Fue de mañana que una urgencia de saber
construyó los minutos que venían. Recostado en la cama, sosteniendo el móvil,
levanté un puente etéreo de imágenes y me gustas, de palabras y frases, de
videos vistos, siguiendo el rastro virtual que dejaba su huella. Ideas que
constataban una forma de ver, de pensar, de entender, frente al silencio pleno
y sostenido que colisionaba con esa frase de «démonos dos meses para mejorar»,
a pesar de su actitud distante, nula, fantasmal.
Hallé en la pequeña pantalla ideas nuevas,
ingeniosas soluciones contra el largo dolor que produce querer luego de soltar;
y atestado de la magna evidencia, horas después, irresistible ante la tarde y
su color herrumbroso descubriéndome el corazón, bulló el reclamo deslizándose
por mis dedos, transmitiéndole mi horror, ante el pus, el hollín, el enmohecido
color de la materia… de la mentira… el rancio hedor de un olor desconocido para
mí cuando se ha ofrecido tanto. Y vomité mi corazón reclamando rojamente, para
que me replicara en parsimoniosa respuesta: «Solo son unos likes; es tiempo de
reflexión. Todavía guarda tu corazón.»
A casi dos semanas de esto, ya con un silencio
sentimental adentro, y ya en el segundo mes de su solicitud de esperar, sin
indicar por qué no antes, sin explicaciones, había escrito repentinamente,
enviando un mensaje... para pedir el código de un envío pasado que hice a su
país, de aquello que yo devolvía y que había llamado «literatura que no iba con
ella». Seguramente porque era importante no perder esas cosas que representaban
algún valor económico… que para qué iba a perder; y solo y no más para eso escribió.
Algún tiempo después, cercano el final de
octubre, sentí la inexorable lección de creer en tiempos de mentiras, de
quijanos condenados por sentirse quijotes, de reconocer el novedoso valor en la
verdad de las mentiras, porque el tiempo tradujo sus palabras a un lenguaje
inconcuso e innegable que no podía resistir más al calendario, ante su
indiferente silencio... porque no era tiempo de reflexión, ni de yugo desigual,
no era estrés ni ansiedad o dudas, no era.
Cuando a un sabio de mi tiempo se le preguntó
cuál es el antónimo del verbo mentir, él reunió un cúmulo de palabras que no
alcancé a decirle y que ya no me preocupa que sepa:
«Una de las cosas que ha detestado siempre el
hombre ha sido responsabilizarse: asumir la responsabilidad de algo; estar
obligado a responder por algo o por alguien; rendir cuentas de sus propios
actos; andar, como se dice... a cara descubierta; o sea, obrar
derechamente y sin disimulo y, conforme a razón, o sea, responsablemente; lo
sólito, o sea lo fácil y lo cobarde también es la conducta falaz, la conducta
mentirosa, engañosa, fingida, falsa; en una palabra: irresponsable.»
Incluso el Evangelio de San Juan reúne en su
versículo 32 del capítulo 8 la fidelidad de estas palabras: «Veritas vos
liberabit», o en español, «la verdad os hará libres.»
Y es que no hay nada que sea más ajeno al ser
humano que la verdad. Pío Baroja lo expresaba así: «Todo es una farsa, y
todos unos farsantes.»
¿Por qué
mentir, por qué mentira, por qué mentiste? Porque mentir no tiene antónimo.
***
Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.
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