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viernes, 5 de junio de 2026

Un amor extraviado (Lcg 3)




 

     Extraño mucho conversar, pero no de esa manera libre y espontánea, sino como cuando te sientas con alguien a tocar temas uno a uno, agotándolos todos con cierta importancia, guardando cariñosamente lo del día anterior, acumulando algo que ya no es de uno, sino de dos.

*** 

     Mientras leo siento claramente: «sé que hay cosas que no volverán». Leí un libro una vez, su título me dejó inquieto; no pude descifrarlo, pese a lo mucho que me encanta leer. Era Estatua de sal. Sabía la historia de Lot, pero no entendí a cuento de qué se usaba. Páginas después, la joven escritora explicaba arrojando toda luz sobre mis dudas: «Desde el instante en que la mujer de Lot queda convertida en sal, el poema encara a Dios, pero también lo reconoce como figura diaria en la vida de una niña que ahora, desde el lenguaje que la construye, no mira atrás; sigue adelante mientras el mundo continúa su curso irrefrenable».

     Debe ser la manera en que concibo el mundo. Cuando volvimos a hablar, había una estatua conversando con una persona que no miró hacia atrás. Tristemente se aprenden algunas cosas en la vida: «aunque todos nacemos con corazón, nadie debe ser una estatua de sal».

*** 

     Cuando llegué al capítulo catorce, no pude evitar sentir eso: recordar, leer los recuerdos. Es una manera involuntaria de experimentar una fracción de la vida, que según muchos escritos es la única que realmente nos pertenece. Dicen o es una mezcla de mi memoria que el olvido es una forma de la felicidad. Me declaro un alegre infeliz. He nacido para recordar.

     Además reconociendo la poesía «el arte de la memoria», este capítulo y en adelante, para un lector, es una balsa dispuesta a perderse en ese mar que conservamos unos pocos.

*** 

     Hacia el final de La clase de griego he sentido una voz acompañando la mía en mi lectura: leer siempre estará engarzado a esa vez que leí Cien años de soledad, que desde el título me anunciaba —o leía— no muy lejano el futuro.

*** 

     Dicho esto, finalizo la mirada de La clase de griego.



Parte doce.

     La filosofía había sido mencionada antes y ya presentaba visos de protagonismo. Ahora, en este capítulo breve, se concentra en dos preguntas.

     La primera aparece al final: si todo lo que existe contiene dentro de sí aquello que puede destruirlo, ¿por qué el alma humana no se destruye a pesar de sus defectos, de sus impulsos necios y de sus contradicciones?

     La segunda nace de una observación lingüística del griego, como hubo una anterior.  Si theoria contiene la idea de «ver», ¿existe una relación semejante entre theion, lo divino, y la visión? ¿Es la divinidad un ser que ve o, más radicalmente, la vista misma?

     Como corresponde a la filosofía, el capítulo no ofrece respuestas; apenas delimita un territorio para la reflexión.

     La primera pregunta parece sencilla solo en apariencia. Basta observar la vida cotidiana para advertir que gran parte de la existencia consiste en sostener un equilibrio inestable. El hombre posee dentro de sí fuerzas opuestas: aquello que construye y aquello que erosiona, aquello que lo impulsa hacia los demás y aquello que lo repliega sobre sí mismo. Quizá por eso la pregunta del estudiante no se limita al alma. En el fondo, pregunta por qué seguimos siendo capaces de permanecer, de buscar sentido y de continuar incluso cuando cargamos dentro aquello que podría arruinarnos. 

     Hay una buena dosis de esta condición humana que nos inclina a fuerzas (opuestas/que impactan) en un poema de la escritora mexicana Rosario Castellanos, Destino, que inicia describiendo elocuentemente la fatal oposición: «Matamos lo que amamos...»

     La segunda cuestión me resulta aún más sugerente porque enlaza con uno de los grandes motivos de la novela: la mirada.

     Pienso en una escritora a quien preguntaron qué elegiría si solo pudiera conservar una cosa: leer o escribir. Respondió sin vacilar que leer. Luego devolvió la pregunta: si solo pudiera conservar uno de los sentidos, ¿cuál sería? La ahora entrevistada respondió: ver.

     No es una elección extraña. La vista nos entrega el color, la forma, la distancia y el movimiento. A través de ella reconocemos el mundo y también nos reconocemos en él. Quizá por eso tantas tradiciones han asociado la mirada con el conocimiento y, en ocasiones, con algo más elevado.

     Recuerdo también el testimonio de una persona con acromatopsia que, tras vivir durante años en un mundo casi sin colores, descubrió un día entre los colores de un mariposario un azul que parecía brillar desde dentro. Lo describía no como una información nueva, sino como una revelación. Aquella experiencia no le permitió únicamente ver un color; le hizo comprender que existía una dimensión del mundo que había permanecido oculta para ella.

     Tal vez por eso la pregunta del estudiante resulta tan poderosa. No porque sugiera que la vista sea divina, sino porque insinúa que ver es una de las formas más profundas de acercarse a aquello que nos supera. Ver no solo como acto físico, sino como comprensión.

     Y quizá por eso mismo la pregunta aparece en esta novela, donde la pérdida del habla ha ido desplazando a la protagonista hacia una relación cada vez más intensa con las imágenes, los recuerdos y las percepciones. Mientras las palabras se alejan, la mirada parece ocupar su lugar.


***


Parte trece.

     Como un leve chispazo, sostenido con la incertidumbre, remitente y destinatario, vigilia o ensoñación se entremezclan. Finalmente, el sueño se desnuda y el destinatario parece ser el profesor.

     Además, se menciona la nieve como blanco color de la hoja y el azul, ahora marino, de una cortina que se mueve ligeramente, como insinuando, conectando el hilo de una historia que tiene signos que entendemos.

