Una pareja, oculta de la mirada por el cobijo de la multitud, en su beso —al igual que la tarde— enciende su rojo... para hacerse magenta, de un fulgor de promesa de amor que se pierde en el horizonte. A la intensidad de su romance corresponde el cielo con una sabia franja que, en gradiente acuarela del carmín, traza con notas de colores. Y como entrelazan las manos la pasión de sus sueños, funde el rojo en la oscuridad del azul que cae mientras los minutos suceden. Abajo, el mar y su canto sereno de olas es, al igual que la gente, espectador del ocaso, y yo, sentado en la banca, los observo contemplar otro verso que cesa en la dulce poesía de Dios en el lento atardecer.