«El
fuego, si no se controla, devora; si se domestica, calienta. El mismo que quema bosques y cuece pan, el que ilumina noches y reduce a cenizas. Así es la tristeza: un incendio que arrasa o una llama que templa.»
Anduve paseando los ojos sobre todo lo que había en esa red social —texto tras texto, imagen tras imagen— percibiendo la sensibilidad de quienes
buscan en sus fotografías la belleza de los atardeceres, de los que encuentran
compañía capturando las fases de la Luna, y pensando en las palabras de quienes
el día les había dejado una duda que traducían en cotidiana poesía o en
cuestionadora pregunta. De pronto, advertí algo más parecido a una llamada de
auxilio que otro escrito nacido de la contemplación:
«Me siento tan recaída, abandonada y dolida hasta la madre. No
busco lástima, solo trato de encontrar sentido a la crueldad de alguien que
decía amarme y me destruyó de esa manera»
Hay ocasiones cuando el corazón agita su latido, como al ver una escena
violenta en donde el accidentado mana sangre roja y espesa que invade lento la
piel, empapa la ropa y acaba tocando el suelo; no a todos les sucede igual, algunos
observan de lejos paralizados, otros se acercan a ayudar, aunque con un latir
inquieto. Jamás hubiera sido un buen médico; pero las heridas del alma me
inquietan de otra manera.
Las palabras, desplazadas en la pequeña pantalla de mi celular, me trajeron
una resonancia honda y aciaga, que no me gusta repetir, pero que, entendida hasta su punto final me da fuerza y me impulsa. La tristeza que deja un amor roto es un
idioma que todos hemos hablado alguna vez, aunque cada uno lo pronuncie con distinto
acento. Entonces escribí:
«Roto en algún momento, pensé que la tristeza era solo de mi propiedad. Y viendo amarteladas las parejas, hallaba injusticia en la balanza del destino que valora con poco a quien tanto da.
En los estadios de la vida, no es la tristeza sino uno más, uno que pule y conmina, que endereza y edifica; así, la lágrima que con su sal hiende la indefensa mejilla, es la misma que limpia la mirada para distinguir más allá del cuerpo y del alma a quien nos ha de acompañar.»
Para el que siente el alma perdida, sangrando la herida, la noche larga y la cama enemiga... Para el que no ha podido parar de andar, para quien le acude sin llamarlo el brillo de una lágrima, que trae consigo el momento donde se quiebra la voluntad.
Que sepas que es así, que sepas que es a todos. Que hay quienes, como niño que no comprende el funcionamiento de un juguete, desarman con torpeza el amor que se les entrega. Que hay quienes hábilmente encienden del amor la llama, y que nunca pensaron en realmente aprovecharla.
Que la malicia, la irresponsabilidad o la duda... no tienen género, que el tiempo desviste las grandes mentiras, que no todos están preparados para entender o para dar amor. Pero que, a la vuelta de la esquina, disipado el humo, reformulada la consigna, con la imagen pintada nuevamente de bríos, la mirada más clara y de sonrisa ahora vestida... hay buen viento si sabes cuál es tu norte.
Que sepas que no estás solo(a), que estuvimos casi todos ahí: «sintiendo como el final, lo que solo es un tramo en el recorrido.» Que la tristeza siempre es la misma, aunque para la misma batalla, haya distintos caminos. Que el fuego que hoy te consume, mañana te calentará.
Que sepas que estoy contigo. Y que, con ella, la que hace llorar, yo hice esto. ¿y Tú?
«Todos los fuegos el fuego. Todas las tristezas la tristeza.»
Puedo
recordarme subiendo el volumen al oír una de sus canciones en la cocina de esa
casa, en el cuarto piso, mientras lavaba los platos luego de un delicioso
almuerzo; o en mi habitación rentada por esas fechas con los parlantes rojo y
negro vibrando sobre el viejo piso de madera al mismo tiempo que la letra de la
canción me hacía quemar la garganta por entonarla tan fuerte... y hasta cuando
tomé una en especial —que hoy ya no me gusta escuchar, pues me trae vanos
recuerdos: Me fui de vacaciones— porque en ese momento
representaba toda mi alegría contenida detonando su woofer en
mi corazón, que era el latido rítmico que necesitaba para hacer de un
romántico reel algo tan personal y especial.