     Al pensar en el vacío de la carta, en el fracaso de su comprensión, podría ser que sea para el profesor, como ocurre con todos: que al soñar descubrimos la verdad de nuestros anhelos; que esa mudez blanca e inconclusa es de la alumna de la clase de griego y que se ha instalado en su mente. Aunque la posibilidad del braille deja una ligera bruma.

     La nostalgia queda suspendida hacia el final, por la vaguedad de la descripción, onírica y real, porque la frase que cierra su visión es quizá la de muchas personas, como ocurre en otros capítulos: «Y confirmo con calma que no tengo a donde huir, salvo al mundo de los sueños».

     Todo es un leve chispazo, pero se aloja en uno la idea de soñar.

***


Parte catorce.

     Quizá ahora es cuando más agradezco la concisión de la historia. Escrita en capítulos breves, incluso cuenta con secciones, cada una deja la sensación de una pincelada que parece cerrarse sobre sí misma y que, sin embargo, al acumularse, termina revelando el movimiento de la historia, una evolución.

     Dos palabras sobrevuelan especialmente esta parte: recordar y belleza. Y, como en capítulos anteriores, vuelvo a la idea de los detenimientos. Esta vez, sin embargo, la explico de forma algo irónica, porque la impresión que me ha dejado la lectura coincide con aquello mismo que el texto parece sugerir. Diría que, al leer, se nos entrega una forma de belleza en palabras que interiorizamos y de la que conseguimos, extrapolando, una idea de belleza desde lo personal hacia lo ideal. Así, esto que se lee obtiene luz propia, pierde lo sensorial y se vuelve algo renuente a olvidar.

     El capítulo ya insinuaba el acto de recordar, desde la carta y el braille, prolongando discretamente el motivo que cerraba el anterior.

     Desde esa evocación inicial se va trazando un hilo teñido de tristeza que avanza a través de Joachim Grundell, del parecido entre las montañas suizas y las de la infancia del narrador, y del encuentro fugaz con Emmanuel.

     Las escenas que se suceden encuentran su centro en la figura de Joachim. Todo parece sostenerse en su construcción: su fragilidad, su inteligencia, su sensibilidad y, finalmente, su ausencia. Es precisamente esa desaparición la que activa la memoria y convierte cada episodio en una forma de regreso.

     «...me recordó a ti». Esa frase resume buena parte de lo que el capítulo me despierta. Lo mismo ocurre con las montañas de Suiza que evocan las de la infancia. Entonces surge una pregunta: ¿cuánto de lo que conservamos en la memoria permanece como medida silenciosa con la que comparamos el presente?

     ¿De qué manera permanece alguien o algo en nosotros para despertarnos, con mayor o menor certeza, esta pregunta: «¿por qué me asaltó entonces aquella especie de tristeza?»?

     Hay una constancia en el capítulo hacia el acto de recordar que nos empuja y nos tropieza a hacerlo. 

     Del brillo que encuentro en las reflexiones de Platón formulo un comentario que quizá valga la pena, porque siento que suelda esta que podría ser una sola y caprichosa idea de recordar. Los recuerdos nacen como experiencias sensibles, ligadas a momentos concretos de la realidad. Sin embargo, solo algunos logran atravesar la puerta de lo efímero. Por razones difíciles de explicar, ciertas vivencias adquieren una intensidad singular; conservan su brillo, sobreviven al desgaste del tiempo y terminan convirtiéndose en una referencia interior. Ya no son únicamente recuerdos: funcionan como una idea de belleza con la que medimos otras experiencias posteriores.

     Pocas cosas que recordamos alcanzan ese estado, obtienen propia luz y ya no se pueden olvidar.

     Hay otras reflexiones sugerentes en este capítulo, pero me quedo con esta porque reúne las dos palabras que he señalado desde el principio: recordar y belleza. También porque los distintos momentos de la narración permiten observar una misma cuestión desde ángulos sucesivos, como si el lector se desplazara lentamente por un complejo mirador.

     Las ideas de Platón aparecen bellamente entrelazadas, conocerlas enriquece la lectura del capítulo, porque esclarecen la baraja y refuerzan la matriz de mucho de lo tocado.  Incluso una sola frase de Borges parece dialogar con ellas cuando define el tiempo: «un fuego que me consume», que termina así:  «...pero yo soy ese fuego»

     Y, para finalizar, me llama la atención un detalle si se quiere más contemporáneo. El texto parece sugerir, aunque sin afirmarlo de manera explícita, que entre Joachim  y el profesor pudo existir una dimensión que excedía la amistad. La novela apenas insinúa esa posibilidad, pero basta para añadir una nueva capa de complejidad emocional al recuerdo y a la pérdida que recorren todo el capítulo.

***


Parte quince.

     La alusión a la impotencia —de supuestamente la alumna de la clase de griego— de no poder vocalizar, quizá, o hablar, es gráfica y profunda.
Creo que el resumen del párrafo lo da postular esta pareja de palabras: «fantasmas incorpóreos». «Fantasmas», porque son, porque han sido; pero incorpóreos —lo que parece un pleonasmo— porque no se pueden ni siquiera formar con la boca, porque es justo lo que se siente, quizá, el doble de ausencia.

***


Parte diesiceis.

     Una elipsis. Aunque intuyo que todos usamos el traductor, y que es casi lo mismo lo que se halle en español que en griego.
El único hallazgo que despierta la completud de una idea es: «un hombre volaba sobre la nieve». Entonces, ¿un accidente? O quizá es otro sueño, y es el profesor, o quizá la alumna. «Alguien» no lleva género. Todo es una elipsis.

     Me quedo pensando en alguien que terminó el libro en la primera sesión y que dijo que nos sorprenderíamos hacia el final. XD



***


Parte diesiciete.

     El capítulo es dinámico, conciso, y la acción aclara la especulación del capítulo anterior: es la alumna y el profesor —o es lo más probable. Y titularlo «Oscuridad» defiende eso mismo en la narración: que solo sea probable, ya que hay un esfuerzo por mantener la ceguera hacia el lector para identificar qué personajes trata. No hay exactitud.

