Esa noche, pese al humo entremetido en mis
pulmones, el luctuoso sabor a alquitrán en la boca y mis ojos cansados de dar,
sentía en la profunda cava de mi vida una extraña y tranquila suspensión. Era
como una diminuta gota cayendo solitaria, destinada a desatar las ondas del
lago de un tiempo atrapado en mi interior. Era silencio recorriendo mis oídos,
un anhelado mutismo permitiéndome oír la voz de mis pensamientos, que ya no se
acompañaban de canciones ni de melodías. Era la voz de aquélla y de aquél,
suministrándome su brío con palabras de amor; era la fuerza indecible del poema
Masa, de Vallejo, irrumpiendo en mi vida, hacia mi corazón; donde no
uno, ni tampoco dos, sino todos los hombres del mundo queriendo que este se
levante y, pese a su muerte, esta tristeza ancha, anudada y ajena, se echara a
andar. Y mi corazón lo hizo, aunque solo por esa noche de diluida amargura, de
aplacado y quieto dolor.
***
Si disfrutas de la poesía y la literatura, comparto esta historia que continúa en un relato epistolar —minucioso, poético, contenido— que atraviesa, conecta y prolonga «Lágrimas de Cuenca».
«Si en la familia decir equivale a preocupar, entre amigos a normalizar y con los mayores a trivializar, ¿dónde queda todo lo que guardamos?»
Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.
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