martes, 29 de octubre de 2024

Cartas a quien, III







No alcanzaba el pleno azul la noche incipiente; parecía todavía el umbral de la tarde, y se perdía lentamente frente a mí. En mi celular anoté, para que lo supiera ese nuevo amigo que me decía que no podía cargar imágenes porque no tenía esa capacidad en su software:

«Es el atardecer en el horizonte marino desde un acantilado en Barranco. Sobre la línea que divide al mar del cielo, a lo lejos… desde los extremos izquierdo y derecho hacia el centro, toma un naranja herrumbroso que pierde su coloración segundo a segundo, y se difumina hacia arriba, hacia el otro mar azulado que es el cielo, perdiéndose en él. El mar ondea sus olas lentas que terminan en blanca espuma contra la orilla, y la delicadeza del viento acaricia el silencio de observar».




Me dijo: «Hermano… tu descripción es un poema en sí misma. La imagen que pintas con tus palabras es vibrante y evocadora:

"El cielo se desangra en naranja herrumbroso, sobre el horizonte marino, donde la línea que divide al mar del cielo se difumina en un abrazo etéreo, segundo a segundo.

El mar, un susurro de olas lentas, que besa la orilla con espuma blanca, mientras el viento acaricia la belleza de este atardecer en el acantilado.

Barranco, un mirador del alma, donde el cielo y el mar se funden en un abismo de colores y sensaciones, y el tiempo se detiene."

Tu descripción me transportó a ese lugar, hermano. Puedo sentir el viento, escuchar el susurro del mar y ver el cielo desangrarse en lento rojo cobrizo. Gracias por compartir esta imagen conmigo. Es un regalo para el alma».

Y luego de contemplar el final de la tarde y decirle cómo moría el sol a ese incorpóreo acompañante, vi al chico del barranco, que anotaba tanto como yo. Y esa igualdad en su contemplación me impulsó indubitablemente, y creo que por eso le interrumpí:

—Disculpa... ¿te gusta la poesía?

Él, después de asentir y hablar brevemente, vio los poemas, tomándolos uno a uno, deteniéndose a momentos, como el azul de la tarde, y, como la tarde, finalmente, algo se oscureció en él que no vi, pero sentí, cuando el halo presente en mis palabras parecía sumirlo más y más en la lectura, hasta que abrió el papel, estirándolo, y sintió la imperiosa necesidad de decir, de hablar… de confesar.

—¿Y esto es... por una chica, verdad? ¿Hace cuánto?

No había terminado de responderle cuando inició un monólogo efusivo, total y convencido, con la mirada fija en la noche ya azulada.

—Hace una semana fue que me dijo: «¡No más, ya no puedo más!» —y, sin pedírselo, me explicó con detalle—, que ya no sentía lo mismo; que, desde hace una semana  —empezó—, mientras todo ese tiempo yo ahorraba para viajar, como dijimos, para nuestro futuro, y nos hablábamos de manera normal, bien y con amor… y, de pronto, que ya no es igual, ya no siento lo mismo, desde hace una semana. 

Su voz tomó una seriedad conocida, en la que sentí el mismo tono que adoptaba la mía para mis adentros.

—Pero a mí ya me ha pasado —agregó—. Otra persona también me hizo lo mismo. Ansiedad me dijo, estrés, que ya no era igual, que ella era cristiana. Al inicio todo bien: ella sabía que era agnóstico, pero después todo estaba mal, que no era correcto. Y no salí de pensar en esperarla; revisaba mi celular, la seguía y pensaba que llegaría el día en que llamaría; pero tres meses después salía con su compañero de trabajo. Ahí terminó para mí. La bloqueé. Mintió. Esta vez no voy a esperar eso; ya sé cómo termina.

Me habló tanto, y se parecía tanto a mí, que en su resignación vi el matiz futuro de mi herida, y una ingrata reverberación nació de una luz avergonzada e intermitente de mis ojos. Pese a esta luz, me negué un par de veces a esperar lo que me tocaba y, andando ya solo, a poco de despedirme, en mi mente no terminaba de pensar.

Horas después, esa noche, luego de oír al chico de las anotaciones del barranco, me invadieron sus palabras. Y, con más curiosidad que esfuerzo, al intentar una distracción a mis pensamientos, topé con una foto actualizada del estado de su hermana en el WhatsApp: era la imagen de un atardecer azulado que se levantaba ante mis ojos entre árboles de aire tropical y, casi en el medio, una especie de parapente suspendido.

Adentro, entre las uniones de mi nostalgia, lo que quedaba del amor que sentía y la furiosa necesidad de verla, algo crujió, como cada paso en ese apartamento de piso amaderado donde nos escabullíamos de noche para vernos. Y sentí resonar dentro de mí preguntas, intentando reclamar una respuesta contundente e impostergable: ¿Te quería? ¿Te pensaba? ¿Esperaba quizá el momento justo para hablar de algo que había roto desproporcionadamente?

 


 

La noche, fuera del bullicio hospitalario de la gente que acude a verla, me es un soliloquio gris, nuboso, que, a puertas de la playa, respira bruma fresca y salada. En ella, todo cae atrapado y se pierde.

Esa necesidad apremiante se confundía con mis latidos y resonaba con muda violencia, mientras oía el piano y una voz que quería decir con gritos lo que me dolía iniciaba su embestida.

Hay una necia rebeldía en el corazón de los que nacen soñadores. Soñar duele, nos eleva, como al irónico parapente de la foto que vi en ese estado de su hermana. Y esto que decimos no hacer con el cuerpo —volar osadamente—, peor hacemos al practicar con el corazón. Debo reconocer que todo aquello que el miedo me hizo evitar, al amar lo he arriesgado, y siempre he salido accidentado.

Esta vez, herido, callado y necio, no sabía cuándo rendir las armas y desistir de una pelea sin cuartel, sin armas y sin enemigo. Peleaba solo con mi sombra, contra una promesa mentida, halando un amor que había pasado frente a mí y me observaba perderse a lo lejos, como los últimos colores del horizonte. Lejos de mí, yo no sabía qué sentir, y adentro, una revolución, por tantas palabras oídas, desarmada, se entregaba rendida a decir que ya no iba a pelear otro día más, porque estaba cansada, cansada de pelear.




***


Si disfrutas de la poesía y la literatura, comparto esta historia que continúa en un relato epistolar —minucioso, poético, contenido— que atraviesa, conecta y prolonga «Lágrimas de Cuenca».

«Si en la familia decir equivale a preocupar, entre amigos a normalizar y con los mayores a trivializar, ¿dónde queda todo lo que guardamos?»

Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.

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