mirar por igual. Solamente salir del portón —del lugar en que vivía—, junto de la panadería, y descubría la primera de muchas escenas cariñosamente repetidas en los siguientes minutos camino hacia la pequeña plaza. Un chico, con un precioso ramo de flores, obsequiaba —sin inclinarse, pero con un orgullo o timidez en la sonrisa— ante la mirada de inconfundible amor de la chica de vestido azul, que besos después, y entrelazadas las manos sería lo mismo que vería en cada esquina que crucé: en el Parque Calderón, bajo las columnatas arqueadas de la Gobernación del Azuay y, remozando —como tiernas estatuas que se besan— la religiosa presencia de la Catedral de la Inmaculada Concepción bajo la azulada compañía del atardecer de sus cúpulas. El amor —diría García Márquez—, me envolvió en el clima atónito de sus miradas, enfrascadas en un dar de aroma, beso y color. Y yo, perdido entre esos colores, intentaba develar el ramo adecuado, para la persona que orientaba la flecha íntima en la brújula de mi corazón. Llevado por el tocamiento seductor de las fragancias, atraído por la lozanía blanca de los lirios, guiado por el amarillo juvenil de frescos girasoles; confundido entre mi amor y todos los amores que florecían ante mis ojos...

En el atrio de la iglesia de El Carmen, del Monasterio del Carmen de la Asunción —perdido en mi busca de lo mejor a lo que tocara su corazón— donde montan vibrante y fresca, en stands cercanos como amigos, concentra viva la historia sus colores en la deslumbrante floresta de Cuenca.

Que no he vuelto a ver... 

aunque me brilla en la memoria. 

Y que después, pero ya distante... y nuevo el camino en el tiempo: no gusto recordar... por ser infausto el febrero que vino: cuando el mundo le dio la siguiente vuelta al sol y se me olvidó que en el cielo habitaban la luna y las estrellas, cuando el verbo «celebrar» se me deformó en la mirada y, conoció mi centro lo que le hace un sismo a la tierra. Cuando la habitación de mis yoes se descerrajó en la tormenta, y vi volar por los aires mis temores, mis pasiones y mis ilusiones como pequeños sacos de mierda... Cuando, luego ciego, aprendí a tantear; y que tanteando quizá ya estoy otra vez volviendo a mirar.

Yo nací en febrero, y mi lágrima es una barca que ha cruzado tantas veces a la orilla.

Y la primera vez quizá fue hace ya años, cuando el reloj no alcanzaba las dos de la tarde, ni el aire mi tráquea oprimida por el cordón umbilical; viernes sé de muy buena fuente que, en derredor, se jugaba con agua, globos y pintura, o que los gritos de sorpresa y alegría llegaban entremezclados hasta la sala de parto. Con la primera persona que me entendió al mirarme y quien, con su mirada, me dijo «te amo eres fuerte»; ella, me contó que mientras pujaba se daban de globazos inclusive enfermeras a los enfermeros. De romántico corazón porque ella así me lo heredó, y perspicaz por quien —en su tierna adoración de mujer enamorada— ella me deseara completo su nombre al ser su primero y único amor.

Sí, yo nací en febrero. Como muchos otros que se parecen a mí en santo y estrella.

que ven un punto fijo y, calladamente, sueñan...

Esos... que entre la multitud se ensimisman recordando viejas escenas...

Quienes con metáfora... terminan explicando lo que no pueden de manera directa...

Todos los que se quejan de que el diccionario no indica cuánto tiempo implica el verbo olvidar...

Yo nací en febrero, y también escribo llorando, y quizá...
te enamoras al leer en mis líneas lo que en mi mejilla ha sido sal.

Yo nací en febrero y he muerto más de una vez esperando...

En febrero, un día que duplica al catorce y he pensado que por eso llevo tanto romance aquí dentro.

Nací en febrero, y me banco el mundo con mis ojos plenos de luz y miedo;

que nací en febrero y me quedo viendo la tarde descrita con las palabras de mi dentrura;

yo nací en febrero y celebro la soledad del espejo,

y no me quejo:
diplomacias ningunas,
la memoria grande
¿y el corazón? quijotesco...

Y siento que es, como la preciosa orquídea que obsequié esa tarde, el perfecto mes para notarme, que estando más cerca al sol —casi quemándome, casi enero, casi que arde— es desde donde el espectáculo se ve mejor, desde donde la luz es más clara, cuando se enciende más el sueño,

que febrero no solo es mes del soñador: 
del que vive con las suelas arriba del suelo;
que soñar es acto humano 
y que, para agarrar con las dos manos, 
con la mente se sueña primero. 

Yo nací un febrero.
Con el corazón en la mano, un 28 de febrero.