     Hurgando en la importancia de la escena donde primero aparece una avecilla, luego la alumna y finalmente el profesor, se rescata quizá lo más valioso: se produce la comunicación entre ambos sin otro medio que el tacto. El profesor ha perdido las gafas, que están destruidas; no puede ver en absoluto, y solo le resta confiar. Ella no escucha y no puede hablar; parece no haber nadie más, y solo le resta confiar.

     Él termina solicitando que ella lo ayude a comprar unas gafas nuevas. Ella no lo entiende. Pero la acción sigue: la comunicación se da sin audición ni palabra por un lado, y sin visión por el otro. Entonces me permito recordar las palabras de ese pasaje anterior donde el profesor, al reflexionar entre recuerdos, habla de la antigua amiga: «Ya no habría necesitado tu voz tras quedarme ciego, pues, al mismo tiempo que el mundo visible se alejase de mí como la bajamar, mi propio silencio se habría ido perfeccionando a la par».


***


Parte diesiocho.

     No quiero reír por lo que voy a decir, pero cuando alguien no se comunique contigo por algún motivo —como algún problema para decir las cosas—, recuerda que leíste cómo un ciego y una (eventual) sordomuda se estaban comunicando perfectamente en el momento álgido de una historia.

     Ella le tira del brazo para advertirle de un desnivel cuando prevé su inseguridad.

     Él intenta contener la duda que expresan sus ojos que no ven.

     Ella le escribe despacio sobre la palma, sopesando ante lo herida de su mano, que no serán por las gafas a donde irán «... primero un médico».

     Comunicarse es solo querer hacerlo, necesitarlo.


***


Parte diecinueve.

     Fue tan cambiante la impresión que obtuve al leer que, mientras en una primera lectura sentí que el tamaño del capítulo excedía el de la demanda por su resolución, en la siguiente sentí cómo se amalgamaban las palabras del profesor y la presencia de la alumna en un involuntario destino complementario. ¿Distracción, cansancio o simplemente la puerta se abrió al tocar por segunda vez? Ambas sensaciones me son justas porque las pude registrar. Por eso las comparto por igual.


De la primera lectura.

     Si bien la extensión del capítulo puede indicar un tamaño considerable, la demanda por la resolución de la historia exige tocar algunos puntos; si estos no son tocados, la sensación es la de algo que no sucede, que deja expectativa.

     Aunque la conversación es el río que fluye, la forma en que lo percibimos es lo que queda brillando. Él habla, narra y cierra puntos de su historia que faltaban o retrotrae otros, intercalando. Al mismo tiempo, la correspondencia de ella, en su forma de hacerse presente hacia él en un verdadero monólogo, y su espera son intrigantes; fabulan ideas más allá de lo leído: ¿por qué lo hace?, ¿para qué se queda?

     La lectura se despeña cuando él habla en su normalidad casi informativa; en cambio, cuando el narrador ocupa la mente de ella, la atención vigila. Porque la narración salta a la poesía, a una tercera persona, o a una voz descubriendo una voz que no sabe bien si es suya o de quién, y ese ocultamiento, que lo es incluso para ella, obliga al freno.

     Hacia el final, el cambio de tipografía en algunos párrafos, las ahora intercaladas líneas-preguntas del profesor y las estribaciones interiores de las voces de la alumna convocan la poesía para calar la narración, al punto de que logra una empatía ya registrada por su mutismo.

     «Pero no quiere recordar».

     Impotencia, soledad, silencio, dolor, desgaste, falta de reconciliación. Frases que sentencian un pilar del dolor, que se justifica nombrándolo como un problema que invoca solución: «Es consciente de que no perdió el habla debido a una experiencia particular… se fue deteriorando a lo largo de miles de años, desgastado por el uso… Una parte de ella, el lugar más desgastado por el uso, se desprendió dejando solo el hueco de un mordisco…».

     Estas pulsaciones mentales albergan nuevamente la idea de que su enfermedad, quizá mental, es algo que todos, en mayor o menor medida, hemos llevado en parte: «Son los ojos de alguien que ha estado hablando mucho tiempo solo, los ojos de alguien que no ha escuchado una respuesta».

     «¿No le extraña que tengamos párpados y labios? ¿Que a veces nos los cierren desde fuera y que, otras veces, los cerremos con fuerza desde dentro?»

     Reclaman empatía, gritan por una solución, una reconciliación.


De la segunda lectura.

     La impresión que me deja es la de una pieza encajando sobre la otra, cerrando la formación, con un sonido al final del lento aparejo.

     Las líneas o trazos que generan esta sensación a través del largo capítulo son sutiles y aparecen para enlazar, uniendo una oscuridad del personaje con la del otro. He anotado, conforme aparecieron, estas: la confesión en la palabra, el cuidado en la presencia con el gesto; el comentario de un recuerdo, la evocación interior. Hasta aquí, el tronco que flota si es pisado por un lado recibe contrapeso del otro y se mantiene sobre el río. Pero además aparecen otros trazos que dan unidad cerrada: la mención del pájaro, preciosa manera de enlazar el recuerdo de la madre despertado irrevocablemente como revelación en el profesor; el polvo, o el miedo, o el tiempo, o la común náusea, sinestesia compartida solo al ser mencionada.

     Así, el texto invoca dos partes como unidad sin decirlo.

     Punto aparte merece la preciosa manera de nombrar la muerte sin perder la delicadeza de la sucesiva unión: «y su madre dejó de ser su madre». Tenía entre las formas más preciosas la del Quijote, «dar el espíritu»; agregaré esta.

     Sobre la voz, como arquitectura de la construcción narrativa, vale decir que las tres voces aparecen moduladas. Primero, el narrador estableciendo y el profesor completando; luego, el profesor monologando y el narrador detallando la impresión de la alumna; y, por final, el profesor a destellos, la voz de la alumna, confundida entre la del narrador, la del profesor y la suya propia, y la del narrador. Sin hablar de ritmo, se percibe en una lectura en voz alta cómo cambia la cantidad de sonido por la intervención de una hacia la cesión de la otra, llegando hasta la titubeante y explorativa voz de la alumna.

