martes, 29 de octubre de 2024

Cartas a quien, El antónimo de mentir


Fue de mañana que una urgencia de saber construyó los minutos que venían. Recostado en la cama, sosteniendo el móvil, levanté un puente etéreo de imágenes y me gustas, de palabras y frases, de videos vistos, siguiendo el rastro virtual que dejaba su huella. Ideas que constataban una forma de ver, de pensar, de entender, frente al silencio pleno y sostenido que colisionaba con esa frase de «démonos dos meses para mejorar», a pesar de su actitud distante, nula, fantasmal.

Hallé en la pequeña pantalla ideas nuevas, ingeniosas soluciones contra el largo dolor que produce querer luego de soltar; y atestado de la magna evidencia, horas después, irresistible ante la tarde y su color herrumbroso descubriéndome el corazón, bulló el reclamo deslizándose por mis dedos, transmitiéndole mi horror, ante el pus, el hollín, el enmohecido color de la materia… de la mentira… el rancio hedor de un olor desconocido para mí cuando se ha ofrecido tanto. Y vomité mi corazón reclamando rojamente, para que me replicara en parsimoniosa respuesta: «Solo son unos likes; es tiempo de reflexión. Todavía guarda tu corazón.»

A casi dos semanas de esto, ya con un silencio sentimental adentro, y ya en el segundo mes de su solicitud de esperar, sin indicar por qué no antes, sin explicaciones, había escrito repentinamente, enviando un mensaje... para pedir el código de un envío pasado que hice a su país, de aquello que yo devolvía y que había llamado «literatura que no iba con ella». Seguramente porque era importante no perder esas cosas que representaban algún valor económico… que para qué iba a perder; y solo y no más para eso escribió.

Algún tiempo después, cercano el final de octubre, sentí la inexorable lección de creer en tiempos de mentiras, de quijanos condenados por sentirse quijotes, de reconocer el novedoso valor en la verdad de las mentiras, porque el tiempo tradujo sus palabras a un lenguaje inconcuso e innegable que no podía resistir más al calendario, ante su indiferente silencio... porque no era tiempo de reflexión, ni de yugo desigual, no era estrés ni ansiedad o dudas, no era.

Cuando a un sabio de mi tiempo se le preguntó cuál es el antónimo del verbo mentir, él reunió un cúmulo de palabras que no alcancé a decirle y que ya no me preocupa que sepa:

«Una de las cosas que ha detestado siempre el hombre ha sido responsabilizarse: asumir la responsabilidad de algo; estar obligado a responder por algo o por alguien; rendir cuentas de sus propios actos; andar, como se dice... a cara descubierta; o sea, obrar derechamente y sin disimulo y, conforme a razón, o sea, responsablemente; lo sólito, o sea lo fácil y lo cobarde también es la conducta falaz, la conducta mentirosa, engañosa, fingida, falsa; en una palabra: irresponsable.»

Incluso el Evangelio de San Juan reúne en su versículo 32 del capítulo 8 la fidelidad de estas palabras: «Veritas vos liberabit», o en español, «la verdad os hará libres.»

Y es que no hay nada que sea más ajeno al ser humano que la verdad. Pío Baroja lo expresaba así: «Todo es una farsa, y todos unos farsantes.»

¿Por qué mentir, por qué mentira, por qué mentiste? Porque mentir no tiene antónimo.



***


Si disfrutas de la poesía y la literatura, comparto esta historia que continúa en un relato epistolar —minucioso, poético, contenido— que atraviesa, conecta y prolonga «Lágrimas de Cuenca».

«Si en la familia decir equivale a preocupar, entre amigos a normalizar y con los mayores a trivializar, ¿dónde queda todo lo que guardamos?»

Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.

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