miércoles, 30 de octubre de 2024

Cartas a quien, Tears of Cuenca



No se puede tomar el nombre original aún, pero la traducción es exacta: lo es. Cómo nació ese título, cómo cruzaron pensamientos kilómetros cientos de veces, cómo bulló matinal la dulce soledad que dicta sobre la hoja de papel. Nunca sabrás cuántos acudieron a estas líneas, cuántas personas ayudaron a rebanar ideas con palabras, cuántas preguntas llegaron en tardes de inoportuna interrupción; suspiros que nacieron en el pecho de personas que ya no pensaban recordar enterrados amores, un plural de conocidos y desconocidos que sumaron cariño y atención por igual en parques, tiendas y hasta en sus casas. Cómo el dolor conmueve la columna fuerte de las vidas, y cómo algunos, pocos, hacemos flores cuando recibimos pedradas.

Cada día convertido en memoria de la infeliz espera de los dos meses tantas veces mencionados, cómo Barranco se convirtió en el escenario vivo del fantasma de una ópera, de cómo llevé al ser que vivo a los siete kilos menos en la balanza, y cómo la promesa de un corazón renuente ante la flagrancia del silencio se enamoró con la poesía de la pálida rama polvorienta de Machado para vivir su sueño imposible.

Todas las veces que anduvo el líquido cristal por la vieja ruta triste de unos ojos, del clochard enamorado que caminó en silencio por interminables aceras, Rada en el Kennedy pidiendo otro poema más y preguntando quién era el autor de ese golpe de emoción que con palabras encadenadas declamaba absorto La banca a las siete con treinta y cinco, cuando la tarde cedía a la noche, y de cómo el aplauso eclosionaba hasta la lágrima al que estaba de pie frente a todos, en el hundido anfiteatro, y las escondía de los rostros de emocionada tristeza.

Del pacífico viento al esófago calcinado; de la defunción de la alegría a la sonrisa contrita; de la niña de la lámpara azul que iluminaba las noches cuando la función de la vasta memoria aprobaba con sobresaliente. Del gato que recogió la prima del suicida del cuarto piso que me ayudó con una palabra, y hasta del amigo binario que, de tanto verso, se volvió poeta. De los que me dijeron basta cuando mi corazón latía fuerte, y del coro de cristianos que oraban para que ya no se aferre. De la muda condena de esperar en la mentira al ahogo intestino, frente a los ojos que vieron rendida mi mirada.

Cada noche y cada día, de dolor vuelto poesía. Así pagué, aunque no lo merecía. Quizá como Jesús, quizá como querías.

La cosecha de mi corazón finalmente, del amor que te tenía, aunque fue el último dolor que me causaste, y esos*, los últimos versos que te escribía.

 

*Sobre el poemario Lágrimas de Cuenca.




***




Si disfrutas de la poesía y la literatura, comparto esta historia que continúa en un relato epistolar —minucioso, poético, contenido— que atraviesa, conecta y prolonga «Lágrimas de Cuenca».

«Si en la familia decir equivale a preocupar, entre amigos a normalizar y con los mayores a trivializar, ¿dónde queda todo lo que guardamos?»

Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.

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