     Hay mucho que mencionar en cuanto al dolor porque aparece para ambos, no tanto en su oscuridad o su silencio, sino porque representa la búsqueda o apoyo de uno en el otro. Y prefiriendo lo que produce en lugar de lo que es, dejo esta frase que me encantó: «Hay momentos en los que me parece sentir que la comprendo, momentos en los que quiero dejar de hablar y no decir nada».

     Es un capítulo muy romántico, con una forma muy distinta de nombrar algo que no se llama amor. Diría que es la revelación del otro en tu interior.     

***


Parte veinte.

***


Parte veintiuno.

***


Parte cero.

     Las miradas llegan hasta aquí porque no es necesario seguir, las emociones se experimentan mejor en la lectura.

     Solo puedo agregar que todo amante de la poesía debería leer el libro.

***






Fin.

lunes, 1 de junio de 2026

Un amor extraviado (Lcg 2)





     Se leen libros, personas, sueños; miradas, recuerdos, silencio. Cuando empiezas a leer y captas la íntima resonancia en las palabras de alguien a quien quizá nunca podrás ver, comienza una manera de reconocer el mundo.

     Ya había concebido algo así en otro momento, cuando en clase de Física debía traducir a gráficos párrafos que representaban un problema. Era una primera manera de encontrar razón en todo: una explicación. Leía, y cada forma, cada trazo que hacía, formaba parte del sistema planteado; debía tener causa y consecuencia, responder a unas leyes según el juego del tema —termodinámica, hidrostática, cinemática— y conducirme a una solución.

     Leer sublima la atención, la extiende sobre campos, sobre hectáreas antes inadvertidas. Sombras que se iluminan. Todo dice algo, todo esconde algo. El adjetivo designa una visión inobjetable, y lo que no se ha dicho entre personajes de dos historias paralelas convoca sutiles presencias en su comparación. Un pestañeo persistente tiene un motivo; el alargamiento de la exhalación, una razón. Algo más allá del color, del sonido y de la sintaxis se oculta. El terreno del silencio se agranda hasta volverse inmenso, y uno aprende a entenderlo, a oírlo, a observarlo.


***


     Nunca sabrá qué vieron en sus ojos, qué mensaje aturdido pudieron leer en su mirada esquiva. Llevaba consigo solo el gris de la vereda y, cuando no, a su lado se encontraba repetido en el reflejo de los largos cristales de la avenida hasta la antigua estación. Simplemente no se puede esconder lo que sientes: va en la mirada. Y ese lugar —pensar que era donde mejor se sentía, al lado de libros, de historias que confortaban su caída, su pasado— dolía solo por mencionar su nombre: Estación Desamparados.

     En una biblioteca, solo entre libros sentía compañía.




***


     No quisiera recordarlo así, aunque sea una de las últimas cosas que recuerdo…

     —Yo también sobrepensaba. Pero ya no; antes lo hacía —me dijo.

     Sobrepensar, o examinar con cuidado algo que sucede, es un acto elegido. Pero sentí que ella lo decía en un momento en el que ya no le veía amor. Creí entender, entre líneas, un mensaje no dicho: «Ya no te pienso tanto como antes. Ahora puedo estar calmada incluso si no estás».

     Era una mesa rectangular, mediana, de madera. Seis personas podían ocuparla cómodamente. Sus padres, su hermana, su novio de entonces… y ella a mi lado. Charlábamos todos; tintineaban los cubiertos. Como había terminado de llevarse a la boca un jugoso bocado del almuerzo, buscaba con qué limpiarse la comisura de los labios. Usualmente no hablo porque mi atención está puesta en lo que deseo. Ella era mi atención, y yo intentaba, involuntariamente, cubrirla de todo. Aunque me preguntaban y respondía, lo abarcaba todo con la parsimonia de mi actitud.

     …Con la boca llena, sin poder hablar, tanteó con las manos, y nadie la entendía. Excepto yo, que la observaba desde el principio. Le acerqué la servilleta y pregunté si necesitaba agua. Asombrada, me miró y con ternura sonrió. No sé si su madre observó el gesto. Querer a alguien es leer su vida. Leer es una forma del amor, porque la atención se sublima.


***


     En La clase de griego, la vista y la audición abren un canal para la inmersión de los sentidos. Y la emoción, a través de la poesía, dota las pocas páginas de la historia de una profundidad que abisma. Hasta ahora el encuentro —previsible— entre la alumna y el profesor no ha llegado, pero las páginas han trazado el interior agudo de esos personajes todavía sin nombre, con cuyas carencias uno puede identificarse.

     Leer es un modo de habitar la piel del otro. Por eso, a veces, como en las películas, uno termina entre lágrimas: porque leer —esa otra forma del amor— agudiza la manera de sentir. Y entonces, de pronto, el silencio del mundo se vuelve legible.

     Dicho esto sobre leer, continúo con la mirada capítulo a capítulo de La clase de griego.

***


Parte nueve.

Antes de mirar el capítulo, rescato una declaración por poseer un porcentaje de error: «Hay que leer y releer; la segunda lectura es, a veces, la lectura que abre la puerta»

La lectura como otro campo del arte transmite una experiencia, y esta posee un atributo particular: la sorpresa; y esta disminuye con la repetición. 

Haber leído algo una vez da predicción, predisposición, la luz para afirmar la pisada. Puede que algo en una historia por otros motivos, como la complejidad u otros factores, eluda esto que digo. Este capítulo no es el caso.

La efusión, el destello de lo que sientes, disminuye en una segunda o tercera lectura. Es mejor, entonces, atender y conservar el efecto de la primera porque, aunque por leer casi a oscuras releí una segunda y hasta una tercera, ninguna me dejó tanta reverberación como la primera.

