Siempre pensé que ese cuarto piso sería
importante para algo en el futuro; tenía una habitación grande, un espacio que
era mi oficina y, claro, una ventana amplia hacia el horizonte que, desde lo
alto de la casa, permitía ver la playa enmarcada de albas o atardeceres. Desde
aquí no se advierte el paso de la gente, el ruido de los vehículos, el bullicio
de los niños que van al colegio, porque está arriba, cerca de lo celeste, con
la mirada puesta en el cielo.
El chico que vino ese día, para alquilar la
habitación, tenía jeans, una camisa de claridad amarillenta y una especie de
gabán debido a que aún hacía frío pues no cambiaba la estación. Tenía la voz
grave, lo que le daba un halo de madurez. ¿Sus intenciones? Trabajar en
marketing.
—No se permiten visitas —advertí.
—Solo estaré yo. Aunque tengo un
gato, se llama Math.
—Si eres responsable del aseo, no es problema.
El chico que vino esa mañana era «primo» de una
chica que había llamado un día antes. Ella tenía la voz como de esas que
parecen intentar venderte algo; me dijo que él era su primo, que venía de
provincia, que era responsable y que venía a trabajar.
Se quedó, y sucedía todo con normalidad.
Mientras tanto, en mi habitación en las mañanas, transcurría hora tras hora,
idea tras idea, poema tras poema. En el calendario de mi alcoba, colgado en la
pared en una parte perfectamente visible, el 4 de octubre estaba fuertemente
resaltado por un cumpleaños. Pero, producto de todo lo que había pasado, la
suspensión de una promesa y la frialdad con que me tradujo pedirme esos dos
meses de espera, tenía repasado encima un lacerante color negro aplicado con
fuerza para no ver la fecha; igualmente, los 17, que eran las fechas en que los
meses tomaban forma de saludo por otro mes más juntos. Ambos, hondamente
marcados, y así cada mes. No es agradable ver el calendario cuando esperas que
suceda algo y pasas día por día delante de lo que no quieres ver; y por evitar
verlo, perdí la fecha con el chico de arriba. Luego, me di cuenta de que no
estaba al día en la renta y acordé hablar con él.
Llegó el día que conversamos y lo conocí mejor.
Andaba bastante solo esas noches y le propuse ir al parque a conversar. Era
bastante taciturno y pesimista. Su gato sí se llamaba Math, pero no era suyo, y
la chica no era su prima, aunque sí la conocía. Le gustaba escribir, no
especialmente poesía; sin embargo, me recordó el uso de una palabra en un poema
que creí terminado, y me dijo que, en una quincena, estaría al día con todo,
que lo lamentaba, que no era su voluntad tardar con ello. En la dispersión de sus
ideas, me contó sus recuerdos para llegar a hablar de sus intenciones:
anécdotas de chicas y discotecas, de viejos amores y de alguno en particular
que le había condecorado con esa soledad que se le notaba en la grisura de la vestimenta,
en su afición por escribir guiones de películas imposibles y en su lastimada
pero sobreviviente gana de emprender. Además, quizá de buena fe, me pidió el
poemario para ayudarme con algunas correcciones. «Me lo envías en Word», me
dijo. Lo cual no hice, ni pensé hacer, porque, pese a su apertura, me quedó
fijado en la memoria que no era su gato ni ella su prima, y que ya no sabía
bien quién era el solitario pesimista del cuarto piso.
Luego de un mes y más, cuando ya no oía ruido
alguno en el cuarto piso y, entre mi soledad y lo que demandaba el día, pensaba
en si debía ir o no a ver cómo estaba todo arriba, pasada una medianoche,
recibí un mensaje en mi celular, de alguien que no era mi contacto. Se
disculpaba por la hora, me preguntaba por su gato, que si estaba bien, que Juan
no le respondía y que le había dicho que no lo haría en un mes, porque ya se
había ido de Lima.
Cuando subí a ver la habitación, prendí la luz
y, más allá del desorden adolescente, los pelos volando sobre ropa, cama y
ventana, en fin, suspendidos en el aire decorándolo todo, debajo de la cama,
salió un gato a mirarme, quieto e impresionado de ver gente y, al notar su
comedero vacío, le di comida y agua.
A mí nunca me han gustado los gatos, por esa
contorsión exagerada que parece sensualidad o coqueteo, con que se avecinan,
aproximándose a uno, por esa cantidad infinita de pelambre que desprenden y
porque quizá así había aprendido, como atavismo familiar. Ese gato, grande y
delicado, que devoraba lo que comía, crujiendo entre sus mandíbulas, se me hizo
tan cercano que me quedé acariciándolo en su solitaria noche de esperada
comida. Y, de pronto, cuando me compadecí de ello, sin darme cuenta, empecé a
conversar con él.
Hay una canción de Joaquín Sabina que trata
sobre el paso del tiempo y la soledad; lleva una frase que, al empezar a
acariciarlo, vino a mi mente: «...acabaré como una puta vieja, hablando con mis
gatos». La recordé dulce y triste a la vez.
Sentí pena de su soledad; yo compartía lo
mismo. Tomé la peineta sobre el mueble y empecé a repasarla sobre su lomo y a
preguntarle por su amo. Los gatos observan, te fijan la mirada y juegan con sus
patas; sienten la cercana compañía y, después de sentirla, la buscan, una y
otra vez.
Caminando en el cuarto piso y mirando por la
ventana abierta —la noche inmensa, más inmensa sin ella—, el gato, trapecista
excelso, se abalanzó y subió al marco de la ventana y me acompañó a ver los
colores del horizonte sobre las lejanas farolas ya encendidas. Le hablé de mi
soledad y la comparé con la suya, y, nuevamente, como el caballo de Yona,
pareció entenderme, mientras me oía hablar observando la larga línea sobre el
mar.
Al día siguiente, le dije a la chica que el
gato estaba bien, vivo, y que ya no tenía hambre ni soledad. Me agradeció, y le
dije que si era suyo pasara a recogerlo... que se lo daría, que no había
problema.
***
Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.