Casi un año
y medio atrás de esos tiempos, casi a dos de estas fechas, tuve una postura
distinta y opuesta a la actual, denostaba y califiqué al tal, recuerdo bien,
como "ese reggaetonero de la mandíbula anestesiada", y echaba
por la borda toda su música porque la advertí cargada de hez en la mayoría de
sus letras. No había caído en cuenta del brillo escondido que guardaba... hasta
que constantes voces me repitieron «D****, todas las canciones de
su disco son buenas», o quizá, el más convincente: «primo,
es que tienes que leer la letra». Y si tenía letra, algo
instantáneamente sorprendente podría ocurrir. Y ocurrió... justo después de oír
ese disco. Y mi vida notó ese ritmo, y adoptó como suyo el frenesí de su
alegría, frescamente caribeña, salpicada de fogonazos de plástica poesía.
Es cierto
que estos ritmos, los del reggaetón, desbordan sexualidad, grosería y liviano
cliché entre sus letras. Es verdad también, que la democracia es la forma de
gobierno de muchos países, y que, aprobada en casi todos, nos sumerge bajo sus
formas, en cosas tales como... reconocer, que escoge la mayoría cuando se
decide a qué restorán vas. Y que, la música sus letras y canciones, dirigidas
por los pulgares arriba, tienen exactamente lo que piden las mayorías, lo que
la democracia de su juventud exige, lo que su exigente público entiende
vibrante o actual.
No quiero
convencerte de que escuches este disco, pero, sin tu escucha o con ella,
créeme, al menos para mí, a nueve de todas las canciones de este álbum les
circula letra y ritmo de la vieja fórmula con que se creó la salsa mezclada al
contemporáneo reggaetón, con títulos que se funden reclamando con nostalgia por
alguien, por algún lugar, por el rescoldo pertinaz que pervive en alguna gente.
Con frases
de antología como «La vida es una fiesta que un día termina, y
fuiste tú mi baile inolvidable» o «En mi vida fuiste turista, tú solo viste lo mejor de mí y no lo que yo sufría...», esa mezcladora musical y de sentida
poética de lo que respiramos en estos tiempos, el Conejo Malo, lo
hace de nuevo en este disco. Y como leí una vez, pone el alma como sello a su
obra: Alegre, poética, crítica e impregnada de nostalgia.
Algunas
personas llevadas por el ostracismo cultural que supone la creencia que tienen
o que han fijado tener, son privados voluntaria o involuntariamente de la
experiencia de ver, de oír, de sentir. Para ti que has mandado cerrar la puerta
antes que conozcas la visita, o que haces puchero al plato antes siquiera que
sientas su aroma sobre la mesa, o peor, que renuncias por atávica creencia o
respetuosa convicción, recuerda que "el arte es una experiencia que
todos debemos vivir" y nada se califica sin tomarle antes respetuosa
atención.
---------------------------------------------------------------------------------------------------------- ¡'chacho
deja eso!
Bis
o la señora Bis, que bien la recuerdo, me deja eterna la frase, que repetía con
un canto que reconocí inmediatamente en el short film, cuando
me pedía que no exagere con algo que hacía, como velar por la limpieza de su
cocina. Luego de terminar el almuerzo, solo minutos después, ellame compartía de su pequeña y negra cafetera un shot
de Minerva en una tacita blanca que no se podía sino asir
delicadamente con el índice y el pulgar, para que a sorbos me coloreara la
tarde con su particular aroma y sabor. Es, entiendo, para los habitantes de una
parte de este mundo costumbre enraizada, cosa consabida... para mí, en cambio,
la casualidad de haber llegado a una casa de personas que nacieron en una isla
como la de Puerto Rico y que me incrusta el parecido de las culturas de estos
países insulares del caribe y me hacen tan afín a ellos, de solo apreciar una
imagen como esta.
Este corto video que sentencia con el título Debí Tirar Más Fotos,
expresa además de una crítica a un país que ha perdido en parte su idioma por
adoptar uno nuevo, o el grito descollante por la permanencia de la raíz de su
cultura musical y popular sobre lo contemporáneo, una forma de vivir, amar y
ser Carpe diem, que queda subrayado en diálogos como este:
- Debí
tirar más fotos. Haber vivido más, Debí haber amado más... Cuando pude...
Mientras uno está vivo... uno debe amar lo más que pueda.