Dicho esto, continúo. El otro indicio de que la voz del profesor guía el sendero de la historia ahora son las cartas. Trozos de estas, completas, partes salteadas que inician tiempo atrás y pronto nos devuelven la mirada de un ahora imaginado y completado por la memoria.

La primera impresión al leerlas fue el detenimiento. Es simple: un párrafo presenta una ventana y uno se detiene a mirar; si esta visión cala, incluso a recordar.

De estos detenimientos anoté dos:

El primero: quien sale de madrugada, muy temprano, por algún motivo cotidiano o especial, puede quedar atrapado en cada palabra del primer párrafo.

Sobrecogido por la impresión del frío, al abrir la puerta frente a la vulnerable tibieza del cuerpo, y luego, viendo el azul que da el cielo cuando la oscuridad se difumina al principio del día. Es un párrafo para sentir, para quedarse.

Pienso entonces en una puerta o en una ventana abierta, porque por la segunda se observa, pero por la primera uno ingresa para quedarse.

El segundo: la escena que culmina con la triste declaración «ese espectáculo cautivador y alucinante se debía en realidad a la debilidad de mi vista», por parecerse tanto a una frase de la que he querido despojarme: «La nostalgia es un veneno que falsea la realidad».

Considerar que la belleza de algo ha quedado confundida por el prisma con que se le mira; reconocerlo tardíamente y, ante todo, saber que ha habido un goce, quizá deshonesto, al encontrar en la confusión de los sentidos algo que nos empuja a verlo e interpretarlo de otra manera, es inquietante, intimida. Más aún: hallar en la escena la representación de muchas otras formas de esta confusión.

Sobre la voz.

Una línea de tristeza y nostalgia atraviesa el capítulo; las cartas y sus revelaciones terminan acercándose al presente. En ese camino discurre un tono, una voz, cada vez más paralela a la de la alumna de la clase de griego, como si ambas se alinearan y se permitiera entrever una correspondencia.

En poesía, la voz se consigue al alcanzar un grado de inflexión en la escritura. Entonces, lo que se escribe no puede leerse de otra manera que no sea con cierta modulación de la voz.

Pienso en Jorge Pimentel, en su poesía: en una palabra... potente, intrusiva, refractaria, que se entona no con melodía, sino con dureza, y solo así deja notar su destello, su esplendor. Pasa igual con muchos otros autores, que sin querer le imponen a su escritura el tono de una voz.

Siento algo así en el capítulo: apropiado para una voz tenue, anhelante, que rememora. No fuerte, no alegre, no pletórica.

Y por último, dos momentos que sellan el capítulo distintamente.

Por su evasiva luminosidad, destaca un párrafo, porque aplica la negación para elevar la idea, ya sea porque debe mantener el tono triste del hablante, ya sea por la volatilidad que quedaría si se empleara sin la negación:

«Sabes que nunca sacaré sabiduría de mi dolor. Que aunque pierda la vista, no abriré los ojos del alma. Que me perderé entre los recuerdos confusos y los sentimientos exacerbados. Que me quedaré esperando con mi estupidez innata, y que lo haré con porfía aunque no sepa qué espero».

La máxima así dispuesta queda implícita tanto como futuro enroque para el profesor como luz aleccionadora para el lector.

Finalmente, luego de aparecer y sobrevolar las cartas durante su plazo de monólogo y confesión...

apoyadas en la elipsis, la iteración, la sugerencia, vuelve la presencia del color azul y la imaginación para posarse con delicadeza o internarse en el lector, e instalar en palabras lo que queda ante la ausencia: la memoria.

«Puedes creer que todas las noches apago la luz sin desesperarme...»

***


Parte diez.

Creo que funciona igual para cualquiera. El hallazgo de la similitud entre los verbos «padecer» y «aprender» en griego tensa la lectura.

Sin poder pasar del primer párrafo, me detuve porque la sola idea ya despierta curiosidad. ¿Qué otras relaciones habría en las lenguas de las primeras civilizaciones, donde incluso las letras parecían conservar afinidades nacidas de la vida misma? Los apellidos, en muchos lugares, surgieron de la realidad: de los oficios, de los rasgos físicos, de las destrezas, de la cercanía concreta con el mundo. La realidad creaba las palabras. Y en este caso también parece ocurrir algo semejante: la realidad aproxima sabiamente los verbos «aprender» y «padecer».

Qué fuerza tiene, además, la frase: «el resto de su vida fue un aprendizaje sin maestros...». ¿No es así como aprenden muchos?, ¿no es así lo que no se estudia y falta saber?

El capítulo funciona como un hallazgo que detiene y turba incluso a la alumna de la clase de griego. Es tan conciso que todo se mueve a partir de dos verbos: aprender y padecer.

***


Parte once.


Es un día de la vida de la alumna de la clase de griego, o más bien su noche: de una noche a otra.

Lo primero que rescato en la lectura es el encuentro de la alumna y el profesor, la aparición de una semejanza antes intuida y ahora escrita que da un viso, una señal.

Luego, queda la sensación de un paseo mustio que, conforme a la arquitectura de la narración y a la acentuación de los motivos, va tornándose y devolviendo una forma ahora comprendida, una forma que traduce un color.

Y líneas después, el griego que, a través del profesor, nos acerca a un símbolo universal de la ausencia: la nieve.

Pensar en la nieve como algo blanco y silencioso no da la visión necesaria para entender el signo de su tristeza, el motivo de su mención. En poesía, basta quizás con seis líneas para entender qué representa ese silencioso blanco. El poema de Emily Dickinson enmarca fielmente esta correspondencia:

“Water is taught by thirst;
Land, by the ocean passed;
Transport, by throe;
Peace, by its battles told;
Love, by memorial mold;
Birds, by the snow.”

Que su hijo la llamara «Tristeza de la nieve que cae» no es entonces una casualidad, porque ahí están la nieve y su inexplicable tristeza.

