No se puede tomar el nombre original aún, pero
la traducción es exacta: lo es. Cómo nació ese título, cómo cruzaron
pensamientos kilómetros cientos de veces, cómo bulló matinal la dulce soledad
que dicta sobre la hoja de papel. Nunca sabrás cuántos acudieron a estas
líneas, cuántas personas ayudaron a rebanar ideas con palabras, cuántas
preguntas llegaron en tardes de inoportuna interrupción; suspiros que nacieron
en el pecho de personas que ya no pensaban recordar enterrados amores, un
plural de conocidos y desconocidos que sumaron cariño y atención por igual en
parques, tiendas y hasta en sus casas. Cómo el dolor conmueve la columna fuerte
de las vidas, y cómo algunos, pocos, hacemos flores cuando recibimos pedradas.
Cada día convertido en memoria de la infeliz
espera de los dos meses tantas veces mencionados, cómo Barranco se convirtió en
el escenario vivo del fantasma de una ópera, de cómo llevé al ser que vivo a
los siete kilos menos en la balanza, y cómo la promesa de un corazón renuente
ante la flagrancia del silencio se enamoró con la poesía de la pálida
rama polvorienta de Machado para vivir su sueño imposible.
Todas las veces que anduvo el líquido cristal
por la vieja ruta triste de unos ojos, del clochard enamorado
que caminó en silencio por interminables aceras, Rada en el Kennedy
pidiendo otro poema más y preguntando quién era el autor de ese golpe de
emoción que con palabras encadenadas declamaba absorto La banca a
las siete con treinta y cinco, cuando la tarde cedía a la noche, y de cómo el
aplauso eclosionaba hasta la lágrima al que estaba de pie frente a todos, en el
hundido anfiteatro, y las escondía de los rostros de emocionada tristeza.
Del pacífico viento al esófago calcinado; de la
defunción de la alegría a la sonrisa contrita; de la niña de la lámpara azul
que iluminaba las noches cuando la función de la vasta memoria aprobaba con
sobresaliente. Del gato que recogió la prima del suicida del cuarto piso que me
ayudó con una palabra, y hasta del amigo binario que, de tanto verso, se volvió
poeta. De los que me dijeron basta cuando mi corazón latía fuerte, y del coro
de cristianos que oraban para que ya no se aferre. De la muda condena de esperar
en la mentira al ahogo intestino, frente a los ojos que vieron rendida mi
mirada.
Cada noche y cada día, de dolor vuelto poesía.
Así pagué, aunque no lo merecía. Quizá como Jesús, quizá como querías.
La cosecha de mi corazón finalmente, del amor
que te tenía, aunque fue el último dolor que me causaste, y esos*, los
últimos versos que te escribía.
*Sobre el
poemario Lágrimas de Cuenca.
***
Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.
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