Aunado a
una percusión tan africana, tan boricua, tan isleña, que repite el coro de la
penúltima canción de la lista, que es la que da a luz, potente y enérgica, la
vida de su disco.
He conocido la salsa y el amor a estos sonidos que antes fueron guaracha o
bolero, son cubano, o bomba y plena, en las fiestas de mi familia en los años
noventa, gracias a un tío cuyo padre fue pescador, y que fue quien puso norte
musical a estas veladas traspasadas de alegría y baile, salvadas del tiempo hoy
en gastada fotografía. Los que para mí fueron Ismael Rivera, Héctor Lavoe, Pete
«El Conde», Benny Moré o Santos Colón y un largo y soberano
etcétera... dieron el molde a la cultura musical de mi oído. Y en las
improvisaciones cantadas a coro y cuatro que recuerdo, la alegría de saber que
mi guitarra, instrumento similar por ser de cuerda, también servía para esa
explosión de júbilo que romántico o expansivo podía tocar, era vida, o «pura
vida» como se dice en Costa Rica.
A este
tenor, el cuatro y su espiral de delicada nota es cúspide sentimental en la
canción Turista, que sacude de emoción setentera
con su introducción de sabio punteo, cuya letra, ya en su primera
línea anticipa que más que canción oirás poesía. Es, quizá la parte más
romántica, y traduce en el disco...
... junto
a Pitorro de Coco, que dispone la alegría de
cantar el triste coro de su letra, envuelto entre el bajo, la conga y el cuatro
componiendo enérgico lamento contra la pasmada quietud de quienes no se
levantan de su sitio para bailar...
...y
a Bokete, que con liviano inicio musical, casi
etéreo, camina o desanda a fraseos, los íntimos pasos de rutas que cada uno
conoce muy bien y que dejan la nostalgia en desencadenado recreo al detonante
gatillo del play para repetir cantando, rasgando quien sabe si solo la
garganta, una y otra vez su coro y estrofa.
Alguna vez
escribí acerca de una muchacha de Cuba, quien habiendo salido del lugar donde había
nacido, no sabía ya cuál era el país donde sería más feliz en este
mundo... y que todavía estaba risueña en su interrogante, cuando ese
sentimiento por haber partido del lugar que le vio nacer mientras mencionaba su
familia repartida en tantos sitios del orbe, y pensando en la bella composición
de la tierra blanca de sus playas cubierta de transparente agua de mar, le
cambió el tono de la sonriente voz por el de una sentida y naciente nostalgia. Para los
que, mientras andan o trabajan, sienten volver el espíritu a esas playas
constantemente... y sueñan con ir a ver esas tardes de amatista del lugar donde
nacieron, aunque sea unos días, porque lo recuerdan y sienten que hay algo en
sus genes que posee el color de esa tierra, el clima de ese lugar, la sonrisa
de esa gente que vive ahí con la alegría amaneciendo bajo ese cielo que
contempla su mar... más allá de toda precariedad, para ellos... va esta
canción. Y mezclado en la solución simultánea de su letra, para quienes
tuvieron un paraíso con alguien y lo han perdido, al que solo pueden volver
recordando, también va. Y lección para la siguiente: Debes tirar más fotos,
muchas más. DtMF.
Aquí, un
himno para pintar los días de tu verano, de tu vida, de tu estación.
Sentado en
el pupitre de mi alcoba repitiendo como autómata en Spotify la misma canción,
pienso en las muchas personas que confiesan, comentan o divulgan... qué les
dejó el disco Bad Bunny (BB). Algunos dicen: «Cuando BB saca un
disco me va bien, ya estaba esperando que salga», otro he leído: «Le
faltaba alegría a mi vida, que venga el disco». Por mi parte, no hubo
una etapa en la que sonreí más sino hasta cuando salió el disco anterior,
plagado de frescura y sensación de playa... coincidencia o no, ahora, oyendo
este, y pensando en la famosa ley de la conservación de la energía que reza que
esta "no se crea ni se destruye, sino que solo se transforma",
siento que cosas buenas están por venir.