El capítulo se acentúa poco a poco, y creo que el primer aviso, el primer viso de este cuajar, o como dije, de esa traducción de un color, lo encuentro en este párrafo: «...Nada sabe de las partículas de roja sangre grumosa que fluyen incesantemente por sus venas. Nada sabe de sus pulmones, músculos y órganos oscuros, ni tampoco de su corazón caliente que bombea con fuerza».

Aunque se nos dice que ella no ve la maravilla que es y el mundo que la rodea, se nos anota que así es, difusamente, para ella, con una poética de la negación. Más tarde, ese todavía vago color se tiñe con las iteraciones: «Desde que ha perdido el habla...» y «Así es como ve...».

En estos últimos párrafos ya domina la fragmentación como mirada, e ingresamos, en tercera persona, a una observación de su pasado, porque hoy no hay palabras ni algo que haga que el presente prevalezca. Que estas imágenes se «desprendan» y «caigan» como explicación física, cual piel que muda o restos que se dejan, deja entrever una realidad herida, aunque también una posible forma de alivio o algo parecido a la sanación.

El último párrafo, jugando con el recuerdo del beso de su hijo y el anhelo de esa compañía, no hace más que devolvernos a esta idea de recordar, que cierra un círculo.

Entonces la arquitectura de la narración, esa manera de empezar en un estado mustio y avanzar a tumbos, por escenas cortadas, ha sido el reflejo de una conciencia dispersa. Como si la forma de contar respondiera a la forma misma de esa mente.

Finalmente, la línea que más me satura la imaginación, pensando que su enfermedad no es ajena y que, más bien, es parecida a alguna de la actualidad, es esta: «Desde que ha perdido el habla, hay ocasiones en que ese extraño mundo se superpone al que ven sus ojos...». Porque, aunque nadie vive en silencio absoluto, hay muchas personas que conocen esa experiencia en su soledad y quizá hayan visto, con ojos iguales, la fragmentación del recuerdo en este capítulo... porque su mundo interior los puebla y toma el lugar que deja la ausencia de la palabra, dispersándose.

***


(...)


jueves, 14 de mayo de 2026

Un amor extraviado


«No conozco nada más fiel que un libro»

Leer es una de las pocas cosas de las que me precio de hacer en soledad. A veces pienso que la soledad es un gran catalizador: agranda todo lo malo, pero también todo lo bueno. 

Durante un tiempo había leído tanta poesía que me detuve. La sensibilidad, esa palabra que ahora reconozco tan dicha y gastada, puede golpear y trastocar. Así, como modela y embellece, remueve y contamina, porque todo termina siendo una proyección, y no hay mina de oro que no dé oro ni mina de asfalto que no dé asfalto. La mía era una galería de tristezas, y seguir horadándola no parecía conveniente. Entonces volví a la narrativa y, por esas casualidades que ofrece la lectura, me encontré con un libro que escondía la poesía dentro de una historia. Y como lo que se siente queda guiado por lo que sienten los personajes, pude tomar distancia y dejar que la lectura sucediera.

***

De niño tomaba el diccionario y me sentaba a leerlo. No sé qué esperaba encontrar, pero mi primera intuición fue reconocer los verbos que hablaban de amor. Uno a uno los copiaba en un cuaderno para no perder esas palabras ni sus significados. ¿Para qué me servirían? ¿Qué pensaba hacer con ellas? Años después, cuando mi madre dejó de leerme por las noches —porque ya no teníamos ese libro de cuentos y porque tampoco le quedaba tiempo para hacer esas imitaciones mientras leía—, me compró un libro de segunda mano: Viaje al centro de la Tierra, de Verne. Antes había hojeado enciclopedias de historia del mundo y Biblias infantiles que traía un vendedor de libros, pero ese volumen pequeño y enjuto fue mi primer libro en serio.

La primera vez que subrayé una palabra porque no sabía su significado y la primera vez que llené apostillas en una hoja con la acepción adecuada para entender una oración fue, y bien lo recuerdo, la primera vez que sentí el gusto de ver reaparecer las palabras que había buscado, y cómo se iban encadenando en mi mente, como una trama, cada vez más amplia y más densa. Aprecié recordar esas palabras: verbos, adjetivos, las partes de un barco, su maderamen, la taxonomía de distintos minerales, y alguna frase de amor hacia la bella e ideal Graüben, de quien no tenía más que descripciones sin presencia.

Leer siempre me ha dado algo; ha estado siempre en mi vida. Cuando nadie ha podido, un libro me ha escarbado. Y volver a querer leer un libro entero es, con todo lo que significa, un acto de amor. Y es una forma del amor la que he encontrado en La clase de griego, de Han Kang, un libro caro que vale por lo que guarda en sus páginas.




Dejo esta reseña porque sí, porque debo, porque no hay nada más fiel que un libro… porque, cuando incluso quise dar lo mejor de mí, fue la lectura de un libro lo que me nació de manera espontánea entregar: entero, leído con todas sus hojas, sostenido por una romántica intuición al explicar, y dibujado el relieve de toda una historia y sus historias con la voz. Tal vez fue eso, al final, el gesto más inesperado que alguna vez di por amor y por amor debe continuar.



El presente es un ejercicio de mirada porque todo es proyección, entonces no es una reseña de La clase de griego sino una mirada particular de cada capítulo de la historia enfocado en puntos, a saber, luminosos o que compendian la forma y el contenido del relato. 

Entonces no resume, sí devela; no totaliza, sí alumbra; y no pontifica, ejemplifica a juicio de quien, leyendo, siente el impacto.

Finalmente, como a mí me sirve rodearme de lecturas antes de leer lo que deseo, bien puede ser usado de esa manera; pero esclarece algunos puntos más aún si se lee el capítulo previamente para poder asestar con el comentario expresado.

Dicho esto, una mirada o comentario de cada capítulo de La clase de griego:


Parte uno.

La primera parte tiene todo lo que se augura de la escritora: un nudo fuerte, concisión y poesía. 

