miércoles, 30 de octubre de 2024

Cartas a quien, Piano



A veces pienso que Dios me castigará quitándome aquello que no parezco valorar ahora, que llega a manera de voces desde algún sofá de la sala: mi familia, su salud. A un lado, apartado, oyente de la vida en conversaciones bizantinas que acaban en fuertes palmadas y sonrisas, siento calarme toda esa alegría y arañarme la memoria. No los odio; solo siento cómo impacta contra mí.

—Y ahora, ¿qué vamos a hacer en Navidad? —oigo de una voz femenina y juvenil.

—¿Dónde pondremos el árbol?

—¡Qué importa el tamaño! ¡Navidad de los pobres es feliz Navidad!

—¡Esta es la primera Navidad de Bryan!, ¿verdad?

Las voces irradian un afán pleno que se desborda y llega a mi pupitre, frente al computador, empolvado de tristezas, y sugiere un silencio que agrieta.

¿Navidad? Navidad... Navidad del árbol antiguo, mientras la señora Bis busca uno nuevo y Ro está mirando en la calle la mejor opción para adornar la sala. Navidad, y el precio que se pagó por la felicidad que trajo, por el espacio que ocupaba y que todavía llena mi mente. Las fotos, las sonrisas y al fin estaba adornado: rama por rama, adorno sobre adorno, colgando como a un auténtico pino que completaba la sala. Navidad… caminando por la acera, saludando a mis padres en videollamada, con ella de la mano pasada la medianoche: mi padre, delgado por no saber cuidar su salud; mi madre, delgada por cuidarle cumplidamente. Y sonreía, y los extrañaba, y esa nostalgia por la distancia era comprendida porque la sostenía el amor que iba y venía de su mano entrelazada a la mía.

Navidad... y la oración en la mesa, y sonrisas que son eco de una cena que no será, que se difumina apenas vuelve a mis ojos. Navidad, ya de vuelta a casa luego de ver el parque Calderón discretamente poblado, y Mildres y Bis esperan a que alguien lave los platos, porque el cansancio de ser padres anfitriones les restó todo el brío que les quedaba; y me ofrezco a lavar lo que había, y aseamos la cocina toda hasta dejarla perfumada.

Oigo otro momento que nace de una charla que viene desde otro rincón de la sala, de sus voces alegres, de su interés variopinto.

—¡Vamos a estar todos juntos! —remata alguien—. ¡Juntos!

Salgo a tomar aire y, ya sentado en una banca del parque, consigo apartarme de todo: de octubre, de noviembre, de Navidad, y extiendo la música del piano para sentirme. La luz del sol despliega sus últimos haces y recibo el sentido emotivo de alguna palabra que acude para alejar de mí todo lo oído, y llega a mi memoria sin resistencia. «¿Por qué no sonríes?», parece preguntar alguien que pasa alegre y me mira; «porque no puedo sonreír», le digo con la mirada.

Tomo el móvil y enuncio al piano el desfogue de mis letras, de toda la emoción que me inunda. Porque no será una Navidad normal; porque hay algo roto, rajado, y se agrieta con cada carcajada que no comparto y que debería compartir; con mi silencio que contrasta al bullicio de la vida; con toda la emoción atrapada la tarde entera al oírlos sonreír. Porque su deseo es que duerma lo que siento, pero tengo insomnio en el corazón y plenitud en el recuerdo. Y Navidad no será lo que viví.


 

Escribiré

Escribiré, perdido,
intentándome encontrar,
como soldado herido que ha superado la mina
y busca urgentemente sus pedazos.

Con el día reclamando
y la noche recordándome dormir,
frente a la voz primaveral de los nuevos amores,
de los árboles mostrando sus fragantes frutos.

Con el mar como testigo,
sobre bancas solitarias o silentes empedrados,
desde donde ausculta el poniente
el atardecer de mi memoria.

Hasta que la letra
iguale al cotidiano barullo transeúnte bajo el semáforo que cambia,
de los perros que resisten al paso de su hogar,
de los niños que retozan en el parque;
hasta que la palabra emocionada
no rinda al latido de mi corazón amante,
a la lágrima que pinta de cristales la vieja ruta triste de mis ojos,
hasta que el amor se haga invierno
y la soledad empoce sobre este castillo derrumbado,
hasta que el piano cese el solitario compás de mis recuerdos.

Hasta una tarde errante,
camino de otra noche, igual a todas, 
de un día que sienta perderse, confundido, sin saber a quién alumbrar,
como el último rosicler de mi memoria;
escribiré



***



Si disfrutas de la poesía y la literatura, comparto esta historia que continúa en un relato epistolar —minucioso, poético, contenido— que atraviesa, conecta y prolonga «Lágrimas de Cuenca».

«Si en la familia decir equivale a preocupar, entre amigos a normalizar y con los mayores a trivializar, ¿dónde queda todo lo que guardamos?»

Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.

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