«-
Quisiera haber tirado más fotos, para enseñarte. Las fotos son momentos
vividos, recuerdos de cosas que pasaron. Yo no era de estar tirando fotos por
ahí, Ni estar subiendo stories, ni nada de eso. Yo decía que era mejor vivir el
momento. Pero, cuando llegas a esta edad recordar no es tan fácil... - Bueno,
entonces, ¿vamo' a seguir viendo más fotos? - ¡Ya te
dije que no tengo tantas! Yo te voy a enseñar las que tengo. Y voy a tratar de
recordar... las que no tiré. ¿OK?» «Porque
la vida... no es como la vives, sino como la recuerdas», así leí de Gabo.
También, entonces, vale la pena conservar para el futuro algunas cosas
importantes. Vivir y documentar van de la mano.
Gracias por llegar al final, gracias por la atención. Y ya sabes:
«Debí
tirar más fotos. Haber vivido más, Debí haber amado más... Cuando pude...
Mientras uno está vivo... uno debe amar lo más que pueda.»
I can remember turning up the volume while listening to one of his songs in the kitchen of that house, on the fourth floor, as I washed the dishes after a delicious lunch; or in my rented room during that time, with the red-and-black speakers vibrating on the old wooden floor as the song’s lyrics burned my throat from singing them so loudly... and even when I took one song in particular—which I no longer enjoy listening to today because it brings back hollow memories: Me fui de vacaciones—because, at that moment, it represented all my bottled-up joy exploding through its woofer into my heart, which became the rhythmic beat I needed to turn a romantic reel into something so personal and special.
Almost a year and a half before those times, nearly two
years ago now, I had a very different stance—one opposite to the current one. I
dismissed and labeled the guy, I remember well, as "that reggaeton
singer with the anesthetized jaw," and I tossed all his music
overboard because I thought it was loaded with filth in most of its lyrics. I
hadn't realized the hidden brilliance it held... until persistent voices
repeated, "D****, all the songs on his album are good," or
perhaps the most convincing one: "Hey bro, you have to read
the lyrics." And if it had lyrics, something instantly surprising
could happen. And it did... right after I listened to that album. My life
caught that rhythm, and I adopted the frenzy of its joy as my own—freshly
Caribbean, splashed with bursts of plastic poetry.
It's true that these rhythms, reggaeton ones, overflow with
sexuality, crudeness, and lightweight clichés in their lyrics. It's also true
that democracy is the form of government in many countries, and that—approved
by nearly all—it immerses us under its forms in things like... acknowledging
what the majority chooses when deciding which restaurant to go to. And that
music, its lyrics, and songs—guided by the thumbs-up of listeners—have exactly
what the majority asks for, what the democracy of their youth demands, what
their demanding audience deems vibrant or current.
I'm not here to convince you to listen to this album, but
with or without your listening, believe me, at least for me, nine of its songs
carry in their lyrics and rhythm a mix of the old formula that created salsa
and contemporary reggaeton, with titles steeped in nostalgia—longing for
someone, for some place, for the stubborn ember that survives in some people.
With anthology-worthy phrases as: "Life is a party that ends one day, and you were my unforgettable dance", this musical and poetic
blender of what we breathe today, Bad Bunny does it again with this
album. And as I once read, he puts his soul as a seal on his work: joyful,
poetic, critical and imbued with nostalgia.
Some people, driven by the cultural ostracism they impose or
have chosen to impose upon themselves, are voluntarily or involuntarily
deprived of the experience of seeing, hearing and feeling. For you who have
slammed the door before knowing who's visiting, or who make a face at the dish
before even smelling it on the table—or worse, who renounce it out of atavistic
belief or respectful conviction—remember that "art is an experience we
all must live," and nothing can be judged without first giving it
respectful attention.
Bis, or Mrs. Bis, as I fondly recall her, leaves me with an
eternal phrase she used to repeat with a tune I immediately recognized in the
short film: when she'd ask me not to overdo something I was doing, like
obsessing over keeping her kitchen clean. She'd share with me, from her small
black coffee maker, a shot of Minerva in a little white cup, which
could only be delicately held with the index and thumb, to sip it slowly while
its particular aroma and flavor colored the afternoon for me.
It is, I understand, a rooted custom for the inhabitants of certain parts of
the world—well-known to them. For me, however, it was the coincidence of having
arrived in a household of people born on an island like Puerto Rico, embedding
the resemblance between the cultures of these Caribbean Island nations and
making me feel so connected to them, simply by appreciating an image like this
one.
This short film, titled Debí Tirar Más Fotos (I Should Have
Taken More Photos), expresses not only criticism of a country that has partly
lost its language to the spread of a new one, or the resounding cry for the
permanence of its musical and popular cultural roots...