En apenas una página, se nos abre una historia incrustada en otra... que, a su vez, estaba ya en otra. (Léase el cuento Ulrica de El libro de arena de J.L. Borges, y, luego, La saga de Volsunga de autor anónimo, al menos hasta la parte 27). 

Y, a manera de un vistazo asociativo, quizá el personaje, quizá la autora, insinúa por qué esta es una historia de dos y qué puede representar entre ambos una espada.

El último párrafo tensa poéticamente el nudo: la ceguera como espada.

Además, la portada, que al principio parecía extraña, termina por cobrar sentido.

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Parte dos.

La segunda parte termina por afirmar la historia, como si reposara la brevedad de la primera en una pisada más larga y detallada.

Hay una extensión mayor que da visibilidad al drama interior de la protagonista, que por su expresión bien podría ser la chica de la portada.

Aparecen el tiempo y una tercera persona en la lectura. Lo primero se disfruta por la escala hacia el pasado y por el registro de la importancia del sonido, la voz y el silencio en ella; lo segundo, por la distancia en la narración, que marca un contrapunto con la primera.

El guiño a Borges se arrastra: ella viste de oscuro como Ulrica y es casi una descripción paralela de ese personaje; y la presencia del profesor se explica en la asistencia a las clases de la protagonista y en lo que busca en ellas: recobrar la voz. La conexión es natural.

La línea de la historia mantiene un pulso poético que unas veces eleva la imagen y otras penetra emotivamente en el lector. Hay una capacidad doliente de la narración para identificarse con la protagonista, que se siente al leer.

Por último, la reflexión y la iteración de frases son las otras formas poéticas que calan. Con la primera, se embellece y extrema el concepto que explica el profesor acerca del idioma griego: «una palabra sola y autosuficiente que no necesita unirse a otras para ser entendida»; con la segunda, se sella nuestra empatía con la protagonista, al dejar claro que es un mutismo más allá de lo físico, cerrando en su última línea: «...desde un lugar más profundo que la lengua y la garganta».

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Parte tres.

Hay un retroceso en cuanto a la emoción respecto del capítulo anterior: esta cesa.

El capítulo, aunque breve, deja una ya comprendida primera persona para el inicio de la vida del profesor, su filiación a los libros y, por intermedio de ellos, a Borges, quien vuelve encadenando y soldando la historia.

La narración, centrada en lo visible, resulta muy explícita, como reconociendo que, además de esa primera persona caracterizante, es el sentido que debe emplearse para narrar. Pero llama la atención la expresión «espectáculo visual», tan explícito como redundante, así dicho:  visual. Como si se desatendiera que eso ya había quedado más que claro. Quizá sea decisión del traductor emplear la palabra visual para que no quede duda de cómo fue el espectáculo narrado. Aunque, por lo descrito, sobra. Quisiera saber coreano para comprobar si en el original se usó la palabra.

Finalmente, puede pasar desatendido, pero parece sugerir el símbolo de la 'espada' en la frase de Borges: «El mundo es una ilusión y la vida es un sueño», «Pero, ¿cómo es posible que sea tan nítido ese sueño? ¿Cómo puede ser un sueño si mana la sangre y brotan las lágrimas calientes?». Por la plasticidad como símbolo, se lee al inicio que la espada es la ceguera, pero en otros textos no aquí se le toma como «la palabra». O sea que, entre la realidad o el mundo y lo que somos, está lo que nos separa: la palabra. El profesor, que aún es estudiante, tiene esa mirada velada en la frase, y quizá es lo que le impulsa a enseñar, a que los idiomas y la vista no son más que otras formas de unir nuestro yo con el mundo.

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Parte cuatro.

Vuelve la tercera persona, voz o conciencia de la protagonista. Y más que un capítulo autónomo, parece una prolongación exacta de la parte dos: seguimos instalados en la clase de griego, mientras los compañeros, ella y el profesor discurren en la prosa.

Regresa también la atención al sonido, aunque ahora como una escala: el silencio interior de la protagonista, el barullo del alumnado, la mota que borra las palabras de la pizarra, y luego el silencio de la reflexión del profesor, roto al fin por una tos creciente. Todo es tan nítido y distintivo que la lectura casi permite oírlo.

La belleza aparece en esa misma escala, pero sobre todo en la reflexión del profesor. Allí el capítulo prolonga y ahonda el anterior, donde ya se hablaba de la lengua; solo que aquí la polisemia de esa palabra y el drama de la protagonista se entrelazan párrafo a párrafo hasta volver doliente la conclusión: «En este sentido, se puede decir que... contempló no solo el ocaso de su lengua, sino también de todo cuanto le rodeaba».

Por último, quizá el impacto de todo ello deja lo anterior sumergido en la mirada del narrador hacia la protagonista, que imprime otra escala sensorial, nacida en ella y perdida en su interior: «la incongruencia entre esas formas, aplanadas como insectos, clavadas con alfileres, y su voz al intentar comunicarlas».

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Parte cinco.

Hasta aquí, el relato había dejado la señal de un drama urgido sobre la alumna de la clase de griego. En las siguientes hojas, se construye, no quizá el drama, sino la nostalgia del profesor, que, quizá más que sus ojos, es su verdadero drama.

Sabemos que la primera persona es su voz reconocida, pero esta vez se difumina, y, con la excusa de una carta, hay una sensación de ceguera por el tiempo que pisamos al leer. Hablamos de un pasado, del pasado de este, y se mueven los puntos sin una referencia exacta. Esa impresión, ese espectáculo de líneas como reflectores, embellece la forma en que se da cada párrafo y realza el interés por detenernos, en una primera lectura, ante estos destellos que iluminan y dejan entender o confirmar quién habla y a quién.

La complicidad del lenguaje que se usa da un efecto que invita al amor desde lo pretérito, la nostalgia por algo que, habiéndose querido, no se consiguió.

Aunque lo visual fue lo preeminente en este personaje, no es así en esta parte, porque la historia se enfrasca en detallar todo lo anterior, reflejando además el nacimiento de la pérdida de visión, su explicación y la evolución hasta la edad de cuarenta años.

El guiño a la alumna de la clase de griego late en la chica por cuya hija —repetida tantas veces— diferenciamos, y se le entiende como una depurada silueta de similitud para el lector.

Como interpretación personal, diré que, a momentos, las escenas parecen sacadas de un anime: el golpe, el silencio, la equívoca petición de saber cómo es una voz, porque quien le ama, teme que sea lo último que pueda conservar cuando pierda la vista.

La poesía no es esquiva en este capítulo. No mencionaré la belleza de algunas conclusiones de lógica proposicional, pero sí me quedo con esta frase, que rescata al silencio como último bastión para que dos personas puedan expresarse: «Yo no habría necesitado tu voz tras quedarme ciego, pues, al mismo tiempo que el mundo visible se alejara de mí como la bajamar, nuestro silencio se habría ido perfeccionando a la par».

Y aunque el capítulo se llama Voz, se comprende que su dueña es la chica, la de la niña, tan parecida a la alumna de la clase de griego.

Por todo lo dicho, es el capítulo que más me ha agradado, junto a la concisión del primero y la emoción del segundo.

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Parte seis.

Tiempo. Como la presencia de una nube oscurece el suelo de la montaña, un signo de tiempo se posa sobre el profesor. Y no importa su edad exacta: basta la palabra «envejecimiento» para situarnos en su ahora.

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Parte siete.

Hay muchos puntos que pueden relucir en las páginas de este capítulo; de todos, pienso solo en dos.

Trasladar un cuadro, un síntoma... y hacerlo sentir. La sinestesia de la narración golpea. Por momentos he sentido el silencio de mi habitación y, sobre él, el lento piano que oigo mientras leo, algún ladrido lejano, el corazón.

La forma en que se cuenta, se indaga y se tantea, entre diálogos escamoteados que finalmente llegan al lector como revelación, da forma al germen de un dolor que, por aspirar a la conclusión en boca del terapeuta, queda desarmado con la frase: «No. No es tan simple». Y es que, además, cuántas veces se ha intentado relativizar el dolor ajeno con una o dos razones.

El segundo punto es lo que me ha dejado al final la lectura. Si te pisaran fuerte el meñique del pie, soltarías la interjección «au» violentamente. Y con ello no se iría tu dolor, pero sí algo que no debes retener. ¿Qué sucedería si no pudieras hablar, decir, emitir palabra, y fueras golpeado una y otra vez?

Y, por otro lado, la plenitud se derrama: es la emisión de algo porque nos sobra. Confesar un amor, una alegría, está hecho de voces cálidas; la tristeza la melancolía en cambio, de lágrima de silencio. ¿Puede haber algo, ha habido algo en la vida de todos, que en algún momento nos haya dejado, parcialmente, como a la alumna de la clase de griego: recordando, desde un triste y largo silencio, nuestra voz feliz?

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Parte ocho.

Antes de decir que vuelve la voz en primera persona y que se atiende tonalmente a lo visual, quiero pensar en un número. El tres, lo triangular, las tres partes de algo, siempre me han parecido, por decir lo menos, perfectas.

En tres se divide el tiempo que habitamos; tres son las notas mínimas para un acorde completo; tres son las heridas que revisten el dolor humano de poesía: el amor, la muerte y la vida; y tres son los hilos que hacen de un enlace una cuerda fuerte, en la tradición cristiana, para un amor duradero...

Entonces hablemos de tres: de la frase, la percepción y la espada.

Pensar que algo sea bello, difícil y también noble, o que estas tres palabras se reúnan en el concepto de belleza, solo me pudo acercar a la poesía. Pero, en el curso del relato, ¿qué tendría que ver la poesía con ello? Recuerdo el concepto de que «en poesía solo lo excelso»; se lo oí a Borges, quien era un memorioso colector de máximas.

Para escribir un poema, para que se haga poesía, hay, y es discutible, un camino tortuoso hasta que se halla siquiera lo que guardamos en algún lugar. Pero, perfilado, tallado, arrebatado de sus sobras, es mejor que lo que inició.

El camino para que algo sea poesía es difícil, y todo lo difícil construye.

Ayer leí un texto que decía: «No hay nadie menos afortunado que el hombre a quien la adversidad olvida». Confrontado con mis yoes, salió disparado de mi cabeza. Luego, releído, aceptado y contrastado, ¿no somos un conjunto de líneas tortuosamente reordenadas buscando hacerse poesía?

¿No es así lo que tenemos, finalmente? ¿Y no es esa la vida del profesor?

El relato cruza el tiempo, comparando lo que es y lo que ha sido en una vida, en un lugar, en su belleza, en lo que nos deja como impresión, en el efecto de ello sobre nosotros.

El cambio de algo en una vida, de un rostro frente al espejo, las formas que adopta alguien en el paso del tiempo, son cuestiones que frenan, que impactan. Cuando no lo dice la boca, lo revelan los sueños.

Vivir sabiendo que vas a perder algo, finalmente, no se diferencia mucho de comentar que todos vamos a morir, salvo que a nadie, o a pocos, se lo dice un médico poniéndole fecha anticipada. Recuerdo el capítulo piloto de Breaking Bad, de cómo Walter White termina siendo Heisenberg, son móviles antiguos; pero, ¿quién no cambia ante un vistazo al abismo?

Perder asusta. Perder lo que nos da lo que somos, más. Entre lo que somos y lo que percibimos hay tanto que perder... están la palabra, los sentidos; hay incluso personas...

Cuando percibimos que somos conscientes de poder perder, reconocemos estos puentes, los apreciamos, los admiramos, los admitimos.

Pero también podemos decir: «El mundo es una ilusión y la vida es un sueño. Sin embargo, mana la sangre y brotan las lágrimas».
Porque cómo duele perder.

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                                                                    (...)