But also, a way of living, loving, and being carpe diem,
highlighted in dialogues like this:
- I should have taken more photos. I should have lived
more. I should have loved more... when I could... While we're alive, we should
love as much as we can.
Combined with that unmistakably African, unmistakably
Boricua, unmistakably island percussion, the penultimate song on the tracklist
gives life to this album—powerful and energetic.
I got to know salsa and my love for these sounds, which were
once guaracha or bolero, Cuban son, or bomba and plena, at my
family's parties in the '90s. Thanks to an uncle whose father was a fisherman,
he became the musical compass of these evenings filled with joy and dance,
preserved in time through worn-out photographs.
For me, names like Ismael Rivera, Héctor Lavoe, Pete
"El Conde" Rodríguez, Benny Moré, or Santos Colón, and
along, sovereign etcetera... shaped the musical culture of my ears. And in the
improvisations sung in chorus and with a cuatro that I recall, the joy of
knowing that my guitar, a similar instrument because it, too, is stringed,
could also be part of that explosion of jubilation—whether romantic or
expansive—was life itself, or "pura vida," as they say in
Costa Rica.
In this sense, the cuatro and its spiral of delicate notes reach their
sentimental peak in the song Turista, a track brimming with
'70s emotion, beginning with a wise, masterful picking that foretells, from the
very first line, that what you're about to hear is more than a
song—it's poetry. This is perhaps the most romantic part, and within the
album...
...alongside Pitorro de Coco, which stirs the joy of singing its sorrowful chorus, wrapped in the interplay of bass, conga, and cuatro, crafting an energetic lament against the stagnant stillness of those who won’t rise from their seats to dance...
...and Bokete, with its light, almost ethereal musical introduction, walks or retraces—line by line—the intimate paths we all know well, paths that unleash nostalgia into untamed playfulness when triggered by the press of “play,” prompting us to sing and perhaps strain more than just our throats, as we repeat its chorus and verses over and over again.
Once, I wrote about a young woman who, having left the place where she was born, no longer knew which country would bring her the greatest happiness in this world. She was still smiling as she pondered this question, but that feeling of having left the land of her birth, as she spoke of her family scattered across so many parts of the globe, and as she thought of the beautiful composition of white sands on her beaches, covered by transparent seawater, changed the tone of her cheerful voice to one of deep and budding nostalgia.
For those who, as they walk or work, feel their spirit constantly drawn back to those beaches... and dream of going to see those amethyst-hued afternoons in the place where they were born, even for just a few days, because they remember it and feel there’s something in their genes that carries the color of that land, the climate of that place, the smile of its people, who live there with joy waking under the sky that gazes upon its sea—beyond all hardship, this song is for them. And, woven into its lyrics, for those who once had a paradise with someone and have lost it, a place they can only return to in memory, this song is for them as well.
And here’s a lesson for the future: You should take more pictures, far more. DtMF.
Here's an anthem to color the days of your summer, your
life, your season.
Sitting at the desk in my room, playing the same song on Spotify like an
automaton, I think of the many people who confess, comment, or share what Bad
Bunny's (BB) album means to them. Some say, "Whenever BB releases an
album, things go well for me. I was waiting for this one." Another
wrote, "My life needed some joy—bring on the album."
As for me, there hasn't been a time when I smiled more than
when the previous album came out, filled with freshness and the sensation of
the beach. Coincidence or not, listening to this one now, and reflecting on the
famous law of conservation of energy—which states that it "can neither
be created nor destroyed, only transformed"—I feel like good things
are on their way.
"- I wish I'd taken more photos, to show you.
Photos are lived moments, memories of things that happened. I wasn't one to go
around taking photos or posting stories or anything like that. I used to say it
was better to live the moment. But when you reach this age, remembering isn't
so easy...
- Well, shall we keep looking at more photos?
- I already told you, I don't have that many!
I'll show you the ones I have. And I'll try to remember... the ones I didn't
take. OK?"
"Because life isn't how you live it, but how you
remember it," I once read from Gabo. It's also worth preserving some
important things for the future. Living and documenting go hand in hand. Thank
you for making it to the end; thank you for your attention.
And remember:
"I should have taken more photos. I should have
lived more. I should have loved more... when I could... While we're alive, we
should love as much as we can."